Historias sin punto final
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#25 · Matar una avispa

Por Cristian Maluini
Ilustración Lúa Manguito

La avispa da vueltas en mi living comedor, incansable.

 

O la aniquilo o espero que se vaya por donde entró o espero que me pique.

 

No tengo demasiado tiempo. O no sé cuánto tiempo tengo. Si ataca, será en el corto plazo: las avispas, dicen, no hacen amistades. No existe complejidad mayor, peor escenario que este presente agobiado por la incertidumbre.

 

Asumo el compromiso del enfrentamiento, aunque no sé exactamente cómo voy a matarla, porque es un duelo desigual: la razón –escueta, tal vez insuficiente– frente al instinto de un carozo negro y volador que es una amenaza.

 

Serás lo que debas ser o no serás nada, me grita el inconsciente. Es un arrebato visceral, desesperado, una guía absurda. Sé que tengo que matarla antes del pinchazo, pero no sé cómo. El inconsciente desnuda sus falencias, se regala: no sabe más que yo. Frase hecha, propagandística, irrelevante. Si ese es el mensaje del inconciente, si el recodo al camino esta trazado por tanta inoperancia, mi batalla contra el himenóptero claudica en el corto plazo.

 

Su zumbido destapa tus fragilidades y te hace vulnerable: es la marca registrada de un bicho que conoce su estampa, inspira respeto, te avisa que esta ahí, que en cualquier momento puede bajar a tu hombro a dejarte el aguijón.

 

Por eso abro la puerta del baño y me meto. Apelo, antes que nada, al perfil estratégico. Si voy a matarla, tengo que ser más astuto. Asomo la cabeza para seguirle los pasos, porque ahora camina: atraviesa la mesa de punta a punta, desfilando milimétrica y desafiante.

 

Para mí es difícil concebir una fórmula eficaz desde el desconocimiento: nunca antes habíamos convivido una avispa y yo en tan poco espacio. Hay situaciones para las que no estamos preparados. Solo suceden. Y hay que resolver. Una avispa entró por la ventana a marcar, tal vez en la piel, un antes y un después.

 

Necesito pensar en ella desde adentro. Si elijo una táctica refinada tengo que descifrar las aspiraciones del rival, cómo planea vencerme. Meterme en su psiquis, en su raciocinio obsoleto pero intuitivo. Y, a pesar de la distancia, trato de hacerlo.

 

Creo que ese andar despechado sobre la mesa es una postura voluntaria: esperar para sorprender. Desentenderse de la disputa para forzar el error de que abandone la trinchera y, de un momento a otro, toparme con el punto negro omnipotente en dirección a mi frente o mis brazos.

 

Abro la puerta del mueble del baño y, estante por estante, de arriba hacia abajo, busco el antídoto seguramente definitorio: un raid. Papel higiénico, jabones, toallas, protector solar. En los ángulos del baño: lavandina, boludeces. Atrás del espejo, en esos compartimentos oscuros que hay sobre la pileta, pasta dental y desodorantes. Miro la mesada de la cocina. Nada.

 

Cuando vuelve al techo me da una chance de manotear el arma, localizada contra la pared del comedor, apoyada en el piso. Con el Raid en la mano, las dudas cambian, el enigma se modifica: cada instancia aumenta el desafío. Ahora no sé qué tan rápido hace su efecto, pero estamos a mano.

 

Pienso que es probable que no se muera automáticamente y me faltan certezas de que los tóxicos la espanten. Si le quedan resto físico y motor, el vuelo de la revancha cotiza fortunas: esta no es una tarde para empatar uno a uno.

 

Un uno a uno, pensándolo, tan desparejo: una lanza diminuta en un resquicio de mis venas, ella muerta.

 

A veces, empatar no es un mal resultado.

 

Pero no soporto ni su presencia ni sus ademanes de bicho ágil, inteligente y sutil que da vueltas en círculos, entonces me convenzo de que el uno a cero sigue siendo, de todos los triunfos, el que más disfruto.

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