Historias sin punto final
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#12 · Presento a mi familia

Por Patricia González López
Ph. Jade Sívori

El miedo no es joda. Estuve veinticuatro años sin vivir, fue por miedo. Si el miedo paraliza es porque te saca de tiempo. O estás colgado del pasado o comiéndote las cutículas por el futuro; es decir, estás entre dos irrealidades. Si tenés miedo, solo tenés miedo, por más que hagas otras cosas en simultáneo: comer, beber, hablar, chatear, bailar. Pero además, el miedo tiene hijos, una familia de palabras que “le salieron” torcidas: inventar, mentir, envidiar, comparar, celar. Y hasta donde sé, el miedo no toma anticonceptivos así que puede seguir pariendo las actitudes y realidades más temerosas hasta que le agarre la menopausia (y siga teniendo relaciones pero sin riesgos de reproducción de la especie).

 

Mi primer miedo fue a seguir siendo pobre. Este primer tramo tuvo varios condimentos, por ejemplo, la aceptación-no aceptación de mi historia por miedo a la discriminación; mi vida era como una pieza de sushi mojada en salsa de soja; pero agria y fea. En el jardín no decía que mi familia era de Paraguay, decía que yo era bilingüe, y enseñaba palabras en guaraní que no sabía. Tampoco decía que era guaraní, sino que era inglés, no vaya a ser que no me aceptaran mis compañeritas de preescolar del General Las Heras. Fui creciendo, el miedo a seguir siendo pobre mutó en pensar a mis ocho años en ahorrar guita para comprarme una casa. Quería actuar en las novelas de moda porque además de la fama, me imaginaba que las actrices ganaban más dinero que mamá, por ejemplo, que era empleada doméstica, cosa  que no decía, salvo a la gente que me conocía bocha. No vaya a ser que no me aceptaran. Fui creciendo, empecé a salir con pibes, y mi familia, mi barrio, jamás eran tema de conversación. Una vez un novio que tuve me dejó porque sintió que “no podíamos hablar de todo”. Me preguntó de qué trabajaba mi vieja y no le respondí por vergüenza. Eso fue un poco antes de cumplir veinticuatro.

 

En ese punto, en mis orígenes, siempre reinaba la invención, la hija mayor del miedo, melliza de la mentira, claro está. Mamá siempre trabajó “en una fábrica” (no limpiando en una fábrica). Yo vivía en el oeste, a veces en Ituzaingó, a veces en Morón, a  veces cerca de Padua (no en Los Aromos, Libertad, Partido de Merlo: calle de tierra, sin gas natural, agua de pozo). No invitaba a mis amigos a casa porque “estaba en obra” (no sin terminar, sin ducha, sin mochila en el inodoro, sin comodidades). De chica, en algún momento viví en Capital (no en la villa Cildañez, a metros de la avenida Escalada, frente a la autopista y el 141 a varias cuadras, para llegar al jardín).

 

El miedo nubla la vista, para adentro y afuera. Todo pasa a ser increíble,  nuestras partes piolas, las partes piolas de los otros, no confiás o pensás que todo puede ser mentira a la vez una misma es una mentira, atajada, contenida, densa, pesada, delirante. El olor a miedo se siente. Dicen que el olor a chivo, el olor a pata, es por el miedo a los demás; creo que no fui tan miedosa como otras personas que he conocido, pero sí identifiqué mis miedos cuando largué los peores olores. Y el miedo, en este sentido, repele. Mis miedos, mis olores y yo tenemos un diálogo psicobiofisiológico donde nos vamos contando lo que pasa. Y todo esto tiene, tuvo un denominador común, que es una profunda infelicidad. El querer agradar se huele y no agrada, el querer retener se huele y no retiene, el querer ser y no ser se siente y aleja, no cierra por ningún lado. No cerramos por ningún lado cuando tenemos miedo, no abrimos por ningún lado cuando tenemos miedo. Fui creciendo, en la misma medida el miedo a no ser querida, y su hija comparación. El miedo se ramificó y empezaron a surgir más específicos. Miedo a ser descartada, entonces celos. Miedo a no ser atractiva, entonces envidia. Miedo a no saber coger, como si alguien supiera cómo se hacen esas cosas. El miedo me llevaba de un tirón al cordón umbilical y andaba ahí, doblada en el vientre de mamá, llorando, con algún drama: “por qué no le caigo bien a fulanito”, “por qué no me quiere menganito”. Pero la tragedia siempre es culpa del que se miente, y el que se miente lo hace porque, en general, le da miedo asumirse.

 

Cuando empecé a hablar de mi vida sin miedo, cambió la historia. No en el sentido de “mi vida ha cambiado” como un milagro sino que todo se fue haciendo más fácil, más tranquilo, más real, de a poco, a paso firme. A medida que las “declaraciones” sobre mi vida “sin tapujos” iban aumentando me iba sintiendo más liviana, menos atajada, con menos miedo. Eso a la vez trajo un cambio de frecuencia y movimientos tectónicos con grupos de amigos, distancias que lamenté hasta decirme ¿por qué quiero ser parte de este grupo de mierda? La onda empezó a ser “mi historia es esta” y hubo personas que se fueron, otras que se quedaron, otras que me quisieron más.  A mí también me empezó a caer mal la gente: ahí entendí que todos somos alguna vez pelotudos para alguien, y que no está mal que suceda; que cayéndole bien a todo el mundo me comí varias pestes. También entendí que podía enojarme y expresarlo, ya no tenía miedo de parecer mala o quedar mal. A la vez la presencia de ciertos amigos fue afianzando este cambio, fue transformando el contexto y las situaciones que venían hacia mí como los sanguchitos de miga de Pappo. Por ejemplo, desde que expresé malestar a mi grupo de amigos del colegio por un cumpleaños al que no vinieron, nunca más faltaron, y no solo eso sino que yo tampoco falté a los de ellos y nos vimos más seguido, empezamos a ser aún más amigos. Y el miedo ahí era que no caiga bien mi enojo, dejar de ser la persona más buena del mundo.

 

Y por supuesto, en el terreno de las relaciones amorosas, también se va sorteando a la familia del pavor. ¿Cómo coger bien con alguien que te gusta más o menos? Imposible, el monstruo de la vagancia, la falsa onda aflora y se come a todo buen polvo posible. Estar solo con quien me hace explotar las tetas, cambia el miedo por una performance intachable. No tener pánico a lo poco, a lo mucho, a que alguien te guste, a que te deje de gustar te hace más libre. Como dice un amigo “lo que pasa, pasa y está bueno que pase, lo que no pasa es necesario que no suceda”. Esa es una de mis oraciones para fumigar el miedo.

 

Aunque también puede pasar que eso que creíste aprendido se te ponga enfrente para mostrarte que no. Mi último novio, al que más amé y el que más me enfermó (o nos enfermamos), fue la última gota del vaso del terror. Tenía tanto miedo de perderlo que precipité la pérdida, entre otras culpas compartidas, por supuesto. Mi miedo fue tan poderoso que creó realidad. El miedo no te deja huir. Para superarlo, hay que enfrentarlo mano a mano, no con una trompada, más bien con una caricia. Pasando del enrosque a la acción. Y ahí viene el relax, el perfume a todo bien con todo el mundo sin caretearla. Se gasta menos energía, no hablás con gente que no te cabe, te ahorrás  simulación, pose, actitudes de mierda, citas frustradas, fracasos amorosos (hasta ahí, hacemos lo que podemos).

 

Y supongamos que atravesamos el miedo, y el resultado final sea que mejoremos. Porque en definitiva, el miedo impulsa, a estudiar en mi caso, a escribir, hacer nuevos amigos, gustar de mejores personas, de ser transparente, pase lo que pase. Después vienen otros miedos y no está mal. Seguro que si se cambia de miedo se cambia de aprendizaje. Porque claro, cuando empieza a ir todo bien, arrancan los miedos del éxito, con la familia del autoboicot, incredulidad, la culpa. Cambia el miedo a ser una perdedora por el miedo al brillo. Dicen que cuando tenemos miedo movilizamos todos los músculos del cuerpo, como al tener un orgasmo. Y después de años sin hacer ejercicio, si tengo algo de  tonicidad, es por mis años de temor. Ahora el miedo caducó. Hay que cambiar de emoción, propongo.

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