Historias sin punto final
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#22 · Directamente proporcional

Por Sol Gunning
Ph. Tab Cuzca

–¿Qué pasa, gordi? Tranquila, todo va a estar bien.
–Es que no sé qué me pasa. Hay algo que siento que no está bien, y no te quiero lastimar.
–¿Me amás?
–Ya no lo sé.

 

Palermo, Serrano, la escalerita de una casa pintoresca que servía de banquito, Seba y yo. Ah, y el terror que me generaba pensar que lo que me unía a Seba ya no existía. Y las lágrimas, por supuesto. Porque luego de disparar esa confesión, el llanto se volvió una de las rutinas constantes de esas semanas. No podía parar de llorar.

 

Corría el 2012, y a mis 23 contaba con 40 materias de Comunicación Social; cinco años de laburo en un lugar en el que sufría; dos ex-novios; y un volver a empezar con mi familia. El podio se lo llevaban mis amigas de la facu, quienes me bancaron hasta el día en el que casi termino mirando crecer desde abajo a los rabanitos.

 

Ustedes se preguntarán si ese, el de la cirugía de abdomen de urgencia, fue el día que más miedo sentí. La respuesta es obvia. Aunque no tanto: unos años después, hubo una noche en la que el miedo llegó por algo tan abstracto como absurdo, con una fuerza envolvente.

 

No conseguía parar de llorar. Hacía un año y medio que me había enamorado plenamente de Seba. Ya era Licenciada en Comunicación y las cosas estaban, a mi parecer, demasiado quietas. Esa quietud que hace que la sangre corra más rápido y el corazón lata más fuerte. Esa quietud que no tranquiliza, que acelera y paraliza, que le da galope a la ansiedad. Esa quietud típica que antecede a los grandes vendavales.

 

Sucede que no conseguía laburo de lo que había estado estudiando durante seis años y seguía trabajando en el lugar en el que sufría. Sentía que todo estaba quieto. Me recibí, pero no me sentía periodista todavía. Terminé de estudiar y sin embargo aún seguía sintiéndome una estudiante. Los sueños de toda una vida se dieron de jeta contra la pared de la realidad.

 

Una noche del 2014 llegué a la casa de Seba, me regaló un pullover y, cuando lo vi, sentí culpa. Sentí que ya no lo amaba más. A la semana siguiente, salimos de una master class de canto a la que me acompañó y comenzamos a caminar por Palermo. Sentí que él empezó a dudar sobre el porqué de mi tristeza.

 

Corría el 2012, y uno de los pacientes que había recepcionado en el consultorio en el que trabajaba por las tardes, me agregó al Facebook. Me llamó la atención, dado que a mi parecer no encajaba con el estereotipo de pibe que te iba a chamuyar por Facebook. Pero un tiempo después de que terminó su rehabilitación kinesiológica, me agregó. Y por una de esas cosas de la vida, no lo acepté.

 

Pero los meses pasaron, y a unas semanas de haber comenzado mi tesis de grado, una noche apreté el botón: “Aceptar”. La historia la narré tantas veces en esa época que hoy me da fiaca volver a contarla. Porque en verdad, no es mucho más que muchas de las historias que nacieron luego de que naciera Facebook.

 

Sin embargo, lo que tenía de especial nuestra historia, la que compartíamos con Seba, era lo genuino en nuestros sentimientos. Yo estoy más grande, ha pasado agua debajo del puente –y otras cosas–, y así y todo recuerdo con alegría el amor que nos unió durante ese tiempo. Precisamente, en ese tiempo, no consideraba presente más simple y perfecto que no fuera al lado suyo.

 

En psicoanálisis dicen, muy a grandes rasgos, que uno puede posarse en un tema en particular y regocijarse en el dolor que le genera, con el fin de no enfrentar el verdadero problema. Es un acto inconsciente, claro. Porque es más fácil irte por la tangente de las pelotudeces que caminar derecho hacia lo que te hace sufrir en verdad para solucionarlo. O al menos, intentar eso.

 

La tangente de las pelotudeces en mi caso fue dudar del amor que sentía por Seba. Y me generaba terror dudar. Ya la duda en sí y el miedo y el llanto me daban la respuesta exacta: “Lo amás tanto que te da pánico la idea de no hacerlo más”. Porque obvio, no hay peor saboteador que uno mismo.

 

Tal vez lo más “fácil” para mí en ese momento de mucha quietud e incertidumbre personal, fue embestir mis frustraciones en la persona responsable de mis pocos momentos de alegría por aquellos días. Sí, bien autoboicoteadora.

 

Esa noche, en la escalerita de la casa sobre la calle Serrano, Seba me abrazó fuerte. Y solo dijo algo.

 

–Estás en un mal momento, gordi. Yo sé que me amás todavía. Quedate tranquila.

 

Camino al auto, seguía sosteniendo mi mano con la misma ternura que siempre. Yo –sí, adivinaron– no paraba de llorar. Su actitud no fue la de un necio optimista, no. Él simplemente se guió por lo que yo demostraba. En ese momento, daba la sensación de que él me conocía mejor que yo misma.

 

–Voy a poner este tema de los Peppers, yo lo escucho cuando me siento maso. No hablemos más, escuchá la música.

 

Llegamos a mi casa, me dio un beso cálido, y nos despedimos.

 

Si vas a elegir al periodismo como forma y medio de vida, tenés que saber que la dificultad de insertarte en el mercado laboral de la comunicación, es directamente proporcional a la felicidad que te genera poder vivir de eso.

 

Porque, al fin y al cabo, mi miedo, ese que me paralizaba y que me hacía dudar de hasta lo más concreto en mi vida, era en realidad el espejo del pánico que le tenía a no poder desempeñarme como comunicadora, como periodista. El terror a no poder vivir de esto, de no poder cumplir mi sueño.

 

Esa vergüenza que sentí cuando Eduardo Sacheri volvió al consultorio luego de cuatro años y se sorprendió al verme aún ahí. Esa impotencia que brotaba desde adentro cuando me preguntaban “¿y vos qué hacés?”, y tenía que responder que era Licenciada en Comunicación pero que –sin desmerecer, claro– trabajaba en un consultorio. Esas sensaciones eran el motor del miedo, miedo que terminé volcando en Seba.

 

Pasaron algunas semanas. Decidí permanecer con Seba porque no estaba segura de dejarlo. Tampoco de amarlo, pero de dejarlo menos. Me despertaba llorando, él me escuchaba y me abrazaba hasta que me calmaba. Así varias noches. Al día de hoy no logro entender su paciencia, la que evidentemente se agotó en esa época.

 

Un día, una ex-profesora me preguntó si no quería trabajar con ella desgrabando audios. Yo estaba tan boluda que le di poca importancia. Una tarde dominical de mayo, Seba me preguntó por qué no había hecho lo que me pidió Agustina.

 

–Gordi, te prendí la compu. Hacé lo que quieras, pero creo que por algún lado tenés que empezar.

 

Y empecé.

 

Un audio llevó al otro. Llegaron las notas. Luego, los ofrecimientos formales para firmar lo que escribía. Por otros motivos, al tiempo con Seba cortamos, y casi inmediatamente el impulso que había tomado a su lado, lo terminé soltando sola: firmé mi primera nota en un diario nacional, y otra ex-profesora me ofreció un trabajo full-time en la agencia en la que actualmente laburo. Así, con otros proyectos paralelos, se fue abriendo el camino que hice hasta el día de hoy. El camino por el que tanto soñé andar.

 

A dos años y pico de esa noche en Serrano, me doy cuenta de que el amor que yo sentía por Seba era directamente proporcional al que sentía –y siento– por mi profesión –que es más bien un oficio, una pasión. Ese amor que te hace sentir viva, que te enaltece, que te pone brillito en los ojos. Aunque el amor por mi profesión es más que amor: siempre la termino eligiendo aunque me resista a hacerlo –y creo que eso no pasa ni con las parejas.

 

Seba lo sabía, lo supo todo el tiempo, y no hizo más que recordármelo. Hoy, a muchas noches de esa noche en Serrano, y a muchos días de nuestro último día, le regalo este texto. A la distancia –física y temporal– las cosas toman su real perspectiva. Y hoy, a pesar de las diferencias irreconciliables y del amor que un día se fue para no volver más, la gratitud sigue siendo grande.

 

Por bancarme en el miedo, gracias. Porque lo cortés no quita lo valiente.

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