Historias sin punto final
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#24 · Un sustito

Por Nicolás Garibaldi
Ilustración Ja Ánt

“Roma, la invencible, cae antes de caer

 cuando los bárbaros traspasan

 por primera vez sus murallas,

 cuando el miedo penetra

 la subjetividad del triunfador”.

León Rozitchner

 

Miraba compenetrado el león de la taza del auto como si fuera un león real, capturado en el África subsahariana con dardos y encerrado en la taza. Mojaba el cepillo en el balde de agua sucia y espumosa, sus manos eran un limpiaparabrisas perfecto, se movían así, delicadas, limpiando al león con la delicadeza de un padre o una madre con su bebé en la bañera, ¿era acaso un cachorro de león?, ese león de Peugeot orgulloso, el león más limpio del mundo. Ricardo Darwin lo detuvo, “ya está bien, suficiente”, lo separó del león como un árbitro a dos boxeadores que se abrazan. El chico, algo decepcionado, tomó el cepillo y el balde y se compenetró en otra taza, de otro auto.

 

Ricardo Darwin era un emprendedor estrella, múltiples veces premiado por el Banco Internacional para el Desarrollo, ese domingo había salido en el suplemento económico del diario de mayor tirada de todo el país, “Ricardo Darwin, la evolución emprendedora”. Nunca se había imaginado que ese sillón, el control remoto, y un empecinamiento en que todo lo que venía de otro país que no fuera el suyo necesariamente era mejor le darían tantas satisfacciones. Así aprendió que en Estados Unidos empleaban niños autistas en lavaderos de autos, y que incluso hacían el trabajo mejor que las personas normales, y así aprendió que en Barcelona no despilfarraban el agua, para limpiar cosas no usaban agua potable, usaban agua gris, él ató cabos y profundizó, ya no eran solo los autistas, también los down, los amputados, todos los que de alguna forma no podían, los demás no podían porque no querían, tal como  declaró al suple del diario.

 

Casi no tuvo tiempo de descansar, salió de una cosa y se metió en otra, fue todo vértigo, el retiro de la policía bonaerense, un viaje relámpago con su señora a los Esteros del Iberá (¿ahí también hay leones?), el regreso, la idea perfecta, la inversión mínima y el negocio materializado  (material y sado). La señora, maestra de grado, era un amor, muy querida en el ambiente de la docencia, al menos entre pares y directivos, hablaba muy bien en los actos y escribía discursos y en secreto se calentaba con los niños disfrazados de próceres (eso no se lo confesó a nadie). Ricardo le compraba flores en los semáforos, le entregaba el ramo y la besaba fogoso, desde que era un emprendedor tenía más apetito de sexo, más que cuando era policía, de eso charlaba con los amigos, los sesenta son la mejor edad, nunca había tenido tantas ganas.

 

Se habían hecho una escapada a la costa para la semana santa, le habían tocado días lindos y habían comido rabas todos los días como se habían prometido antes de viajar. A pesar de que a Ricardo este tipo de viajes le costaban (dejar solo el negocio, estar pendiente porque nadie hacía las cosas como las hacía él, había detalles, formas de abordar los reclamos de los clientes, de contener a los chicos cuando estaban mal emocionalmente que solo él tenía, hasta llegó a preguntarse si lo suyo antes que ser policía y ser emprendedor no debía haber seguido la carrera de terapeuta), la pasaron bien.

 

Regresaron de noche, esquivando el transito, excepto por algunos bancos de niebla el viaje fue tranquilo. Pensaban que era mejor volver a esa hora, para no sucumbir en la tentación de las parrillas al paso, ella le cebaba mate, él chupaba, “quema, quema como la concha de la lora”, eso lo podía decir porque no estaba con sus chicos del lavadero a los que debía darle el ejemplo, ella le sacaba el tapón, dejaba que el agua se enfriara y volvía a cebar, “ahora sí”. En el estéreo sonaba rock sinfónico, “acá se escucha nada más que rock sinfónico”, decía Ricardo desafiante ante su esposa, como si ella en algún momento fuera a atreverse a sugerir otra cosa, también se preguntaban si habrían vuelto con algún kilo de más, no tenían balanza en la casa para no obsesionarse, se pesarían en la farmacia.

 

Estaban llegando. Desde el celular llamó a la seguridad privada, dio dos vueltas de manzana hasta que llegó ese hombre, dispuesto a disparar al cuerpo por menos de un mínimo vital y móvil, metió el auto en el garaje y entraron a la casa apurados como si un monstruo les estuviera lambeteando los talones, apenas saludando con un gesto al falso policía. Apretó el interruptor y la luz parpadeó como si antes de encenderse hubiera tenido que librar una pequeña batalla con la oscuridad. Era una luz pálida, hospitalaria, mortuoria. Ricardo miró a su señora, extrañado, ¿qué había pasado?, si ellos usaban luces cálidas, ¿por qué los foquitos del hall principal eran de bajo consumo?, recorrió la casa, encendiendo todas las luces con el mismo resultado, estaba agitado, ¿habría alguien más adentro de la casa?, ¿qué clase de broma le estaban jugando? Fue a la habitación, y de la mesita de luz agarró el chumbo, llevaba tanto tiempo sin usarlo, ¿todavía funcionaría?, la temperatura fría del revolver lo transportó a sus épocas como policía, pero ahora estaba solo, mejor dicho, estaba con su señora, ¿pero a quién le podía cubrir las espaldas?, la odiaba, “gorda puta, se la pasó comiendo rabas, no hace otra cosa que chusmear en esa sala de profesores y meterle ideas de mierda en la cabeza a los nenes”, pensó sin decir y sintió culpa por pensar así de esa mujer que le había cebado mates en la ruta nebulosa, extrañaba al teniente Mac Allister, colorado lindo, ¿dónde habían quedado esas noches de rayitas, festicholas y razias?.

 

Rastrilló su propia casa, se fijó si le faltaba una plata que tenía separada para pagarles a los proveedores del detergente, el fajo estaba intacto, tampoco faltaba ningún artefacto electrónico, la que faltaba era su señora, ¿dónde se había metido? Volvió a rastrillar la casa y la encontró en el garaje, temblando, con un cuchillo en la mano, “¿qué pasa gorda?”, “escuché algo”, “¿qué escuchaste?”, “abrazame”. Darwin la abrazó, tocar su cuerpo era como tocar el capó de un auto viejito en marcha, “perdoname”, le dijo Darwin mientras le tocaba una teta, “¿por qué?”, “perdoname”, repitió bajándole el pantalón, pensando otra vez que “los sesenta son la mejor edad”.

 

Le costó pero un mes después del episodio de los foquitos de bajo consumo sentía que su vida había vuelto a la normalidad, le costó decidirse a volver a los focos  cálidos, el país no estaba bien en materia energética y si bien podía pagar la factura de luz, le parecía que como emprendedor debía darle un mensaje a la sociedad. Optó por un camino intermedio, dejando algunos foquitos de bajo consumo intercalándolo con luces cálidas. Desestimó realizar una denuncia policial, sobre todo porque los que la recibirían serían amigos, ex compañeros, y consideró que podrían burlarse por las características ridículas del episodio.

 

“Gorda, esta noche tenemos cena con el Monseñor, esta vez es con esposas”. Monseñor era la clave que Ricardo tenía para referirse al CEO de una importante multinacional productora de semillas en el país, los diálogos que había entre él emprendedor estrella y la multinacional debían mantenerse en el más absoluto secreto. Se reunieron en la casa del Monseñor, ubicada en un barrio cerrado de Hudson. Ricardo estaba ansioso por escuchar lo que tenían para proponerle, pero debía adaptarse al estilo del Monseñor, que primero amenizaba la noche con aperitivos y anécdotas vinculadas a la práctica de deportes extremos, después comían, y después las mujeres se iban, la señora del Monseñor y su señora visitaban la colección de perfumes, para que por fin pudieran hablar con tranquilidad.

 

La propuesta del Monseñor era atractiva, una fuerte suma de divisa extranjera color verdolaga a cambio de una tarea sencilla: alimentar a sus chicos con una comida que estaban por lanzar al mercado. El experimento duraría un año, “esto puede erradicar el hambre en el mundo”, los chicos debían hacerse estudios de sangre una vez al mes, “¿les puede pasar algo malo?”, “¿afuera les espera algo mejor?”, retrucó el Monseñor, se estrecharon la mano y las señoras aparecieron con una sincronía coreográfica, ¿acaso venían ensayando esto desde otras vidas para hacerlo cada vez más perfecto?, se preguntó Ricardo, su mujer lo rodeó con un abrazo desde atrás, le acercó la muñeca a la nariz y le preguntó si le gustaba el perfumito. Ricardo se sintió halagado por el uso del diminutivo, “ésta a la noche quiere guerra”, pensó. Bebieron una medida de whisky y se fueron. Apenas los despidieron, el Monseñor y su señora lanzaron una carcajada que venía contenida desde hacía rato, les habían hecho pasar perfumes nacionales por ediciones limitadas de Carolina Herrera, y les habían servido una etiqueta de Johnny Walker que no existía, el cuádruple Black que Ricardo bebió con mueca alucinada. Llegaron y se fueron directamente a la cama, los dos fantaseaban con el estilo de vida del Monseñor, ¿qué haría con todos esos dólares prometidos?, abriría otras sucursales del lavadero, alguna atendida solo por huérfanos, otra por miembros de los pueblos originarios, para otra realizaría un casting de pobres, los diez más pobres del distrito, el top ten que sería elegido por sociólogos expertos. Entre todas esas fantasías se acostó, en el mismo lado de la King Size que siempre elegía, se movía buscando la posición perfecta para dormir mientras su señora con el velador encendido leía un libro de Javier Auyero sobre la violencia en las escuelas. Ricardo se movía frenético, si por casualidad hubiera habido un observador colgado sobre las aspas del ventilador del techo creería haberse encontrado ante una persona con un ataque de abstinencia por falta de coca. “Gorda, este no es nuestro colchón, es nuestra cama pero no es nuestro colchón, levantate”, la señora le hizo caso, sacó el acolchado y las sábanas y las tiró al piso, “amor, es nuestro colchón, el mismo de siempre”, “no puede ser el mismo, lo siento diferente, alguien lo tuvo que haber dado vuelta”, la señora se preocupó, no porque creyera que alguien podría haber invertido el colchón y hacer la cama tal y como estaba antes, sino por la salud mental de su marido, “vamos a darlo vuelta, ayudame”, suplicó Ricardo, no podía solo con el King Size, era demasiado grande, su señora resopló, colocó el señalador en el libro de Auyero y colaboró. Después de acomodar el colchón y volver a hacer la cama, Ricardo se acostó y se quedó duro, mirando las aspas del ventilador como si alguien lo estuviera observando, se preguntó cómo lo vería esa persona, cubrió todo su cuerpo con sábanas y acolchado excepto la cabeza, los ojos abiertos, sin parpadear, mirando al techo, su señora intentó volver al libro de Auyero pero Ricardo la interrumpía, “no me puedo dormir, prestame un libro, ¿qué me recomendás?, ¿de qué se trata lo que estás leyendo?, ¿te molesta si lo leo con vos?”, no le daba tiempo a responder nada, su señora volvió a colocar el señalador y lo abrazó, todavía conservaba el olor a perfume.

 

Esa noche durmió poco, y como durmió poco soñó, soñó con un hincha de Argentino de Quilmes al que le vació un ojo de un balazo de goma en una corrida con la banda de Colegiales, se acercaba al lavadero de autos, al principio no lo reconocía, era un cliente más, pero después se bajaba del auto, le daba la llave y lo miraba, en el lugar del ojo que le faltaba aparecía una luz roja, de repente el cuerpo estallaba, y del cuerpo salía otro hombre, con un puntero láser chino y un cuchillo, “voy a viajar en el tiempo, le voy a apuntar a Lehmann y dejamos afuera a los alemanes en los penales”. El equipo de audio se encendió con el volumen al taco, en lugar del rock sinfónico salió del artefacto una voz grave, como si un carpintero hubiera lijado sus cuerdas vocales, un par de gritos y un llamado a la destrucción “echemos abajo la estación del tren”, Ricardo corrió hasta el living, tomó el control remoto e intentó apagar, apretaba botones pero no pasaba nada, le dio un par de golpes y volvió a intentar, abrió la tapita, las pilas estaban sulfatadas, un líquido herrumbroso le manchó la mano, “tatatatata-ia-ia”, Víctor Hugo y Bruce Lee juntos dándole un par de bifes, se tiró al piso y desenchufó todo lo que encontró.

 

¿Quién le podía estar causando todo ese mal?, ¿y si acaso no fuera él el objeto de todas esas minucias y la verdadera perseguida era su señora?, “no pienso vivir asustado sin comerla ni beberla”, se lo dijo a su señora, le pidió que indagara cuál de los chicos a los que le daba clases le podría haber tomado idea. Ella, tras vacilar, le dio un par de nombres, desaprobados reincidentes, bochados en mesas de exámenes sucesivas, obstruidos en el quinto año, los nombres así como le llegaron se los pasó a los amigos de la fuerza, “darles un sustito” era la consigna.

 

Esa misma noche las luces del patrullero se le colaron por la ventana, se proyectaba el azul en las paredes blancas, y después escuchó el timbre. Un poli joven, con la cara llena de granos, se presentó como discípulo del Teniente Mac Alister, Ricardo le sonrió solo por haber escuchado el nombre del teniente, aunque no pensaba abrirle la puerta, “¿algún problema?”, preguntó, su señora en piyama gritaba desde la habitación y le  pedía que volviera a la cama, “sí, señor, es por el tema del sustito”, Ricardo se abrigó con lo primero que encontró y salió a hablar con el discípulo, su esposa miraba por la ventana y trataba de leer los labios sin éxito,  solo pudo ver cómo Ricardo se asomaba al patrullero, miraba el asiento de atrás y se agarraba la cabeza. Luego lo vio volver a la casa, agarrar la llave del lavadero, sintió que los labios de Ricardo entraron en contacto con los suyos pero no podía decir que eso era un beso. Lo vio volver a salir, subirse al asiento del acompañante y después no vio nada más.

 

Entraron al lavadero, abrieron la puerta trasera del patrullero, y entre los dos cargaron el peso muerto de un muerto, tenía la cabeza bañada en sangre, el discípulo quiso explicar, “fue un culatazo, cayó al piso seco, mal, se desnucó en el momento”, le preguntó si lo vio alguien, le preguntó si estaba seguro, el discípulo juraba que sí. Ricardo enchufó la hidrolavadora y le dio detergente para que limpiara el tapizado, “es mucha sangre, no va a salir”, “vos probá, trabajo con buena mercadería, este detergente no falla”. Agarró el celular, apretó la letra P, la letra O, y le predijo el nombre de Poncio Pileta, mientras el pitido sonaba sin que nadie atendiera Ricardo le explicaba al discípulo a quién estaba llamando. Poncio Pileta era un empresario de la zona, tenía un negocio en Avenida Calchaquí, vendía piletas para casas quinta, tenía los precios más bajos del mercado, y él mismo se encargaba de hacer la instalación, siempre su presupuesto era el más barato porque a él la guita le entraba por otro lado, te instalaba la pileta pero en el pozo te dejaba algún fiambre, había desperdigado cadáveres por casi todas las casas quinta de la zona de El Pato, la mayoría de las veces lo hacía para la policía. El discípulo, que ya había limpiado el tapizado del patrullero, entusiasmado con la eficacia de la hidrolavadora continuó con el cadáver. A la media hora Poncio Pileta estaba ahí con una Traffic Blanca, pelo largo, enrulado entre negro y canoso, bombacha de gaucho, alpargatas, polera negra y guantes de látex, “a ver cuándo la traes para pegarle una lavada”, bromeó Ricardo, “a ver cuándo me conseguís una reunión con el Monseñor”, retrucó preciso Poncio, poniéndole una cotización al favor.

 

La madre apareció en la escuela desesperada, hacía días que no veía a su hijo, había intentado denunciar su desaparición en la comisaría pero la habían desalentado, le decían que un chico de su edad con la junta que tenía debía haber huido tras cometer alguna fechoría, que era muy común en chicos con mal comportamiento, pasarse de la raya y escapar ante la inminencia del castigo, volvería en cuestión de días, con la culpa del perro que orinó en el sillón, si ella lo necesitara ellos estarían dispuestos a “darle un sustito”, con esas palabras llegó a decirlo el discípulo del teniente. En la escuela estaban felices de que ese repetidor empedernido, maltratador de niños pequeños, no apareciera, por eso la atendió una preceptora y la despachó. Diez días después se hacía imposible de ocultar y las pegatinas artesanales con fotos fotocopiadas y mensajes desesperados metían presión, un abogado le solicitaba a la policía las cámaras de seguridad, la madre estaba segura de que a su hijo le había pasado algo la tarde en la que se iba a comprar una Cindor y unas surtido y volvía, ¿qué razones tenía para desaparecer?, la policía le decía que casi todas las cámaras de seguridad estaban rotas por falta de mantenimiento.

 

Su señora una noche se lo dijo, “uno de los tres nombres que te di está desaparecido”, “¿y los otros dos?”, respondió Ricardo con cinismo, y agregó “que se haga cargo la policía”. Esos días dormía tranquilo, tenía la certeza de que ya no había nada que lo perturbara, el Monseñor ya le había dado las viandas, le recomendó que no las probara. Al principio a los chicos del lavadero no le gustaban, probaban un bocado y escupían, entonces les llevaba nuevas versiones, levemente modificadas, hasta que dio en la tecla, los chicos comían todo y lamían la bandejita de plástico. Ricardo empezó a notar mejoras en el rendimiento de los chicos, lavaban más autos en menos tiempo, se asustó un poco cuando en los cabellos del joven down Willy apareció un mechón blanco, al principio creyó que se lo había pintado con liquid paper, luego se dio cuenta de que Willy había envejecido.

 

La eficacia de los chicos permitió que la cantidad de autos lavados por día se duplicaran, a eso le sumaban los verdolagas que el Monseñor le pagaba al final de cada mes, tenía más plata de la que jamás se había imaginado tener. El Monseñor había empezado a cambiar su nombre cada mes, Monseñor, Monk Santos, el Manosanto, Ricardo lo admiraba, sentía que estaba ante un verdadero camaleón, si hubiera sido el chico desaparecido el que tuviera que trazar una analogía que ilustrara la capacidad del Monseñor en lugar del camaleón hubiera elegido al personaje del videojuego Mortal Kombat, Shang Tsung, pero claro que el chico, metros bajo tierra, había perdido la facultad de trazar analogías.

 

A los dos meses el pelo de Willy se puso completamente blanco y un día mientras le pasaba el lustrador a un Ford Fiesta, empezó a revolear los ojos y a temblar. Ricardo no quiso llamar a la ambulancia, mientras el chico tenía el episodio juntó todas las viandas que tenía en el lavadero y formó una montaña, agarró una manguera, abrió el tapón del tanque de nafta del primer auto que encontró, chupó, escupió, bañó las viandas con el líquido y las prendió fuego. El humo enrojeció los ojos de los chicos que seguían trabajando, excepto uno que miraba el cuerpo de Willy y puchereaba, Ricardo le tomó el pulso, no sentía nada. Llamó a Monk Santos y le preguntó qué hacer, si las viandas tenían algo que pudiera comprometerlo, si debía llamar a la policía o debía llamar a Poncio Pileta. Monk Santos le dijo que a partir de ese día se llamaría Tom Sanon pero que de ahora en más dejaría de usar el teléfono al cual estaba llamando y abandonaría su vivienda, y cortó. La policía llegó y se llevó a Willy, Ricardo dejó que los chicos trabajaran una hora más para sacar trabajo pendiente y declaró duelo por lo que restaba del día, “en la memoria de Willy”, dijo.

 

Los chicos sin la vianda estaban nerviosos, Ricardo quiso tener un gesto y les cocinó milanesas con papas fritas, pero no las querían, la productividad había bajado y cada dos por tres tenía que separarlos porque se agarraban a las piñas y alguno salía lastimado. Los padres de los chicos se le habían retobado, se quejaban por como volvían a la casa, y le pidieron un aumento de sueldo al que Ricardo primero se negó, y luego tuvo que aceptar tras recibir presiones de la ONG que lo auspiciaba y del Banco Internacional para el Desarrollo.

 

Las pesadillas lo invadían, en sueños su señora lo dejaba, cada día, a veces con Tom Sanon y señora en un yate, a veces con alguno de los emprendedores más creativos del momento, en otras, y ese era el sueño más incomprensible, con los chicos del lavadero disfrazados de próceres como en un acto escolar. En el periódico local una nota a doble página con una entrevista al forense que había realizado la autopsia del Willy denunciaba el hallazgo de una sustancia peligrosa, el periodista buscaba conexiones entre el caso y el triple crimen de General Rodríguez y el tráfico de efedrina, el forense desmentía esa conexión y presionaba a la policía para que investigara cómo había ingerido esa sustancia que solo se producía en un laboratorio ubicado en una base militar al norte de Canadá.

 

Ricardo Darwin estaba deprimido, pensó en vender el fondo de comercio  y dedicarse a otra cosa, olvidar todo lo que había pasado y comenzar con un nuevo emprendimiento, o acaso tomar las armas y volver a hacer lo que mejor había sabido hacer durante largos años de su vida, combatir el delito, esta vez no en las fuerzas de seguridad, sino en la seguridad privada, proteger a algún político poderoso. Un domingo por la mañana, cuando se disponía a salir a comprar unas facturas para tomar con el café con leche, un hombre con un bolso lo interceptó, “¿Ricardo Darwin?”, “sí”, “correspondencia para usted”, le hizo firmar un papel, ¿era un papel del correo?, ¿el correo funcionaba los domingos?, no lo sabía, pero el sobre papel madera estaba en sus manos. No tenía remitente, lo abrió y encontró un pen drive, la panza le hacía ruido del hambre pero la incertidumbre lo carcomía, “¿tan rápido hiciste?”, preguntó su señora, como acusándolo de asesinar esos diez minutos de soledad que le correspondían, él no respondió, encendió la computadora, esperó que terminara de descargar y conectó el pen drive. Primero le pasó el antivirus pero cuando aún estaba por el 12% lo canceló y abrió. Eran varios videos, empezó a abrirlos, eran breves, se veían mal y parecían recortados, eran imágenes de cámaras de seguridad de la zona, en algunas estaba el discípulo del teniente dándole un culatazo al chico, en otro se reconoció a sí mismo mirando el patrullero y tomándose la cabeza, todo se veía en blanco y negro, pixelado, ¿qué podían hacer contra él con toda esa información?, aparecía Tom Sanon entregándole sobres, ¿cómo se llamaría Tom Sanon a esa altura de la vida?, escuchó el grito de su señora increpándolo, “andá a comprar las facturas”, Ricardo respondió con un grito seco, “voy”, tomó la llave del auto y la llave del lavadero.

 

La calle estaba vacía, no se cruzó con ningún auto, el día estaba soleado y casi todos en el barrio habían salido a pie, el estómago le crujía, encendió el estéreo, algo de rock sinfónico pero no podía disfrutarlo. Se metió en el lavadero, fueron diez segundos que miró la nada, hasta que enchufó la hidrolavadora, la encendió, la empuñó como si fuera un rifle y apuntó el agua al vacío, como si estuviera disparando en campo enemigo, haciendo un ruido de metralleta con la boca. Así estuvo un par de minutos, hasta que se concentró en un punto fijo como visualizando a lo lejos una silueta, cerró un ojo y el otro lo uso de mira telescópica, como si estuviera aniquilando al último oponente. Apagó la hidro y se metió adentro, en una sala de estar con un par de sillones, una mesa ratona con revistas, y un dispenser de agua con unos vasitos de plástico, era el lugar perfecto para que los clientes esperaran a que su auto estuviera listo. Empezó a revolver cajas, a tirar papeles, hasta que encontró lo que buscaba, una vianda de las que Tom le había dado y que había decidido conservar el día del incendio, le sacó el papel film y la comió con la mano, era una ración pequeña pero contundente, en un par de minutos se la había terminado. Se chupó los dedos, tiró la bandeja al piso y se sentó en el sillón, ¿la muerte lo estaría esperando como a Willy?, en los primeros cinco minutos no pasó nada.

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