Historias sin punto final
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#16 · Aislamiento

Por Walter Lezcano

Ilustración Juan Battilana

 

Era la primera vez que me pasaba.

 

Estábamos cogiendo con mi novia lo más bien, en la cocina, de parados, la tenía agarrada de la cintura con emoción, plaf plaf plaf, una locura de lo lindo. No siempre lo hacíamos como me gustaba. Y ocurrió. No me importaba si era suerte o destino.

 

Esa noche, el mundo se alejaba cada vez más de mi alrededor.

 

Y de golpe, mientras me arrodillaba para abrirle los cachetes y chuparle bien el culo, apareció en mi mente, como esas filtraciones de humedad en las paredes de la pieza recién pintada, el cuerpo viejo, grande y jubilado de nuestra vecina que atendía el kiosco de enfrente de casa. Siempre le compraba birra, porque todo lo demás lo tenía carísimo, y me atendía de mala manera, casi con desprecio. Entonces, ¿qué hacía Lidia en ese lugar sagrado: en mi cabeza? ¿Cómo debía interpretar esta aparición repentina? ¿Me gustaba y esa era la forma de saberlo? Eran unas preguntas fugaces pero que tenían una fuerza poderosísima: dejaban huella. Se trataba de un rayo alcanzándome o algo  así. Me dejó paralizado un segundo. También fue como recibir un pelotazo en la garganta porque me quitó el aire y cualquier movimiento posible.

 

―¿Qué te pasa? ―me preguntó mi novia y de algún modo me despertó y volví a esa realidad que estaba afuera de mi cabeza. Me inundó de forma espantosa. Tenía que cumplir con mi novia, conmigo, con lo que hacíamos. ―Nada ―contesté. Me sentía desorientado, confundido, miedoso y, para ser sincero, un poco traidor. Mi pecho era una coctelera peligrosa que presionaba en la nuca.

―¿Por qué paraste entonces?

―No sé ―dije. En situaciones de riesgo decir la verdad nunca fue mi primera elección. Más bien todo lo contrario. De todas formas, ¿cómo iba a explicarle algo así en ese instante?

―Entonces seguí, dale que me falta poco ―me ordenó.

 

Le hice caso. Pero a partir de ese momento fue todo muy mecánico de mi parte. La lengua y la boca funcionaban solas, con una carga de memoria muy grande. Mi alma, digámoslo de esta manera y perdón por la poesía barata, ya no estaba ahí.

 

El sexo siempre me pareció la posibilidad de olvidarme de todo lo cotidiano y meterme en el presente y en el corazón de la experiencia. Si era de noche se volvía el cielo. A la noche ocurren las mejores cosas que el día no admite de ninguna manera. La claridad es cosa de superficiales y ordenados. Nunca fui de esos hombres “visuales”, que necesitan ver todo como para comprobar que es absolutamente real lo que están viviendo. Aparte, ¿qué carajo es la realidad? Hay tanto de imaginación como de nuestros cinco sentido ahí. Digo, lo real también es una construcción de nuestra cabeza. Y coger se hace con eso sobre todo: con la cabeza.

 

Con la imagen de Lidia rondándome ya no podía escaparme de nada, me anclaba sin piedad en la vida cotidiana de todos los días. ¿Había antídoto para algo así?

 

―Hacelo mejor que ya casi termino. No la cagues ahora, dale. Seguí ―me dijo mi novia y pensé si una lengua sin una cabeza detrás, digo: una cabeza atenta, podría hacer bien su trabajo. Yo seguía arrodillado, con la boca abierta y ella de espaldas moviéndose sobre mi cara. Aún así podía verme. Siempre fue muy sensible. Lamerla en esas condiciones mentales fue mi Evererst. Pero en ese momento se me apareció Luisa, la verdulera que nos cobraba cualquier cosa y cada uno de sus brazos tenía el tamaño de un rugbier. Una más del barrio en mi mente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué eran estas inoportunas que me arruinaban un polvazo?

 

Lidia y Luisa no se iban de mi cabeza. ¿Por qué? Quería sacarlas de ahí. Tanto arruinaban el momento que no me dejaba escuchar a mi novia. No quería sentirlas a ellas. Sus gemidos, los de mi novia, eran parte de una conquista sorda que no estaba logrando. Lo que sí pude escuchar, de forma intempestiva, fue la voz de Marta, la señora que ayudaba al carnicero y hacía las milanesas de pollo. Esto sí lo no podía creer. A Marta, que tenía la edad de mi abuela, siempre le había mirado las tetas enormes. Pero no había ningún deseo en esas miradas. Tenían la inocencia de alguien que admira un cuadro. ¿Por qué me hacía eso Marta? ¿O era yo arruinando mi vida?

 

Lo seguí intentando y mi novia, al fin, pudo acabar.

 

Se dio vuelta y me dio un beso largo y húmedo. Me pasó la lengua por toda la cara. A veces, cuando está muy contenta, hace eso. Mi pija estaba muerta y enterrada. Cuando quiso hacerme acabar le dije que ya estaba bien, que no siguiera. No había problema. Sonrió como si no le importaba y se puso a cocinar.

 

Ese día le tocaba a ella.

 

Cuando nos sentamos para comer los dos seguíamos desnudos. El olor de nuestros cuerpos se mezclaba con el de la comida. En otro momento me habría encantado pero esa noche me repugnó.

 

Me preguntó si me pasaba algo. Le contesté que no. ¿Cómo empezar a hablar de Lidia, Luisa y Marta? ¿Hacía falta?

 

―Estás raro ―me dijo.

 

No pude decirle la verdad. Una vez más: no pude.

 

―Todo bien ―dije.

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