Historias sin punto final
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#7 · Estrellas fugaces

Por Ingnacio Montoya Carlotto
Ph. Guille Llamos

A uno de esos ciudadanos del mundo que ha parido la bien argentina tierra salteña, Timoteo “Dino” Saluzzi, lo he escuchado decir más de una vez en sus conciertos que “la música es un milagro”, y no se refiere a lo extraordinario de su fenomenal hechura o ni siquiera cómo el hombre ha descubierto desde mucho ya cómo hacer del silencio, con sonidos y silencios, un latifundio que no existe en la naturaleza, algo que quizás se pueda atribuir como el mejor –sino el único– invento de la humanidad. Dino se refiere en sus dichos a la intención de comprender la música como un ser vivo, cual una criatura especial y única que se da en aparecer dichosa solo cuando un instrumento infla el pecho, o cuando una bordona tensa su alma interna en el temple justo y ahí se queda un rato mágica y única. Porque hacer la música, hacerla como el amor se hace, no es insertar una afinación correcta en una métrica estable, ni tampoco es, sabiendo los artificios de la profesión, acomodar sonidos en escalas temperadas y realizar arquitecturas numéricas que den como resultado una prolija producción de reglas y estilos, no: la música es (según Dino y muchos más) un milagro, que como buen milagro, es cuanto menos esporádico, que es tan esquivo y tan melindrosamente selecto con sus receptores, que facilita con su sola visita, un equilibrio al mundo. De pronto puede darse a ver o mejor dicho darse a oír, ante el mayúsculo y mejor de los intérpretes o ante un acalorado beodo en una peña pampeana, a veces es extrovertido ese don y aparece en lugares concurridos a la certera cuenta de la oportunidad mejor del músico, y otras es introvertido y solo y se da en el cuarto más rehuido de un estudiante de música para alentarlo a más. Así es por esto que quienes entienden y saben del don lo sienten cuando está, lo ruegan para los conciertos mejores y las grabaciones oportunas, lo pedimos, si… pero no hay recetas, así de huidizo/a es y sabemos a nuestro pesar que ahí descansa su mayor encanto, día a noche cientos de miles de músicos en el mundo afilan su espíritu y entonan sus dedos pidiendo por eso que pasa cuando la música pasa. Lo realmente extraño sucede luego de que sucede, cuando ha entrado la música como un sopor por sobre uno de nosotros y ha levantado los dedos de los lugares incorrectos y se la ha demorado las notas adelantadas para que estén perfectas, ha estado en la garganta del cantor entonando y tensando, en el ritmo mejor y ha reposado en la concentración del que oye, ahí la tenemos sublime e indiscutible.

 

Siempre queremos que vuelva, se torna ya como una droga que no se compra en ninguna tienda. Todos los músicos del mundo pensamos que hay unos pocos músicos que invariablemente llevan el don a su lado, que en todas y cada una de las veces que recorren los teclados, entonan las frases o plasman pentagramas futuros ahí está… pero no, todos los músicos también sabemos que no es así, aún los que siempre esperan pacientemente con todo su talento de prosa y de pluma, con sus miles de horas de práctica en taburetes incómodos, perpetuamente han de depender de esa merced esporádica y socialista como no hay otra, que aflora sin razón aparente, es el día y la noche de hoy y la de mañana de mañana donde cada artista enfrenta ese miedo, el miedo no ser rozado ni siquiera por la cola lejana de la estela de esa estrella fugaz que es la música.

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