Historias sin punto final
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#6 · La lona verde

Por Franco Spinetta
Ilustración Juan Battilana

Calaba bien hondo el frío. Las manos inmóviles en los bolsillos, gamulán y bufanda, exhalando vapor en cada respiro. Era de noche y caminaba por el borde de la vía abandonada con dirección a la Lona Verde, donde me esperaban unos tragos de vino barato, trucos, cuarteto de Rodrigo, muchos pitos y ni una teta (real).

 

La caminata por entre la bruma invernal, el silencio y las luces amarillas humeantes de pueblo componen una poesía nunca escrita.

 

Empujé la puerta de hierro y vidrio. Adentro hacía más frío que afuera, pero los muchachos ya estaban templados por el alcohol. El equipito de música sonaba grumoso al mango y los cds giraban a la vista, sin tapa. El Loco Diego me dio la bienvenida desde la barra, donde ya me esperaba el vaso de tinto.

 

Un trago largo y me froté las manos sin quitarme el gamulán. La Mona ya empezaba con su habitual imitación de la Mona Jiménez: un baile cuartetoso coordinadamente descoordinado. Imposible de reproducir: brillante. Él me llevaba ventaja: ya estaba en pedo. Con la camisa abierta, los pelos de la cabeza le llegaban hasta el pecho. Flaco, petiso, descuajeringado.

 

Me senté en una mesa del rincón, frente al televisor mudo clavado en el canal Venus, donde chicas inalcanzables desataban proezas sexuales. Con un mazo de españolas en la mano, empecé a mezclar despacio, dándole cada tanto un sorbo al tintillo. Ignacio llegó con la cara roja del frío, tentador para el cachetazo a mano abierta. Entró recobrando el aliento de la caminata y la puerta se le escapó en el empujón: el pedazo de hierro golpeó contra el marco haciendo temblar la vidriera entera.

 

El Loco Diego, famoso por su capacidad de transformarse en otra persona en cuestión de segundos –luego nos enteraríamos que era esquizofrénico–, lo miró detenidamente logrando que se apagara la música y se produjera un silencio sepulcral. Ignacio respiró, una, dos veces; el hiato parecía interminable. Hasta que el Loco Diego largó una carcajada larga que puso al mundo de nuevo en movimiento. Arrancó el cuarteto a fondo, y la Mona tiró su pase mágico para poner al pueblo otra vez en la órbita planetaria.

 

El resto de los parroquianos debatía cuestiones profundas del ser, como corresponde. Sin desatender la tevé y su función continuada de porno, claro.

 

El viejo Modesto y el Oveja Sarmiento levantaron una apuesta a los gritos: “¡20 pesos, un truco!”. Ignacio me miró y yo no lo dudé: teníamos tinto, unos mangos extra, y la posibilidad de llevarnos el pozo para seguir la noche. Levanté la mano aceptando el desafío. Modesto movió las sillas de caña barnizadas y puso una mesa de laca símil mármol turquesa en el centro del bar. Chifló pidiendo los porotos y un vaso más. “A cuenta de la victoria”, se agrandó.

 

El partido arrancó con prudencia. Como peleadores expertos que eran, nos midieron en los primeros rounds. Enseguida entendieron que Ignacio era más conservador y yo un frenético, ciego y mandado. Un mentiroso. Sin embargo, estábamos con el culo encendido: ligábamos acorde a nuestra absoluta falta de sexo. El resto miraba el partido con cierto desdén y casi nada de entusiasmo. Ni una apuesta se levantaba en las mesas circundantes.

 

Llegamos al límite de las malas casi sin chistes. Había empezado a dudar de la leyenda de ese Modesto gran jugador, de quien se decía que tenía una libreta con todos los resultados de sus contiendas y sus rivales vencidos. El partido estaba una buena a 14 malas a favor de ellos cuando Ignacio cantó un envido sin muchas ganas, mal actuado, como quien no quiere la cosa pero recontra cargado. Tenía 33 de oro. Había repartido yo y la mano la tenía el Conejo.

 

–¡Envido! –contestó Modesto.
–¡Falta envido! –se precipitó Ignacio.

 

La jugada, arriesgada para la altura del partido, captó la atención y los borrachines se amucharon alrededor de nuestra mesa. La Mona abandonó su baile para levantar apuestas antes de que la dupla rival diera su respuesta. En cuestión de segundos habían juntado más de 100 mangos. La agitación subía de tono, con acusaciones cruzadas de borrachera prolongada. El Loco Diego subió la apuesta y puso 50 a favor nuestro, quizá abonando una reconciliación con Ignacio, que le había arrimado el bochín a su hermana y desde entonces la cosa estaba tirante. La presión se nos fue a las nubes. Ya estábamos jugados.

 

Ignacio movió apenas su boca para evitar reírse. Quiso demostrar que estaba muy seguro de su victoria, esa que se cuentan por años y años: el día en el que destronamos a la vieja dupla Modesto-Sarmiento. Nos esperaba una gira por los clubes del resto del pueblo, en búsqueda de nuevos desafíos truqueros.

 

El grito de “¡quiero la reputa madre!” empastado y bordó del Conejo hizo que se me fruncieran las gambas. Vi cómo se movían sus labios y la incontinencia salivosa salpicaba la mesa formando en mi imaginación un 33 que nos cagaría la vida. O al menos ese momento. “¡33! ¡Y de mano, carajo!”, completó Sarmiento y la Lona Verde estalló.

 

Me quedé perplejo pero entendiendo en cuestión de segundos la maestría de generar expectativas, el manejo preciso de los tiempos y del público, la especulación de la apuesta para financiar los vinos de las próximas dos o tres horas. El arte de dos borrachines insondables.

 

Ignacio se tomó la cara y no salía del estupor. Se nos terminaba la noche y teníamos que patear la vuelta sin un peso en los bolsillos. Todo por las putas cartas. Traté de hablarle en medio de los gritos que retumbaban en la Lona Verde, pero mi mirada se trasladó imantada al fondo donde estaba la barra: el Loco Diego estaba quieto, callado y sus ojos verdes cambiaban con velocidad al rojo de la furia. Había perdido 50 pesos y nosotros éramos los culpables.

 

–Boludo, despabilá ya, ¡ya! Diego… ¡Diego nos mata! –le grité a mi amigo.

–¡Y encima me comí a su hermana! –confesó idiotamente a los gritos Ignacio, mientras el Loco manoteaba el Tramontina para cortar fiambres que tenía en el mostrador y lanzaba un grito gutural de mamut enardecido.

 

Solo atinamos a correr. Diego iba detrás armado con un cuchillo jurándonos todo tipo de muertes indeseables. Corrimos por la misma vía por la que habíamos llegado al bar, ahora sin poesía de farolas humeantes y bellos inviernos pueblerinos: un loco suelto estaba dispuesto a saciar su frustración por el dinero mal apostado y el orgullo familiar perdido a cambio de un par de puntadas en nuestros cueros.

 

Esa noche fuimos velocistas olímpicos. Lástima que nadie nos tomó el tiempo.

 

Corrimos hasta que dejamos de escuchar los gritos del Loco Diego.

 

Corrimos hasta dejar el miedo atrás.

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