Historias sin punto final
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#10 · Piel de Irma

Por Juan Duacastella
Ph. Felipe Romero Beltrán

Yo venía trabajando hace ya un tiempo en la fiscalía, haciendo visitas a domicilio a personas con libertad condicional o temas similares, gente que tenía prisión en suspenso, o que debía realizar tratamientos o tareas comunitarias a cambio de no ir en cana, una especie de psicólogo puerta a puerta para los que habían salido de la cárcel, o para los que habían zafado de ir.

 

Era un buen trabajo para un pibe recién recibido como yo. Me la pasaba en la calle lejos de mis jefes, podía leer todo lo que quisiera en los viajes en colectivo por la ciudad, escuchaba la radio y usaba el tiempo a mi antojo. Además, me daba un cierto roce con el mundo del hampa que, a mi edad y siendo hasta entonces un poco verde, me hacía sentir parte de algo serio y peligroso que de algún modo me envanecía. Visitaba cárceles y comisarías, iba a la casa de tipos que me contaban cómo ejercían su arriesgado empleo de piratas del asfalto, o pibes que me enseñaban su colección de fierros como si se tratara de un álbum de estampillas o monedas antiguas. También atendía un montón de casos menores basados en tonterías, peleas entre vecinos, problemas de convivencia que iban creciendo hasta llegar a un paroxismo ridículo que finalizaba con la intervención del 911. El caso de Irma era uno de estos.

 

Había sido denunciada por golpear a su vecina con un zapato y, leyendo el expediente, me enteré de que durante la audiencia oral la vecina agregó que estaba segura de que Irma había matado a su gato con veneno aunque no podía probarlo. A mí todo esto me divertía. Era una viejita de ochenta años que vivía sola en un ph al fondo, en el barrio de Almagro y, en atención a su edad, me fue indicado que la visitara cada quince días.

 

Tengo que decir que estaba en una época un tanto insalubre de mi vida. Recién separado, deprimido, con problemas para encontrar un espacio para ver a mi hijo, básicamente dueño de un desorden generalizado que incluía falta de sueño, algún vínculo conflictivo con los excesos semanales y problemas de alimentación. Era medio un despojo, pero como era joven, podía lavarme la cara a la mañana, excederme con el café y los puchos que me arruinaban el estómago y salir a laburar con ojeras y despeinado, como si nada.

 

El asunto es que venía con la guardia baja, mal dormido y a los apurones cuando llegué a lo de Irma. Apenas ingresado a su casa me di cuenta de que había algo raro en el ambiente, y una pequeña alarma se encendió dentro de mí, como un latido sutil de desconfianza.

 

No eran solamente los muebles viejos, ni la ostensible capa de polvo que cubría todo. Tampoco la oscuridad del lugar o la falta de aire. Había entrado a varias casas de viejitos que habitaban en las mismas condiciones y no me generaban la sensación de incomodidad que estaba sufriendo en ese momento. Era algo más, algo que flotaba en el aire, un peligro tácito que no podía descifrar.

 

Por suerte Irma había tomado rápidamente la iniciativa en la conversación y creo que no la abandonó nunca más. Así que mientras yo trataba de adivinar por dónde venía esa sensación, Irma caminaba y hablaba sin parar, a los gritos, golpeando con los puños la mesa, insultando a su vecina y a la justicia. Era notable, caminaba como una ciega por un living sobrecargado de sillas, banquitos, mesas ratonas, veladores de pie, revisteros, paragüeros. En zig zag iba y venía y yo estaba quieto, observando todo con un poco de intriga pero también algo divertido hasta que me vino la idea de que lo que me incomodaba era una especie de error en la matrix, una extrañeza del tiempo, como una pequeña falla en el funcionamiento del universo dentro de ese living.

 

Parecía que todos esos objetos estaban así dispuestos, en el mismo exacto lugar, mudos desde hacía cientos de años. Que todo estaba intacto, literalmente, o al menos inmóvil. Daba la sensación, en definitiva, de que el tiempo se había detenido en algún momento en esa casa y que Irma había sido incapaz de ponerlo de vuelta en marcha, como un viejo reloj que tiene demasiadas piezas para intentar repararlo.

 

Volví a mirar a Irma, esta vez a los ojos. Miré el empapelado amarillento y raído de la casa, los cientos de mueblecitos que interrumpían el paso y sentí miedo por primera vez en el día. Era el decorado de una película de terror.

 

Las cosas se complicaron más cuando le dije a Irma que tendría que verla cada quince días. Se puso a gritar de nuevo, indignada porque lo consideraba una afrenta a su moral, ¿cómo iba a ir la justicia a controlarla en su propio hogar? ¿Y la fulana de al lado, que lleva tipos distintos todas las noches, y tiene un montón de gatos que invaden su patio, y hace ruidos y empuja muebles que hacen chillar el suelo a cualquier hora de la madrugada? ¿A ella no la van a investigar? ¿Y las macumbas que hacen, los gritos y las burlas que sufría a diario?

 

Era un discurso que podía seguir horas y horas sin extinguirse. Yo estaba sentado en un sillón, calladito, Irma caminando a gambeta viva entre los muebles de su living, hablando de su vecina, de su honor manchado y de la vergüenza que sentirían sus padres si se enteraban de eso. A mis pies tenía dos perros pekineses del demonio que me taladraban los oídos con unos ladridos afilados como navajas. Mentalmente me imaginé tomando carrera y cruzando a los perros hasta la vereda de enfrente de una patada.

 

Para cortar con el malestar que se empezaba a hacer un poco aterrador, le propuse a Irma que se sentara y me contara el problema desde el inicio, lo cual era un modo bastante habitual de mover el eje de la discusión: darle al damnificado la posibilidad de contar su visión del asunto, oportunidad que muchas veces no había tenido frente al juez y que sirve, como cualquier relato, a modo de ordenador mental.

 

Pero Irma contragolpeó. Primero me obligó a tomar un mate horrendo, repleto de yuyos y azúcar que fue directo como un río de lava hasta mi estómago ya dañado por libaciones de la noche anterior. Por un segundo flasheé que me iba a envenenar onda Yiya Murano, pero enseguida me di cuenta de que tampoco iba a poder negarme a tomar ese mate así que lo bebí con los ojos cerrados, sufriendo. Luego Irma se puso a contar la historia de su vida, una historia desordenada y repleta de reivindicaciones sobre sus padres, a quienes mentaba con nombre y apellido completo, golpeando el puño sobre la mesita ratona con fuerza: el señor Esteban Reimis, mi padre, un verdadero caballero ¿entendés? (golpe a la mesa), me educó bien no como esa fulana de al lado (golpe), una verdadera atorranta maleducada (otro golpe), y yo me sobresaltaba con cada puñetazo mientras me negaba en vano a aceptar otro mate.

 

Por lo que pude entender de la charla, el padre de Irma había sido militar, pero además un eximio cazador y deportista, que había entrenado a Irma con puño de hierro en todos los deportes llegando a ser ella campeona “de bicicleta, de vóley, de lanzamiento y de karate”.  Dos o tres veces me señaló: mi madre me educó como mujer, pero mi padre me educó como hombre. Y acá estoy, ochenta años sin un solo problema con la justicia hasta que aparece esta meretriz de al lado y me denuncia. Y ahí arrancaba de vuelta con todo el discurso.

 

Yo aprovechaba esos largos monólogos para ojear un poco el living, que tantas cosas tenía para curiosear. Había fotos de quien seguramente era su padre: un hombre alto y flaco, barbudo, que vestía trajes de montar y chaqueta cazadora; fotos de su padre en uniforme militar, de joven, con su madre, esas fotos con fondo blanco y gris que parecen pintadas; otras donde estaban caminando del brazo en la rambla de Mar del Plata. Y además había una multitud de adornos curiosos, como pequeños cañones de bronce sobre pies de madera; o mangrullos militares tamaño maqueta, pequeñas torres de observación; y decenas de esas estatuas de corte naif que representan a niños vestidos de marineros, que caminan del brazo de niñas con hoyuelos y sonrisas bondadosas; niños que tiran de una bomba de agua mientras otros sostienen el balde y sonríen; niños que ensayan una pose de tímida ternura mientras enseñan sus mejillas rosadas.

 

Detrás del living se veía un arco que iba hacia la cocina y un pasillo que llevaba a lo que supongo que eran las habitaciones. Una pequeña puerta, en el living, llamaba mi atención poderosamente. Era una de esas puertecitas que están camufladas en la pared y mantienen el mismo empapelado que el resto de la sala, de manera tal que a primera vista es difícil distinguirlas.

 

Volví a enfocar mi mente en Irma. Mi plan en ese momento era seguir escuchándola con la mente en blanco un rato más y luego ensayar una decorosa retirada, pero justo en el momento en que estaba evaluando esa chance, mi estómago comenzó a hervir.  Era ese mate espantoso.

 

Sentí la náusea subir por mi esófago ardido, incontenible, y me di cuenta que era imperioso correr al baño para evitar una desgracia. Levanté la mano para interrumpir a Irma pero no podía siquiera hablar. ¿Qué me pasaba? Hice un gesto y apunté hacia donde creía que estaba el baño, ya no me importaba lo que pudiera pensar Irma. Llegué de milagro al inodoro con el tiempo justo para iniciar una serie de vómitos imparable y caudalosa. Jamás me había pasado algo así.

 

Pensé que Irma iba a golpear la puerta para ver qué me sucedía pero jamás lo hizo. Yo continuaba con mis evacuaciones; era como si todo mi ser quisiera escapar por mi garganta; estaba claro que algo malo me pasaba. En una pausa entre los vómitos, mientras me secaba el sudor helado con un poco de papel, escuché que Irma se reía y el miedo me sacudió el cuerpo una vez más. ¿Se reía de mí? Al rato escuché otras voces y me di cuenta de que estaba viendo la televisión. Debía ser eso. Tenía que ser eso. No te persigas, me repetía. Pero no podía abandonar el baño.

 

Empecé a sentirme afiebrado y no paraba de transpirar. No sé cuánto tiempo estuve ahí pero fue muchísimo más de lo normal, lo suficiente para que cualquiera se preocupara y preguntara si estaba mal, si necesitaba algo. Pero Irma no hizo nada. De fondo seguía sonando la televisión y cada tanto soltaba una carcajada estrepitosa que sacudía las paredes.

 

Después de un tiempo considerable que yo calculé fácil en más de media hora logré salir del baño, pálido, temblando, sudoroso y mal abrigado. Para mi sorpresa, Irma dormía en el sillón con la televisión apagada. Entendí que debía irme lo más pronto posible y agarré mi mochila para encarar hacia la puerta. Los pekineses me rodearon el paso gruñendo. La puerta estaba con llave. ¿Qué hacía? No quería despertar a Irma por ningún motivo. Busqué con la mirada y vi el portallaves colgando al lado de la puertita empapelada del living que antes había llamado mi atención.

 

Esta parte es difícil de explicar sin que me juzguen mal. Quisiera transmitir la sensación del momento. Irma dormía en el sillón, roncando atronadoramente como la directora de la película Matilda. Yo estaba un poco mareado y descompuesto, con esa languidez post vómito que es muy parecida a la borrachera. Los pekineses rascaban la puerta secreta y me miraban con ojos de muñeco invitándome. No me pude contener.

 

Adentro había un pequeño estudio con un escritorio antiguo y una biblioteca polvorienta que me impulsó a dar un paso más. En la pared donde estaba la puerta, la que miraba de frente al escritorio, había una serie interminable de cabezas de animales: jabalíes, llamas, pumas, ciervos, carpinchos, nutrias, castores… jamás había visto tantos animales así. En una de las paredes laterales había también exhibida una colección de escopetas, rifles, fusiles, pistolas y como sea que se llamen, cualquier cantidad de armas. Caminé delante de las paredes como un zombie, leyendo las pequeñas esquelas que indicaban la procedencia de cada objeto, estaba en trance, sería el malestar mío o el veneno que Irma me había puesto, o las drogas de anoche que revivían en mi organismo, pero no podía dejar de mirar cada objeto hasta el más mínimo detalle. Y la voz dentro de mí que otra vez me decía que estaba mal, que tenía que irme, que no tenía permiso, que estaba en peligro.

 

Sobre el escritorio había un portarretratos familiar donde se veía al padre de Irma sonriendo, con un revólver en la mano, a la madre con expresión de haber llorado hace poco, y a la pequeña Irma vestida completamente de varón, con pantalones cortos, camisa y corbatín, sosteniendo un rifle que la superaba en altura. Era todo muy extraño y dejé que el tiempo se me fuera revisando obsesivamente cada detalle, cada foto, cada libro de esa habitación prohibida.

 

Había pasado un rato largo cuando escuché cómo Irma se levantaba del sillón y el terror se apoderó de mí completamente. ¿Qué haría? No podía explicar por qué aún estaba ahí, y no llegaba a tiempo para volver al baño y fingir que nunca había salido sin que me viera. La escuché farfullar algo e insultar a sus perros mientras avanzaba hacia la habitación donde me encontraba. Miré hacia todos lados y en un lapsus de desquicio tomé la única decisión posible y me encerré dentro del ropero justo antes de que Irma abriera la puerta.

 

El ropero tenía muchos abrigos colgados, abrigos de piel y de cuero, y un orificio con rejilla para dejar salir el aire y la humedad. Por esa rendija pude ver a Irma que daba una vuelta por toda la habitación, rodeando el escritorio, como controlando que nada estuviese fuera de lugar, que todo estuviese como ella lo había dejado, como sus padres lo habían dejado. Que todo estuviese muerto, pensé desde el ropero. Finalmente salió y escuché su voz del otro lado, en el living, su voz que no paraba de insultar, a los perros, a la vecina, a lo que sea. Era evidente que no le llamaba la atención mi ausencia y decidí que probablemente con la siesta se había olvidado de mi visita. Eso me tranquilizó por un momento aunque ahora la duda era cómo iba a hacer para retirarme de su casa sin que me viera.

 

El plan que esbocé en las siguientes horas que estuve en el ropero era esperar a que Irma volviera a dormirse o se fuera de la casa en algún momento y ahí tomar la llave de la pared y correr hacia afuera, al pasillo del ph, y luego a la calle. La última chance que se me ocurría era salir de la cocina hasta el patio y de ahí caminar por la medianera hasta donde pudiera.

 

Mientras tanto, adentro del ropero empecé a tener cada vez más frío, tenía solo una camisa y debajo una remera, había entrado a su casa apenas pasado el mediodía y mi reloj decía que eran ya más de las cuatro. Además me sentía afiebrado y tiritaba sentado, abrazado a mis rodillas, preocupado de vuelta por mi salud. ¿Estaría en verdad envenenado? ¿Y si la vecina decía la verdad? ¿Si Irma había matado a su gato con veneno, podría haber hecho lo mismo conmigo? No recordaba a Irma haber tomado del mate que me sirvió pero… traté de apartar esas ideas que no me convenían para nada. Además yo mismo había tenido una noche repleta de motivos para estar descompuesto. Pero no podía eludir el frío que aumentaba y después de un rato de castañear los dientes descolgué un abrigo del ropero y me lo puse. En la total oscuridad no pude elegir bien pero parecía ser de mi talle y además era abrigado. Ya solucionado ese tema me acerqué a la rendija de espionaje y vi que la puerta que daba al living seguía abierta. Cada tanto veía a Irma ir y venir, hablando con nadie y dándole patadas a los pekineses que la hacían tropezar.

 

Conforme avanzaba la tarde me di cuenta de que la situación lejos de mejorar empeoraba. Irma estaba entrando en una especie de brote. La veía cruzar brevemente por la puerta del estudio, iba hablando sola, en voz alta, hablándoles a sus padres de a ratos, como si realmente estuvieran allí, fantasmales, en algún rincón de la casa, rezando el rosario a los gritos por momentos, insultando a la vecina con la mirada perdida. Yo me sentía agotado, me dolían las articulaciones, el cuello, me ardía la frente y tenía la garganta seca. Empecé a dejar de prestar atención a lo que hacía Irma y a dejarme llevar por la fiebre, sentado en el fondo del ropero, con la cabeza entre las rodillas, abandonado un poco a mi suerte.

 

Cuando me desperté habían pasado un par de horas porque se notaba que afuera era de noche. La fiebre había bajado un poco y sentía que mi lucidez volvía. Estaba empapado dentro del abrigo que me había robado así que se me ocurrió cambiarlo. Antes de llegar a eso, me asomé por la rendija y miré por unos minutos con la intención de saber qué hacía Irma, pero no logré verla; aunque afinando el oído, después de un rato de calibrarlo con los ruidos de la casa y los pekineses que rasqueteaban el piso al andar, descubrí su voz que daba vueltas murmurando por algún rincón de la casa. Intenté descifrar lo que decía pero era imposible. Lo más perturbador era que parecía estar hablando con alguien.

 

Esto pensaba mientras me disponía a elegir un abrigo mejor, tocando con la mano las diferentes texturas que colgaban de las perchas, hasta que llegué a los que parecían hechos con alguna piel de pelo muy suave, y por un segundo el miedo me dio un respiro para imaginarme vestido con un tapado de esos. Afuera Irma seguía con ese ritmo de palabras que parecían responder a una conversación y yo descolgué una de las pieles, aunque para mi decepción era muy pequeña para ponérmela. En verdad parecía más una bufanda que un tapado, o una de esas pequeñas capas de piel que se llevan sobre los hombros. En ese momento la voz de Irma aumentó su volumen y sucedió algo que me heló la sangre y que jamás olvidaré: escuché la voz con la que conversaba. Juro que intenté pensar que era la televisión, como una última chance de donde agarrarme para no perder la compostura. Pero la voz subió su volumen y repitió claramente la misma frase: hay alguien en la casa.

 

Enloquecí. Abrí la puerta del ropero y salí al estudio, la luz amarillenta de lámpara colgante me hizo pestañear por un segundo, tal vez la fiebre o las horas quieto me hicieron tambalear. No me importó nada más, caminé hacia el living como un poseso y llegando a la puerta que salía del estudio me encontré frente a frente con Irma.

 

Nos miramos en silencio un segundo, pensé que Irma iba a gritar pero en lugar de eso me miró fijo, asombrada, como recalculando algo que no podía entender, y antes de que pudiera decirle nada o incluso correr, se dejó caer de rodillas y rompió en llanto, desesperada, tratando de abrazar mis piernas.  Entre lágrimas y mocos, mientras tiraba de las botamangas de mi pantalón, entendí que decía: no me dejes por favor, fui buena hija, no me dejes.

 

Tuve un segundo para verme en el espejo, llevaba la chaqueta militar que su padre usaba en la mayoría de las fotos, y con la poca luz y la barba yo mismo me sentí parecido. En la mano, apretada con toda la tensión del miedo, tenía aún la piel que había tomado del ropero. Era la piel de un gato atigrado y gordo.

 

Me deshice de su abrazo con un movimiento de las piernas y tomando la llave de la pared me dirigí hacia la puerta y salí por el pasillo hasta la vereda. Dejé de correr muchas cuadras después y tiré la piel del gato en un contenedor de basura.

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