Historias sin punto final
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#23 · La forma del miedo

Por María Paz Moltedo
Ilustración Sofía Martina

Miedo a la inmensidad de esta hoja en blanco. A que me paralice y no me deje transmitir algo interesante. A no ser aceptada con este relato. A que no sea valorado, a que a nadie le importe. Miedo que sale a través de mis dedos y al mismo tiempo me hace avanzar. “Procurá avanzar con miedo”, me dijo una vez una psicóloga que me tuvo en su cama diván, previamente silla dada vuelta tipo testigo encubierto, casi diez años. Casi diez son los que tiene mi sobrinito segundo Nacho, que ayer me contaba que existe una tal “María Sangrienta”, el espíritu de una nena que dicen que se aparece en la ducha, y que no lo deja animarse a bañarse solo.

 

“¡Somos las hermanas Moltedo, sin miedo!”, cantábamos con mis hermanas veinticinco años atrás en el pasillo oscuro que nos llevaba al garaje donde había una máscara negra que para nosotras era igual a la cara de “Isabel”: la mujer con rostro oculto que interpretaba Grecia Colmenares en esa novela de la siesta que veíamos a escondidas de nuestros señores padres, cuando Peti, la señora que trabajaba en casa nos la habilitaba. También me acuerdo de cuánto me asustaba de chica escuchar a oscuras la canción Thunderstruck de AC/DC, que ponía a veces cuando le robaba el CD a mi hermano. Me parecía divertido y a la vez escalofriante escuchar esa música que iba creciendo en intensidad y poder. Es que a veces me gustaba y me gusta desafiar al miedo. Con mis hermanas nos animábamos a invocarlo, cuando jugábamos en el jardín a que éramos parte de una tribu, y le hacíamos una danza a la lluvia que estaba por venir. Cuando el cielo ya se ponía gris y se escuchaban los truenos que estaban por estallar, mirábamos para arriba y gritábamos, con toda la potencia que podían tener nuestras voces a esa edad: “Que comience la tormenta ¡y que cunda el pánico!”. No sabíamos bien qué quería decir cunda, pero nos gustaba mucho cómo resonaba la palabra entre los árboles del jardín.

 

Hace unos días me subí a la ola de fanáticos de “Stranger Things”, esa serie que recolecta retazos de películas de los ’80 y ’90 como ET, Los Goonies, algo de Freddy Krueger, La Dimensión Desconocida, y un poco de Volver al Futuro. Un pastiche que combinado da forma a una serie que en pocos capítulos me hizo sentir muchas emociones, y una de ellas fue el miedo. El miedo prefabricado, ese que alguien fabrica para nosotros y nosotros esperamos sentir. Lo sentí en el primer capítulo, al punto que me dio cierto temor ir al baño sola. Como a mi sobrinito Nacho. Pienso que como para el amor no hay edad, para el miedo tampoco. Ni edad ni reglas. Porque las razones por las que podemos sentirlo son infinitas. Y altamente subjetivas. En mi caso siento que mis miedos siempre son a cosas que no puedo ver, o que solo puedo ver en una dimensión desconocida, esa que para los guionistas de “Stranger Things” tiene forma de monstruo lleno de babas. Cuando terminé de ver la serie pensé en esa dimensión que habita en la mente de cada uno, o en la mía. Es oscura, o al menos no tiene colores o no se puede ver nítidamente. Está ahí vacía, y de repente se llena con prejuicios, pensamientos, paranoias, mandatos, mitos personales que se han armado o han sido arrastrados a través de sentimientos, vivencias, experiencias acumuladas e impresas en algún lugar del inconsciente.

 

Lo que a mí más me sorprende es que el miedo sea algo que realmente no existe, no tiene entidad física pero sí resultados físicos o palpables. Muchas veces actuamos, hacemos, creamos, destruimos, deshacemos por él. A veces nos lleva a hacer cosas increíbles con su impulso; otras nos cuesta tanto enfrentarlo que preferimos quedarnos adentro de su bolsa. Porque para mí si el miedo fuera algo físico sería una bolsa gigantesca, arrugada, que de repente se te cae encima. Y a veces cuando te quedás atrapado no podés ver más que lo que está ahí adentro: vos mismo y tu universo de miedos. Si lográs atravesar la bolsa te sentís King Kong. La podés pisotear, hacer un bollo, patearla, prenderla fuego. Si lográs ponértela como capa y volar al estilo superhéroe, aprendiste a convivir con ella, a aceptarla y domarla.

 

Creo que lo más mágico que tiene el miedo es esa flexibilidad, esa materia imaginaria y moldeable. El punto en que descubrimos que depende de nosotros la forma que le damos. Hasta dónde lo estiramos. En qué momento decidimos enredarnos en él, izarlo y llevarlo como bandera, hacerle agujeros para respirar mejor, o atravesarlo para ver que hay fuera de sus límites. Y es que así como de chicos nos han dicho, “Papá Noel son los padres”, “Los reyes magos son los padres” el miedo de alguna forma puede tener que ver con los padres, pero afortunadamente, el miedo somos nosotros.

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