Historias sin punto final
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#3 · Telarañas

Por Sebastián Pandolfelli

Ilustración María Ibarra

Cuando era chico, le tenía terror a las arañas. Cada vez que me cruzaba con algún bicho de esos, me invadía una sensación inexplicable. Era cuestión de ver las ocho patitas, fueran peludas o no, de un arácnido, y empezar a temblar, respirar agitado, sentir cómo se aceleraba el corazón, cómo se me desparramaba la adrenalina por el cuerpo. A veces, la escena terminaba en llanto y con algún adulto intentando matar al pobre bicho. Pero ya siendo un poco más grande no podía continuar soportando aquel sufrimiento. Tenía unos nueve o diez años cuando decidí enfrentar el problema.

 

Estaba en el colegio, sentado en mi pupitre pensando en alguna boludez, probablemente en las figuritas de los Transformers que me faltaban para llenar el álbum de Cromy, o en el muñeco nuevo de He-Man que me iba a comprar mi abuela, cuando entró la de biología y sacó unos frascos con bichos. En uno de los frascos había una araña negra y amarilla, del tamaño de un Bon-o-Bon. Los fueron pasando de mano en mano y todos hacían comentarios y jugaban. Casi me desmayo, pero suspiré, me mordí los labios y agarré el maldito tarro de vidrio. La bicha se movía desesperada de acá para allá en el reducido y resbaladizo espacio. Movía esas patitas asquerosas como tratando de decirme algo. La miré soportando con estoicismo todas las sensaciones físicas que me abrumaban. “¿Te pasa algo?”, creo que me preguntó mi compañero de banco. “No, no, estoy tratando de hipnotizarla”, dije con aire burlón, para disimular y eché una carcajada nerviosa. No quiero ni pensar en lo que hubiera pasado si reconocía mi temor frente a aquella sarta de energúmenos. Las cargadas con toda esa impune y filosa crueldad infantil, hubieran destruido mi ya devaluada imagen. En general estaba entre la media, no era ni popular, ni ultra ñoño. Y lo mejor era pasar desapercibido. Aunque cada tanto recibía unos golpes o me robaban la cartuchera y había que bancar esas cosas que ahora los psicoanalistas modernos llaman “bullyng”, que en nuestra infancia eran lo más normal del mundo.

 

Unos días después de ese primer paso, decidí buscar una araña en casa y atraparla. No solo quería enfrentar al miedo, sino superarlo. Sabía dónde encontrar alguna. Siempre estaban llenando de telarañas la parte de atrás del taparrollo de la cortina de mi pieza. Trepé al escritorio invocando al poder de Greyskull y usando el mango del plumero como espada, empecé a remover las telarañas. Ahí nomás apareció una de patas flacas. Me asusté y reaccioné automáticamente pegándole una estocada con el palo. La maté sin querer. Bueno, tenía que seguir buscando. Mientras revisaba los rincones más insólitos de la casa, intentaba analizar el por qué de tanto miedo a esos bichos y no pude encontrar ningún indicio. Tal vez influyó un poco el haber visto la película “Tarántula” en la tele blanco y negro de mis viejos, en alguna Trasnoche Aurora Grundig. Ahora, a un millón de años luz y con unas cuantas páginas leídas sobre filosofía de cotillón, podría decir que quizá la raíz del tema apareciera al mencionarle a un adulto el comienzo de la historia de Spiderman. El pobre Peter Parker es picado accidentalmente por una araña venenosa. El adulto en cuestión, algún boludo a pilas, por hacerse el canchero me dijo: “Si te pica una araña venenosa te morís”. Ahí nació el trauma. Seguí viendo los dibujitos del Hombre Araña sin ningún problema, pero cuando se me presentaba un artrópodo de ocho patitas en la vida real no podía evitar la reacción. Entonces, según descubro al escribir estas líneas, el miedo real, el miedo de fondo de esa cuestión, era miedo a la muerte. Ese miedo a la muerte también lo enfrenté en más de una oportunidad, pero ahí siempre salgo perdiendo.

 

El problema con las arañas, lo solucioné. Aquel día seguí buscando y atrapé una bastante grande en el jardín de casa, una pollito, marrón y peluda. La molesté con un palito hasta que salió de su escondite y ahí en un acto de valentía pleno de estupidez, en una milésima de segundo, pegué un manotazo, la agarré, la retuve entre mi índice y mi pulgar, la miré fijo y le dije: “No te tengo más miedo”, y la metí en un frasco. Después le acondicioné una prisión más grande. Casi le armé un terrario, con pasto y ramitas y algunos otros insectos para que tuviera cierta vida social. Al tiempo hizo una tela entre las ramitas y se fue comiendo a los otros bichos. Ahí empecé a cazar moscas y dejárselas para que las atrape. Fue mi mascota, o algo así, como un mes. Un día se murió. La verdad es que me importó muy poco. Era cuestión de hacerle frente. Cuando lo hice, se acabó el tema. Tiré todo a la mierda. Mi aracnofobia estaba completamente desaparecida. Ahora me causa gracia cuando alguien chilla por una araña y en general soy el que va y la mata. O a veces, pleno de misericordia, la atrapo y la suelto en otro lado.

 

El miedo a la muerte ya es un tema un poco más complejo. Como había comentado, a la huesuda le hice frente en más de una oportunidad. La vi de cerca y salí corriendo. Se llevó amigos, y tenemos una relación de amor-odio bastante fuerte. La vida teje redes circulares y a veces te podés quedar pegado como en las telas de araña.

 

Yo sé perfectamente lo que es correr, escuchar tiros y seguir corriendo con el corazón saliéndote por la boca mientras esperás esa sensación de la quemazón en la espalda. Escuchar el zumbido de las balas que te pasan de cerca. Eso es adrenalina. Hasta ahora vengo zafando. Pero hubo una vez, en uno de los tantos episodios violentos que pasé cuando vivía del otro lado del Riachuelo, allá en el conurbano sur, en que se me aparecieron dos fantasmas así de la nada, en medio de la calle. Querían robarme la campera y las zapatillas, en apenas un segundo, uno me rodeaba el cuello con el brazo y el otro me apoyaba el caño del fierro en la panza. Estaban recontra duros y tan sacados que pensé que de esa no zafaba. Como es habitual en mí ante esas situaciones, los nervios me hacen hablar y hablar. No sé de qué hablo, y no sé por qué lo hago, pero siempre trato de que las cosas salgan bien para todos. Al rato, el que me tenía agarrado me soltó. Negocié. Negociamos. Me quedé las zapatillas y se llevaron la campera. Plata casi no tenía. Acá estoy contando la anécdota más de veinte años después, pero tengo una imagen grabada: el que me apuntaba con el arma tenía una tarántula tatuada en el cuello.

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