Historias sin punto final
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#11 · Alguien

Por Kike Ferrari

Ph. Efe de fa

Dentro de nós há uma coisa que nao tem
nome, essa coisa é o que somos.
J. Saramago

 

Demasiado borracho ya para acertar las teclas de la computadora o para acertar las palabras dudosas o confusas que susurra la voz en la cinta o para leer correctamente, al menos, los apuntes abiertos sobre el escritorio, decido terminar la jornada.

Me sirvo otro vaso de la barata y amarillenta ginebra que estoy tomando –que tantas veces me prometí no beber más– y que tiene un sabor más cercano al gin o al perfume y un nombre apropiado para una cerrajería, y decido que la jornada terminó.

Miro la pila de hojas que espera sobre el televisor descompuesto, de mi por siempre inconclusa segunda novela y puteo, por lo bajo, en inglés. Una sola palabra, corta y tajante, como una escupida, como un golpe, como un juramento. Me prometo retomarla ni bien termine esta condenada desgrabación, ver si puedo poner a esas cuatro latinoamericanas en los bordes de una autopista entre Fort Lauderdale y Talahasi, apuntándose sus armas unas a otras, bajo el sol caliente de una tarde de agosto.

Me duele un poco la cabeza.

Lo cierto es que la desgrabación de estas cinco entrevistas me la encargaron hace tres días y no le agrego ni una puta oración a la bendita novela desde hace más de dos meses, pienso.

Liquido el vaso.

Vuelvo a putear, ahora en español.

El inglés es un idioma mucho más afortunado para el insulto, pienso.

Me siento, o mejor, me desplomo sobre el sillón y me duermo. Tengo un sueño extraño: estoy en un callejón, la luz es tenue y parece provenir de un farol. Llovizna, estoy jugando a los dados, probablemente al pase inglés, con un tipo al que todos llaman George –uno de los personajes de mi primera novelita–, un desconocido con un diente de oro y las manos sucias, y el Diablo. El Diablo es llamativamente parecido a alguien, aunque no llego a descifrar a quién. Durante un rato jugamos tranquilamente, ganando y perdiendo, hasta que alguien levanta la apuesta. El desconocido no sigue, se va caminando por el callejón hasta perderse en la bruma, pero antes deja entre los dados una gran moneda plateada.

Un rato después el Diablo, que ya nos ha ganado el juego al tipo que todos llaman George y a mí, dice:

–Aquí comienza tu aflicción…
–Eso es Ascasubi –protesto.
–Como prefieras –dice el Diablo.

Ya no luce tan parecido a alguien.

Hay un timbre y luego otro y otro más. Me despierto sobresaltado por el teléfono. Miro el reloj.

Malas noticias, pienso.

Lo dejo sonar otra poco mientras lleno el vaso con más ginebra berreta de nombre cerrajero, después atiendo.

El dolor de cabeza sigue ahí.

Del otro lado la voz es femenina y sollozante, está apenas irreconocible y dice, simplemente, murió.

Entiendo todo de un solo golpe: imagino a la Turca acariciando la cabeza ya sin vida del Viejo, el llanto desconsolado, los ojos de él muy abiertos y de un azul apenas más claro. Siento que el estómago se me va a salir por la boca. El Viejo muerto en un puerto demasiado lejano, al que no puedo llegar; un pequeño pueblito pesquero cruzando el Gran Charco. Trato de calmar a Cecilia, trato de calmarme.

–Me voy en el próximo tres –dice ella–, la Turca me espera.

–Te amo –dice también.
–¿Cómo es que no era inmortal el Viejo? –pregunta por último.

Trago saliva y ginebra, no quiero que esto esté pasando.

Le digo que no puedo viajar, que también la quiero –más que a mi computadora y a mis libros, exagero, más que a mis discos y a que a toda la ginebra del mundo–, que no hay forma de entenderlo, que se suponía que sí, que debía ser eterno.

Nos despedimos, cortamos.

Cecilia llora, yo tomo ginebra. O algo.

Pongo un disco –Godsmack, Awake– y desisto de volver a la desgrabación de las entrevistas, aunque debo entregarlas mañana antes del mediodía.

Me acerco a la biblioteca a buscar algo para leer, teniendo especial cuidado en no mirar siquiera el estante donde mi libro descansa irrespetuosamente entre los de Kafka y los de Hemingway; irreverente en medio de Taibo II, Carver, Arlt, el viejo Buk, Chéjov y la banda. Saco del tercer estante una de las novelitas del escritor argentino, casi de mi edad. Alguien con quien charlar de igual a igual, pienso, sin admiraciones exageradas ni reverencias innecesarias. Abro en una página al azar y leo: ¿Qué es un adulto? Alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad.

Siento que la cabeza me estalla y tiro el libro contra la pared. Pega cerca de la foto. Ella, la foto de ella, me llama. Siento que salgo de mi cuerpo y puedo mirarme mientras observo la foto. ¿Qué veo cuando miro al tipo que observa la foto colgada en la pared? Ya no soy yo, soy alguien más, soy otro tipo perdido en la noche.

Sully Erna se desgarra en el equipo de sonido, vuelvo a mí, a ser yo:

Sick of my life
I’m tired of everything
In my life

Me sirvo más veneno camuflado de ginebra. Miro el reloj por segunda vez y descubro con espanto que son las cuatro de la mañana.

Fuck.

Una vez más: fuck.

Quiero salir, caminar, encontrar a alguien; tal vez tomar una cervecita fría, hablar de mujeres y de fútbol. Miro el sillón, vacío el vaso y vuelvo a mirar. Allí sentado, frente a mí, me parece ver al Diablo.

–¿Sabés cuándo empezás a envejecer? –filosofa el Diablo, cada vez más parecido a un indefinible alguien–, cuando perdés la calle, cuando ya no es tuya ni de tus amigos. ¿Y cuándo perdiste la calle? Esa noche en que querés llorar o festejar o simplemente estás insomne y necesitás un amigo y salís a buscarlo, entre las esquinas y los bares, y no hay nadie en ningún lado. Esa noche, esta noche, en que todos duermen en sus casitas. Vamos, hacé la prueba, buscalos… ¿A quién podés llamar a las cuatro de la mañana? –me desafía.

–Andate al carajo –replico–. La juventud solo le puede interesar a los nazis o a los pelotudos de los norteamericanos.

Soy un animal joven, pese a todo, pienso. Me duele la cabeza y esa zona imprecisa que gustamos llamar alma; me arde el aire en los pulmones y la sangre que corre por mis venas es espesa y caliente. Soy un animal herido, encerrado en una pieza, doblado de dolor por la muerte de un ser querido. Soy, diría Tom, un perro callejero perdido en la calle porque la lluvia le borró los olores.

Pero el Diablo, tan parecido a Alguien, ya no está ahí. Y decido que lo que dijo o me dictó el delirio de la ginebra barata es cierto. La mayoría de mis amigos están distribuidos por el mundo, escapados de Buenos Aires y sus miserias, como estuve yo. Y los que se quedaron o volvieron –casados ya, algunos con hijos– duermen al abrigo de sus casitas. En otra época me bastaba con salir a la calle o ir a algún bar para encontrar a alguien. Pero las calles, canturreo, ya no son un buen lugar para soñar.

 

Y no puedo dejar de pensar en el cuerpo pálido y frío del Viejo, en la Turca de rodillas junto al pecho quieto, llorando en silencio, en Cecilia, que cruza el cielo en un avión, sola y rota.

El disco de Godsmack termina; el dolor de cabeza, amigo fiel, no.

Voy al baño e intento vomitar –las venas de la sien amenazan con explotar, los ojos arden– y no lo logro.

Recuerdo la prohibición del Viejo con respecto a los licores, sus recomendaciones sobre evitar las bebidas baratas.

–Digamos ginebra, vodka, aunque siempre es preferible un buen tinto o un buen whisky, pero nunca licores –decía–, están llenos de químicos, son veneno. Y si no podés pagarte un buen whisky, bueno, no tomes nada.

La vida, le gustaba decir, es demasiado corta para tomar whisky malo.

La vida es demasiado corta, repito ahora.

Demasiado corta.

Demasiado.

Corta.

Vuelvo a mi escritorio, tambaleante, rendido. Me siento y agarro la botella para llenar el vaso, pero algo me lo impide: está vacía. Podría llorar. Me agarro la cabeza con las dos manos y dejo caer mi frente sobre el teclado. Entonces sucede: la desesperación cede un poco y los últimos dos meses se desvanecen.

Reviso las últimas hojas de la pila que duerme sobre el televisor roto, releo y, de vuelta en la computadora, abro el archivo Novela.

Escribo: capítulo XVII.

–Ojalá el viejo estuviera acá, ojalá Cecilia estuviera –pienso.

Después los hago crujir y mis dedos recomienzan el juego.

Alguien espera sentado en un vestíbulo y sobre la puerta reina el retrato de alguien. Alguien fuma mirando al techo, alguien recuerda y llora, alguien muere lejos y alguien no lo puede creer. El Diablo se parece a alguien o quizá alguien se parezca al Diablo. Alguien odia a alguien, alguien duerme sobre laureles. Y alguien no.

Y mientras golpeo el teclado la noche sigue y sigue y alguien se hunde en ella.

Aunque ya no me duele tanto la cabeza, me vendría muy bien otro vaso de ginebra.

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