Historias sin punto final
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#16 · Todo fuego es político

Por Flavia Cifrodelli
Ilustración Dani Stano

“¡Me asfixio! ¡Dios! Pienso en mi cara, se está quemando, ahora, mi cara ¡Dios!”. Terrorismo de Estado disfrazado de motín. El humo empieza a salir del Penal de Devoto. El infierno que siempre supo ser la cárcel, se volvía literal en el Pabellón Séptimo.

“Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos”. Ese 14 de marzo la sorpresiva requisa había sido aún más violenta que las habituales. Entre golpes y disparos de gases y balas, los presos quedaron amotinados detrás de colchones, almohadas y sábanas, que brindaron un escenario óptimo para la rápida propagación de un fuego poco accidental.

“Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas”. Los que para la sociedad parecen no tener derechos ni merecerlos, se quemaban o asfixiaban adentro del penal. Afuera, el Servicio Penitenciario Federal no permitía el ingreso a los bomberos y negaba el asesinato colectivo más importante ocurrido en una cárcel argentina.

“El pabellón, en un segundo se nubló todo y ya no vemos nada más”. La noche anterior, una acción tan rebelde como no apagar la televisión al ser indicado por un penitenciario, desató las primeras discusiones que serían mortalmente castigadas con la vida de muchos otros.

“Pruebo trepar hasta un ventanal buscando el aire y me balean fiero”. La sangrienta dictadura militar que atravesaba el país en el año 1978 otorgaba un marco de violaciones sistemáticas a los derechos humanos a lo largo de todo el territorio y explicaba, en cierta forma, la impunidad de quienes dispararon a los que asomaban entre las rejas buscando aire libre de humo y garantizaron que las condiciones sean inmejorables para que la masacre se concrete con la mayor eficacia posible.

“Viejita, amor, hijas y amigas, buscan noticias en la puerta, ahí fuera”. Mientras parientes y allegados buscaban algún dato certero en la calle y los penitenciarios aseguraban que el incendio se encontraba bajo control, las horas pasaban entre llamas y desesperación en el séptimo piso del penal de Devoto. En el sexto y el octavo, los demás internos se tiraban agua para suportar el calor que brotaba de del techo y el piso sin entender qué ocurría ni poder evacuar. Este infierno, que nada tenía de encantador, iba a dejar un saldo de sesenta y cuatro presos muertos por quemaduras, asfixia, disparos y golpes.

“Tiempo después, escucho aún el ruido de loco de los paloteros. Buscan así baldosas flojas donde escondemos tesoro y miserias”. El sonido de la requisa buscando túneles u objetos en el piso del pabellón, nunca se deja de escuchar. Tampoco ese silbato que hace correr a todos con las manos en la cabeza cada diez días para revisarles hasta los genitales con la violencia explícita de quienes sienten como propiedad la vida y la dignidad ajena.

“¡Pobrecito! Pobre ‘el cebolla’, no pudo más, se degolló por miedo”. Ciertos códigos tan bien justificados por semejantes hechos de violencia institucional, postulan morir en las propias manos, antes que en las del Servicio Penitenciario. Y otros, sin duda, mueren de miedo.

“Nadie es capaz, ¡no pueden borrar mis recuerdos! Nadie es capaz de matarte en mi alma”. Pero la memoria es el único paraíso del que no pueden expulsarnos. La memoria como trinchera. La memoria hasta el alma, como forma de amor y de lucha, garantiza un sitio libre de censura donde las armas no se logran imponer.

“¡Y así te dan! ¡Así te quiebran! Así te dan por culo allí, sin más”. Los predicadores del olvido, los propagandistas de la indiferencia y el terror, cargados con odio, harán todo para que no quede nada. Con el miedo como estandarte, y la represión y la violencia como principales herramientas para sostener ese poder a costa del sufrimiento ajeno. Dueños de la verdad, o eso creen, no tienen ni la más remota idea de la resistencia que de esta forma están creando.

“Por esa vez la Vieja Cosechera vino por mí y no quiso besar mi vida”. Los pocos sobrevivientes, marcados en cuerpo y alma por el fuego, al apagarse el incendio fueron de nuevo golpeados y torturados brutalmente por el personal carcelario. Algunos allí cayeron.

“Estoy herido, estoy quemado. Voy en camilla por el Salaberry. Voy a tratar de hacer conducta aquí, para rajar antes que mis pulmones”. Finalmente, fueron atendidos en el hospital. Las fuertes quemaduras, la asfixia y la demora en la atención vencieron en los cuerpos de algunos que no pudieron contar su historia.

“Si va a pasar algo conmigo quiero que sea en libertad, ¡allá afuera!”. El adentro nunca deja de mostrar su cara más cínica y dolorosa. La muerte o la vida, que pasen afuera.

“¡Y nada más! ¡Irme y nada más! No quiero ver más gruesa del llavero”. Los medios de comunicación llamaron al hecho “Motín de los Colchones”, transmitiendo las explicaciones del personal de la unidad, que culpaba a los propios internos del penal del incendio y de las muertes provocadas, a raíz de un amotinamiento como manera de reclamo.

“Ni mirar la pared si el pasarela grita, para tapar los quejidos y lamentos”. En épocas de torturas deshumanizadas y aparatos represivos ilegales en el poder, cada grito esconde algo. Los utilizados para encubrir el sufrimiento del otro lado de la pared, son golpes de miedo a cada cabeza que entiende en qué oscuro agujero está metido.

“¡Ya nunca más! Y nunca ya voy a olvidarte, Pablo, nunca”. El tono grave y la voz baja del Indio Solari al finalizar la canción, con la intensidad de quien perdió allí a un amigo, deja erizada la piel de quien haya prestado atención. El relato de Horacio, que es llevado en esta letra a muchos otros, no deja de doler de injusticia en el medio del pecho.

El miedo a la impunidad tiene la particularidad de recordarte a cada momento las condiciones desiguales e injustas en las que se ejerce esa violencia. El miedo a que te torturen y maten en una dictadura se acrecienta para quienes, castigados por la ley y la sociedad, no tienen más defensa que esconderse detrás de un colchón prendido fuego.

Treinta y seis años después del hecho, la Justicia declaró que se trató de un delito de lesa humanidad, imprescriptible, que debe ser investigado, gracias a la lucha de sobrevivientes y profesionales que se dedicaron a combatir la impunidad en un contexto tan poco visibilizado.

Mientras el Nunca Más no sea un hecho concreto, mientras no se repare tanto dolor, mientras en las cárceles se sigan cometiendo abusos de poder y prácticas ilegales y mientras las personas privadas de su libertad estén privadas de muchos otros derechos a la vez: el fuego de la Masacre de Pabellón Séptimo seguirá quemando.

 

 

 

  • Indio Solari – “Pabellón Séptimo (Relato de Horacio)”, El tesoro de los inocentes, 2004
  • Claudia Cesaroni – “Masacre en el Pabellón Séptimo”, Editorial Tren en Movimiento, 2015
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