Historias sin punto final
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#18 · Cadena de infidelidades

Por Azul Zorraquín
Ph. Raymundo Lagresta 

Soy Jaime Jiménez Jaureguiberry y siempre me pregunté: ¿a dónde van los sueños? Esas historias invisibles, fantasmas sin dueño y pensamientos imposibles que nacen en las almohadas. Ahora lo sé. Después de ciertos eventos siniestros comprobé que no se esfuman. Almohadones, cojines y cuadrantes, todos son emperadores poderosos y crueles. Nadie lo sabe, pero la almohada es un portal inmenso de energía. Todos creen que al levantarse, el fluir de la conciencia queda oculto en algún rincón del pensamiento y que, paulatinamente, se evapora como agua hirviendo. Lo que todos ignoran es que dentro de las almohadas existe un cableado invisible de energía que retiene información. Esta importantísima metadata es liberada a través del contacto con la cabeza humana. Cualquier cabeza humana. Así, se adentra en el cuero cabelludo; traspasa los tejidos y se aloja nuevamente en el pensamiento, luchando contra el olvido. La magnitud de la energía es exorbitante y llega para recordarnos que ni los peores sueños pueden ser olvidados. Antes de llegar a esta teoría que suena delirante, le fui infiel a Judith. Conocí a Dalila en una plaza del microcentro porteño y le hice el amor en un telo barato de la calle Talcahuano. Algunas semanas después, soñé con sus tetas rebotando en el ascensor de una torre sin pisos. Después nos besamos en un escenario incierto, contra el alambrado de un campo donde los únicos espectadores fueron los sauces llorones. Esa misma noche, Judith durmió, accidentalmente, sobre mi almohada. Inmediatamente lo supo; mi almohada también me fue infiel. Judith me dejó. Mi compañera de vida, la mujer que había elegido para ser madre, se esfumó como el humo del cigarrillo que estoy fumando, en la terraza de este décimo cuarto piso que será el último escenario que habite mi carne antes de caer.

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