Historias sin punto final
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#27 · Vida, madre, culpa, hijo

Por Franco Spinetta
Ilustración Hache

Al punto seguido le precede un recorrido. Al punto y aparte, un cambio de objeto dentro de la misma linealidad del relato. La vida.

 

Sucesivamente, soy.

 

Nada sería sin el vientre: el anhelo frustrado del eterno retorno. Madre.

 

Madre hay una sola. Hijos somos todos.

 

Vida.

 

 

Freud estaba equivocado.

 

Freud, un salame:

 

Drogadicto,

 

Misógino.

 

Freud… ¿qué clase de pelotudo era?

 

Uno muy importante.

 

Freud, la puta que te parió y te cagó la vida.

 

Tus proyecciones fueron tu fracaso, careta.

 

Freud, ¿dónde estás? Freud, ¡ayudame!

 

Perdón.

 

 

Ser hijo es una inconsciencia, nunca una obligación: siempre una condición. Somos hijos aún con hijos, incluso hasta sin padres. Somos a pesar de.

 

En una obra de teatro,

 

Todo principio.

 

Y todo final.

 

Son partes de la misma función. Que se repite.

 

Pero el ser hijo tiene un comienzo y solo un final

que depende de quién baje el telón de cada día.

 

 

La naturaleza se exhibe aunque no queramos verla. Y no hay acto más natural, límpido, que el nacimiento: somos hijos puros antes de convertirnos en esta madeja de complicaciones psicológicas.

 

Ese breve instante en el que la carne expulsa otra carne, dos seres conectados por un tubito alienígena que traspasa alimento antes de ser cortado por los carniceros; en ese único e irrepetible instante se materializa toda la conceptualidad del ser hijo.

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