Historias sin punto final
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#17 · De repente una noche

Por Marián Benítez Weisz

Ph. Kalu Maina

 

Para los que sufren no hay peor momento en el día, que la noche. Y aquella noche había sido la peor, en la vida de Iris.

 

Después de pasar dos días enteros tirada en la cama, hecha un estropajo, Iris se levantó. Caminó descalza por el pasillo, en medio de la oscuridad de la noche, y fue directo al baño. De pie frente al espejo comprobó cuán maltrecho puede quedar un cuerpo cuyo corazón fue destrozado.

 

Iris no podía definir si lo que más le molestaba era lo que veía o el tedioso silencio noctámbulo. De lo que sí estaba segura era de querer quitarse ese dolor que le oprimía el pecho y que no la dejaba respirar.

 

La bañera había quedado llena de agua; agua que, después de dos días, estaba fría. Así y todo se metió en ella y se sumergió completamente. Quizá alguna reminiscencia, de la etapa fetal, le otorgó cierta sensación de alivio y seguridad. Iris se seguía sintiendo un estropajo; un estropajo mojado.

 

En la quietud de la noche, invadida por un silencio abismal, los recuerdos afloraron como agua brotando del manantial. Las imágenes se sucedían, unas tras otras, como fotogramas irrefrenables de una película cuyo final acababa de acaecer.

 

Con la nitidez a la que apelan los recuerdos, a Iris se le representó ese primer encuentro fortuito con Raúl; aquel mágico día en que sus vidas se cruzaron para siempre.

 

A ella le atrajo su porte varonil; su bondad; su fuerza. A él, la fragilidad atesorada en aquel cuerpo de mujer.

 

Durante los primeros meses él se dedicó a conquistarla en todas las formas posibles. No era porque no lo hubiera logrado en el primer intento, era por el placer de saberla entregada por completo a su amor.

 

Iris se sentía la mujer más afortunada del mundo; del universo. No pensaba en otra cosa que en complacerlo y hacerlo feliz.

 

Consciente de eso, Raúl dedicaba su tiempo a satisfacer sus necesidades; lo que su boca pidiera, sin demoras le diera…

 

Pero entonces, ni bien pasaron del noviazgo a la convivencia, las cosas cambiaron y todo lo oscuro que residía en él, quedó claro en ella tras la primera golpiza.

 

Consciente de eso, Raúl dedicaba todo su tiempo a satisfacer sus propias necesidades; y a lo que su boca pidiera, sin demoras ella le diera…

Iris se sentía la mujer más desafortunada del mundo; del universo. No podía hacer otra cosa más que complacerlo para mantenerlo feliz.

 

Durante los últimos meses él se dedicó a humillarla en todas las formas posibles. No es que no la hubiera doblegado en el primer intento, era por el puro placer de saberla atrapada por completo a su merced.

 

A ella le aterraba su porte violento; su maldad; su fiereza. A él, lo embriagaba la fragilidad encerrada en aquel pequeño cuerpo de mujer.

 

Con la nitidez a la que apelan los sentidos, a Iris se le representó lo que sería el último y desafortunado encuentro con Raúl; una noche fatal en que sus vidas se separarían para siempre.

 

En la agitada noche, asaltada por mil gritos inflamados, la violencia afloró como torrente que embiste como un huracán. Las acciones se sucedieron, unas tras otras, con puñaladas irrefrenables en una pesadilla sin fin.

 

La bañera seguía llena de agua; agua que, dos días después, continuaba roja. Él había metido sus manos en ella, sumergiéndolas completamente. Quizá la certeza del mal provocado, en ese acto fatal, lo enloqueció de miedo e inseguridad. Raúl se volvió un estropajo; un estropajo ensangrentado.

 

Iris supo que lo que realmente le molestó fue lo que vivió, más allá del tedioso silencio noctámbulo. Eternamente padecerá el dolor de saber que jamás volverá a respirar.

 

Suspendida el alma frente a su propio cuerpo, Iris ve cuán maltrecho queda un cuerpo cuyo corazón fue destrozado a puñaladas.

 

Deambulando etérea y descalza por el pasillo, en medio de la oscuridad de la noche, fue directo a él.

 

Después de pasar dos días enteros tirada en la cama, hecha un estropajo, el oscuro espectro de Iris se le presentó ante Raúl.

 

Para los cobardes no hay peor momento en la vida, que la soledad de la noche. Y fue esa noche la peor, en la vida de Raúl.

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