Historias sin punto final
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#12 · Bolichongo

Por Patricia González López

Ilustración Brian Janchez

 

La primera vez que lo vi fue cuando salimos con Pachi una semana después de mi cumple. Su chico seguía triste por la muerte del viejo y nos parecía que había que empezar a salir y despejarse. Yo no venía mejor, pero me defendía. Arrancamos por unas birritas en el bar y nos entonamos lo suficiente como para necesitar un poco de baile y transpirar el alcohol. El bolichito estaba enfrente, teníamos la joda servida. Aunque pasaban siempre el mismo cd, dance al principio, cumbia, baila morena baila morena y similares, esa vuelta fue distinta. No éramos solo mi amiga y yo sino un grupo grande con chicos muy lindos y otros, copados. Además era una buena causa. El Chori se fue aflojando de a poco, nos abrazaba de vez en cuando y al final agradeció la salida. Su amigo me hacía ojito entre baile y baile. Fue muy loco porque por primera vez el lindo del grupo y el interés hacia mí estaban en una misma persona. Bailamos unos temas hasta que ganamos confianza: yo quiero que me toque una cumbita, manito a la cintura, yo quiero que la baile Maribel, nos rozamos, quiero ver su graciosa figurita, su cara a mi cuello, moviendo los pies los pies los pies, compostura. Meneo al medio, llamar a alguien más y todos los deberes de estar de fiesta. Lo mejor de todo fue que el beso no se dio en la oscuridad de la pista sino a los primeros rayos del sol en el auto del Chori. Me gustó la idea de que me haya besado al sol, le gusté de verdad. Nos despedimos con un chupón fuerte cuando llegamos al depto, Pachi siguió porque esa noche dormía en la casa del chongo, la casa del Churro quedaba de paso.

 

A partir de ahí vivimos una semana de amor intenso por mensaje de texto, uno tras otro: buen día linda, ¿en qué andás? ¡Qué bien! Yo haciendo esto. Yo haciendo lo otro. Qué linda que sos. Qué dulce que sos. Bueno, vamos a dormir, buenas noches. Casi no dormía, nunca sabía cuándo podía caer el próximo mensaje. No quería dormirme, dejar sin contestar alguna pregunta y que eso signifique perderlo. Era un chico lindo y gustaba de mí. Le gustaba y no lo despreciaba, algo milagroso había ocurrido. Pachi estaba contenta, hace mucho no me veía entusiasmada con alguien, pasábamos los días picando algo, o tomando un helado en la habitación mientras hablábamos del par de amigos. Ella estaba bien pero podía estar mejor. Los encuentros que tenían estaban buenos pero era sólo pasar el rato. Ella quería salir, ir de la mano, y él se hacía el boludo. En mi caso era distinto, él me llenaba la bandeja de entrada, estaba muerto conmigo.

 

Al sábado siguiente volvimos a salir. Nos pasaron a buscar y fuimos directo al bolichito, el Churro seguía estando churro pero me pareció raro que se ponga la misma remera. Los otros amigos eran copados y nos hacían la segunda mientras chapábamos. Como no se levantaban a nadie bailaban entre ellos o se encargaban de ir a comprar los tragos. Volvían casi a la hora con la mitad del vaso. Mucha gente en la barra y muchos sorbos que ofrecían a las chicas que se encaraban; un traguito, una vueltita y huida al baño. Pobres pibes, eran buenos chicos pero eso en la rumba no se ve. Noche a noche siguieron siendo los que se iban sin chapar, y yo la que se iba a dormir sola y vestida.

 

Me parecía raro que al pasar tantas madrugadas nunca me haya invitado a su casa, un hotel de esos baratos de la avenida, o el baño. Yo no podía invitarlo porque no me daba avanzar, además el depto estaba colapsado, la hermana de Pachi con su novio habían venido de la costa por unos días y estaban durmiendo en el living; tres parejitas ya era demasiado. Otra vez a dormir caliente como una papa hervida o bajar la temperatura con una tocada.

 

Después del mes me mandaba mensajes pero no tanto como antes, por un lado mejor, no gastaba tanto crédito. Por otro lado ya estaba más que angustiada. Pachi empezó a salir varios días seguidos sin invitarme. No podía decir nada porque capaz veía a los otros amigos que no teníamos en común. Yo me tenía que conformar con té, chocolates y el ruido del sofá golpeando la pared por la fuerza del amor adolescente de las visitas. Un par de veces les pinché el globo del amor cuando entraba por la cocina en vez del comedor y veía alguno correr en culo por el pasillo. Lejos de las noches de joda todo se tiñó de comer y dormir. Las opciones eran paja o vivir el sexo a través de la escucha; veladas de tristeza.

 

La última vez que salí con los pibes el Churro se acercaba demasiado a mi amiga. Sus meneos eran para ella y para mí dejaba los bailes sueltos, algo de electrónica o esos temas con coreografía. Me olía mal la cosa, ya pintaba cara de upite y angustia inapetente. Entonces me animé y encaré a mi amiga: creo que le gustás. Que nada que ver, dijo. No insistí pero esa noche soñé que le preguntaba si se cogería al Churro y ella me decía que si, obvio, que estaba buenísimo. La pesadilla terminaba con guerra de almohadones y aumento de sesiones en la psicóloga. Yo le decía que me sentía mal por desconfiar de ella, que me disculpe, que el Churro ya no me parecía tan churro, pero tenía pesadillas y esas cosas de perdedora. A los días volví a preguntar: Pachi, ¿te gusta? Mirá que no me interesa más el pibe eh… me dejó de escribir y no sé por qué… podés confiar en mí. Ella se enojaba mucho y me cortaba la conversación diciendo que jamás se fijaría en alguien que a mí me interesara y que además había besado, aunque no haya llegado a interiores. También me decía que estaba enojada porque me había hecho ilusionar y que casi no comía por su culpa. Me quedé tranqui.

 

En esos días hablé por msn con el Chori. Se había abierto mucho conmigo y me preguntaba cómo venía la onda con el Churro, que andaba desaparecido y a mi amiga tampoco la veía. Se lo notaba mejor con el tema de su viejo. También me contaba que le iba bien en la obra de teatro en la que actuaba, que vaya a verla. Yo sabía que el sueño de Pachi era que él la invitara y darle un beso en camarines. Ella quería eso, lo decía como si estuviera en presencia de alguien que le pudiera conceder el deseo. No sabía si ir o no porque me daba cosa por ella, pero un día me decidí y fui. La obra estaba buenísima y él era uno de los que se destacaba. Me presentó a sus compañeros de elenco y fuimos a tomar algo a la salida. Se hizo cualquier hora tomando birra hasta que me pedí un auto para volver. Borracha y con culpa volví a casa.

 

¿Qué hago, le cuento o no? Pensé todo el camino hasta llegar a la puerta. Se escuchaban ruidos raros y me dio un toque de susto hasta que intenté ver qué onda por la ventana que daba al patio. Era obvio, la hermana de Pachi galopando a su novio. Me di cuenta porque se veían dos pares de piernas desnudas, él abajo y ella con efecto pinza sobre él, saltando. La pucha, otra vez cagarle el garche a la pibita no, pensé, y entré por la cocina. Fui para el cuarto, me acosté pero no podía dormir, me estaba haciendo pis encima. Dudé en ir al baño porque no quería interrumpir. Ya fue, me dije, esta también es mi casa. Fui corriendo al baño por el pasillo, entré sin mirar al comedor. Volvió el alma al cuerpo, me lavé las manos y salí, esta vez con la vista al frente. Antes pensé qué decir, “te interrumpí otra vez” o algo parecido. Miré de abajo hacia arriba, identificando pantalones de jean, pantalones camuflados, la cara de mi amiga morada y la cara del Churro en dirección al celu, ambos agitados. Tengan cuidado que de afuera se ve todo, les dije, y me fui a dormir. Se me paró el corazón, sentí un escalofrío o más bien la sangre burbujeante y caliente subiendo a mi cara. Necesitaba una cama donde desplomarme. Me acosté mirando al techo, estaba temblando pero la depresión de los días anteriores, desvelada y nerviosa, desapareció. Sabía la verdad.

 

Al día siguiente me levanté como si recién naciera, tenía una energía descomunal. Puse la pava, hice tostadas, llevé las mermeladas y manteca a la mesa y me senté a desayunar. Mi amiga se levantó después. Me la crucé en el pasillo mientras iba a cambiar la yerba, no me vio venir y se asustó. Buen día Pachi, hice tostadas. Me parecía que no entendía nada pero cuando estiré el brazo para darle una me dijo “prefiero la de frutilla”. Me dejé la de durazno y le preparé otra. Eso fue lo último que me dijo en primavera.

 

Estuvimos viviendo en la misma casa sin hablarnos hasta el verano, cuando me pidió que tomemos un café y charlemos. Ahí me lo confesó: estuve con el Churro. Le dije que ya sabía. Me contestó que siempre dudó, que no estaba segura de que haya visto algo porque no la había insultado, que la confundieron las tostadas. Se había enamorado, le dije que la entendía, pero que no le perdonaba que me haya hecho sentir culpable de sospechar cuando se lo estaba curtiendo. “Hubiera preferido que me mandes a la mierda”, insistió. Y a la hora de charlar aunque quedaban cosas en el tintero no tardamos en llegar al punto en común: “esta noche salimos”.

 

Nos pusimos bien gatas, nos pintamos las uñas, la maquillé con esas sombras que le gustaban. Ella me prestó el vestido ese que había fichado pero como estábamos peleadas no podía pedirle. Fuimos disparadas al boliche, esta vez al vip, era nuestro baile de reconciliación. Con un champán encima me fue contando cosas que había experimentado. Que curtían bien, que tenía un orgasmo tras otro, que con otros no les pasaba. De hecho propuso un brindis por descubrir que era multiorgásmica. Por la amistad, respondí, y chocamos las copas. Nos bailamos todo y ligamos chupi de arriba porque el pibe de la barra también festejó que aparecimos por fin, tanto tiempo. Después de este tema vamos al baño que no aguanto más, le dije. No fue tan duro como en otras ocasiones, estaban todas prendidas con el ochentoso y nos retocamos el labial sin que nadie nos empuje. Salimos, empujones, flash, agarrense de las manos, flash otra vez en la cara y querer llegar en tren involuntario a un rincón con aire. Desde ahí lo vimos, el Churro entrando de la mano con una. Nos miramos, le clavé la mirada. Mi amiga también, sonrió para un costado y se cayó al piso. Cuando le subió la presión rompió en llanto. No me había contado que no lo veía más. Ella me explicó entre mocos que le entraban por la boca que no me dijo nada porque lo seguía viendo. Vamos, por favor vamos, le dije mientras le pedía al chofer que vaya viniendo, que esta vez volvíamos temprano. Volvimos en silencio hasta casa. Sostenida de mis hombros llegamos a la habitación, le saqué los zapatos, la ayudé a taparse y me quedé despierta hasta verificar que se haya quedado dormida. De ahí en más las noches fueron de llorar y adelgazar hasta que venció el contrato de alquiler.

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