Historias sin punto final
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#19 · Un solo cuerpo

Por Diego Flores

Escuchaba el sonido pegajoso de la panza pegándome en el culo, un ritmo intenso y lento mezclado con olor a vino y a pija. Me acuerdo de esa pija, llena de pelos largos y duros de la que emanaba un olor horrible. Qué suerte, pensaba a veces, que me la hace chupar poco. Yo se la chupo mal a propósito, la mayoría de las veces ni se da cuenta y larga unos gemidos de placer que se mezclan con espasmos y baba espesa producto del vino. A veces se aburre y me da vuelta, me baja la tanga desesperadamente, baja la cabeza también y me babea, me busca la concha pero no la encuentra porque me la quiere chupar parado. Entonces se enfurece con su torpeza y me pega un empujón, una cachetada o una patada y me tira en la cama. Hay veces que ni siquiera me resisto. Me doy lástima, pienso que me acostumbré tanto a que me viole que hay instancias en las que hasta me río y lloro y siento que todo el mundo, todo, es una enorme bola de mierda.  Pero contaba que casi siempre lo que hace es: me pone en cuatro y me coje rápido, acaba enseguida y se queda medio dormido, casi ni guasquea. Entonces se corre para atrás y yo a veces ni lo miro, ¡bah!, le miro la verga, una verga chiquita y mojada con leche y flujo vaginal. Una chota bien de mierda, un tremendo pito corto. Y me pregunto cómo esa cosa insignificante puede hacerme tan mal, cómo ese pedacito de carne media morada pueda hacerme tan mal. Como es que por las noches el ruido de la cama perdure como el tic tac de un reloj en mi cabeza. Siento el sonido del catre como si fueran puñaladas en mis oídos. Trac trac trac trac. Y la panza del diente. Y esos gemidos y ese ahogo y esas paletas separadas y los ojos llenos de vino y esa verguita, ese palito mínimo que lo hace sentir tan hombre.

 

El Diente Melgarejo es el que me viola, él es la pareja de mi vieja y además un puntero del barrio. Es decir que tiene poder, tiene algo de guita, un Gol que tuneó para salir a enrostrar, unas trolas laburando para él, faso, merca, pibes laburando para él y además una pija enana. Y lo sabe. Y le duele y me odia porque sabe que sé que tiene una pija minúscula. Me empezó a abusar cuando mi vieja llevaba a Camila, mi hermana menor, a la escuela. Aprovechaba ese lapso de tiempo para volver del piringundín donde paraba y se caía. Entonces de repente o me agarraba por la espalda o me besaba el cuello y me decía que me quería, que me quería a mí más que a nada y que me estaba enseñando para que otros no me lastimen, para que aprenda a no sufrir, me decía el hijo de mil puta. Entonces me tapaba la boca y me llevaba a la pieza; prendía la radio para tapar mis gritos. Lo hacía una, dos o tres veces por semana. En la radio sonaba un programa que me gustaba, que yo escuchaba a esa hora cuando el Diente no me violaba, cuando todavía era una adolescente que se sentaba a estudiar y creía en salir del barrio marginal donde vivíamos. El programa que escuchaba lo conducía un pibe que hablaba con la voz aflautada, muy de nene corte adolescente pero era un fuego. Me gustaba esa radio. Pasaba unas cumbias que me encantaban y cada tanto metía Silvio Rodriguez  o Sabina y me quedaba escuchando las letras y me emocionaba porque las entendía y creía conectar con ese guachito con voz de vértigo que me enamoraba. Pero, a veces, cuando el pibito hablaba, Melgarejo me metía la verga en la boca mientras yo lloraba. Mientras se me caían las lagrimas y el tipo me empujaba más y más la poronga en la boca con intenciones de que me ahogue, pero no le daba. Y esa voz  y esa radio y esa canción de La Nueva Luna me parecieron repugnantes. Se hizo tan cotidiana la situación de que el Diente me abuse que había veces que me iba de ese lugar horrible escuchando la radio, mientras se mezclaban los sonidos de la cama, los espasmos de Melgarejo y la voz aflautada del pibito. Me asustaba saber que me estaba acostumbrado a ese ritual, a llorar,  a ser penetrada. Entonces, en mi silencio, en mi congoja, en mis gritos pequeños de dolor, a veces una frase que emanaba de esos parlantitos me rescataba, me salvaba y me llevaba lejos de ese cubrecama sudado y ese olor horrendo.

 

Hubo un día. Ese día. Un día que puedo traer siempre, que no se va jamás. Una fecha inclaudicable. El día que me explotó el mundo en la cara fue cuando el Diente cayó borracho a casa. Apareció en un horario que no era habitual, mi vieja había salido a comprar unas giladas con Cami. Él entró y así como cayó me arrastró y me llevó a la pieza. Yo me resistí más que nunca, como intentando preservar nuestro secreto, porque no sabía qué hacer. Yo me quería quedar con toda mi vergüenza, comerla. No quería que nadie más supiera lo que me hacía el Diente. Resistí, pero su cuerpo pesado pudo más. Prendió la radio, sonaba “Carito” de Los Palmeras. Me acuerdo que me desesperé cuando escuché que se abría la puerta de casa, el Diente me apretó la boca fuerte y me empezó a cojer más rápido, como si quisiera apurar su crimen pero no se detuvo. Hasta allí llegaba su impunidad. Decía que la puerta se abrió y escuché un silencio, después mi mamá le gritó a Cami que vaya a casa de los vecinos, que ella tenía que hacer. Yo escuché cómo mi hermanita respondía y salía corriendo, seguramente saltando con esas trenzas que le quedaban hermosas. Nuevamente se hizo un silencio, se escuchó ruido a platos, mientras el diente lanzaba el ruido horrible y espasmódico de concreción final. Me acabó en el muslo. Yo me quedé tirada, esperando que sucediera algo. Lo que pasó fue que Melgarejo salió de mi habitación con el cinturón a medio abrochar, tambaleando, abrió la puerta de entrada y se perdió en la tarde. Cuando salí de la pieza mi vieja estaba con la cabeza gacha, la busqué con la mirada y le dije “mamá”, en ese mismo acto ella sobreactuó un giro, me dijo que estaba muy ocupada, que por favor no la moleste, se encerró en el baño y abrió la ducha. Yo me quedé a mitad de pasillo, parada y ultrajada, oyendo como caía el agua y sintiendo por primera vez cómo se materializaba el dolor. Un escozor profundo recorrió mi cuerpo, quise pensar qué hacer, cómo huir, a dónde mierda escaparme, pero me distrajo el espeso líquido que corría por mi pierna, era el esperma de Melgarejo. Juré que no iba a volver a tocarme.

 

Durante un par de meses anduve de gira por el barrio, escondiéndome del Diente, pero sobre todo de mi vieja o de eso que había pasado entre nosotras. Paré en lo de una comadre. Le mentí, le dije que me había peleado por una gilada por la vieja pero que necesitaba una distancia para no pudrirla más. Mi comadre me dijo que me bancaba pero que pasados unos días le iba a decir a mi vieja, y aunque me fuera le iba a avisar igual porque decía que yo era muy pichi para andar sola por la calle. Que cualquier gil se podía hacer el vivo conmigo. Mientras me hablaba, yo pensaba que lo peor que me pasó en la vida lo viví adentro de mi casa. Me quedé cinco días y toqué a lo de una amiga y después empecé una gira con unas pibas y pibes que conocí en la plaza. Era un grupito medio tóxico que paraba cada tanto con mi prima. Al principio me costó abrazarme a su cofradía pero después me fui soltando, siempre fui medio de estudiar y tener responsabilidades, aunque la gente del barrio me dijera que era al pedo, porque los pobres siempre íbamos a ser pobres, yo quería salir de ahí. ¿Querés salir del barrio yendo a la escuela, cualquiera va a la escuela hoy en día?, me dijo el Hugo, que tenía un kiosco ahí en la entrada del barrio. Y qué se yo, por ahí tenía la razón. La cosa es que paré con la gente esta y empezamos una gira hermosa. A veces dormíamos en un galpón que un viejo nos abría para que se lo cuidemos, otras yo me quedaba en lo de un guacho del que me empecé a enamorar, que era terrible barrilete pero tenía una ternura niña, una cosa como el pibito que hablaba en la radio y nunca supe el nombre. Cada tanto garchábamos, yo la pasaba como el orto porque me acordaba del hijo de puta del Diente, sentía que lo tenía a él arriba pero me la bancaba porque no había nada más lindo que quedarme abrazada a su cuerpo caliente, mientras me contaba historias de un viaje que hizo a Entre Ríos, yendo de estación en estación de servicio, limpiando zapatos, vendiendo repasadores, hasta cantando con un flaco que sabía tocar la guitarra. Pero no se la podía chupar, eso me daba mucho asco, me llevaba al catre de mi casa. A los huevos sudorosos y mal olientes del Diente. Un par de veces, mientras nos besábamos medio pasión me puse a moquear. Él no entendía un carajo pero no le podía contar, no tenía ganas ni fuerza para explicarle. Así y todo tiramos un tiempo juntos hasta que se enamoró de cualquier cola y se fue a contarle sus historias. Me gustó. Lo extrañe y eso me tiró más para atrás de lo que estaba. Me dejé estar, me puse medio baqueta, empecé a descuidarme, a fumar porro todo el tiro, después metía pasti y cada tanto pegaba un saquecito para sentirme poderosa. Los bajones eran bien pero bien picantes. Un par de veces tomé de día, uno de esos día la vi a mi seño de cuarto grado por ahí por el centro, no me acuerdo bien, si sé que la quise saludar y me patinó fuerte la carreta, ella me miró un toque, le temblaban los ojos que estaban húmedos, me acaricio la cabeza, me dijo “mi chiquita”, me dio un beso en la frente, un beso enorme, un beso bien posta, de amor, y se fue. Eso me mató y me pintó pensar por primera vez en el suicidio.

 

Por esa época conocí al puto Mario. El puto Mario era un ser hermoso, un caníbal de la vida, un pedazo de humanidad, un tipo fuerte, rudo, con cara de asesino y de padre tierno a la vez. ¿Saben? Hay que tener tremendos huevos para crecer puto en el conurbano, hay que levantar la cabeza con dignidad después de que chupaste una pija en alguna esquina oscura o te rompieron bien el orto en un renó 12. El puto Mario dignificaba todo eso, le cabía ser puto, lo gozaba, disfrutaba de la incomodidad que podía hacer sentir en otras personas, gustaba de ser poco calificable, gordo, campera de cuero, voz gruesa, peleador altanero y bien pero bien puto. No sé si él se acercó a mí o yo a él pero pronto nos adoptamos y protegimos. El vio mi fragilidad y me subió a su mundo. Me reconoció enseguida, sabía que yo estaba patinando pero que no fue siempre así. Entonces me rescató. Me acomodó las ideas como un artesano de la mente. Me dejaba pensando, no me decía lo que tenía que hacer, me mostraba los caminos que podía elegir. Me protegía, me guiaba, el puto Mario, que era un estallo, les acomodaba la vida a los demás.

 

Un día, quizás uno de los más felices de mi vida, caímos a comer un asado con unos pibes que estaban laburando en una obra ahí sobre la avenida, fue un día increíble, cortaron a las once y media y empezaron un fueguito piola. Tranqui. Estaba fresco pero había sol. Nosotros caíamos con los vinos, un par de botellas pero tetra porque andábamos cortos de guita. Ellos metieron algo de carne. Unos choris, algo de falda y alguna gilada más. Comimos y escabiamos como hasta las cuatro de la tarde. Contamos historias, jugamos un truco, nos cantamos unos chamamés y unas cumbias. Algunos  pibes de la obra se pusieron gede conmigo y me querían llevar a siestear con ellos. Yo me los saqué de encima haciéndome respetar, bien. Marcando ahí. El puto Mario me miraba y se reía. Me estaba cuidando y viendo cómo me portaba. Cuando los pibes se estaban yendo, él me dijo “vos vas a dormir la siesta conmigo guacha”, más vale papi, le respondí. Nos fuimos a tirar a un pedazo de cemento, al lado estaban meta mano y magueando pete. Mario se me tiró al lado y me abrazó.

 

–¿No le tenés miedo a nada vos? Preguntó.

–No sé– le dije sin pensar.

–Dale, ¿a qué le tenés miedo?

–No sé, Marito, tengo que pensar. Abrazame que estoy medio mamada y sensible.

 

Nos quedamos hablando un rato, mientras las risas y los gemidos que llegaban se iban apagando. El gordo me contó su historia, que lo rajaron de la casa, que tenía como cuatro hermanos, que no se hablaba con ninguno. Que durmió en autos, plazas, calabozos, que escupió sangre, que lo cagaron a palos mil veces, que se agarró a piñas más veces, que siempre perdió. Me dijo que fue un puto resentido hasta que alguien le cambió la vida. Yo me di vuelta, lo miré a los ojos, tenía unos ojos hermosos, no por el color sino por lo que trasmitían, por lo que abrazaban. Finalmente le conté lo mío. No se lo había contado a nadie. Le di mil vueltas, para no emocionarme y llorar como una pelotuda. Necesitaba contárselo, no a alguien sino a él. El gordo me acariciaba la cabeza mientras yo contaba y, finalmente, lloraba. No me interrumpió nunca y cuando terminé lo único que me dijo fue que era muy fuerte. Que de verdad era muy fuerte. Después de eso me quedé dormida. Soñé con Cami, tenía gestos y voz adulta, me decía una y otra vez que el miedo no era más que pura anticipación, que una vez que algo pasaba ya no había miedo sino acción, vida o muerte, decía Cami mientras se alejaba en una especie de alfombra mágica que flotaba sobre un río: vida o muerte, decía.

 

Me levantó el Mario con un mate, me preguntó cómo me sentía y me dijo “vámonos de acá”. Caminamos un largo rato hasta el río, el olor a podrido que emanaban los desagües me hizo bien. No sé por qué. El puto Mario fue a un quisco y trajo una birra que tomamos mientras la noche crecía. Mario sacó una radio portátil y la puso bien bajito mientras hablamos. Fumamos un churro y nos pusimos a bailar. En la radio sonó un tema de Amar y yo que se llamaba “Tu hermana”. Un tema medio de mierda, pero estaba sensible, la letra era real y el mambo del faso me puso nerviosa, corte que me altere. Mario lo notó.

 

–¿Qué pasa negra?

–Nada… ya sé a qué le tengo miedo, Marito, a que el hijo de puta del Diente toque a mi hermanita, que le haga lo mismo que a mí, ¿entendé?

–Sí. ¿Y qué vas a hacer?

–No sé, boludo, tengo que volver a la casa de mi vieja, pero no sé cómo.

–Andá y trabajate a tu vieja. Rescatate un poco. Decile que te equivocaste. Eso. Si querés volver, claro.

–Me tendría que haber quedado, soy una hija de puta. Mirá si es tarde.

–Siempre puede ser más tarde, andá y laburala a tu vieja para volver. Después nos vamos hablando. ¿Tenés celular?

–No, ¿qué voy a tener?

–Yo te voy a conseguir uno bien feo, negrita. Preparate que en unos días volvés, ahora mirá las estrellas y prendete este faso que va a ser el último.

 

Me preparé un par de días. Me bañé, un amigo del Mario me cortó un toque el pelo. Conseguí una ropa medio rescate y me fui para la escuela. Esperé relojeando desde la esquina, vi cómo mi vieja llegaba a buscar a Cami, miré un rato hasta que se apartaron por la calle, se cortaron solas después de saludar a Claudita, ahí nomás me aparecí de atrás, chité un par de veces, Cami me vio y tiró una sonrisa mágica, se desprendió de la mano de mamá y me dio un abrazo inmenso, fuerte como si las dos fuéramos un solo cuerpo. Como si supiera que estaba dispuesta a poner el mío, mi piel, mis entrañas, hasta mi vida para que ella sea una niña feliz. Como si percibiera que volví para defenderla de un hijo de puta que podía cagar las vidas que quería, pero nunca la de ella. La besé tanto que se me secó la boca.

 

Levanté la mirada y la vi a mi vieja con cara de nada.

 

–Dale, Cami, vamos que tu hermana se tiene que ir– dijo mi vieja.

–Bancá, ma, quiero hablar con vos.

 

Chamuyé un rato, le dije que me había mandado una cagada, que había bardeado y que me confundí que, flasheé berretines de pendeja pero que ya estaba, que quería volver y ayudar a Cami, que me había dado cuenta del valor de lo que ella hacía. Mentí. Y aguanté las ganas de no pegarle flor de viaje a mi vieja, que me miraba altanera como si me fuera a escupir el perdón, como si no supiera lo que me hacía el Diente. Me dijo que podía quedarme pero por el momento, que ella no es boluda y que iba a tener que cambiar muchas cosas porque ahí vivían personas mayores y yo ya no era una pendeja. Que iba a tener que respetar al Diente y siguió hablando. Cami me tiró de la manga y me preguntó si la iba a volver a ayudar con sus tareas.

 

–Más vale, volví para ayudarte, mi amor– le dije al oído.

 

Me comí tremendo descanso cuando lo vi al Diente, primero no me miró y se hizo el engreído. El dolido. Después largó un discurso como si le diera la moral, diciendo que esa casa no era un hotel, que seguro que me estuve drogando, que acá me trataban bien, que nunca faltó comida y que había que ver si durante mi fuga no estuve con alguno y que me dejó embarazada, que no daba la cosa para mantener una boca más y menos de un guacho cualquiera. Como si ahí, todos no fuéramos cualquiera, pedazo de violín. Me banqué toda esa secuencia solo porque pensaba en Cami y en el puto Mario. Mi amigo. Mi hermano Mario.

 

Durante un par de semanas estuvo todo tranquilo. Mi vieja se hacía la pelotuda pero yo estaba con Cami y el diente venía rescatado. Y cuando caía mamado se iba derecho al sobre. Un día salí a ver al gordo Mario, me tomé el tren y nos encontramos en la plaza cerca de donde él estaba parando. Nos quedamos hablando giladas, el puto se estaba comiendo a un tipo casado del barrio y andaba medio enamorado, haciéndose mierda, según sus palabras. Yo había pegado el celular que él me trajo, tenía cinta adhesiva negra para que no se le salga la batería y la pantalla medio rota en un borde. Pero me servía para estar conectada con él. Estábamos ahí meta mate y chisme hasta que me cae un mensajito. Era el Diente “menos mal que ibas a cuidar a Cami, vos. ¿Sabés que está haciendo ahora? No sabés”. Trulé. La mente se me puso en blanco dos segundos. Me desesperé, salí corriendo, no le dije nada a Mario, no sé por qué. Le dije que me olvidé de algo. Me tomé el tren que no venía más y me gasté las últimas monedas en un bondi de la estación a casa. Bajé y cuando quise abrir la puerta estaba trabada de adentro, empecé a golpear, a pegarle patadas a putear al Diente. Casi tiro la puerta abajo.

 

De repente escucho la llave del otro lado, era el Diente, estaba en cuero y con una botella de Brahma a medio tomar.

 

–¿Qué pasa mami? ¿Qué querés?

–Cami, ¿dónde está Cami la concha de tu madre?

–Por ahí, ¿qué se yo? ¿Vos no la ibas a cuidar?

 

Busqué en mi pieza, en el comedor, en el baño, la habitación de mi vieja, no estaba.

 

–¿Qué pasa negra? ¿Qué querés en la pieza? ¿Me extrañaste?– me dice el Diente haciéndose el canchero.

–Borracho de mierda, ¿dónde está Cami?

–Salió con tu mamá, pelotuda. Qué me puteas, gorda. Estás gorda, negra, te pusiste fea, se te cayeron las tetas, tenés el culo enorme y te cojieron esos fisuramas. Qué puta barata te volviste, se ve que te cabió bien esta y volviste a buscar. Pero olvidate que no te garcho más. Negra, gorda y buchona. Sí, bien que te gustaba y salí que quiero estar solo en mi casa, no me quieras calentar pelotuda. Tocá de acá la concha de tu madre, te haces la otra, venís a mi casa de secuencia cobani, pateas la puerta, ¿a quién te comiste? Gorda de mierda.

 

Me empujó, abrió la mano y me sacó a la calle.

 

–Cuida a tu hermana mejor pedazo de gila, que se está haciendo mujercita y cualquier hijo de puta se la va a coger en cualquier momento.

 

Esa frase me hizo garcha, me dejó estaqueada, no por lo que dijo de mí, sino porque había entendido que Cami era por lo que había vuelto. En su bienestar radicaba todo el sentido de mi vida y este turro sabía que para joderme tenía que jugar esas cartas, era vivo el sorete del Diente, por algo era puntero. Pero yo tengo que ser mas pilla, tengo que dejar de arrastrarme por la fuerza de los impulsos. Mario me lo dijo, “el que sale a flote saca primero la cabeza”, así que yo me comí los mocos de nuevo y pensé mi jugada.

 

Pasaron un par de meses y el Diente se fue alejando de casa. Un día, como tantos otros, se fue puteando a mi vieja y no volvió a aparecer. Cada tanto, muy cada tanto, pasaba, tiraba unos mangos para tantear, marcar territorio y se iba. Pasamos días fuleros, sin un mango, ratoneando comida y rascando la olla, mi vieja y yo comíamos poco para que Cami no pasara hambre. El gordo Mario me consiguió un laburito, para atender un local de ropa ahí en la estación, servía para tirar un toque, ese trabajo más las changas que hacía mi vieja zurciendo ropa nos sirvió para que no faltara lo indispensable en casa. Las cosas si bien estaban jodidas, mejoraban de a poco, Cami estaba re bien de ánimo, yo pasaba menos tiempo con ella porque se quedaba de una vecina que la cuidaba, una vecina entrerriana bien de pueblo, que la mimaba y quería mucho. Para ese entonces, yo llegaba de laburar y nos poníamos a jugar o a hacer la tarea, la veía a Cami crecer siendo una nena y me sentía orgullosa de poder ayudar a que tenga una infancia, a que pueda disfrutar de una etapa de la vida de la que yo había sido arrancada por un hijo de puta. Por esto y por mantener algo de orden en una familia que era un estallo, traté de aguantar a mi vieja, de no hablar de las violaciones. Algún día iba a retomar ese tema pendiente y le iba a pasar factura, pero no era hora, prefería que todo estuviera más o menos bien para Cami. Mi vieja sabía por lo que yo había pasado y se hacía la boluda, yo sabía que mi vieja había sufrido más de una paliza a mano abierta del Diente, que tomaba y se ponía gede y violento. Pero el Diente ya era un fantasma, un tipo que había sido expulsado de esa casa. A mí me habían aumentado un toque el sueldo y estaba planeando hacer un viaje, onda a Chascomús o San Pedro, un finde para mirar el río, fumar un puchito y acomodar todo en el balero. Con Cami y Marito.

 

–Tiene que ser un viaje de vuelta –me decía el puto Mario–, una nueva partida, negra. Como  un resurgir, ¿entendé?

–Más vale que te entiendo, Marito, de a poco estamos sacando la cabeza de la mierda. ¿Tenés algo para escuchar música? Quiero que ese viaje este lleno de alegría, Marito. Le voy a hacer una torta a Cami, una de coco y dulce de leche, le re gusta a la pendeja. ¡Además nos va a venir bien para el bajón! ¿Vamos a fumar uno, no? Hace bocha que no tiro humo.

–De frente mar, mi negra.

 

El día que mataron a Cami yo no pude volver a casa, no pude volver como por una semana o diez días. Sé, por relatos del Mario, que fui al entierro, que lloré como nunca había llorado en mi vida, que ignoré a mi vieja y a toda la gente que se acercó a despedir a mi hermana. También sé que vomité y que tomé muchas pastillas. Del entierro no me acuerdo más. Después era la cara de Cami, era imaginarme la situación, pensar en lo que mi hermanita habría sufrido y luchado. En que resistió lo que pudo hasta que la asfixiaron y la violaron dejándola en el comedor con las piernitas desparramadas, sosteniendo en la boca un grito ahogado. La imaginaba llamándome, exigiendo auxilio. Imaginaba qué estaba haciendo yo, qué conjunto de mierda estaba vendiendo cuando le estaban arrebatando la vida a Cami.

 

Estuve diez días instalada en la piecita de Mario, con fiebre los primeros tres, los otros metiendo pastillas y drogas que me sedaban y me tiraban en la cama. Marito me metía una pasti tras otra, estaba todo el tiempo al lado mío, me ponía unos temas en la radio tratando de que levante, me ponía trapos mojados en la cabeza, me hacía tés medios raros, me ponía un par de almohadas y me metía pastillas, era su forma de cuidarme como un gran chamán, pobre Marito, me decía “todo tiene que pasar negrita. Todo va a pasar”. Y lloraba a mi lado.

 

Cuando me rescaté un toque y pude salir a la calle el mundo me volvió a hacer mierda, todo me parecía extraño, como ajeno y distante, como si yo fuera una cámara que estaba haciendo planos. La vida era algo que les pasaba a los otros. El Cocho, uno de los pibes con los que empecé a parar, me dijo: estás andando sin sentido, eso es peligroso. Yo había perdido a Cami, estaba sin laburo, no tenía una familia que me contenga, no tenía casa, no tenía papá, odiaba a mi vieja. Así que me perdí de nuevo en la calle, en las noches llenas de fantasmas, pastillas, faso, birra, hambre, gente fugaz, chorros, putas, drogones, laburantes pobres, albañiles, cumbieros fracasados, gente que pasaba, estaba un rato y se hundía en algún lugar infinito del que no volvían. Un par de veces vino a rescatarme el puto Mario, pero terminamos a las puteadas, yo no quería estar cerca de nada ni nadie que me haga acordar a Cami, que me remitiera a esas épocas. Así que le corté el rostro un par de veces y lo mandé bien a cagar. ¡Pobre Marito! Yo me estaba haciendo mierda, tratando de encontrar algo que me lastime y él siempre venía a rescatarme…

 

No me acuerdo bien la fecha, sí que hacía un calor puto y que estábamos tomando una birra y comiendo unos maníes en un bar que estaba a un par de cuadras de la estación. Yo estaba con el Cocho, que andaba tratando de dejar algunos malos hábitos, y con un par de amigos de él que cortaban autos, unos pibitos medio tiernos pero ambiciosos, les cabía la guita y el poder que te daba esa profesión, laburaban con algunas conexiones, conocían a un par de punteros y comisarios que los cubrían para salir a laburar. Uno de ellos, ya medio entonado, empezó a hablar de más, a decir que no le cabía laburar con la gente nueva porque eran muy persecuta, que les cabía calcular todo, estar en los detalles y que ellos laburaban más de arrebato, salida fierro y pum, nada de andar viendo calles, seguridad, gente, nada, el fierro y el pecho, decía, eso es un chorro, el fierro y el pecho. Con el Diente se laburaba mejor, él nos dejaba andar, nos cubría con un par de asuntos y hasta a veces nos tiraba unos mangos más por los trabajos bien hechos. Pero el Diente anda refugiado ahora, porque se mandó una grande, dice que todo bien pero que tenía que acobacharse un par de días porque era un tema delicado, que estaba metida la familia. Que tenía todo encaminado y arreglado pero mejor era no levantar sospechas. Con él se laburaba bien porque entendía cómo es: fierro y pecho.

 

No me preocupé mucho por averiguar la verdad, si eso que decía el pibe era cierto o no. Desde ese día comencé a convencerme de que había sido el hijo de puta del Diente Melgarejo el que había violado y matado a mi hermana. Me acerqué un toque a la causa sobre el asesinato de mi hermanita, averigüé un par de giladas, supe que la puerta no había sido forzada y que “presuntamente, la víctima conocía a su agresor”. Así decía un expediente. A mí me la sobaba lo que decían los expedientes. El mundo tiene tantos expedientes como injusticias. Así que que se curtan.

 

Lo primero que hice fue juntarme con el puto Mario, pedirle disculpas y contarle lo que sabía y lo que iba a hacer. Le conté lo que pensaba, que no confiaba en la justicia, que los tipos con contactos no van en cana o van un par de años o adentro la pasan bárbaro y yo no quería eso para la memoria de mi hermana. Yo quería que el Diente pague, que sufra, que reciba el merecido que la justicia no le iba a dar. Así que le conté a Marito lo que pensaba hacer, el final que quería darle a esta historia. Solo quería saber si podía contar con él. Nada más. Me preguntó si lo había pensado, si lo había pensado bien. Le dije que sí, entonces él me dijo que cuente con él. Que cuente con él para lo que sea, así dijo.

 

Al principio intenté dar con el Diente, primero medio de queruza, averiguando muy por mi cuenta. Espiando, merodeando los lugares que sabía que frecuentaba. Pero nada. El violín ese se había borrado de verdad. Me empecé a cebar y ya medio que me mandaba sin importarme, le preguntaba a su gente si sabía dónde estaba, que tenía que hablar con él porque mi vieja le tenía que dar unos papeles o qué se yo. Al principio me negaban información medio cortándome el mambo. Con el correr de los días y con mi insistencia empecé a molestar, así que ya me había comido un par de amenazas directas. Que me borrara o iba a terminar como mi hermana. Le conté al Mario y me dijo que era una pelotuda, que no me podía mandar así, que acá hay que moverse con calma, entre sombras, despacio, sin apuros. Me dijo que me había vendido sola, que había mostrado mis cartas y que ahora todo iba a depender más de la suerte que de una decisión mía. Así que me calmé unos días, me fui del barrio pero tranqui, unos cinco días como dando a entender que había respondido a las amenazas.

 

Yo no sé si es instinto o qué, yo sabía que al borracho del Diente Melgarejo la joda lo tentaba y como se venían las fiestas en el barrio tenía que aparecer. Le gustaba ser capanga, bailar murga, ganar con las minas, mostrarse, eso y el poder que tenía le iban a dar la seguridad de que iba a poder volver al barrio. Yo lo esperé como me había dicho Marito. Entonces una noche, entrando a una calle cortada lo vi, estaba con algunos de los pibes de la murga tomando un vino. Me quedé helada, pegué la vuelta manzana y me lo puse a mirar de lejos. No sabía qué hacer, cómo reaccionar, el tipo que había matado a mi hermanita que había abusado de mí, que me quitó todo lo que tenía estaba ahí parado, haciendo su vida y yo lo tenía a tiro. Si tenía un chumbo eran un par de corchazos y mandarlo a soñar, así de simple. Pero estaba tan lejos de eso. Lo llamé a Mario para contarle. Me dijo que estuviera tranquila, que ahora había que averiguar qué onda, si era una casualidad, si iba a venir siempre, había que seguirle los pasos. Entonces eso hice. Fui al otro día a ver si estaba con los pibes de la murga, que cada vez que terminaban de ensayar se juntaban a escabiar por ahí. Estaban los pibes pero él no. Di unas vueltas. No lo vi. Me maldije, lo puteé a Mario, era ese día la concha de la madre. Pero al otro día volvió a aparecer. Y a los tres o cuatro días ya paraba todos los días en el kiosco de la estación y después se iba a escabiar a la misma cortada. Le fui a contar a Mario cuáles eran los movimientos del Diente. Estaba toda cagada porque no sabía cómo iba a seguir la cosa.

 

–Ok– me dijo el puto Mario–. Ya estamos. ¿Vos estás segura de lo que querés hacer? Mirá que una vez que diste el paso hay que bancar la parada negrita, eh. No podes ponerte a dudar.

–Estoy lista, quiero que ese hijo de puta pague. Pero cuchame una cosa, Marito, estoy toda cagada. Me tenés que dar unas de esas pasti, necesito estar manija.

–Ma vale que te voy a dar un bichito, negrita. Pero quiero que estés segura de lo que vas a hacer. Hacerlo no es el problema, el problema es el después, hay que vivir con la carga, negra, y vos no estás hecha para eso. Ahora tenés miedo. Pero el miedo se te va en dos segundos, el cuerpo y la cabeza responden ante el miedo. Medio que somo así… ¿cómo se dice? Biológicamente. Pero con la culpa, con la cara del muerto hay que vivir, ¿estamos?

–No me hagas la cabeza. Vamos, lo hacemos y ya está. Dame una pastilla, Marito.

–Hoy no. Mañana. Mañana vas a tomar una buena pastilla que te va a tranquilizar.

 

El asunto lo preparamos en un par de días. Un amigo del barrio del gordo, un puto viejo y de la noche arregló una cita con el Diente. La excusa fue una reunión para pedir permiso para hacer unos negocios. Le habíamos dicho que estire la reunión y que le invité un par de vinos al Diente que él ya iba a caer con unas copas encima. Lo queríamos tener medio mamado. La reunión casi se suspende porque ese día hubo sudestada y el barrio era un quilombo de barro y agua. Pero el amigo de Marito insistió y al final se hizo. Yo me había colado dos pastillas que me había dado Mario y otra que había conseguido yo. Eran bien anfetosas porque no paraba de maquinar. Mario también había tomado, una sola. Estaba tranquilo.

 

El amigo de Mario lo sacó del bar cerca de las diez y media. En la calle no había nadie y  por la noche corría un viento desprolijo que hacía mover las plantas y los árboles para cualquier lado. Seguimos al Diente un par de cuadras y lo arrebatamos por atrás. Mario le pegó un barretazo en la nuca, un viaje en la jeta, le tapó la boca y le puso un chumbo en la cabeza. Lo arrastramos para la calle de los galpones donde alguna vez supe parar. Lo metimos contra el paredón. Yo estaba excitadísima. Tenía mucho miedo. Marito me dijo que era hora.

 

–Es todo tuyo. Sacate todo– me dijo.

 

Cuando le vi la cara a Melgarejo y la nariz sangrando me cebé. Le pegué un par de patadas que me hicieron doler el pie. Así que agarré la barreta que tenía Mario y le empecé a dar en la cabeza, un par de veces sin convicción. Hasta que la furia salió. Le di en la nariz y escuché como se le partía el tabique. El crujir de esos huesos chiquititos. Le di uno, dos, tres barretazos en la nariz. Me gustaba ver cómo se le hundía la nariz aguileña esa que alguna vez supo meterme en la concha.

 

–Hacete el guapo ahora, borracho hijo de puta. A ver. Saca la pija esa de mierda que tenés. A ver.

 

Y mientras le decía eso le pisaba bien los huevos. Me puse a saltarle encima, le apreté la pija, los huevos, la panza y se iba quedando sin aire mientras el gordo Mario le aplastaba las manos. Sentí un par de dedos crujir. Sus gemidos me dieron un poco de impresión, era como si un animal chillara. La lluvia, el viento y el pañuelo que le tapaba la boca hacían que esos gritos sean menos fuertes. Me acordé de Cami, de su voz hermosa y le empecé a dar barretazos en la cabeza. Vi primero cómo se hundía una parte. Cómo la cabeza se le empezaba a deformar. Ya no gritaba. Sentí alivio. Marito me quiso separar pero seguí dándole unos barretazos más, hasta que me caí sobre él y seguí dándole en todo el cuerpo. Vi sus ojos muertos. Su mirada perdida. Y me largué a llorar. Mario se sacó el camperón que llevaba puesto, apoyó el caño del revolver en él y remató al Diente. Me levantó y salimos corriendo mientas los refucilos y la tormenta se comían la noche.

 

Algo salió mal, alguien supo algo. Alguien nos buchoneó. Quizás fue nuestra inexperiencia, pero en nuestro intento de fuga fuimos interceptados. A Marito, a mi amigo del alma lo agarraron los puntas del barrio. Apareció con dos tiros en la cabeza y un palo en el orto. Le habían arrancado cuatro dientes. A mí me encontraron los cobani. Montaron un re operativo para detenerme a mí que estaba regalada después que me enteré de la muerte de Mario. Hace un año y monedas que estoy esperando sentencia. Me declaré culpable y orgullosa de lo que hice. Les pregunté a los del juzgado en qué andaban cuando violaron a mi hermana. Les dije que lo de la justicia era todo chamuyo. Que me den los años que quieran. Que me importaba un carajo porque yo había perdido todo. Así que ahora mis días son todos iguales. Estoy estudiando, leo. Extraño a mi hermana y al puto Mario. Los necesito. Vino un par de veces mi vieja a verme pero la eché. A veces escucho la radio y me acuerdo del  programa que escuchaba cuando aún tenía infancia y ganas de enamorarme. Antes de que el Diente me robara todo. Unos días lloro. Y todos, pero todos los días, escribo este diario.

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