Historias sin punto final
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#9 · El guiso

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

Abrió los ojos. La mirada acuosa le daba una sensación de irrealidad.

 

El olor a excremento y el aire viciado no la dejaban despertar del todo.

 

El calor perpetuo y embotante le apretaba la cabeza. Esa vieja cocinaba siempre para su hermano. Siempre él, siempre.

 

Sentía lástima por él, por su degeneración en eso que vivía en la inmundicia. Sentía envidia de que pudiera saciar su glotonería.

 

Fue a buscar más leña fuera; la noche la trató con odio. Tenía que alimentar con madera el horror que bullía adentro, no hacerlo significaba una muerte.

 

El frío la invitó a rendirse; los ruidos involuntarios de dentro le pidieron quedarse.

 

El cuerpo de Johannes, su hermano, había adquirido proporciones enormes. Comía todo el día un guiso gris que la mujer le daba.

 

Al principio ella también lo había comido, pero pronto, cuando recuperó sus fuerzas, ese alimento le fue negado. La niña hacía los quehaceres que la mujer le daba: recoger la leña, buscar ciertas bayas o plantas; todas iban a parar a la marmita siempre hirviendo.

 

Ese objeto parecía contenerlo todo y devolver pequeñas porciones de esa totalidad inexplicable en forma de cuenco.

 

El niño comía ese guiso todo el día; a veces la mujer le daba dulces caseros que ella misma preparaba; pero no a Margarete, nunca a ella que recibía cortezas de árboles o pedazos de fruta.

 

Roía los huesos que le tiraban como un animal; sorbía con avidez esa limosna ósea.

 

Con el rigor del hambre y el trabajo, el cuerpo de señorita que estaba empezando a florecer se convirtió en algo indefinido y nervudo.

 

Mientras tanto, su hermano ganaba en volumen y flacidez. Su cuerpo, que estaba casi inmóvil por orden de la mujer, tenía la piel blanda sin forma: parecía un gusano de los que se encuentran en la humedad bajo los troncos podridos.

 

Ya no recordaba hacía cuánto tiempo estaban allí, en medio de la nada con esa mujer.

 

Ella los había encontrado perdidos y fugitivos, y sin hacer preguntas los había recibido en su hogar. Los alimentó y los trató amablemente, hasta había tratado un corte en el pie de Johannes que supuraba y tenía olor fétido. Ahí fue cuando le indicó reposo a su hermano, y le tocó a ella el compensar las atenciones recibidas con trabajo.

 

Johannes tenía que permanecer dentro recuperándose, parecía que el corte era grave y profundo, y solo las atenciones constantes de la mujer podían evitar la gangrena.

 

La niña trabajaba desde que se levantaba hasta el ocaso, cumpliendo todas las tareas que la señora le daba, aún las que no entendía; especialmente esas.

 

Margarete había encontrado a la dueña de la casa cantando canciones que no comprendía; en ocasiones la había visto susurrándole cosas a una bellota, o hablándole a la oscuridad. Esto le daba una profunda necesidad de fuga, pero ¿dónde iría? ¿Cuál sería el camino a cualquier lugar?

 

Lo que fuera su hogar ya no existía; para ninguno de los dos. Y la inmensidad de todo lo que no conocía la ataba a allí, a ese fuego con ese guiso gris siempre burbujeando.

 

Una noche de verano la mujer le dio un palo a Margarete y le dijo:

 

–Esto es una vara de sauco, ve al arroyo y golpea suavemente las piedras que encuentres que te llamen la atención, bebe el agua de ese arroyo. Pasa ahí la noche. Mantente en silencio. Y por ningún motivo vuelvas a la cabaña hasta que el sol esté en el cielo, ¿comprendes? Con la vara nada te pasará. Duerme tranquila entre esos árboles, que llevas mi vara y este es el bosque que yo habito.

 

La joven intuía que había algo superior y oculto en todo eso, pero hizo lo indicado de todas formas.

 

A la mañana siguiente volvió y encontró a su hermano durmiendo mucho después de lo habitual.

 

La mujer no estaba, le tocaba a ella reanudar los quehaceres de la casa.

 

Su estómago le pidió alimento. En un rincón estaba el guiso caliente, el olor le abrió más el apetito.

 

Se acercó a la marmita, las burbujas subían pesadas, el hambre le atacó el cuerpo. Un solo cuenco, nadie lo notaría. Uno solo para calmar ese casi dolor.

 

Mientras se disponía a servirse escuchó a su hermano entre sueños, vio su cuerpo gelatinoso temblar involuntariamente.

 

No. No sería como él.

 

Además ELLA sabría. Era su guiso y su casa.

 

Decidió mascar unas bayas y dedicarse a las tareas de siempre.

 

Las estaciones se fueron sucediendo; Johannes había ganado en volumen y tamaño, su rostro cambiado de ojos enrojecidos, la respiración fuerte y dificultosa. Su expresión perdida solo ganaba conciencia cuando ELLA lo llamaba.

 

El pelo ahora en todo el cuerpo del varón le daba un semblante extraño. De él manaba un olor acre y fuerte. Ya solo contestaba con gruñidos, y evitaba siempre los ojos de Margarete.

 

Comía con voracidad, sin miramientos por ningún tipo de pudor. Cuando lo dejaban solo en la cabaña, Margarete se acercaba y a escondidas lo veía olisquear el aire como buscando algo y sollozar.

 

Las indicaciones nocturnas que Margarete recibía eran ya casi diarias, una más incomprensible que la anterior: silbarle a un árbol, o quedarse inmóvil junto a una piedra, o aplaudir en un pozo, Margarete las hacía todas; si bien tenía ese frío en el estómago era cada vez menor, como si se hubiera acostumbrado a estar sola en el bosque.

 

Una noche, aburrida e intrigada, decidió volver a la cabaña para ver qué sucedía allí.

 

Despacio, y sin hacer ruido, se acercó: ni el vuelo de una mariposa hubiera pasado más desapercibido; parecía que las acciones incomprensibles habían dado fruto.

 

La luz interior se volcaba por la única ventana hacia el suelo. Contuvo la respiración y miró.

 

En la pared vio el movimiento acompasado de un monstruo hecho de sombras.

 

Una araña humana ocupaba la sala, se movía sin ir a ningún lugar, emitiendo sonidos inentendibles, como una invocación.

 

No entendió o no quiso entender. Volvió al arroyo, y entre el silencio de afuera y el silencio de dentro, trató de no pensar.

 

A partir de esa noche su hermano comenzó a estar fuera parte del día, y llegaba solo por la noche a la casa, justo cuando Margarete debía partir.

 

Un atardecer, mientras la joven preparaba leña para el fuego nocturno, escuchó a su hermano venir a lo lejos, éste siempre entraba rápido sin dar cuenta de ella, pero esta vez se detuvo un instante a verla. Soltó un gruñido en forma de saludo y continuó.

 

Margarete pronto notó que la mirada de saludo y reconocimiento de Johannes era distinta, algo en él había cambiado. Una suerte de hechizo urdido con mucho más que un guiso controlaba a su hermano.

 

Un ser que solo existía cuando ella no estaba, poseía la casa y dirigía las acciones de todos.

 

No eran ideas suyas, no. Tenían que salir de ahí ya mismo.

 

La señora los había recibido con candor; pero ahora una nube de intenciones les impedía irse.

 

Johannes tenía una fijación inexplicable con la mujer, ¿cómo era que su hermano no la veía por lo que realmente era?

 

La marmita era una boca horrorosa; Margarete sabía de su siniestra promesa.

 

Había que salir. Ya. Ayer.

 

La noche anterior su hermano la abofeteó por susurrarle la idea.

 

Él estaba perdido.

 

Ella se largó a lo desconocido.

 

El hambre y el cansancio no eran peores que los que había sufrido en la cabaña; la joven estaba al fin libre de ese frío que atenazaba su estómago; sola con su propia vida.

 

Vagó siguiendo el vuelo de las aves, o el movimiento de algunos animales.

 

Una mañana, mientras se acercaba a un arroyo, escuchó una canción incomprensible.

 

Agachada en la orilla estaba ELLA.

 

Tomaba pedruscos y los examinaba, tirando con desdén los que no quería; mientras, la canción que no tenía melodía ni sentido marcaba el ritmo de sus movimientos.

 

Margarete tomó una gran piedra que encontró cerca y como una brisa se puso tras ella.

 

El bosque que llevaba dentro no eran solo pájaros y castores: en esa orilla su bosque interior fue lobo y trueno.

 

Y aquella mujer que invocaba al monstruo de sombras cesó.

 

Manchada con el resultado de su violencia, Margarete huyó.

 

Vivió en el páramo un tiempo impreciso, como infinito.

 

Una tarde, mientras deambulaba por senderos intuidos, se topó con la casa. Allí estaba, igual que la última vez

 

La recordaba más grande y sombría; con la luz del sol filtrada entre las hojas, parecía más bien un esqueleto tambaleante entre los árboles.

 

Entró. Encendió la lumbre.

 

Un poco sin desearlo y otro poco queriéndolo con todo su cuerpo, tomo posesión de la cabaña.

 

Se sentó en una silla y miró la marmita tirada; lo que fuera que tuviera dentro estaba ahora desparramado en el piso; seco y endurecido el guiso que supo contener al mundo ahora parecía piedra.

 

Vacía pero no rota, la gran olla tenía dentro preguntas que responder; esa boca negra parecía pedir que la volvieran a usar.

 

Salió a la puerta y gritó algo indefinido, algo que había aprendido viviendo entre los árboles y los pájaros.

 

Mientras miraba el fuego se escuchó un rumor a lo lejos.

 

Su hermano no tardaría en llegar.

 

Por primera vez desde que habían sido expulsados de la casa que los vio nacer se atrevió a llamar a su hermano como lo hacía cuando niños.

 

–¡He vuelto, Hansel!, ¡vuelve a casa!– gritó, el bosque y el viento le dieron una respuesta.

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