Historias sin punto final
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#4 · El espíritu eterno

Por Luciano Lamberti

Ph. Lele Moon

Ilustración Flavia Schreiber

Has sido elegido presidente de la Nación Argentina. No fue, la tuya, una elección reñida. Ganaste por casi un setenta por ciento sobre los nimios y risibles porcentajes de tus oponentes, hombres y mujeres de larga data en la vida política, carreras portentosas y pasado militante, que habitualmente desfilan por los programas de las nueve brindando opiniones sobre casi cualquier tema, sobre todo de aquellos denominados “candentes” (la inseguridad, la inflación, el desempleo, la educación) con impostadas posturas de responsabilidad republicana. Miembros de partidos tradicionales, tus oponentes, han sido revolcados en el fango, y salen a las ocho de la noche a aceptar su derrota, en búnkers desolados y tristes.

 

Vos, en cambio, sos joven. Una cara nueva, como dicen. Cuarenta y nueve años y  excelente estado físico, capaz de derrotar en un partido de squash a un oponente diez o quince años menor. Los trajes te sientan bien, las mujeres no dejan de echarte miradas penetrantes y deseosas que te cortan el aliento. El futuro se abre ante vos como una hermosa flor amarilla.

 

Los analistas políticos, los encuestadores, los periodistas que conducen los programas de las nueve, y para quienes tu triunfo era virtualmente imposible, se rascan ahora la cabeza como chimpancés confundidos. ¿De dónde salió?, se preguntan. ¿Cómo hizo? Entonces comienzan a girar los proyectores y la luz irreal de tu biografía se imprime en el aire.

 

Nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, hijo de comerciantes humildes, fuiste, de pequeño, un pasable deportista, que jugó al tenis y al fútbol con resultados más bien mediocres, pero un estudiante destacado, no solo por tus notas sino por ser el líder de las agrupaciones que ganaban una y otra vez las elecciones. Medalla de oro en la universidad. Mejor promedio. En esos años conociste a quien sería tu mujer, te casaste y tuviste dos hijas. En el 92 abriste un estudio junto a ella, donde ejerciste como abogado laboralista con tendencias izquierdosas, según te acusaban, y poco después te postulaste como intendente para tu pueblo, perdiste y al año siguiente te volviste a postular y esta vez ganaste y desde ahí tu carrera no se detuvo.

 

¿Cómo lo hizo, doctor?, te preguntan una y otra vez en los programas políticos.

 

Arremangándome, decís. Y es verdad. Un lugar común y una verdad grande como un avión.

 

Arremangarse es el secreto de tu éxito. Tu lema de campaña. La clave de tu imagen. Camisas a rayas, subidas hasta los codos. Un gesto que decía: soy el hijo de la clase media argentina, estoy dispuesto a trabajar por ustedes, no tengo ningún as bajo la manga, me siento parte del pueblo, los amo, amenmé. En los estrados a los que subiste, en diferentes provincias y ciudades y pueblos que recorriste durante tu campaña (y donde indefectiblemente tenías encuentros sexuales con las amas de casa que iban a admirarte, a las que calentabas como animales drogados, a pesar de salir en las fotos con tu mujer y tus hijas o precisamente por eso), te bastaba arremangarte frente a todos para volverlos locos. Vamos a trabajar, compañeros. Vamos a hacer de este país un lugar mejor.

 

Arremanguemonós, decían los afiches que cubrían la ciudad de Buenos Aires. Y la foto de medio cuerpo mostraba tus fuertes antebrazos. Era como estar desnudo. Una entrega inconmensurable, un sacrificio. Les recordabas algo muy profundo, algo elemental y primitivo para lo que no tenían palabras, pero sí admiración y votos y relaciones sexuales de parado con las buenas amas de casa que se aburrían en el interior.

 

Pero la verdadera explicación es otra. Vos lo sabés, o lo intuís. La explicación se le escapa a todo el mundo, como si hubiera en el fondo, una cuestión sobrenatural involucrada, algo del orden del destino, una llamada de Dios.

 

Ahora sos presidente y todo es como un sueño. A veces quisieras tomar whisky hasta que te estalle la cabeza. A veces dudás de todo. Pero está sucediendo, sucede ahora, y es como si le pasara a otro. Otro se abraza, esa noche, a sus amigos y conocidos y asesores de campaña. Otro es el que sale, a las once, a dar un discurso que habla de futuro, de cambio, de un nuevo comienzo. Somos nietos de inmigrantes que se arremangaron para levantar este país, decís, y procedés a hacerlo, en medio de la ovación general. Otro se emborracha con tu mujer, sentado en el living de su casa, y hace el amor con ella. Otro se despierta al día siguiente y se mira al espejo y sos vos, el presidente. El teléfono comienza a sonar.

 

Decís: ya voy a despertarme, ya voy a sentir que salgo del agua, pero la sensación de irrealidad sigue ahí. La sensación de que estás cumpliendo el plan de un, como lo llaman los alcohólicos recuperados, Poder Supremo, Dios, el Karma, tu Sagrada Voluntad, lo que sea. Es lo que sucede en los meses siguientes, en los que estás ocupadísimo. Especímenes de toda calaña se te acercan, como viejas caricaturas políticas de los años 60, ansiosos por recibir una tajada en el asunto, pero los podés detectar a gran distancia y darlos vuelta para que no se lleven lo que han ido a buscar sino lo que vos necesitás, satisfechos y engañados como princesitas. El jueves a la mañana te reunís con el cardenal de Buenos Aires. El jueves a la tarde, con el gobernador. El viernes: con un embajador venezolano. Reuniones y reuniones y reuniones. Llegás a tu casa y le susurrás a tu mujer que vas a cogértela como solo un presidente es capaz de hacerlo, pero después de cenar y de contarle un cuento a tus hijas te quedás dormido en la cama con la corbata floja alrededor del cuello. Y esto es solo la preparación, te dice tu asesor.

 

Tu asesor, tu mano derecha, tu segunda esposa, como lo llamás (a veces pensás que es la primera, en realidad) es también parte de la razón por la que se produjo el milagro. Geniecito de 28 años, te vio arremangarte una vez y dijo: ahí. Eso. Ahora te indica con quien podés jugar un partido de golf, con quien es recomendable tomar un trago fresco en una terraza, a quién necesitás y a quién vas a necesitar en el futuro.

 

No quiero pasar la Línea, le decís vos, cuando insiste con eso.

 

Es una vieja disputa, Oliveiro fuma y niega con la cabeza.

 

No hay tal Línea, te dice. Ya estás dentro de la Línea hace tiempo. Es la política.

 

No, no señor, le decís. Cuando pasó lo de los barrenderos…

 

Y dale con los barrenderos.

 

…estuve de este lado de la Línea. Y te puedo citar, no sé, seis casos más.

 

Dejate de joder con esa mierda. Ahora que te juntás con el Presidente Saliente, dice Oliveiro, él te va a tomar toda la Línea.

 

¿Cuándo?

 

El sábado por la mañana.

 

La reconcha puta de la.

 

Pero el Presidente Saliente no quiere negociar nada. Lo único que parece querer es descansar. Dormir y dormir por el resto de su vida y luego morirse y seguir durmiendo, o por lo menos esa fue tu sensación general del encuentro. Era un día espléndido de agosto y el viejo te esperaba en la galería de su residencia de Olivos, tomando café en una mesa llena de diarios, vestido con una especie de pijama y pantuflas. Te señaló los diarios y dijo:

 

Mirá lo que dicen esos alcornoques (el ex presidente es de usar esas palabras), siempre con lo mismo.

 

Aceptaste café negro con dos de azúcar y hablaron un poco de tu sorpresiva campaña, como no podía ser de otra manera. El viejo te hacía preguntas pero enseguida se las respondía a sí mismo y apenas podías meter un bocado. Había gobernado el país por dos mandatos consecutivos, y tenía un montón de anécdotas ridículas con otros presidentes latinoamericanos, con el de Estados Unidos y hasta con el Papa, que escuchaste sin interés.

 

Después se prendió un cigarrillo y se levantó con visible esfuerzo para que pudieran caminar por el hermoso parque de Olivos. De inmediato apareció una de las mucamas con un vaso de whisky escocés, y el Presidente Saliente te preguntó con un gesto si querías uno, a lo que respondiste que no, que muchas gracias. El ex Presidente sonrió como para sí mismo y te señaló la pileta.

 

Nadaban grandes peces de colores, en la pileta. El agua estaba limpia pero oscura, y los peces se divisaban, allá abajo, como relámpagos estivales. El viejo tomó un puñado de alimento que llevaba en el bolsillo de su pijama y lo arrojó al agua. Los peces se arremolinaron en el lugar, sus escamas coloridas brillando en la hermosa mañana, y por alguna razón eso te dio asco y casi arcadas.

 

Así es la cosa, dijo el Presidente Saliente, señalando con el vaso de whisky a esos peces. Uno les tira comida y ellos se pelean por el mejor pedazo. Si hay uno que necesita más, tendrá que luchar por conseguirlo. No sé ni lo que digo, dijo, se tomó el whisky de un saque, y casi al instante la mucama que le había traído el primero apareció al lado de ellos, como si estuviera esperando ese momento, y se lo cambió por el segundo. El viejo la miró irse con una sonrisita verde.

 

Me la culié un par de veces. Todas quieren culiar con el presidente. No saben por qué. Pero hay que hacerlo, es una cuestión patriótica.

 

El ex Presidente se prendió otro cigarrillo y te dijo, como si continuara con un pensamiento ya desarrollado, que sí, que todo era cuestión de confiar en el Espíritu Eterno.

 

¿Ah? ¿Una especie de metáfora? ¿Algo que ver con el Poder Supremo que te había llevado hasta allí?

 

El viejo te apoyó una mano que temblaba en el hombro. Era como si no fuera capaz de hacer otro paso, y pensaste por un segundo, sintiendo su horrible aliento, que se desplomaría allí mismo, pero te miró con sus ojos vidriosos y dijo:

 

Suerte, hijo. Ya vas a entender todo. Vas a entender el… corazón de este país. O mejor: el estómago. O mejor: las entrañas de este loco país.

 

Se quedaron un momento callados, mirándose. Miraste las venitas rojas del cansacio en sus ojos, la nariz colorada, la mano temblequeante como la de una abuela con alzheimer, su espalda cada vez más curva.

 

¿Cómo dijiste?, te preguntó él.

 

No, yo no dije nada.

 

¿No dijiste nada?

 

No.

 

Ah.

 

El ex presidente caminó unos pasos hundiendo las pantuflas en el cesped.

 

No te preocupes. Vos no te preocupes. Todo va a salir muy bien, te dijo. El señor D. te va a ayudar en lo que precises en tus primeros meses. Apoyate en él.

 

No conozco al señor D..

 

Es un asesor… informal, dijo el ex Presidente. Trabaja en cuestiones informales, pero que son las más importantes. Eso, hijo. Las más importantes. No va a meterse nunca donde no lo llamen. Es muy discreto. Muy leal. Muy caballeroso. Tiene, no sé, años trabajando en ese puesto. Y aparece cuando lo necesitás. Apoyate en él.

 

Todo ese día, al siguiente, y en la semana, la reunión volverá a tu pensamiento. Se lo contás una noche a tu mujer, en la cama, agregando que estás empezando a pensar que todo esto puede ser más complicado de lo que creías, pero ella te dice que no seas mariquita, que se casó con un hombre y no con una nenita. Esas palabras te dan un poco de miedo, sobre todo porque no creías a tu mujer capaz de pronunciarlas, pero de todas formas le hacés caso y te olvidás del asunto y cogés con ella como solo un presidente en uso de sus funciones es capaz de hacerlo, y te dormís desnudo y abrazado a ella, y soñas con el señor D..

 

Es un hombre pequeño, de tez blanca salpicada de pecas, edad indefinida, sombrero de ala oscuro y traje. Está metido en la pileta de los peces hasta las rodillas, y mientras lo mirás se va hundiendo hasta que solo queda su sombrero flotando en el agua.

 

Te levantás ese día con la sensación de que algo anda mal, no podrías identificar qué, pero es como si te estuvieras hundiendo en esa pileta de agua musgosa donde nadan los peces de colores, no hay nada de malo con esos peces, son encantadores y poseen grandes bocas carnosas y succionadoras como sopapas que evocan vagas ideas de felación y vedetes de los años 90. El mar y una tabla de tergoporl y vos, encima, rodeado de las grises aletas de tiburones.

 

Poco antes de la entrega de mando ves a D..

 

Es apenas un segundo. Cruza por enfrente del auto que maneja uno de tus asesores, pero lo reconocés porque es idéntico al del sueño, sencillamente. Y desde ese momento te parece estar viéndolo en el borde de tu campo visual todo el maldito tiempo, es como un chiste, cada vez que tus ojos se enfocan en, como se dice, la lejanía, aparece el traje gris oscuro y el sombrero de D..

 

¿D?, dice Oliveiro. Me parece que debía estar (gesto de alzar un vaso con dos dedos). No sería raro.

 

No insistís. Oliveiro también es un pez de ancha boca carnosa y succionadora. No entiende lo que pasa, y como no es la solución al problema es parte del problema. Pero D. está ahí, rondándote, quizás cuidándote. Quizás cuidando a los demás de vos. Alguien de la SIDE, seguramente. Una de esas personas esquivas a la atención pública. Alguien que vive solo en un departamento perfectamente ordenado, rodeado de monitores y teléfonos celulares descartables, haciendo planes. O un viejo (D. es viejo) que lleva a sus nietas a la plaza pero no tiene problemas a la hora de estrangular a un enemigo en un baño público. Puras pavadas, pero los peces siguen ahí y el día de la ascensión, cuando salís al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gente con la mano en alto, las multitudes en las que se destacan los grandes carteles con la palabra ARREMANGÉMONOS, lo descubrís de pronto entre las pocas personas que te rodean en el balcón, parado como quien no quiere la cosa unos pasos a tu derecha, mirando hacia adelante.

 

Por un instante se te corta la respiración, olvidás el discurso que tenías preparado para arengar a esas multitudes, un agua fría te crece en los calzoncillos, tus testículos helados se encogen, te sentís paralizado como en esos sueños donde debés huir de un agresor invisible por largos corredores, te tambaleás un centímetro sin abandonar tu sonrisa característica y una sombra negra, la del agua donde nadan los peces de bocas seductoras, te envuelve y te penetra y se va. Ya todo está bien. Nadie se dio cuenta. Cuando volvés a mirar, el señor D. ha desaparecido, quizás fue una alucinación producto de los nervios y el estrés en todo ese momento, deberías consultarlo con un médico pero es demasiado pronto para llamar a los médicos y que esos cuervos de la prensa se enteren y comiencen a hacer sus porquerías. Mejor pararse frente a la multitud y arremangarse las mangas de tu camisa, ante la ovación general.

 

Cinco días después, el señor D. entra a tu despacho sin pedir permiso ni anunciarse, se detiene frente a tu escritorio y te mira fijamente con esos ojos claros enmarcados en grandes cejas que los vuelve profundísimos, sin bordes, sin un límite preciso. Su entrada, por razones que no acabás de entender, no parece una violación a tu investidura presidencial, sino todo lo contrario: es más bien humilde, como la que haría un viejo criado de película. El señor D. ha cerrado la puerta tras de sí y se ha acercado, con el sombrero en la mano, con pasos medidos, prolijos y eficientes, para decirte:

 

Buenos días, señor Presidente. Creo que ya nos han presentado. Vengo a acompañarlo a su encuentro con el Espíritu Eterno.

 

No sabés cómo responder. El señor D. no es alguien que haga chistes. No es alguien que hable por hablar, sin pensar en lo que dice, ninguna de sus palabras son inútiles, ninguno de sus actos carece de un propósito definido. No mueve un músculo de la cara. No parece respirar.

 

Te levantás, entonces, y lo seguís. De pronto eso te parece lo más lógico.

 

El señor D. te guía con un gesto hacia la habitación contigua, llena de bustos de los ex presidentes, que a veces te gusta recorrer para imaginar cómo eran, cuáles eran sus conflictos y su Línea, si es que hubo tal cosa, y cuántos los vasos de whisky reales o imaginarios que tomaban por las mañanas. Ahí están Urquiza, Mitre, Sarmiento, Roca, Sáenz Peña, Yrigoyen, Perón, Aramburu, Illia, Lanuse, entre otros menos conocidos como Derqui o Victorino de la Plaza. Todos fundidos en hierro negro, mirando la nada de la Historia con sus ojos vacíos.

 

En el medio de la sala, sobre el piso lustroso de madera, hay una alfombra de dos metros cuadrados, que el señor D. se apresura a quitar, enrollándola con un gesto rápido, como si fuera parte de una rutina y que revela una sólida escotilla de madera, con remaches a los costados. Parece pesadísima pero el señor D. la levanta sin esfuerzo y ves los escalones que descienden hacia lo profundo.

 

Desde el fondo, allá abajo, llega un ruido constante que semeja al zumbido de una vieja heladera. Recordás haberlo oído, en los primeros días de trabajo. Se lo preguntaste a Oliveiro, incluso.

 

Shhh, le dijiste, interrumpiéndolo mientras te pasaba los detalles de tu primera conferencia de prensa. Shhh, escuchá eso. Ahí. ¿Lo escuchás?

 

Sí, lo escucho. ¿Pero qué mierda…?

 

¿De dónde viene ese ruido?

 

Escuchame, me cago en Dios, que esto es importante.

 

Te escucho, pasa que no puedo dejar de pensar en ese ruido. Me taladra la mente.

 

Claro, claro, dijo Oliveiro.

 

Ahora entendés de dónde había venido. Todo ese tiempo ahí, debajo de tus pies. El señor D. se incorpora y te invita a bajar, con un gesto muy medido, cosa que hacés, no sin antes un momento de duda en el que pensás que: a) estás internándote despacio en el reino de la locura absoluta, cruzando una línea mucho más peligrosa que las que habías cruzado hasta ese momento, y b) quizás esto sea peligroso; quizás, sino es solamente parte de tu mente, un invento que la fiebre de estos agitados primeros días de gobierno encendió en tu interior, sea una trampa de alguno de los partidos tradicionales para dañar a tu persona.

 

Lo hacés, de todas formas, porque ya estás hasta el cuello en el agua oscura, mirando de cerca los peces de colores, y descendés despacio escalón tras escalón, unos quince, sintiendo el brusco descenso de la temperatura. La habitación no es muy grande y está atiborrada de caños que parecen ductos de ventilación y van a dar a una especie de cápsula vidriada, en cuyo interior descansa el cuerpo momificado del General Juan Domingo Perón.

 

Te acercás unos pasos, te inclinás, le mirás la cara.

 

¿Esto es…? ¿Es real?

 

Sí, señor. Claro que sí.

 

Pero está muerto.

 

Está… conservado. En una semivida, dice el señor D..

 

Recién entonces reparás en lo que rodea a esa cápsula. Hay una computadora antigua, de los años 60, que ocupa toda una pared, adosada a monitores modernos que registran las pulsaciones y la actividad cerebral del ex presidente. Los caños metálicos, serpenteantes como gusanos, van a dar a la parte trasera de la cápsula.

 

¿Es…?

 

No, dice el señor D.. Es solo su cuerpo. Lo que vive en él es el Espíritu Eterno.

 

No te atrevés a preguntar siquiera qué es eso, seguro de que vas a obtener una respuesta evasiva, quizás proveniente de la propia ignorancia del señor D., aunque en rigor de verdad no parece capaz de ignorar nada. Quizás no es conveniente que vos sepas demasiado. Mejor así. Peces de colores, de grandes bocas succionadoras.

 

Solo los presidentes, y yo por supuesto, tenemos acceso a esta parte de la Casa Rosada, dice el señor D.. Mi trabajo es mostrárselo y propiciar la comunicación entre ustedes.

 

¿Propiciar la comunicación?

 

Como respuesta, el señor D. pulsa una serie de botones de aspecto antiguo que hay en un panel gris. Se oye el crepitar de unos parlantes en lo alto, un acople y después una respiración calma, como la de alguien que duerme.

 

Cada vez más jóvenes, dice una voz.

 

El cuerpo momificado del General Perón no se mueve, y la voz sale de los parlantes como si proviniera de muy lejos. Se oye un bostezo y después gritos, gritos de puro dolor que te hacen retroceder unos pasos.

 

El señor D. te sostiene del brazo.

 

Es común, dice. Es el dolor de la muerte. No se asuste. Ya se le pasa.

 

Vienen cada vez más jóvenes, dice la voz en los parlantes. ¿Cuántos años tiene, hijo?

 

El señor D. te alienta a responder con un gesto.

 

Casi cincuenta, señor.

 

Muy joven, sí. ¿Cuál es su rango militar?

 

No tengo, decís.

 

Mmmj, dice la voz. Ya lo sospechaba. Por su forma de pararse, nomás. ¿Y sos del partido?

 

¿El partido?

 

¿Sos del peronismo?

 

No, señor. Tengo mi propio partido. Se llama Arremangémonos.

 

La voz vacila, mmm, mmm. ¿Arremangémonos? ¿Qué clase de pavada es esa?

 

Es un partido nuevo, explicás. La gente estaba harta de los partidos tradicionales.

 

Harta de los partidos tradicionales. Las cosas que uno tiene que oír, dice la voz. En fin, hijo. Te deseo mucha suerte.

 

Se lo agradezco, señor. Espero no necesitarla.

 

La voz se ríe, se ahoga, tose, vuelve a reír.

 

Ahora tengo que decirte el secreto. No se lo podés contar a nadie. ¿Estamos de acuerdo?

 

Por supuesto, decís.

 

Ha pasado, hijo.

 

¿Qué ha pasado?

 

De gente que lo contó. O que lo iba a contar. Y fue su fin.

 

Entiendo, señor.

 

Acercate, hijo.

 

El Espíritu Eterno te susurra el secreto. Retrocedés unos pasos. Sentís un bloque de hielo que crece en tu estómago. Y después el piso mojado, vos metido hasta las rodillas en el agua y los peces que pasan a tu lado acariciándote.

 

Quisieras no haberlo oído, porque nada será igual de ahora en adelante. Estás perdido. Frito, frito.

 

Eso es todo, hijo, dice el Espíritu Eterno. Vaya, vaya. Ya lo voy a mandar a llamar. Tenemos mucho de qué hablar. Muchas decisiones para tomar. Muchas personas para convencer. El trabajo es tanto, y los días son tan cortos. ¿No es cierto, hijo?

 

Sí, señor.

 

Tan cortos, tan cortos, tan… la voz se fue apagando. Se oyó la respiración del principio, luego un ronquido profundo y casi animal.

 

El señor D. pulsó nuevamente los botones y los parlantes se apagaron. Después subieron los escalones y emergieron al salón de los bustos. Mientras el señor D. cerraba la puerta y desenrollaba la alfombra que la cubría, te quedaste ahí de pie, bajo la mirada de todos esos ex presidentes. Vos esos era uno de esos, ahora.

 

No se haga problema, señor, dijo D.. Ya se va a ir acostumbrando. De acá a unos meses le va a parecer lo más normal del mundo. El ex Presidente se había hecho adicto a bajar esas escaleras. Pasaba horas ahí, con su botella de whisky.

 

No decís nada, una vez más.

 

Vaya que lo deben estar esperando, te dijo D., señalando la puerta de tu despacho.

 

Es verdad, ahí están Oliveiro, con cara de pocas pulgas, y su secretaria. Te saltan encima apenas entrás, con miles de cuestiones de agenda, pero levantás una mano y les decís que necesitás estar solo un segundo.

 

Cuando se van, cerrás la puerta con llave, caminás hasta el pequeño bar que hay en una de las esquinas y te servís una medida de whisky. Abrís las cortinas que dan a la calle y prendés un cigarrillo. Has cruzado una Línea que ni siquiera sabías que existía, una Línea profunda como la herida provocada por un accidente, para recalar en el otro lado, donde todo tiene bordes difusos. Lo único real son los peces de bocas carnosas en el agua oscura, y la presencia en todas partes del Espíritu Eterno. Eso sí. El zumbido que emiten los caños, allá abajo, y que ahora nunca podrás dejar de escuchar. Te levantás para servirte otro whisky, doble esta vez, y sin hielo, y mientras lo tomás tirado en el sillón, con los ojos cerrados, sos como un barco que se aleja de la costa en un hermoso día de verano, viendo los pañuelos blancos que se agitan y las gaviotas que giran en círculo cerca del sol.

 

Sos una gaviota, pero también el barco, el cielo y el mar.

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