Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#13 · Miedos de fútbol

Por Ariel Scher
Ilustración Andrés Allocco

Cibeyra nunca entendió por qué tardó en saberlo tantos años, tantos partidos, tantos centros cruzados y tantos buenos o malos goles. La verdad: no se dio cuenta ni el día en que sintió que su corazón subía escalones hasta latirle en medio de las orejas porque los contrarios tenían un córner a seis minutos del final. Tampoco aquella vez en que sospechó con terror y sin fundamentos que el mejor pateador de penales de su equipo iba a errar un penal que, por cierto, no erró. No. Cibeyra recién advirtió todo un domingo de muchas nubes mientras aceleraba los zapatos sobre una vereda del barrio. En la mitad de la cuadra, pasó cerca de dos hombres que no lo miraron y a los que ni miró. Fue un cruce mínimo, que alcanzó para que escuchara como uno le decía al otro lo siguiente: “Me da un miedo bárbaro el clásico de hoy”. Entonces Cibeyra se quedó parado, quieto como solo se está quieto por una revelación o por un calambre. Acababa de descubrir que el fútbol, la más profunda de sus pasiones, le había dado miedo toda la vida.

 

Caminó hasta un bar en el que, entre conmociones, casi pidió el tercer café antes que el segundo. Cibeyra estaba aturdido: se sabía un individuo corriente, que salía cada mañana a andar el día sin que lo condujera el heroísmo pero, a la vez, sin que lo gobernara el temor. Repasó una existencia: la suya. El fútbol lo deslumbró desde chico y fue ese deslumbramiento el que le colocó los miedos más viejos: miedo a que no lo llevaran a la cancha, miedo a que una tormenta frustrara la fecha, miedo a que cambiara de camiseta el mejor jugador de su equipo, miedo a que su equipo tuviera un destino triste.

 

La madurez no le quitó ganas. Pero, según se admitió Cibeyra tragando un café más, tampoco le fugó los miedos: miedo a que se le desvanecieran los recuerdos de la primera tarde en que pisó una tribuna, miedo a ver el partido al lado de un estúpido, miedo a que su padre no lo acompañara más, miedo a que a sus hijos, nada menos que a sus hijos, no les fuera a gustar el fútbol.

 

Cibeyra se confesó que en los tiempos más próximos el fútbol le había seguido provocando alegría, vibración, hasta fe. Y también miedos nuevos: miedo a que sus hijos (que se volvieron hinchas de fútbol) sufrieran más de la cuenta, miedo a no poder pagar la entrada, miedo a aquello en lo que el fútbol se fue convirtiendo, miedo a que al mal juego solo lo continuara el mal juego, miedo a que le rompieran la cabeza, el cuerpo o todo el resto, miedo a estar seguro de que la gloria o el honor ya no importaban, miedo a que el negocio acaparara tanto como para volverlo testigo no de un partido sino de eso mismo, de apenas un negocio.

 

Pagó los cafés, se levantó y salió caminando. Pese a todo, se sentía más calmo. Al cabo, ese día le había permitido conocer más de sí mismo. “Uno es quien es –se dijo–, con su historia, sus amores, su fútbol y sus miedos”. Luego apuró el paso. Es que llegaba la tarde y ya le avanzaba el miedo de perderse, justo él, el clásico de ese domingo.

No comments

LEAVE A COMMENT