Historias sin punto final
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Por el deseo de escuchar a las sirenas, nos cuenta Pascal Quignard, el marinero “Butes” se tiró sin miedo al mar. Pero no siempre sucede. Otro escritor, Hanif Kureishi, dice que su protagonista en “Intimidad” advirtió un día que había perdido la mitad de la vida especulando sobre cosas que, luego, jamás sucedieron. El miedo. A Mike Tyson, a los 21 años campeón mundial más joven en la historia de los pesos pesados, le dijeron que el miedo “es el principal obstáculo al aprendizaje. Si dejás que se convierta en una bola de nieve –le advertía Cus D’Amato– crecerá y terminará matándote. Será un fantasma que te perseguirá hasta el último día. Porque el miedo –seguía Cus– lo sienten todos, el héroe y el cobarde. Había pues que disciplinarse “para ser héroe”. Había que controlar las emociones y la fatiga. Y así controlar el miedo. Activar el mecanismo de supervivencia. Si lo haces –insistía D’Amato– “la adrenalina te acelera el corazón. Y podrás saltar hasta quince metros, como hace el ciervo cuando ve al león”. Paradójico, Iron Mike, el Hombre de Acero que congelaba con la mirada asesina y noqueaba en los primeros rounds, estaba esa noche en el Luna traspirando y miedoso porque sabía que fallaba el sistema de traducción simultánea. Le tenía miedo al stand up.

 

Trabajo desde hace años en el periodismo deportivo y hasta escribí un libro sobre la vida de un boxeador (Ringo Bonavena). Me sirvió para comprender mejor a ese deporte. A ese “diálogo de cuerpos”, como lo llamó una vez Norman Mailer. A boxeadores que, mucho más que a los golpes, tienen miedo a la derrota. A la humillación del nocaut. Se lo cuenta, como nadie, Floyd Patterson, un gran pesado estadounidese de los años 60, al escritor Gay Talese. Era tal el miedo de Patterson de tener que salir a la calle después de alguna derrota que hasta compraba barba, bigote, anteojos oscuros y sombrero para ocultarse de la gente. El periodista Ulises Barrera me contó que Bonavena, un bravo, mordió a rivales acaso por miedo al sentirse inferior. Como le sucedió al propio Tyson cuando le sacó parte de la oreja a Evander Holyfield de un mordiscón. “Todos saldrán con sus dos orejas”, nos dijo Tyson a los espectadores la noche del Luna Park. Muhammad Alí, el deportista icono de todos los tiempos, sufría con las películas de miedo. No tuvo miedo para enfrentar a Foreman más grande y más joven en Zaire. Ni para decir que no combatiría en Vietnam. Su gesto dio coraje a millones.

 

El deporte suele ser un mundo de “machos”. Imposible admitir miedo. No hay lugar para los débiles. Recuerdo siempre el caso del arquero alemán Robert Enke. No quiso admitir sus depresiones por temor a que le quitaran una hija que había adoptado. Temía también que, si admitía depresión, perdería su puesto de titular en la selección alemana. Y que se reirían de él. Terminó suicidándose. El fútbol valora al que tiene “lo que hay que tener”. Es el título de un libro de Norman Mailer. Mailer hablaba de los “huevos” de los primeros pilotos que quebraban la barrera del sonido. Se entrenaban obligados a aterrizar en un portaviones en plena noche. Era un punto en medio de la oscuridad. Los que fallaban, era porque no tenían lo que hay que tener. Los deportes (disculpen, pero recuerdo que soy periodista deportivo y que veo al deporte como un escenario formidable para hablar de la vida) han cambiado. Sus protagonistas arriesgan más. Hay más tantos, más acción y más emociones que en los muchos e insoportables cero a cero del fútbol. Esos otros deportes también tenían muchos momentos aburridos. La tele los obligó a cambiar en nombre del espectáculo. Y mejoraron. Se vio en los últimos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Básquet, vóley, hockey, rugby ofrecen hoy más dinámica y posibilidades de cambios en el marcador. Los cambios reglamentarios obligaron a esos deportes, y a sus equipos, a sus técnicos y a sus jugadores, a arriesgar, a atacar, a jugar mejor.

 

¿Por qué no lo hacían antes? ¿Por qué amaban defenderse? ¿Por qué no les gustaba atacar?  ¿Elegían por gusto el pase poco comprometido a otro más arriesgado? No creo. No lo hacían porque tenían miedo. El fútbol sabe que la tele lo necesita, que no le puede imponer cambios tan fuertes como sí lo ha hecho con los demás deportes. Y ahí sigue entonces el fútbol por la vida. Dándose el lujo de jugar noventa minutos para terminar cero a cero. O, peor quizás, de que un equipo casi no cruce mitad de cancha en los noventa minutos y gane en el descuento con un gol en offside. Hay excepciones, claro, pero el fútbol puede ser tan injusto como la vida. Y el fútbol es ante todo miedoso. Como también suele serlo la vida.

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