Historias sin punto final
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#27 · La enfermera nocturna

Por Marían Benítez Weisz
Ilustración Pablo D´Alio

El accidente no solo me dejó atado a esta cama desde hace veintisiete semanas; también me condenó a permanecer conectado a todo tipo de catéteres, monitores y cables.

 

Un estado de coma profundo me mantuvo fuera del mundo por un tiempo, hasta que por fin desperté. Entonces sobrevino a mi vida la desolación total. Me vi asaltado por todos los miedos, incluso el de tener que convivir con una parálisis perpetua. La ansiedad aún me agobia y me mantiene insomne desde que abrí los ojos, hace seis días. Por momentos me gana la impotencia y pierdo todas las batallas contra la locura.

 

¡Maldita sea, ni siquiera puedo dormir! ¡Si al menos pudiera soñar que ando en mi moto por la ciudad…!

 

Mi cuerpo insiste en permanecer desconectado de todo. Hasta hoy solo se mantienen activas mi cabeza y mi imaginación, pero independiente una de otra. En cuanto a mis esperanzas… ya murieron.

 

Forzosamente tengo que aceptar este séquito de enfermeras para que me cuiden, aunque una de ellas, la de la noche, se ha vuelto mi mejor compañía.

 

Ella es lo más parecido a un espejismo. Es etérea; macilenta; casi translúcida. Jamás la escucho llegar. Simplemente aparece junto a mí. Es… mágica.

 

Con un par de conceptos me hizo ver la diferencia entre mi cuerpo y yo. Ahora espero ansioso su llegada. Noche a noche complace a mi yo, con lecturas breves, que no me ayudan a dormir, pero me apaciguan.

 

He depositado en ella todos mis placeres. Ella es mi vicio, el motor que me anima a seguir…

 

Anoche trajo un libro de aspecto antiguo. Me aseguró que pertenecía a su familia, desde muchas generaciones atrás. Labró una historia extraordinaria sobre él y enseguida se dispuso a la lectura.

 

Con el sol extinguido esta parte del hospital cayó en un sopor indecible, condicionado por un inusual silencio; apenas se escuchaban algunos truenos. Excepto en mi habitación; aquí se zumbaba constante del fuelle de mi propio respirador. Esa atmósfera inusitada me incomodó.

 

Todo se hizo más y más extraño a partir de ese momento. Con las primeras líneas del capítulo inicial emergió una noche tan hostil como la que cerraba nubarrones en mi ventana. De sus páginas se sublimó un fétido olor a viejo; a polvo rancio; a putrescencia. Definitivamente, aquel libro hedía a mal presagio.

 

Hasta mi cama llegaba una penumbra proyectada por una tenue luz que pretendía filtrarse desde el pasillo. Sin embargo, la enfermera nocturna no mostraba dificultades para leer en la oscuridad. Su actitud, esa noche, me hizo estremecer.

 

En la aparente vacuidad de aquel lugar los pasillos se saturaron con el tic-tac de un viejo reloj, dado por muerto tiempo atrás. El insistente repicar de aquel mecanismo se confundió con las voces de una tormenta en gestación. Todas las tormentas tienen la capacidad de despertar a las sombras. Entonces ellas se reúnen en aquelarre, alborotándose en danzas extrañas, con la intención de mostrarnos la hondura de sus babosas fauces.

 

Afuera, el viento hacía vibrar los cristales. Cerré los ojos un instante, intentando no pensar. En verdad temí que lo leído hasta entonces me pusiera de lleno adentro de una pesadilla.

 

No sé si me dormí en algún momento. Sí sé que me quedé solo en la habitación; y en mi letargo pude sentir una presencia al acecho.

 

No puedo asegurar que tuviera los ojos bien abiertos; solo sé que vi la proximidad de unas garras, agudas como garfios, que atravesaban la razón de los espejos para llegar sin demora a prenderse de mí. Juro que sentí la acidez del aliento infame exhalado por esa cosa.

 

Hacía mucho frío a mí alrededor. De mi boca se escapaba un vaho inusual. Una baba inmunda, viscosa y tibia chorreó por mi hombro izquierdo hasta morir en mi cama.

 

Embargado por el espanto intenté un grito que no salió. Quería pedir ayuda y las palabras no salían. Necesitaba emitir una señal, pero este cuerpo mío que no responde…

 

No han de haber muchas sensaciones más aterradoras que la de saberse dentro de una pesadilla y no poder salir de ella. O peor aún es no poder distinguir si se está realmente dentro de un mal sueño o si acaso se ha llegado a las puertas mismas del infierno.

 

Lo cabal y lo ilusorio siempre se confunden en la oscuridad de la noche. Las sombras ensayan sus transmutaciones histéricas, convulsionando sin decoro en la oscuridad. Por eso temí que esas páginas estuvieran cobrando un sentido indeseado, transformando cada párrafo en realidad.

 

Perturbado por el contexto intenté olvidar esa lectura. La angustia de aceptar mi paraplejia me ahogaba. No es fácil tener la certeza de haber ganado un boleto a la más infausta eternidad.

 

En mi mente se instaló la pavura. El miedo cobra coraje cuando se está atrapado en un cuerpo inservible como el mío; irremediablemente quieto bajo las sábanas.

 

Cerré los ojos para no ver, pero los fantasmas saben cómo colarse por las pupilas. Vi el preciso instante en que esa sombra empezó su acercamiento; lento; amenazante; enloquecedor. Ahora mismo la tengo frente a mí.

 

El fuelle de mi respirador sube y baja indiferente, insuflando aire a mis pulmones. Mientras tanto el monitor dibuja el compás de mis latidos. Sé que la embestida del horror es inminente; lo percibo…

 

Esa cosa oscura no es una alucinación, la estoy viendo. Me está mirando de frente y me escupe en la cara su aliento mordaz. Veo esos ojos huecos, inhumanos y fatalmente vacíos, como una fosa sin fin. Una fuerza superlativa me empuja a caer en sus abismos. Su siniestra mirada se clava incisiva sobre mis ojos, como agujas ponzoñosas. Se me hiela la sangre y me siento morir.

 

¡Por Dios, que vuelva la enfermera! ¡Si esto es una pesadilla, que me despierten, por favor!

 

El fuelle de mi respirador sigue su ritmo imperturbable. Sin embargo, siento que me falta el aire, que me voy quedando sin aliento.

 

Escucho voces dentro de mí. Todas chillan al unísono. Sé que son los oniros que vinieron a participar de este banquete. Quieren beberse mi alma y devorar cada corpúsculo de mi ser. Son como hálitos sombríos e insaciables que deambulan en un ‘Aleph’ y que, habiendo despertado enajenados, ahora vienen a servirse de mí.

 

En este instante es cuando ruego que esto sea, efectivamente, una pesadilla. De ser así podría despertarme y acabar con este infierno. Pero, ¡maldita sea!, sé que esto está pasando. Estos monstruos se están babeando en mi cara ahora mismo. Uno de ellos lame mi mejilla, saboreándome. ¡Por Dios Santo! ¿Acaso estoy delirando? ¡Es la enfermera nocturna!

 

Ya no hay nada que pueda hacer. Sigo irremediablemente inmóvil en mi cama, experimentando el horror de estar siendo engullido por estas bestias. Atrapado en mi propio cuerpo solo puedo esperar que estos monstruos insaciables y oscuros vacíen mi cuerpo de mí.

 

Yo tenía razón, la noche se prestaba para una historia fatal. El libro sí olía a mal presagio. Ahora sé que estoy a las puertas del infierno. Y lo sé porque el fuelle de mi respirador se detuvo y el monitor está trazando la línea final.

 

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