Historias sin punto final
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#21 · El sentido de pertenencia

Por Ro Cazado
Ilustración Caro Morando

He aquí una historia sobre Gustavo Metus, un joven de 26 años, Licenciado en Administración de Empresas de la UBA, a cargo de un importante puesto en un banco con casa matriz en La República Popular China. Hijo de Víctor Metus, un directivo del BID, y Mónica Ajax, Licenciada en Matemática y consultora del mismo banco que el padre.

 

Vivió toda su vida en el barrio de Núñez e hizo tanto primaria como secundaria en un colegio religioso de la zona. De este último es que conserva su grupo de amigos, toda una conjunción de “hijos de…” con particulares y hasta casi satíricas formas de ver la realidad.

 

Gustavo siempre había criticado la forma en la cual se manejaban sus amigos, le molestaba mucho el alcance geográfico de sus planes, no salían de la zona norte de la Capital Federal, incluso de la Provincia de Buenos Aires; el territorio admisible solo eran Olivos, San Isidro y Martínez. Con así superficialidad de los planes, todo encuentro se podía reducir a: un lugar oscuro, música comercial a un volumen irracionalmente alto, alcohol de calidad media (y alto precio) y, ¿cuándo no?, la droga de moda. A decir verdad, él no se divertía, pero no conocía otra cosa, no tenía conciencia de otras opciones.

 

Pero (y afortunadamente para él hay un pero) había algo que tenía un gusto distinto, eran los encuentros que tenia con Celeste D’ Lambert, la hija de un matrimonio amigo y vecino de la familia desde siempre. Ella, una brillante escritora, Licenciada en Letras, muy reconocida en la facultad por haber deslumbrado a profesores y alumnos con sus modos de expresarse a sus jóvenes 28 años. Era hija de dos famosos psicoanalistas y trabajaba como editora en una editorial española con base en Buenos Aires. Según palabras de Gustavo, era un águila del pensamiento, con poderosas reflexiones y un dominio del lenguaje que daba garantías de la precisión del uso de sus palabras.

 

Las familias de ambos tenían la costumbre de juntarse a comer todos los sábados y tanto Celeste como Gustavo mantenían la tradición, aún sin vivir ya en la casa de los respectivos padres. Lo cierto es que aprovechaban para juntarse a charlar entre ellos, donde tocaban todo el abanico de temas: amores, aciertos, pérdidas, miedos, sobre todo miedos:

 

C: Odio que cada ensayo o crítica que hago la relacionen con algo que dijo mi viejo, pero lo odio, ¿me entendés?
G: Y no debe ser fácil tener de viejo a tu viejo…
C: Es como que cada cosa que digo, está puesta a prueba, para ver si estoy o no a la altura de él.
G: ¿Te da miedo no estar a la altura de él?
C: ¡Y sí! Y eso también lo odio, no tendría que darle importancia. Igual, ¿cómo pasamos a hablar de mí? Estábamos hablando de vos.
G: Sí, es verdad, no sé, a mi me pasa que en el Banco está todo bien, pero como que no pasa nada. O sea, mucha planilla de Excel, el informe para tal director, que hay que mantener al equipo que tengo a cargo contento. No sé, ¿es esto la vida? Me lo estoy preguntando mucho últimamente.
C: ¿No es eso lo que hace un administrador? ¿Por qué estudiaste esa carrera?
G: No sé bien, como que llego el momento de decidir, no tenía idea qué quería y se sentó mi viejo conmigo y me dijo que hay un momento en la vida que hay que tomar una decisión, que hay que sentar cabeza.
C: Ah sí, vos te réferis a renunciar a todo sueño, ¿no?

 

(Sí, señores, acá, exactamente acá, comenzó todo)

 

G: ¿Ves que sos una boluda? Te estoy hablando posta yo.
C: Yo también.

 

Después de esa conversación Gustavo quedó conmovido. Comenzó a cuestionarse muchas decisiones que había tomado sin saber por qué las había tomado ni cuál era su motivación. Simultáneamente a este delicado momento, recibía invitaciones de sus amigos del estilo…

 

(Atiende el teléfono, numero privado).

 

G: Hola.
M: Hola, cabezón, soy Manu, te estoy llamando del teléfono del laburo.
G: ¿Qué hacés, gordo, vendiste el auto al final?
M: No, no me lo saco más de encima. Che, cabeza, estoy yendo a un after office en Reconquista con el grupito de minas de Bernal del verano, bebotas especiales. Vienen todos, hasta el Negro Juan, ¿venís?
G: Ni en pedo, Gordo, esas minas no me caen para nada bien y ustedes me caen peor cuando están con ellas.
M: No seas maricón, aparte Julieta la tetona dijo que re está con vos… De última un fierrazo lo vale, ¿o no?

 

(¿Se dan cuenta lo que digo?).        .

 

G: No gordo, gracias pero estoy en otra.

 

Acá hay algo que debería quedar claro, Gustavo no se sentía parte de su grupo de amigos, pero sin ellos, le parecía un peor escenario. Es decir, no se alejaba porque le daba miedo la soledad, entonces pagaba altos costos por pertenecer. Un horror.

 

Ahora bien, no van a ser dos semanas que habló con Celeste que ocurre algo llamativo, es sábado como siempre, esta vez la reunión se concretó como cena en la casa de los padres de ella. Gustavo llevó el Malbec que ella le pidió; le llamó la atención el pedido, una actitud un poco rara, pero en fin. Estando en la terraza de la casa:

 

G: Che, ¡vi que te nombraron en el diario!
C: Sí, ¿viste cómo me presentaron? “La hija del reconocido psicoanalista Ricardo D’ Lambert”, me robó toda la identidad el pelotudo que escribió eso.
G: Por lo menos sos noticia por lo que hacés.
C: Sí, qué se yo. Hablando de noticia tengo una muy fuerte para contarte…
G: A ver…
C: Me llegó una propuesta de la Universidad de Friburgo, de Alemania, quieren que sea ensayista de la facultad de filosofía, que también es la de letras. ¡Estoy que exploto de la emoción!

 

(Yo no les puedo explicar la cara que puso Gustavo).

 

G: Boluda, me dejás helado. ¿Por cuánto tiempo te vas?
C: La beca es por dos años en un principio.
G: Bueno, te felicito, ¡me súper alegro por vos!
C: Sí, me doy cuenta…
G: No, posta, es que me sorprendiste una banda, te voy a extrañar un montón boluda.
C: Si, yo también, es una oportunidad única. ¿Y vos qué onda? Te estabas cuestionando mucho últimamente.

 

(No exageró él cuando dijo “helado”, eh).

 

G: Sí, qué se yo, pienso mucho. Tengo que hacer un balance de lo mejor para mí.
C: Tenés que hacer lo que más te guste a vos.
G: ¿Podés parar con la agudeza?
C: Eso no fue agudo. Vos querés enterarte las cosas, pero no te las bancas.
G: ¿Vos me entendés cuando yo te hablo?
C: Al final tu viejo tenía razón, Gus, hay un momento en la vida que hay que tomar una decisión.

 

Se imaginarán lo cómoda que fue esa cena. Entre preparativos e idas y venidas, solo se volvieron a ver en la despedida de ella al mes siguiente.

 

Habrán de pasar ocho años, sí, ocho años, sin contacto alguno de por medio, hasta volver a cruzar palabra. Gustavo recibió un mail de ella, parece ser que venía a Buenos Aires a recibir el reconocimiento como personalidad destaca de la cultura. Celeste publicó una exitosa novela que fue furor en todo país de habla hispana y Alemania.

 

Coordinaron un encuentro con toda la familia de Gustavo, su mujer, Analía y sus dos hijos, Frida y Amadeo, y Celeste con su esposo, Ulises Lieben, un escritor austríaco, novelista y ensayista como ella. La cena fue ponerse al día, contar anécdotas que ponían en ridículo a algún integrante de la mesa y sorprender a Ulises con la tira de asado a la parrilla. Hasta que pudieron tener un momento de charla solo ellos dos…

G: Leí en el diario que te consideran la Simone de Beauvoir argentina.
C: Por lo menos ya no meten en el medio a mi viejo, ¿no?
G: ¿Superaste tus miedos entonces?
C: No, para nada. Ahora le tengo terror a no poder sostener esa distancia. Yo creo que los miedos son puro devenir, nunca hay plenitud. ¿Y vos? ¿Qué se siente ser el presidente de un banco?
G: Nada especial, puro estrés y a las corridas todo el tiempo.
C: ¿Y con Ana? Se los ve muy bien.
G: Sí, qué se yo, creo que es solo una apariencia ya, la verdad es que seguimos juntos por los chicos nada más. Pero es una buena persona y algunas cosas lindas compartimos.
C: ¿Seguís viviendo para los demás, Gus? Me sorprendés muchísimo.
G: Cele, no nos vemos hace ocho años, ¿podés dejar de lado el espíritu crítico una vez?
C: Sí, disculpá. Pero una cosa, de curiosa nomás, si querés saber si ella te ama, ¿se lo preguntás a ella o se lo preguntas a los demás? Ya que lo hacés por ellos…

 

(A Celeste la queremos y mucho, eso está claro).

 

G: Siempre tan dulce vos…
Él sabía que ella tenía razón, para su interioridad se prometió que no dejaría que los hijos hagan lo mismo que él, como si esto fuera consuelo alguno. Ella se guardó el último pensamiento, pensó que hubiera sido doloroso pero sin sentido, pero se dio cuenta de algo: de que manera tan distinta fueron, para los dos, determinantes los miedos, en la forma de marcar límites, en las formas de posibilidad, en todo. Será que uno es lo que hace con sus limitaciones, que son en definitiva los propios miedos.

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