Historias sin punto final
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#15 · Los planetas

Por Walter lezcano
Ph. Sofia Iezzi

“Satellite’s gone

up to the skies

thing like that drive me

out of my mind”.

Satellite of love, Lou Reed

 

Micaela levanta el pan de su hamburguesa y lo pone a un costado. Luego abre un sobrecito de mayonesa y lo vacía en la carne. Sobre esa pasta amarilla comienza a colocar las papas fritas. De a una a la vez.

 

—¿Qué hacés?— le pregunta el padre.

 

Ella vuelve a colocar el pan. Presiona. Después agarra la hamburguesa y antes de darle el primer mordisco escucha otra pregunta:

 

—¿Quién te enseñó eso?

 

Micaela da un bocado grande para llenarse bien la boca y no hablar. Se mete algunas papas fritas más. Le cuesta masticar. Abre bien los ojos. Le da unos sorbos a la gaseosa y eso mejora las cosas.

 

Con la mano derecha se golpea el pecho.

 

Una vez que logra masticar se coloca los auriculares. Mira en su celular qué canción poner. Se decide por Civil War, de Guns ´N Roses, su último descubrimiento. Sube el volumen. Vuelve a la hamburguesa.

 

Sus ojos se dirigen hacia la entrada del Mc Donalds.

 

Le parece lindo el chico que acaba de entrar. Parecido a un compañero de colegio con el que se acostó hace poco. Este chico tiene la ropa sucia, una gorra negra con visera azul y la piel tan marrón como la fuente donde apoya la hamburguesa. Lleva unas tarjetitas en la mano. Las va dejando en las mesas y pide plata. Está por dejar en la mesa de Micaela pero el padre le dice algo y le hace una seña con la mano para que siga de largo.

 

El chico se detiene en los ojos de Mica. Ella le sonríe. Él también y muestra los dientes amarillos y cariados.

 

Emilio estudia a su hija como quien trata de entender un idioma desconocido. Tiene ganas de preguntarle algo del colegio, de sus amigos, si tiene novio, en definitiva, cualquier cosa de su vida, pero ve que ella se encierra en el celular y se pone los auriculares.

 

Él todavía no le dio ni un mordisco a su Angus Bacon. No tiene hambre. Apenas si probó dos papas fritas demasiado calientes. La acidez le incendia el esófago y el reflujo le llega hasta la garganta. No quiere demostrar la resaca frente a su hija. De todas formas, ella lo sabe perfectamente.

 

Emilio se pasa la mano por la boca del estómago. Eso no lo calma pero no puede evitar ese movimiento.

 

—No, no, disculpá, no tengo un peso.

 

Le dice a un pibe sucio que iba a dejar en la mesa unas estampitas de San Expedito y del Gauchito Gil.

 

Tiene a su hija enfrente y Emilio no sabe cómo acercarse a ella. Decide ir al baño. En una de esas tiene suerte y vomita. Eso lo ayudaría con su acidez.

 

Cuando se queda sola, Micaela tiene una idea: se le cruza por la cabeza que sería bueno alejarse un poco de ese tipo que dice ser su papá y al que no quiere ni respeta. Es insoportable. Se acuerda que en la billetera tiene algo de plata. Decide ir detrás del pibe sucio con las estampitas y juntos salen del Mc Donalds.

 

—Lindo tu celu. ¿Qué música tenés?

—De todo. Ahora estoy a full con los Guns —dice Micaela.

—¿Y eso con qué se come?

—¿No conocés a los Guns ´N Roses? Es una banda vieja de afuera. Hacen rock. Cantan en inglés.

—No, a mi cabe la cumbia, nena.

—Ya te dije: Micaela. Tengo nombre. Yo a vos te digo Gastón.

—Uh, guacha, no te enojés. Micaela. ¿Así te gusta?

—Aprendés rápido.

—¿Te puedo decir Mica?

 

Ella sonríe. Le gusta cómo suena su nombre en la boca de ese chico que apenas conoce.

 

Emilio sale del baño con la misma acidez de antes. No pudo vomitar. En la mesa no hay nadie más que su Angus Bacon. Cree que Micaela fue al baño. Susurra: qué pendeja de mierda.

 

Pasa el tiempo y Micaela no aparece. Emilio va al baño de mujeres. Golpea la puerta. Sale una señora con una nena de la mano y lo mira con desprecio. Él intenta explicar que busca a su hija pero la señora no lo escucha y apura el paso. En seguida aparece un hombre de seguridad y le pide que se retire del local.

 

Marca su número y la llama. Varias veces. Micaela no atiende. Emilio se enoja. La putea. A ella, a la madre que acaba de morir, y a todos los habitantes del planeta tierra. “¿Quién me mandó a coger a esa mujer”?, se pregunta Emilio mientras vuelve a marcar el número. Cruza la calle con el semáforo en verde. Un auto frena y falta poco para que se lo lleve por delante. El conductor se baja del auto y quiere empezar una pelea, pero Emilio se deshace en disculpas. Finalmente, el conductor vuelve a su coche, baja la ventanilla y le hace fuck you.

 

Se pregunta si habrá vuelto a su casa o a lo de una amiga. ¿Micaela tiene amigas, tiene novio?, piensa sin ninguna respuesta a la vista. Emilio llega a su casa y entra a los gritos, enojado, molesto. Nadie responde. Silencio. Uno de esos silencios fuertes y demenciales.

 

—Entra viento, Gastón.

—Sí, en esa parte las chapas están puestas para el ojete.

—Tengo frío.

—¿Querés esta colcha?

—Dale.

 

—A esta hora se pone bravo.

—¿Vos no tenés frío?

—No, ya me acostumbré. ¿Tenés wifi en el celu? Por acá agarra joya.

—Sí. ¿Vos tenés Face?

—Más vale. ¿Qué te pensás? Agregame, Mica.

—Mejor vamos a mirar unos videos que me descargué el otro día.

—Haceme un lugar ahí.

 

Ya no hace el intento de llamarla. Mira su celular y controla que el teléfono de línea tenga tono. También está la computadora prendida. En una pestaña tiene abierto el Facebook y en otra el Twitter. Micaela no aparece conectada en el chat, ya le mandó varios mensajes por inbox, ni twitteó nada. Su último twitt fue durante el almuerzo en el Mc Donalds: Comiendo con el diablo jejeje #papánoesunídolo.

 

A Emilio le duele esperar. Es una forma completamente nueva de dolor. Ya vomitó varias veces pero la resaca no le da respiro. La panza le molesta de una manera insoportable. La acidez continúa su ebullición y ya le pica la garganta. Tose. Se hace un té con miel y limón. Lo toma frente a la ventana que da a la calle. Es de noche.

 

—No, pará.

—La punta nomás, Mica.

—Subite el pantalón, ¿querés? Ya te pajié. No jodás.

—Con la punta de la lengua un ratito. Yo te fui a comprar los patys. ¡Y hasta te cociné!

—¿Eso qué tiene que ver? Ya te dije que no me agarrés de la cabeza.

—Metétela en la boca, no seas forra.

—No, Gastón. Acostémonos, ya fue.

—¿Me la mostrás? Un segundo aunque sea.

—Sos re gomoso, Nene. Bueno.

—¿Le puedo sacar foto?

—No que es un quilombo. Después ni sé qué hacés con eso.

—Una sola y queda para mí.

—Ya está, Gastón, no rompas. Vení a acostarte.

—Todavía no tengo sueño. ¿Querés gilada?

—No te vayas a ir, eh, no me dejes sola.

—Es un rato y vuelvo.

 

Emiliano se limpia la boca con el dorso de la mano. Mira en el fondo del inodoro. Se pone de pie y va hacia la heladera. Hay Seven Up y un sobrecito intacto de Alikal.

 

Primero se toma el Alikal. Luego la Seven Up con muchísimo limón. La sensación es la de apagar un volcán. Bien. Se pone contento. No mucho. Se tira en el sillón que también es su cama porque la que era su habitación se la dio a Micaela.

 

Le viene a la cabeza esa primera noche juntos bajo el mismo techo. Ella se fue a acostar sin cenar. Él tenía una resaca demoledora, parecida a esta. Fue hace poco. Esa vez el tiempo pasó entre el silencio de ella y los intentos de él de sacarle alguna que otra palabra.

 

Mira su celular para ver la hora y no sabe si ir a la comisaría, esperar o mudarse y olvidarlo todo.

 

—Cualquiera. ¿Qué vas hacer, Mica?

—No sé.

—Mirá que yo no quiero bardo, eh.

—No te va pasar nada.
—Qué no pasa nada. En esa página dice que estás desaparecida, boluda. Qué carajo te pasa. Flashiaste re mal. Si sabía no te traía. ¿De qué te reís?

—De nada. Me imagino a mi viejo entrando al face y armando esa página de mierda. Buscando fotos mías. El zarpado una vez me agregó y no lo acepté.

—Mi vieja ni sabe usar el celular. Si me mandaba yo la aceptaba.

—A mi vieja yo también…

—Uh, no llorés ahora, boluda.

 

La mayoría de los contactos que Emilio tiene en Facebook comparten la página. En Twitter, donde solo sigue a jugadores de fútbol y periodistas deportivos de cierto renombre, pide que lo ayuden con su búsqueda. Y casi todos lo retwittean. Incluso lo hacen algunos desconocidos. Cosa que agradece dándoles un fav.

 

No sabe qué más hacer.

 

Ya no le duele la panza. Apenas si siente unas punzadas en la nuca.

 

Y pasa esto: se sienta sin fuerzas en el sillón y se queda dormido. En ese momento comienza a sonar su celular. Es el productor de un noticiero que vio el retwitt de un periodista y entró a la página “Buscando a Micaela”, se interesó y quiere sacarlo al aire para que cuente su caso. Pero Emilio ya no escucha el celular.

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