Historias sin punto final
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#15 · Ciudad nocturna: territorio minado para las mujeres

Crónica ETER, por Delfina Tremoullieres

Ph. Guille Llamos

 

Son las 5.20 y un grupo de cuatro chicas de 20 años tiene que volver de San Telmo a Saavedra. El itinerario es simple: hay que tomarse un colectivo que para a cinco cuadras y que, después, hace un recorrido bastante lineal. Para ellas, sin embargo, se va a convertir en una odisea. Porque la noche no es la misma para hombres y para mujeres.

 

Salen del boliche tentadas, gritando; alguna sin voz por haber cantado toda la noche. Cuando traspasan la puerta del lugar todo ese clamor se apaga en un segundo, como un último acorde seco y nada de aplausos. La calle está oscura y vacía y eso las hace más vulnerables. No dejan de pensar qué harían si les pasa algo: no sabrían hacia donde correr, ni cómo reaccionar, ni a quién podrían gritarle.

Se acostumbraron, como muchas mujeres, a seguir una lista de cuidados para protegerse: avisar siempre cuando llegan, tomarse taxis aunque sea por unas cuadras (pero llamar para pedirlos, no pararlos en la calle) y mandar la patente de los autos a los que suben. Hace poco se bajaron dos aplicaciones en su celular, Life 360 y Ángela Te Protege.

 

En ambas se pueden crear círculos de personas que pueden ver qué recorrido hacen y en qué ubicación están sus integrantes. También, frente a situaciones de peligro, se pueden enviar alertas de ayuda –en el caso de Life 360– o activar el botón antipánico –en Ángela Te Protege, que fue desarrollada en Salta y tuvo más de 27 mil descargas sólo en esa ciudad.

 

“Yo no quiero que las usemos. Es invasivo y siempre defendimos que hay que enseñarles a los machistas a no ser violentos, y no a las mujeres a cuidarse”, se quejó Lucía Gómez –una de las chicas del grupo, de 18 años– cuando decidieron utilizar las aplicaciones como una herramienta más. La convencieron. Después del último mes, en el que se incrementaron las denuncias por posibles secuestros a través de las redes sociales y donde hubo 28 casos de violencia de género en 27 días, lo mejor era implementar más precauciones.

 

En el camino a la parada –en una de esas veredas angostas y empedradas de San Telmo que el frío y la oscuridad parecen ajustar todavía más– un auto pasa muy despacio al lado suyo. Probablemente sea por lo estrecha que es la calle, pero les da miedo igual. Piensan que en ese momento el mundo podría tragarlas y nadie se enteraría.

 

El último informe del Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento a las Personas Damnificadas por el Delito de Trata, realizado en febrero, indica que sólo el 4% de denuncias que recibió la línea 145 corresponden a situaciones de posible captación. En las redes sociales, en cambio, cada vez más mujeres comparten experiencias de este tipo para que tengan difusión y otras puedan estar alerta.

 

Julieta Sánchez, de 22 años, publicó en Facebook un texto en  donde contaba que un chofer de taxi había querido secuestrarla. Se había subido junto a dos amigas a la salida de un boliche. Le dijeron la dirección al conductor pero él tomó un camino que no correspondía y, mientras, enviaba la ubicación a otra persona. Aceleró. Llegó a un destino que no era el indicado por las pasajeras y le hizo cinco parpadeos de luces a una combi que esperaba allí. Las chicas se tiraron, huyeron. Ellos también.

 

“Si no fuera porque vivimos en continuo estado de alerta nos llevaban. Si no fuera porque justo esa noche no tomamos alcohol y veníamos muy despiertas, nos llevaban. Si no fuera que tenemos miedo de todo lo que puede pasarnos no hubiéramos estado tan atentas a algunas señales, y hoy nuestras familias serían parte de una estadística espantosa”, expresó en su relato.

 

***

 

El colectivo ya hizo gran parte del recorrido. En una esquina de Avenida Cabildo un hombre con un carrito vende un café tórrido: el humo se mezcla con el vapor que el vendedor exhala por el frío. Tres de las chicas bajan en el mismo lugar; la cuarta seguirá un tramo más. Lo único en lo que pensará ese rato es en su deseo de no quedarse sola con el chofer. Sabe que cuando baje la van estar esperando su papá o su hermano –dos años menor que ella, pero hombre– para acompañarla en las once cuadras que tiene que caminar hasta su casa. Y que cuando llegue, no debe olvidarse de avisarles a sus amigas que está bien.

 

El problema no es salir de noche. Ni volver sola en colectivo o en taxi. El problema es otro. En una sociedad machista y frente a la ausencia de políticas públicas que protejan a las mujeres, ellas y sus derechos se ven aún más vulnerados y violentados en la noche; un territorio minado por la incertidumbre.

 

 

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