Historias sin punto final
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#26 · Los nudos

Por Cami Camila
Ilustración El Waibe

Me miro los pies, con los dedos apuntando a la calle y los talones suspendidos. Los autos chiquitos, la gente como hormigas llevando y trayendo. ¿A dónde irán? ¿A quiénes querrán? ¿Qué estarán pensando? Me quedo en las tejas naranjas, en las cúpulas ostentosas de las iglesias. Hermosas sí, ¿pero no deberían ser las más humildes? Como el techo de la casita de allá.

 

Ver las cosas desde acá arriba hace que las distancias parezcan mucho más cortas, todo parece estar más cerca. Bueno, no todo. Pero si estirara un poco más el brazo ahí está, casi que puedo tocar esa chimenea con la punta del dedo.

 

Me cuelgo mirándome los pies y lo que hay debajo y me voy lejos. Lo único que me separa de vivir y morir es mi pensamiento, este. Se me hace un nudo en la panza. Sería un segundo, deslizarse, y ¡zas! Chau gente, esto fue todo, hasta la próxima. Probablemente ni lo sentiría. Ni tiempo al miedo. ¿Será cierto que la gente que se tira tiene un orgasmo antes de caer? En la mujer es incomprobable. ¿A quién se le habrá ocurrido? Seguro que a ese tipo le fingieron. ¡Jajajajajaja! ¿Todo el mundo se reirá de sus propios chistes? Cuántas cosas de las que uno no habla nunca con nadie. Debe ser algo común, supongo. Tal vez esto de imaginar terremotos, accidentes, tsunamis y todo tipo de catástrofes espectaculares esté donde esté me pasa solo a mí. Y eso que soy la persona más optimista que conozco.

 

Me enloquece pensar que en este momento lo único que me separa de la vida y de la muerte es la cordura. Y que claro, no tengo ningún motivo para hacerlo, pero creo que es parte de la cordura también. Me imagino qué sería si no pensara en nada, si dejara la mente en blanco, aflojara los músculos y me dejara caer. ¿Qué sentiría si me tirara de una, como cuando tengo el agua helada del mar hasta los tobillos y quiero, pero no me animo? (A mí el “1, 2, 3” no me sirve, no puedo, en cambio si lo hago de golpe, como sin pensar, sorprendiéndome hasta a mí misma, ahí me es más fácil). Capaz tenga que ver con que así no me doy tiempo al miedo. Y ahora que lo pienso vengo usando la misma técnica en casi todas las situaciones de mi vida. Si algo me da miedo pero sé que está bien no lo pienso, actúo con los sentimientos. Entiendo que pueda no servirle a todo el mundo pero a mí me sirve esto de serme fiel.

 

Estiro un poco la punta de los pies, coqueteando con la posibilidad. Sintiendo el viento que me sopla en la cara y me despeina, dejándome enamorar entre los mechones que bailan alrededor mío por este paisaje hermoso. Pongo la cola más adelante, miro para abajo. Mierda me haría. Olvidate. Sería todo un espectáculo. La gente mirándome desarmada en el piso, como una escena de película (¡Mama mía!). Alguna de los 60, medio angustiosa y confusa a lo Rossellini, con una orquesta desesperante de fondo. La cámara me vería desde arriba. Yo habría quedado mirando al cielo, porque en las películas la tostada nunca cae del lado del dulce, menos en las malas. Todos los que me vieran se agarrarían la cabeza, se taparían los ojos y pensarían por qué. Cuáles habrían sido mis razones, una piba tan joven. “Por un amor”. O tal vez es lo que pensaría yo, siempre tuve este pensamiento tan Shakesperiano de que si das la vida que sea por amor, aunque si la das es porque ya no creés en él, ¿no? “Por la droga, seguro”. ¡Jajajajaja! Las únicas pastillas que como son estas Halls de cherry. Bueno, toda película tiene chivos, capaz Halls me la financia. El plano se va achicando de arriba a abajo, haciendo un travellig cenital desde la pared. ¿Travellig era? Mis clases de cine están oxidadas. La cosa es que el plano se achica y se achica y más y más hasta llegar a la cara. Primerísimo primer plano, luz cálida en los ojos. ¡Camila, NO abras los ojos! No seas obvia, todos están esperando que los abras. Detesto la obviedad en la historias y sin embargo caigo y caigo, y mientras lo hago, veo todos estos techos naranjas.

 

Alrededor se empieza a acumular la gente, porque a la gente le gusta el morbo. Viene la ambulancia, la policía. Y después me llevan, pero esa parte no la muestro. Un hombre cierra rutinariamente la puerta trasera de la camioneta blanca, anota algo en una carpeta y el vehículo arranca. Se cruzan por delante de la cámara algunos de los morbosos. Uno se queda de espaldas y ve a la ambulancia alejarse, los demás se alejan y de a poco se va todo el mundo, llevándose el incidente a sus casas, trasladándolo con el pensamiento, por un día o tal vez dos. Probablemente se lo comenten a sus maridos o esposas pero bajito, que no escuchen los nenes.

 

Y después nada. Y en la calle nada. Como si nunca hubiera pasado, como si nunca hubiera existido. Pero allá lejos sí que pasaría. Mi familia, mi novio, mis amigos. Y todo por un segundo de no pensar. Sin dudas se muere por amor pero también se vive por la misma razón. Lo veo mucho en la gente grande que ya no quiere más, sin embargo hace el esfuerzo de quedarse acá un tiempo por la familia.

 

Se me hace un nudo en la garganta. Che, pero qué pensamiento de mierda, boluda. Qué flash lo que me contó mamá, de esa chica que se murió por sacarse una selfie. Pisó mal y se fue a la mierda. Yo siempre dije que quiero vivir hasta los 100 años, quiero la fiesta, mil familiares, hijos, nietos, bisnietos, todo. Y que nadie me llore, que todos me rían. Pero si me muero antes, mínimo que sea una muerte espectacular. Ese es mi mayor miedo. No el de morir, sino morir de manera estúpida. Para tener una muerte estúpida mejor no morirse nunca.

 

Cómo se extraña todo. Todo en serio, hasta al verdulero con ese delantal lleno de moneditas que cuando se mueve le van marcando los pasos, es algo de lo más cómico. No puedo estar lejos de la gente que quiero ni por un mes que ya empiezo a mariconear, comprobado. ¿Cómo harán los que agarran sus valijas y se mandan a mudar a otro país para siempre? Empezar de nuevo. Yo no podría. Yo me siento atada a las personas que amo como esos nudos que se te hacen en las cadenitas cuando las guardás junto con otras y después estás dos horas veinte para desarmarlo. O terminás no haciéndolo. Atada pero bien atada ¿eh?, sin la connotación negativa. Atada porque quiero y porque así soy. Así fui toda la vida.

 

Es tan hermoso respirar el aire y sentir cómo te llena el cuerpo, escuchar la música de la calle que sin querer hacen las voces con los autos, los perros, el viento y las tejas sueltas. Cantar una canción y sentirse feliz en automático, besar a alguien con amor, tener sexo con amor, abrazar a quien extrañaste. Saborear esa comida preferida y disfrutarla como si fuera la última cena y servirte otro poco u otro mucho. Caminar hasta el cansancio y desplomarse en la cama. Pensar en alguien y sonreír, perderse y hacerse parte de una historia con un libro o en el cine, emocionarse, conectar realmente con alguien, tener esas amistades en la que te mirás y entendés todo. Es que es tan inmensa la vida que no le veo horizonte por ningún lado.

 

Esa. Esa es mi película, no la otra.

 

Miro una vez más al paisaje y a la gente deseándoles a todos que hayan podido aprender a ser tan felices como yo. Alguien me dijo una vez (¿quién era?): “Camila, mirá que ser feliz no es tan fácil para todo el mundo”. Creo que con los años me di cuenta que eso es cierto.

 

Tengo que limpiar estas zapas en cuanto vuelva a Buenos Aires.

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