Historias sin punto final
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#14 · Las cosas que no se tocan

Por Julián Marini

De las cosas que no se tocan, esta es la que mas temo

 

Cuando naciste en una casa donde se habla de OVNIS como de pagar impuestos, de angelología como de futbol, o porqué los muertos te usan como whatsapp para comunicarse con los vivos al mismo nivel que en otros hogares se charla sobre la última tira de PolKa, el ítem “miedo a lo sobrenatural” está superado.

 

Cuando niño uno no tiene miedo a otra cosa que no sea lo sobrenatural. No tiene miedo a perder el trabajo, a chocar el auto, a que lo roben, a no pagar la hipoteca, que el monotributo se venza, que llegue la factura de gas, que Quilmes pierda la categoría, que Braña se lesione. Mucho menos a la muerte. Es algo muuuuy lejano. De hecho uno tiene más miedo a asustarse, que a lo que le pueda pasar en sí con lo que le tiene miedo, ¿se entiende? ¿No? Bueno, tengo que entregar esto cuanto antes. Si quieren un día nos tomamos un café y les explico.

 

Como bono contribución, les dejo un “Listado de miedos infantiles”:

 

1.Payasos (culpa de IT, el Payaso Asesino. Era una araña mutante extraterrestre, ponele).

2.Vecina jorobada con poderes mágicos (culpa de abuela que la odia. No devolvió tupper).

3.El Señor de la Bolsa (te lleva, y te come. Una suerte de linyera caníbal inmortal. Culpa del capitalismo. El Señor de la Bolsa es la pobreza. No quieren si quiera sientas misericordia por ella ¿Lo sobrenatural? Es inmortal y caníbal).

4.Valerina amarilla (según la propaganda el trapo toma vida y baila como poseída por la cocina).

5.El Coco/Cuco (un ente maligno que se esconde en la oscuridad ¿te daña? Nadie lo sabe. Pero asusta).

6.El Mostro de la Ducha (si en tu casa había ducha con cortina, es probable entraras al baño tirando patada de karate para matar al “Mostro de la Ducha”. Nunca encontramos su cuerpo. Pero creemos se regeneraba cada vez que tenías ganas de hacer pis o caca).

 

Prosigo.

 

Entonces, suprimido el miedo a lo “sobrenatural” y con la falta de miedo a “lo concreto” por decirle de alguna manera, típica de la infancia. ¿A qué se le teme? ¿A qué? ¿Eh?

 

Me gustaría saberlo.

 

Aquí la respuesta: a una compleja combinación de ambos terrores, ¡lo mágico y lo real! Algo así como tenerle miedo al cine de Leonardo Favio. Miedo a Gatica o al enano Carmen de “Soñar, Soñar” tal vez.

 

Ser hermano mayor te adosa ciertas responsabilidades, una de las más importantes es tener miedo a todo antes que tu pequeño cofrade de sangre. Entonces, cuando la hermana Mariana temía a las cucarachas voladoras, yo debía explicarle que no eran mostros, sino más bien animales, insectos. Podía tenerle asco, pero no merecían terror. Podía matarlas fácilmente con una chancleta u ojota de goma. Con el tan humano e inconsciente miedo a la oscuridad, lo mismo: “Maru, no seas boba. Si apagás la luz no pasa nada. Mirá, voy a apagar el velador, y no va a pasar nada”. Aunque yo aún no lo supero, y como mínimo dejo el monitor prendido. Es que tengo miedo de despertarme y aparecer en otra dimensión. Sucede que si abro los ojos y no encuentro una referencia de lo cotidiano, dudo de mi existencia, y de la existencia de la realidad. Y pienso a) me morí b) nunca estuve vivo c) soy producto de la imaginación perversa de alguien más.

 

Como buen hermano mayor, cuando la hermana Mariana llegó, yo ya había temido a todo. Era una suerte de súper héroe o amuleto protector para ella. Inclusive en el mar, que sin duda es un lindo ejemplo de esa combinación de lo mágico y lo real. Ella sola no se animaba ni a la orilla, de mi mano iba hasta que sea tan profundo que apenas podíamos hacer pie con la puntita del dedo gordo.

 

Podría asegurar, la hermana Mariana lo mismo, que nuestra infancia fue feliz y sin sobresaltos. Con excepción de dos episodios realmente traumáticos:

 

1.1994, Maradona fuera del mundial de USA. Lloré desconsolado una semana. Maradona era muy importante para mí. Era casi un familiar que no veíamos en persona porque vivía lejos, pero que en casa todos queríamos entrañablemente.

 

2.1996, la llegada de “El Hombre del Rifle”.

 

Me arrastró hasta el living y me pidió me asome a la ventana. Me preguntó si veía algo, le dije que nada. Entonces suspiró “se fue. Siempre hace lo mismo”. ¿Quién? ¿Quién se fue? ¿Quién hace siempre lo mismo? “El Hombre del Rifle”. Me reí nervioso. ¿Qué es el hombre del rifle? “El Hombre del Rifle es el Hombre del Rifle. Nos mira por las ventanas, todo el tiempo. Y espera que no nos demos cuenta. Nos apunta con el rifle, y nos quiere disparar”. Imposible. El Hombre del Rifle no existe. “Sí que existe. Pasa que cuando lo queremos mirar, se esconde. Por eso no lo ves. Él no quiere que sepas que está. Quiere que le tengas miedo para siempre”.

 

Los argumentos de la hermana Mariana parecían sólidos. Por lo menos para mí, que tenía 10 años. Una especie de perverso nos vigilaba con el único cometido de infligirnos terror. Quizás nos quería mutilar, quizás nos quería matar, nada de eso era lo importante. Lo que nos aterraba era su presencia, ahí, expectante, en todas las ventanas, como un ninja siniestro, como un espía perfecto. Era el monstruo definitivo, si tomabas el valor para enfrentarlo se escondía, si lo ignorabas igual seguía ahí. Era una condena terrorífica. Nunca terminaba, siempre empezaba.

 

Desde aquel episodio las ventanas ya no fueron lo mismo para mí. Me ponían nervioso. Prefería bajen las persianas, o las tapen con cortinas espesas. Eso pedí para mi pieza: cortinas azules, bien pesadas. Y eso pedí para el resto de la casa, pero mi influencia solo comprendía mi cuarto para los adoradores de la magia blanca y las ciudades intraterrenas por los que fui criado.

 

La escena se repetía regularmente: Hermana gritaba “corré, corré, ahí está. En la ventana del living”. Yo pasaba a toda velocidad, y sin mirar. Una vez que me encargaba de chequear que estuviera todo bien, le daba la señal y ella hacía lo mismo: corría sin mirar, a toda velocidad.

 

Intentamos explicarlo, intentamos compartirlo. Pero fue en vano. Todos miraban, y el Hombre del Rifle nunca estaba. Al menos por un tiempo los aterrorizados siempre éramos dos. Esporádicamente se sumaba un primo, pero de puro hipster nomás. Le cabía la tendencia. Nunca sintió miedo real al Hombre del Rifle. Lo confesó de grande. Siempre lo supimos.

 

Los años pasaron, y la hermana Mariana se dedicó a crecer. Al llegar a la adolescencia se enamoró de un artista plástico, aprendió a tocar la batería, armó su propia banda, y al cabo de un tiempo se llevó todo de la casa de los viejos. No puedo decir que se convirtió en una desamorada, o una de esas personas que se olvidan de su familia, pero sí era evidente cierta habilidad para el desapego que yo no compartía. Ella llama una vez por mes para preguntar cómo anda todo, y sus apariciones físicas se limitan a ciertos cumpleaños y fiestas de fin de año.

 

Hay solo una cosa que puedo reprocharle a mi hermana, y lo voy a hacer por el resto de mi vida, con sus respectivos resentimientos y su respectiva bronca: 20 años después de aquel nefasto episodio inicial de la ventana del living, me dejó solo. Cuando recuerda aquel momento, sonríe como idiota y exclama “qué chiquitos que éramos, qué salames”. Claro, ignora por completo que al día de hoy que cuando busco departamento descarto los muy luminosos de manera inmediata. Ni hablar de las casas con puerta balcón, o los balcones franceses. Prefiero ambientes cerrados, sin aberturas. Apenas puertas para entrar y salir. Pero ninguna ventana. Porque ella lo habrá olvidado, pero para mí… él sigue ahí. Expectante, pendiente, como siempre. Con sus mirada horrible. Esperando me distraiga, para apuntarme, para llamar mi atención…

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