Historias sin punto final
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#5 · La muerte tiene forma de perro

Por Cecilia González
Ph. Francesca Cantone

Desde chica he sido cobarde para algunas cosas. Nunca disfruté los juegos mecánicos de las ferias. La rueda de la fortuna me asustaba. Subir, bajar, sentir el vértigo, las alturas, marearme. No. Jamás intenté siquiera subirme a la Montaña Rusa. No me atrae la adrenalina. El columpio y el sube y baja fueron mis juegos extremos en mi infancia en México.

 

En la adolescencia vi algunas películas de terror, pero la pasé mal y muy pronto renuncié a ellas. Por miedo. Soy muy impresionable. Hoy ni siquiera puedo ver los avances de una peli o escuchar o leer algún cuento de terror porque es casi seguro que esa noche no podré dormir y dejaré la luz encendida. A veces hago alguna excepción, a sabiendas de que pagaré las consecuencias.

 

Al dolor le tuve miedo siempre. Tengo un umbral bajísimo. Mi cuerpo no soportaría un tatuaje, por ejemplo. Un aborto me provocó el peor dolor físico de mi vida. Inolvidable. Es una de las (importantes) razones por las que no quise volver a pasar por la experiencia de un embarazo. Había que parir y parir duele. Paso.

 

Una noche de parranda en Buenos Aires, un nuevo miedo apareció en mi vida.

 

Mis amigos y yo habíamos organizado una cena en casa de Katja, la eslovena, y Ariel, el cubano. Como yo andaba en plena experimentación gastronómica, preparé un pescado al horno con trigo burgol, uno de los platillos mediterráneos que me habían enseñado en la escuela de cocina. Llegaron varios invitados, entre ellos mis amigas Silvana y Albertina y una pareja de españoles. Cenamos, brindamos, cantamos… lo de siempre.

 

Ya de madrugada, los españoles propusieron seguir la parranda en su casa, que era cerca. Katja y Ariel se quedaron pero el resto teníamos pila para más fiesta. Después de caminar algunas calles de Recoleta, llegamos a un amplio departamento. Al entrar, me tumbé en un sofá. Agotada, con los ojos cerrados, escuchaba cómo los demás preparaban tragos, las charlas, las risas, hasta que empecé a sentir que algo me tapaba la garganta.

 

No podía respirar.

 

Creí que era por la posición en la que estaba acostada, así que me levanté. Lo que sentí entonces fueron los lagrimales descontrolados. De mis ojos brotaban cascadas, aunque no estaba llorando. Levanté los brazos para hacerles señas a mis amigos mientras caminaba hacia el balcón para tratar de tomar aire. Creyeron que bromeaba, pero muy pronto se dieron cuenta de que no podía ni hablar.

 

En el balcón sentí el viento frío en mi rostro pero seguía sin poder pasar aire a mis pulmones. Mis amigos ahora sí se asustaron y en pocos minutos organizaron la ida al hospital más cercano. Ya en la calle, contrariando las normas porteñas, logramos que un taxista subiera a cinco pasajeros. En medio de una sensación de desvanecimiento, me dio un ataque de risa mientras asomaba la cara por la ventanilla izquierda del asiento trasero. Risa de nervios.

 

Solo recuerdo que entramos corriendo al hospital y ya no supe más de mí.

 

Cuando desperté estaba acostada en una habitación, vestida con una bata, conectada a un tubo de suero y con un respirador cubriéndome el rostro. Una enfermera estaba por sacarme sangre. “Bebí vino”, le dije, con un susurro apenado. “No te preocupés, este no es el control de alcoholemia”, me respondió con una sonrisa tranquilizadora. Como no tenían camas suficientes, me trasladaron en ambulancia a otro hospital que estaba a una cuadra. Ambulancia para una cuadra. Estaba aprovechando bien la prepaga que había contratado apenas una semana antes.

 

Sola, en la nueva habitación, todo me parecía absurdo. Había salido muy temprano de casa con la idea de pasar un buen rato con mis amigos y ahora estaba en una cama de hospital sin saber bien por qué. El desconcierto obedecía, en parte, a mi nula experiencia en internaciones y enfermedades. Siempre he sido muy sana.

 

Después de que los médicos me estabilizaron, los españoles y Silvana pasaron a despedirse. Albertina, siembre leal y solidaria, se quedó toda la noche en la sala de espera. Adentro del cuarto yo empezaba a padecer la resaca de alcohol y de la impresión por lo que había pasado. Tenía mucha sed.

 

Al amanecer una médica me dio el alta y me ordenó unos análisis. Albertina me acompañó a mi casa y dormimos hasta tarde. Al despertar, me contó que todos se asustaron porque la doctora les dijo que, si llegábamos unos minutos más tarde, me hubiera muerto por la falta de aire.

 

No acusé recibo de sus palabras. No quise asimilarlas. Las ahuyenté como a una mosca molesta que zumba al lado. Silvana llegó después a casa para sustituir a Albertina. Querían turnarse para cuidarme pero les dije que se fueran, que ya estaba bien, que no se preocuparan. Todavía era la época en que no pedía ni aceptaba ayuda. No sabía.

 

Dudosas, mis amigas se fueron por la noche. Aunque era domingo, llamé a mi sicólogo y, sin contarle lo que había ocurrido, suspendí la sesión del día siguiente. Me acosté y apareció la angustia. Lloré toda la noche. Me sentí sola, frágil, asustada. La muerte había estado cerca, era algo concreto. Daba miedo.

 

Para peor, una semana después el sicólogo me regañó por haber cancelado la terapia sin explicarle el (grave) motivo, por haber echado a mis amigas y por no saber pedir ayuda, por seguir fingiendo que podía sola contra el mundo. Todo mal. Como castigo, me cobró igual la sesión a la que había faltado.

 

La teoría inicial fue que había tenido un grave episodio de alergia. Ahora tocaba descubrir a qué, porque yo nunca había sido alérgica a nada. Mis amigos y yo sospechábamos del pescado que había cocinado esa noche. Para no especular, tuve que someterme a un examen. Un médico me pinchó los dos antebrazos y formó ordenadas hileras con muestras mínimas de pelo de gato, ácaros, pelo de perro, huevo, pescado, plumas, polen, hongos, polvo, leche, mariscos, nueces, almendras…

 

La prueba no dejó margen de duda: solo uno de todos esos pinchazos provocó una erupción rojiza e inmediata en mi piel.

 

Antes de darme su diagnóstico, el médico tomó sus precauciones. Serio, casi tenso, me preguntó si tenía mascotas, si me gustaban los animales. “No, no me gustan los animales, tampoco las plantas…”. Ni los bebés, le iba a decir, pero me interrumpió y suspiró tranquilo: “Qué bueno, porque hay gente a la que le digo que es alérgica a algún animal y empieza a llorar. Bueno: sos alérgica a los perros, así que evitá acercarte a ellos, tené siempre un antialérgico a mano. Si te vuelve a pasar tomate una pastilla, tratá de calmarte y ve de inmediato a un hospital”.

 

El perro de pelos letales era de los españoles. Lo habían traído de Cuba, su destino anterior, y acostumbraba dormir en el sillón en el que yo me desplomé la noche casi fatídica.

 

Así me enteré, a los treinta y tantos años, de que era alérgica a estos animales. El doctor me explicó que todos los seres humanos padecemos algún tipo de alergia, pero muchas veces no nos enteramos porque no se manifiesta de una manera evidente, como había sido mi caso.

 

Ese día nació mi miedo a los perros.

 

Desde entonces, cada vez que veo a un perro por la calle me cruzo, me bajo de acera, me escondo o me detengo hasta que se aleja. Antes solo los ignoraba. Ahora grito si alguno se me acerca. Me asusto si escucho ladridos. Yo, caminadora compulsiva de ciudades, aprendí a caminar en zigzag para evitar a estos animales. Mis vecinos ya saben que no comparto ascensor si hay algún perro. El único defecto que le encontré a Estambul, una ciudad de la que estoy perdidamente enamorada, es su inmensa población de perros callejeros. La paso mal cuando llego a casa de amigos nuevos que tienen que encerrar a sus perros porque yo no avisé de mi alergia, ni ellos de sus mascotas. Descubrí que la alergia a los gatos tiene mejor prensa porque la de los perros es casi desconocida y provoca una frecuente y fastidiosa incredulidad. Y en Tinder, cuando veo fotos de hombres abrazados a sus perros en la cama, los descarto porque esa cama es un lugar vedado para mí. Podría morir y no precisamente de amor.

 

Cuando viajo a México –voy una o dos veces al año– me quedo con Gaby, una querida amiga que hace de la recepción de sus amigos un arte. Me cuida y yo ya he aprendido a dejarme cuidar. Hace un par de años me dio una pésima noticia: había adoptado un perro. Después de pensarlo mucho, creí que era tiempo de enfrentar mi miedo. Antialérgicos en mano, volví a su casa.

 

Pero Gaby me mintió. No tenía un perro. Era un monstruo negro y gigante que se me abalanzó en cuanto entré. Se paró en dos patas y me arrinconó contra la pared. Inmóvil, cerré los ojos, grité y sentí pánico. Mi amiga se rió del espectáculo y los días y viajes siguientes se dedicó a encerrar a Cuco en la habitación si ella no estaba, a agarrarlo si yo tenía que ir a la cocina o al comedor, a retarlo si se me acercaba. “No podemos ser amigos, Cuco”, le decía yo si me miraba con la esperanza, inútil, de que jugara con él.

 

Es el único perro con el que he logrado convivir. Me cuesta. En cada viaje, cuando llego a casa de Gaby entro tensa pero con el paso de los días me relajo. Cuco me cae bien porque alegró la vida de mi amiga pero yo sigo teniéndole miedo a él y a todos los perros, así que Gaby lo aleja lo más que puede de mí.

 

En el fondo, lo sé, mi miedo real es a la muerte.

 

Quizá algún día lo resuelva.

 

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