Historias sin punto final
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#1 · La hija de Emma

Por Tomás Downey
Ph Lío Wain

Sobre una repisa, en el pasillo que termina en mi habitación, hay un portarretratos con una foto de la hija de Emma. Es flaca, alta y pelirroja, el pelo por los hombros; usa lentes y sus ojos parecen color miel. No sé su nombre, Emma lo mencionó el primer día pero no entendí.

 

Casi todos los alumnos de intercambio se alojan en el campus, pero las habitaciones son compartidas. Creí que acá me sentiría más cómodo. Es un barrio residencial típico, un destilado de la esencia de Londres. Todas las construcciones son iguales, una al lado de la otra; las puertas pintadas de rojo, blanco, celeste o azul. En cada frente, un cuadrado de tierra con algunas plantas.

 

Como todas, la casa de Emma también tiene un pequeño jardín al fondo, al que da mi cuarto, que a pesar de estar a la altura del suelo es como un sótano. La cocina está subiendo las escaleras y arriba hay dos pisos más. Al segundo no subí nunca. En el primero está el único baño; y al lado, la habitación de la hija de Emma, justo sobre la mía. La puerta está siempre cerrada, llegué hace dos semanas y aún no la conocí.

 

Estoy cursando algunas materias de la carrera de Literatura Comparada en la Universidad de Londres. La principal es Literatura Inglesa III, donde vemos a los poetas románticos. Coleridge, Shelley, Keats, Wordsworth y otros. Disfruto mucho leerlos, pero cuando intento traducirlos los arruino. Los sonidos se empastan, el ritmo se pierde. Todo lo que tienen de etéreo se vuelve obvio y pesado.

 

Me levanto siempre alrededor de las nueve. Emma deja la mesa servida para que me prepare el desayuno; siempre hay café, té, yogur, cereales, pan, manteca y frutas. A veces algún budín con pasas, que no me gustan pero pruebo igual para no parecer desagradecido. Almuerzo siempre en el comedor de la universidad y para las cenas me preparo algo rápido. Puedo usar la cocina hasta las ocho y lo hago siempre cerca de esa hora, cuando los platos de Emma y su hija ya están enjuagados y en el lavavajillas.

 

Las aulas donde se dan las clases suelen cambiar, y me pierdo en los pasillos de la facultad. Todos saben adónde ir, qué tienen que hacer. Los veo caminar decididos y no me atrevo a preguntar. Hay veces en que ni siquiera sé en qué edificio estoy. Después, si llego tarde, mis compañeros se dan vuelta para mirarme y los profesores hacen una pausa, molestos.

 

La casa es demasiado frágil, con un solo golpe podría atravesar una pared. Los muebles son antiguos, las puertas y ventanas tienen marco angosto, con molduras y cristales muy finos. Nunca dejo nada abierto por miedo a que el viento lo cierre. En todos lados hay objetos delicados; figuras africanas, animales tallados en madera, pájaros de cristal. Tengo que moverme con cuidado, como alrededor de un dominó.

 

Aunque el primer día le dije que no era necesario, Emma lava la ropa que dejo en el cesto y después la cuelga en el jardín. Yo la busco cuando está seca. En la soga siempre hay cosas de ellas, pero nunca ropa interior. Esa ausencia me inquieta más que la posibilidad de encontrar algo que no debiera ver, indica que son tan conscientes de mi presencia como viceversa. Yo también lavo mis calzoncillos a mano. Los cuelgo en mi cuarto, junto a la estufa.

 

Por las noches, la hija de Emma se mueve en su cama como si estuviese afiebrada, el crujido es tan leve que apenas siento el aire vibrar. Si no puedo dormir, ensayo las conversaciones que algún día vamos a tener. Dentro de mi cabeza, el inglés suena perfecto y fluido, pero cuando trato de susurrarlo lo pronuncio como un bruto, con la fonética del español. Hi, how are you? It’s funny, right? We’ve been living under the same roof for almost a month and we hadn’t seen each other before… Lo ensayo en voz baja, en mi habitación. Pero las palabras me traicionan, dicen cosas que no pretendo. Funny puede traducirse como gracioso o como anormal. Lo ideal, si supiese fingir, sería actuar sorprendido, incluso hacerme el idiota, como si no supiera o no recordara que Emma tiene una hija que duerme todas las noches justo sobre mi cabeza, a menos de tres metros de distancia.

 

Los extranjeros no son bienvenidos en la facultad, todo funciona de determinada manera y a los ingleses no les gusta las alteraciones en su rutina. Lo único que sé hacer con esa desconfianza es imitarla, y sospecho de mí mismo como del resto de los estudiantes de intercambio. Hay dos que me molestan más que el resto, una italiana y un japonés. Llegaron al mismo tiempo que yo y se hicieron amigos enseguida, o quizás son pareja. Los veo en la cafetería, en las aulas, en los pasillos. La italiana sabe que es linda, y que los demás también lo saben. El japonés se viste de manera extravagante, usa sombreros y camisas con estampados psicodélicos. Si alguien los observa, ellos sostienen la mirada.

 

Aún no vi a la hija de Emma; ni siquiera de espaldas, o a través de una ventana. Cada día que pasa me pone más nervioso, creo que se esconde de mí. Uso la cocina lo menos posible y como en mi cuarto. Pensar en la posibilidad de cruzármela camino al baño me dan ganas de hacer pis. Aguanto todo lo que puedo y me asomo a la escalera, escucho. Si la casa está en silencio, subo amortiguando mis pasos. Los metros desde el último escalón son una pequeña tortura; en cualquier momento, ella podría abrir la puerta y mirarme como a un intruso. Dentro del baño, no me relajo, trato de apurarme; pero si escucho pasos afuera espero hasta que se alejen. Siempre limpio la tabla del inodoro con un trapo y desinfectante, con mucho cuidado de no dejar una gota de más, una mancha. Cuando salgo, su habitación está siempre ahí. Una vez toqué el picaporte con la yema de un dedo y luego lo limpié con mi remera, creyendo, en mi estupidez, que podrían detectar mi huella en el bronce.

 

A veces me llevo la foto a mi habitación. Está sola, en un campo, o en uno de esos parques de Londres que parecen llegar hasta el horizonte. Tiene puesto un vestido amarillo. Sus brazos son finos y largos. Los huesos se marcan, filosos, debajo de la piel. Como está de frente, sus ojos parecen mirarme; y aunque sus facciones no se distingan demasiado, adivino un gesto de desprecio.

 

Cada vez son más espaciados mis encuentros con Emma. Cuanto más quiero saber de ellas, más se ocultan. A veces escucho ruidos y abro apenas la puerta de mi cuarto, me asomo pero nunca hay nadie. La última vez que la vi fue un sábado a la mañana, hace dos o tres semanas. Apareció un momento en la cocina mientras yo me preparaba el desayuno. Dijo good morning, everything okay? Asentí y ella sirvió agua caliente en su taza, dejó caer un saquito de té y aspiró el vapor como si se alimentara del aroma. Me hubiese gustado que se sentara un momento conmigo, poder hablar con ella y jurarle que mis intenciones son buenas, pero cuando levanté la vista ya no estaba.

 

En medio de la clase un profesor dijo una palabra que no conocía. Elated. La anoté en mi cuaderno y no pude dejar de mirarla. Quería entenderla por sí misma, aún sabiendo que era absurdo. Sobre el final, escuché una explicación a medias sobre un trabajo que hay que entregar la semana que viene. El profesor preguntó si alguien tenía dudas pero no levanté la mano. A la noche, ni bien entré a mi cuarto, abrí el diccionario. “Exultante, lleno de dicha”.

 

Ayer escuché la puerta a las once de la noche. Creí que era Emma pero distinguí los pasos de dos personas que fueron hasta la habitación de su hija. Me asomé a la escalera y vi luz en el espacio entre el piso y la puerta cerrada. Escuché una risa, luego una voz. No pude distinguir si la visita era hombre o mujer y volví a mi cuarto. La conversación me llegaba filtrada por la casa. Me paré sobre una silla para acercar el oído al techo, pero no conseguí entender. Recordé el verso de Coleridge: But whispering tongues can poison truth. Pensé que quizás hablaban de mí y no pude dormir en toda la noche.

Cerca de la casa, como en todo barrio de Londres, hay un bar. Queda frente a un parque. Los martes hay un pianista que toca jazz. Estoy sentado en un banco, del otro lado de la calle. La música se escucha lejana pero nítida. A veces vengo a tomar aire, a mirar a la gente que pasa. Suelen entrar mujeres y algunas son pelirrojas, altas y flacas; pero hasta ahora no vi nunca a la hija de Emma. Aunque sus facciones, para mí, sean una foto borrosa, la reconocería por cómo camina, por su presencia. Espero hace más de una hora. Algo en la música, una nota a destiempo, me hace intuir algo difuso. Miro a la calle en ambas direcciones, seguro de que va a estar ahí, pero no hay nadie. Me levanto y camino, doy un rodeo largo. Cuando llego a la casa, miro las escaleras; todas las luces están apagadas y la idea de subir me paraliza un momento, solo puedo escuchar mis propios latidos. Pero no me atrevo y bajo a mi cuarto corriendo. El piso de madera cruje. Me siento en la cama y respiro. Cierro los ojos e imagino, lleno de vértigo, la puerta de la habitación de la hija de Emma, el sonido del picaporte, el resorte que se comprime retirando el pestillo. Levanto la cabeza y me sobresalto al ver un movimiento de reojo, mi reflejo en la ventana.

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