Historias sin punto final
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#7 · Cosas que no le dije a ella

Por: Gabriel Bertotti

Ph. Lio Wain

 

                                                           Canción, tú, que no significas nada.

                                                           Tú, que me hablas de ella

                                                           y que me lo dices todo.

                                                                       Indian song. Marguerite Duras

Anochecía demasiado pronto, incluso para esa época del año. La primavera comenzaba  a notarse y él no hacía nada por impedirlo. Así hablaba ella. Tendía a personalizar todos los procesos naturales, como si uno quisiera que saliera el sol cada mañana o que se hiciera de noche para justificar los ojos cerrados y el sueño. Creía que la buena voluntad o la alegría eran propiciatorios para el calor y la primavera, y que cierta tristeza irrenunciable era necesaria para justificar la existencia del invierno. Él la escuchaba, no consideraba descabelladas sus palabras porque estaba enamorado y lo que en boca de otra mujer hubiera sido absurdo en la suya era pura poesía. Por eso, esa tarde, a pesar de su buen humor y de las ganas con que corría a verla, sintió que algo no funcionaba, que las amapolas no habían comparecido, que el día se comportaba como si un prologando invierno se viera en la obligación de congelarlos. Entonces la vio. Caminaba junto a un desconocido; se reían; esa complicidad en la mirada y en la risa le heló la sangre. Ella adelantó la mano y juntó su cara con la del desconocido e hizo un selfie con el celular. Besándose. Un rayo de luz los iluminó atravesando el compacto manto de nubes oscuras que su tristeza comenzaba a transformar en tormenta.

Sonó el portero. Tres cortos, tres largos, tres cortos. Su código. Una extraña manera de avisarle. “Soy yo”. “Yo”. Le abrió. La saliva no le pasaba por la garganta. ¡Era tan bella!

-Hola amor-le dijo ella-. ¿Cómo va?

Y le pegó el cuerpo y acercó los labios.

¿Qué responder? ¿Qué hacer? Al verla tan espontánea, tan normal, se preguntó si no cabía la posibilidad de haberse equivocado, de haberla confundido con otra muy parecida; pero no, cómo confundir a una mujer tan alta y estilizada, tan bella. Tan suya.

Le rozó los labios y le dijo al oído.

-Estoy sucia.

Y lo miró; con esa mirada.

Lo esperaba tendida en la cama. Se había quitado la ropa. Sólo la braguita negra. Su cuerpo de muchacho, su femenina manera de parecer otra cosa.

Se sopló el mechón que le caía sobre los ojos.

-Vení.

Señaló con un dedo ansioso la boca. Como si tuviera hambre.

Fue al baño. Tragó a palo seco una pastillita azul.

La folló con un odio tan profundo que ella le acabó en el pecho y en la cara, arrebatada por tanta pasión. Le pegó con la mano abierta en pleno orgasmo.

Una variación.

Ella lo recibió extasiada.

Y después se durmió.

Se había hecho de noche y hacía frío.

“¿Es realmente de noche o es mi tristeza la que oscurece el día?”.

Se rió de sus pensamientos y se acordó de aquella vieja canción de Les Luthiers: “Fiso a noite en pleno dia”.

Fumaba en el balcón. No había nadie en la calle. Hacía diez años que no fumaba un cigarrillo pero no se ha inventado mejor antídoto contra la angustia.

Bajó por la escalera porque nunca había confiado en los ascensores. La luz no funcionaba. Pisó un gato.

En la calle los trapos que cazaban clientes en la parada del bondi le propusieron sus entrepiernas. Como si intuyeran que penetrarlo sería una contundente manera de calmarlo. No les hizo caso. No había coches. El alumbrado público estaba apagado. El cielo cubierto. Una puta en la esquina. Muy joven.

-¿Te puedo hacer una pregunta?

Lo miró. Mascaba un chicle.

-Hoy promoción, 300 pesos una mamada. Un pete 500. La noche completa…

La interrumpió.

-¿Ves estrellas?

Escupió el chicle.

-¿Sos pelotudo, vos?

Sacó 300 pesos.

-En vez de una mamada respondeme. ¿Hay estrellas ahora en el cielo?

La puta agarró el dinero.

-Sí. Está estrellado y acaba de pasar un cometa.

Tuvo miedo de mirar. Sin embargo, lo hizo.

Todo oscuro. Sin estrellas.

Se marchó buscando un kiosko; arrastraba los pies.

-Esperá.

La puta se acercó. Vestía un short muy ajustado que le marcaba los labios, las tetitas apenas cubiertas por un top de lamé.

-Tomá.

Le devolvió el dinero.

-Quedátelo. No tengas pena.

Parecía un perro apaleado. Se guardó el dinero y le agarró la mano.

-Vení.

Lo arrastró a un zaguán. Se arrodilló y le bajó la cremallera.

-Siempre me terminan jodiendo todos los sonados.

-O los poetas.

-¿No son lo mismo, bombón?

La miraba dormir. Boca abajo. No le gustaba dormir completamente desnuda y siempre se terminaba poniendo la braguita. Dormía abrazada a la almohada. Como si necesitara aferrarse a un límite que la contuviera en la cama y le impidiera caer. Tenía un fénix tatuado en la espalda. Hasta esa noche la había mirado como si oliera flores. Como si caminara por el mismo sendero seguro que cada día le conducía de retorno a su casa. Ahora mirarla le quemaba el pecho y lo ahogaba.

Esos labios ya no eran suyos.

Alguien la había besado.

“¿Y si siempre hubiera sido así? ¿Y si además de su saliva ella hubiera bebido de otras bocas y hubiera besado otras”….se obliga a parar. Por ahí, no. Pero su imaginación es demoníaca y lo conduce al abismo de verla arrodillada, bajando un bóxer que no es el suyo…¡basta!….ya no tiene cigarrillos….ahora llueve….llueve en la oscuridad de la noche que lo está matando….debe pensar en otra cosa….debe imaginar otra cosa….se ve cuando tenía 20 años….caminando en un mundo oscuro…la ve venir a ella…rodeada por una nube negra…las nubes se difuminan al acercarse uno al otro…cuando están frente a frente por fin aparecen los colores…”somos primavera”…le dice ella al oído….abre los ojos…la mujer que duerme a su lado respira tranquilamente…”así duermen los inocentes y los niños”, piensa, conteniendo las lágrimas…cierra los ojos…recuerda…acaban de hacer el amor…los cuerpos mojados no pueden despegarse…el fénix tatuado en su espalda cobra vida y sale volando de la habitación, iluminando la noche…le acaricia la espalda…ella abre los ojos…”sos travieso, amor”, le dice…no se niega a dejarse excitar, así, semidormida; entra en ella suavemente por detrás…aterrorizado por perder un cuerpo que hasta esa noche había considerado suyo.

No puede parar.

Y no para hasta que un grito atraviesa la noche.

¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!

-Estoy loco de amor por vos.

-Shhh, vení loquito…dormí un poco…

Lo abraza contra su pecho.

Que late como las estrellas que ya no vibran en ningún cielo.

-No puedo dormir-dice ella.

-Ni yo.

Su cara contra su pecho, su pierna sobre su sexo.

-¡Cómo estamos esta noche!

Se le ha endurecido.

Juega con ella.

Le habla.

Como si no hubiera pasado nada.

Pero pasó.

Hubo un selfie; hubo sonrisas cómplices; hubo un beso.

En la misma ciudad y en la misma vida que compartían.

Y que ya no podría ser nunca más igual.

Le habla.

-Hola pollita-le dice-. ¿Me extrañabas?

La agarra y le dice:

-Sabés que te la cortaría y me la quedaría sólo para mí. Para utilizarla cuando me diera la gana.

No le pasa la saliva por la garganta.

Tendría que pararla; preguntarle.

¿Eras vos?

¿Eras vos la que vi antes del anochecer?

Pero ella es tan dulce, tan como siempre ha sido.

La acerca a la oreja. Lo mira.

-¿Sabés lo que me pide esta turrita insaciable?

-Contame una historia.

No pueden dormir. Ahora hace un calor insoportable. El ventanal abierto. No corre aire.

Hay una baba espesa que los agobia.

Ha decidido que cuando se haga de día le preguntará.

Que le dirá a quemarropa.

Te vi.

Lo vi todo.

O no, mejor hacerla hablar, decirle:

¿No tenés nada que contarme?

O

¿Todo bien amor?

¿Por qué lo preguntás?

No sé. Te noto rara.

¡Qué pelotudo! Así no.

Mejor directo al grano.

¡Cómo podés fingir tan bien! Se la estás comiendo a otro y venís acá a estar conmigo como si nada.

¡No! Así no, pedazo de animal.

-¿En qué pensás amor?

Lo pospondrá todo hasta la mañana.

-En nada. En la historia que voy a contarte.

Para que te puedas dormir. Para que puedas volver a abrazar la almohada.

Hasta que amanezca.

 

 

Ella tendida a su lado con esos enormes ojos negros abiertos mirándolo. Esperando las palabras que la mojen como la mojó la saliva y el semen.

 

Ella sin decir nada, admirando la belleza de su hombre, el pecho grande en el que le encanta recostar la cabeza, los brazos fuertes, musculosos, que cuando la abrazan parecen partirla.

 

Cada abrazo es una forma de muerte.

 

Cuando la suelta entra la vida como un huracán por su boca y él se lanza sobre su cuerpo y la besa y ella se estremece porque le encanta ser arrasada por ese hombre al que ahora le cuesta empezar a hablar.

 

Ninguno de los dos tiene sueño.

 

Ella le acaricia el pecho, le acaricia el ombligo, y el cuerpo de su hombre le responde caliente, y ella se sorprende una vez más, en la noche, del deseo que no se acaba, de la terrible comunicación entre esos cuerpos que ya están de nuevo entrelazados raspándose como si fueran de arena; como si el viento atroz de fines de septiembre atravesando la playa los llevara a diez centímetros del suelo hacia el mar.

 

 

El mar de noche

 

Tenía miedo

 

Él la llevó

 

Le dijo: cerrá los ojos.

 

Los cerró. Poco a poco. El frío del agua.

 

El calor de la mano.

 

 

Ella lo mira mientras él comienza a hablar.

 

Hay que pasar la noche para llegar a la mañana.

 

 

Se la veía tan feliz, tan radiante, sacando la foto de un beso.

 

 

-¿En qué pensás?

 

Lo dice:

 

-En una hermosa mujer que vi hoy haciéndose un selfie mientras besaba a un hombre.

 

Y hace una pausa.

 

-Parecían tan felices que me recordaron a nosotros.

 

 

Le contaba historias cuando no podían dormirse:

 

Todo le recuerda a ella. Se ha perdido en la selva. Cayó por un barranco y se hundió en la oscuridad. Cuando no lo encontraron lo dieron por muerto. Pero estaba vivo. La pierna rota. Tendido entre el follaje. Comido por las hormigas que se le metían adentro, por el hueso abierto a la lluvia que dura días. La agonía lo sacó de ese infierno. Estaba de nuevo con ella. En otra parte. Estaban recién bañados. Se habían ensuciado a propósito jugando en el barro como niños para después arrancarse la ropa y meterse juntos bajo la ducha, incómodos, porque los dos eran muy altos, muy flacos, y no entraban si no era abrazados y así no se limpiaba nada nunca y corrían a la cama de ásperas sábanas blancas y se besaban y los gusanos invadían su carne negra y cuando abrió los ojos por última vez, cuando ya no le dolía, se dio cuenta de que no era la lluvia, de que eran lágrimas que le corrían por las mejillas y que se le metían en la garganta y que sabían a la sal de la piel de ella. Perdido en lo más negro de la selva, en una noche para la que jamás habrá día, pronunció su nombre y callaron todos los pájaros.

 

 

Ella no dijo nada.

 

Le apretó la mano. Fuerte.

 

Él no respondió. La mano fláccida, como muerta.

 

Ella lloró en silencio.

 

No dijo nada.

 

 

¿Qué se puede decir?

 

Apenas añorar las primeras luces. El alba que hará visible las piernas fuera de las sábanas.

 

Qué permitirá dirigirse hacia la puerta.

 

Escapar de esto más denso que la humedad que los ahoga.

 

 

Ella llora sin decir nada. Busca refugio en su pecho.

 

Pero su pecho no está.

 

-Igual sería mejor que nos viéramos menos.

 

Una niña abandonada en la selva, mirándolo.

 

-Mañana no vengas.

 

 

¿Es de día?

 

No. Es de noche.

 

Le dirá, sin decirle más nada.

 

No todavía.

 

 

La mira vestirse. Es perfecta. Se gasta la mitad del sueldo pagando una sustituta para conjurar en una noche el dolor más profundo de su vida. Lo leyó la mañana después, en el Bar. Una agencia de segundas oportunidades. La guinda del postre de terapias que curaban la locura de la gente. Lo recibió un gordo que no despertaba ninguna confianza mientras se comía una hamburguesa.

 

-¿Le molesta?-le preguntó señalando la hamburguesa.

 

-Me da igual-le respondió. No se había sentado; estaba a punto de irse.

 

-Cuénteme.

 

Un mordisco.

 

Le contó.

 

El gordo se limpió la boca con la manga de la camisa.

 

-El procedimiento es muy simple. Reconstruimos la noche más terrible de su vida para que usted haga lo que no se atrevió a hacer.

 

Esa era la palabra. No se atrevió. No se imaginaba la vida sin ella.

 

Fue ella la que le dijo, después de hacer el amor, cortando la posibilidad de que le contara una historia:

 

-Tenemos que hablar.

 

El Horror. La noche.

 

-Amigo-el gordo llamando su atención.

 

-¿Cómo era el código? ¿Tres largos, tres cortos, tres largos?

 

 

Ella es una terapeuta profesional, pero noches como ésta la hacen sentir una puta.

 

El cliente es un romántico. Y la forma en que la mira o la folla la hacen estremecer en serio.

 

La primera vez que la vio le preguntó muy dulcemente si podía abrazarla.

 

Le dijo que sí.

 

Se acostó a su lado sólo con su braguita negra; le habían reproducido el tatuaje de un fénix en la espalda. “No sudes mucho”, le advirtieron en el taller.

 

Él le acarició la espalda y los hombros y el cuello con la yema de los dedos y le enseñó cosas de su cuerpo que ni siquiera sospechaba. La hizo excitar más allá de lo aconsejable para una terapeuta de su experiencia.

 

-Me estás mojando-le dijo, eludiendo todo protocolo.

 

-Siempre te he mojado-le respondió él; hablándole a otra persona.

 

 

Lo mira. Está en el balcón. Desnudo. Se gira y ahora la mira él. “¡Es tan bella!”, piensa. No le dirá nada. Tal vez la próxima noche. Tal vez alguna noche se atreva y la deje ir.

 

Pero no ahora.

 

 

-Estoy sucia. ¿Ya no te acordabas?

 

Se tiende a su lado. Vibrando todo su cuerpo con la química propiciatoria.

 

La atrae hacia sí. La besa con los ojos cerrados y reconoce una vez más la lengua que invade su boca.

 

 

No es necesario hablar.

 

No al menos todavía.

 

 

La luna ilumina a los dos amantes que una vez más, en medio de la noche, hacen el amor

 

para no separarse jamás

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