Historias sin punto final
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#20 · No me importa lo que digan

Por Ezequiel Scher
Ilustración Leo Lujan

Cuando saltamos el cantero de una casa para escondernos de las balas de goma detrás de unas plantas, me pregunté por segunda vez en tres horas qué hacíamos ahí. El sábado 7 de marzo de 2009, con mi hermano nos tomamos el bondi 44 desde Flores hasta Barrancas de Belgrano, nos subimos el Mitre y bajamos en la estación Victoria. Como teníamos que caminar diez cuadras para llegar del lado donde entraba Racing y el recorrido nos cruzaba con hinchas de Tigre, aunque no teníamos nada que delatara que éramos visitantes, íbamos coleccionando temas pelotudos de conversación para que no saltara la ficha. Nos faltaba una cuadra para llegar a Libertador, cuando de un costado aparecieron cuatro hinchas del equipo contrario, nos quisieron pegar y nos robaron una campera. Llegamos a los cacheos, empezamos a darnos cuenta que pasaba el tiempo, que todo iba muy lento, que perderíamos el comienzo. Apareció la barra y tuvimos que hacernos a un costado para que entraran. Una radio avisó que el partido arrancaba, hubo empujones y la policía empezó a tirar. Al rato, entramos. Subimos casi quince escalones, levantamos la vista y hubo córner para ellos. El técnico de la Academia era Ricardo Caruso Lombardi, de los once titulares seis eran defensores y ya estábamos en Promoción, a un año de haber tenido chance de descender contra Belgrano. Primera pelota. Centro al primer palo, Néstor Ayala que se eleva y gol de ellos. Perdimos 4-1. La vuelta tardó tres horas porque hubo que esperar el 60. Que nunca vino.

 

Pero no lo dudamos: jamás, por perder, íbamos a dejar de ser socios, de pagar la cuota o de ir a alentar a nuestros colores. Racing somos nosotros. Desde que crecimos y vivimos en casa separadas, es saber que nos vamos a ver en algún momento. Es el ejercicio de pensar algo lindo en las feas y recordar lo que somos cuando somos un domingo en el Cilindro. Una sensación hermosa de rutina: es decir, una pertenencia.

 

Hace un tiempo, escuché a un entrenador decir que “la gente tiene miedo a perder”. Cuando hablaba de la gente, hablaba de los hinchas y hace años empecé a masticar bronca. Por la cobardía: de todos los actores que participan del fútbol, son los hinchas y los socios los que menos se ven modificados en la derrota.

 

Los hinchas no arman planteles. No echan entrenadores. No atienden los teléfonos a los representantes que operan frente a la derrota del técnico de turno. No son el director técnico actual que aprovechó el derrotero del anterior. No son los dirigentes que juegan al Gran DT y ponen y sacan sin saber. No son el egoísmo de un presidente que, frente al run run, vomita una decisión que le cuida el culo. No son, seguro, presidentes porque, en una sociedad de clases, la democracia requiere de capital y plata tienen las clases altas. No son, siquiera, los creadores de twitter ni de facebook para que eso se volviera una cloaca donde verter opiniones no justificadas. Ni el técnico subcampeón de la Champions League que se siente un fracasado. Ni el actual conductor de Argentina que asegura que está bien pensar que ser segundo es fracasar. Ni la superestructura que obsesivamente replica memes, cargadas y análisis que llevan a Gonzalo Higuaín a negarse a jugar en la Selección para dejar que el tiempo pase y dejar de ser considerado un mal jugador de fútbol que acompañan estadísticas tan malas como 121 goles en Real Madrid, 147 en Napoli (siendo, con 36, el máximo anotador en la historia de la Serie A) y 61 en la Selección argentina (es el sexto goleador en la historia).

 

No importa que digan que es complejo de hincha perdedor académico. Ni que se diga que se gana metiendo la pelota más veces que el rival: eso es un reglamento y mi vida no es un reglamento. El Kily González, en el Gigante de Arroyito, tiró un centro pasado, lo habíamos empatado en el minuto 45 y nos metió el 3-2 y nos hundimos en la Promoción. En el Cilindro, vi a un defensor nuestro agarrarse la cabeza mientras veía cómo un delantero se enfilaba solo para el gol y, de repente, un dios al que evocamos sin creer, no sé, lo tackleó y se cayó y Racing no descendió. Ahí sí, masticaba miedo y aceptaba que había razones para no intentar ser un equipo de fútbol, pero fueron las últimas: desde ahí, me juré que el fútbol es un juego y un espectáculo y, como a los Rolling Stones, yo quiero verlos sonar bien, con fuegos artificiales y luces. Y, si no, al menos, intentándolo.

 

“La gente te liquida”, repite en off el nuevo entrenador de turno y le dice a los centrales que tiren la pelota a la mierda como si mierda fuera una palabra de azar: y yo me siento un pelotudo pagando una entrada y peleándome contra todos los compromisos que dejo por venir a alentar al equipo que tiene como objetivo lo escatológico.

 

Yo ya tuve miedo cuando era un nene en marzo de 1999 y esperé a que mi papá volviera de su trabajo y, como de pibe el horizonte de soluciones siempre son los padres, le pregunté qué íbamos a hacer si Racing desaparecía. Si era real lo que decía mamá que habían dicho en la tele. De quién íbamos a ser hinchas. En dónde íbamos a poner nuestros sueños.

 

Nuestros sueños siguen ahí: a veces, solo por pertenencia. Los 90 minutos cada vez sirven más para hablar con mis amigos académicos. Odio tener que ver a Barcelona para divertirme porque esos catalanes devenidos en chinos sacafotos en la platea del Camp Nou me representan. Neymar nunca juega contra Independiente. En el fútbol argentino, ni siquiera los rivales te hacen sufrir. Tienen miedo. Como yo: porque lo que más miedo me da es que el miedo no impulse valentía.

 

Pero quiero que sepan, para los que responsabilizan a los hinchas, que no conozco un solo racinguista, ni de ningún club del fútbol argentino, que si lo intentan y no sale vayan a dejar de alentarlos. Van a putear al aire, pero no van a llamar al conductor de un programa de televisión para pedirles que hablen de fin de ciclo y de este técnico que está sin trabajo. Los hinchas no: porque sin intentarlo y perdiendo nunca les fallaron. Imaginate si encima tiráramos caños.

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