Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#20 · El combate contra la siesta

Por Nicolás Garibaldi

Ph. Mariana Michi

 

“En la noche interior, se sabe, la melancolía es un cielo segundo y fantasmal”

María Negroni

 

8.03

 

El kiosco está ubicado en un lugar estratégico, sobre la avenida, y a un puñado de cuadras de la estación. No es grande pero es visible desde lejos, a la noche por las luces led de mil colores, de día por un cartel giratorio que dice kiosco en vertical. La entrada es toda de vidrio, ahí están pegados los paquetes de las figuritas del momento, un dni que alguien se olvidó cuando fue a sacar fotocopias y carteles sumamente expresivos: acá no se fia, acá no se carga sube, acá no se sabe donde queda la parada del colectivo, si no sabe donde queda la calle que busca comprese un mapa, colabore con el cambio.  Afuera del kiosco se encuentran David, que se está yendo, y Jey Jey que está llegando para tomar la posta. David es el que más habla, le explica a Jey Jey lo que le pasa, dice algo de una casa en el Delta, de una fiesta, de una lancha, de comida rica, de bebida rica, todo gratis, también le recuerda la última vez que lo cubrió, fue por un tema de salud, pero igual se lo recuerda. David está muy excitado, mientras habla baila, se emborracha, maneja una lancha, hace todo a la vez. Jey Jey acepta, David se excita más, le da un abrazo y le dice que en un rato volverá con algo para él.

 

8.07

 

Jey Jey tiene veinte años, ojos esquivos, pálido, como si viviera permanentemente shockeado, perseguido por las malas noticias, en estado de sitio mental,  el pelo negro, abajo más corto que arriba y una cresta tímida que si fuera la de una ola, ningún surfista podría hacer equilibrio en ella. Viste unos jean gastados, zapatillas negras con cordones negros, y una remera de una banda punk. Cuando entra al kiosco se sienta en la banqueta, se saca la remera, la huele en la parte de las axilas, la dobla, la guarda, y se pone otra remera lisa. El dueño dice que la remera de la banda punk lo hace parecer un drogadicto, Jey Jey quiere ser él mismo hasta las últimas consecuencias, por eso dilata el momento del cambio. Como cada mañana se saluda a si mismo en la cámara que registra todo lo que pasa en el kiosco, hay un pequeño delay entre el movimiento y la imagen, lo que le da un efecto interactivo. En el bolsillo de la mochila tiene un reproductor de mp3 con música nueva. Es lo que más tiene ganas de hacer, pero debe cuidarse porque el dueño no lo deja escuchar música. Dice que lo puede distraer en caso de un asalto, así que Jey Jey tiene que colocarse los auriculares con mucho disimulo para que no lo registre la cámara, se pregunta si alguien alguna vez se tomará la molestia de ver lo que la cámara graba, o si día tras día las imágenes se destruyen y vuelven a empezar. Lo que el dueño si le permite es ver la televisión, con dos condiciones, que esté en canal de noticias y en mute.

 

9.14

 

David seguía exaltado, le extendió a Jey Jey algo con forma cilíndrica envuelto en un papel de regalo brillante, tornasolado, el mismo que vendían en el kiosco, “no hacía falta” dijo con una sonrisa Jey Jey, y empezó a romper el papel. Aunque el olor ya le daba alguna pista de lo que podía llegar a ser, al abrirlo se sacó toda duda, “un salamín” dijo Jey Jey, “picado fino” agregó David.  Se quedaron viendo la televisión en silencio, podían reponer lo que pasaba con la ayuda de los graph, un policía de civil le había disparado a un ladrón en un confuso episodio, el ladrón estaba desarmado, eso último lo repuso David leyéndole los labios al movilero, “¿sabes leer los labios?” se sorprendió Jey Jey, “sí, probemos”, Jey Jey probó, movió los labios sin hablar y le preguntó “¿qué dije?”, “mate capo del sur”, “sabes leer los labios de verdad”. Era otoño pero todavía hacía un calor insoportable, David se jactó de que en la casa del Delta había pileta, estaba contento porque se tenía que comprar una malla y la iba a encontrar en oferta porque estaban fuera de temporada.  Se despidió de Jey Jey cuando entró una clienta.

 

10.42

 

La mujer entró embalada, con un pucho prendido colgándole del labio, como si su boca pastosa hubiera generado un pegamento natural que hacía que pasara lo que pasara el pucho no cayera. Su pelo largo y enrulado iba a medias entre las canas y el color negro. Estaba vestida con un equipo de gimnasia de la década del 90, fosforescente. La acompañaba un perro pequinés con los ojos saltones y blancos por las cataratas, que le ladraba desquiciado a unos alfajores. No se podía fumar, ni entrar con mascotas, pero a Jey Jey le parecía que la mujer era incontrolable. Atrás se metió un hombre de traje que parecía apurado y tenía una de esas carpetas de colores pastel llena de expedientes, puso cara de asco cuando vio al pequinés. Le mujer quería sacar una fotocopia, le extendió a Jey Jey una hoja que tenía como encabezado “ejercicio psicomagico para dejar de fumar”, le llamó la atención y  sacó dos copias, una para la mujer y otra para él. Le preguntó si necesitaba algo más, y ella le explicó que el dueño le había dejado algo para ella. Era un cartón de atados de cigarrillos contrabandeados desde Paraguay, “¿cuánto es?”, “no se, el dueño no me dejó nada dicho, así que arregle después con él”, “te pago la fotocopia por lo menos nene”, Jey Jey insistió “arregle después con él”.

Luego debió atender al hombre de traje, fotocopiar todos esos papeles era una tarea titánica. Las hojas estaban llenas de ganchitos, clips, perforaciones, y no se podía desarmar porque se trataba de una importante denuncia que involucraba a un funcionario local. El trabajo le llevó casi una hora completa, cada tanto la interrumpía para hacer alguna venta pequeña y volvía al expediente, se lamentó de no tener enchufados los auriculares.

 

11.58

 

El baño era pequeño, en ese momento Jey Jey pensó que la contextura física del empleado del kiosco debía amoldarse al tamaño de ese cubículo, y que el dueño debía pensar en cosas por el estilo cuando decidía contratar a alguien. Desde hacía un mes había un problema con la instalación eléctrica y debía iluminar el lugar con una linterna que estaba pegada a la pared y se encendía a presión. Para no tocar el techo se agachaba un poco mientras buscaba entre los discos nuevos que Valentina le había pasado. No se parecía a nada de lo que había escuchado antes, eran bandas de la nueva psicodelia japonesa, ruidos infernales, maquínicos, entre los que aparecían de repente citaras,  gritos de desesperación que se ahuyentaban con una sinfonía de cachorros de tigre:  “canciones de cuna para robots”, así lo había definido Valentina. Puso la carpeta de discos en random y salió del baño energizado. Se miró otra vez en la cámara y se tranquilizó al ver que los auriculares no se veían, había pasado el cable por abajo de la remera y por atrás de la oreja. La música le había activado todos los sentidos, y se preguntó si acaso no era el momento de degustar el regalo de David al son de la psicodelia japonesa, ¿de dónde había sacado Valentina toda esa música tan misteriosa? ¿habría viajado desde el futuro? ¿qué tenía él para ofrecerle a ella con ese punk tan primitivo al que seguía afiliado como un justicialista empedernido?, ese tipo de preguntas se hacía Jey Jey mientras con infinita paciencia le quitaba la cáscara al picado fino.

 

13.08

 

La profesora de historia había dejado consignas de una evaluación domiciliaria, un par de citas para analizar y el periodo histórico nacional del 45 al 76 para que ensayaran algunas ideas de manera libre. Eran todos de una escuela privada católica subvencionada que quedaba a unas cuadras. Parecía que en la retirada del colegio se habían puesto de acuerdo para salir a inocular caos en puntos neuralgicos de la ciudad y uno de los puntos elegidos era el kiosco. Entraron ocho, todos con el uniforme desarreglado, algunos estaban ebrios, los brazos dibujados con birome, uno estaba enyesado y le habían pintado una serpiente que amenazaba con salirse y atacar,  afuera quedaban unos doce. El que hablaba con Jey Jey trataba de organizar el pedido, ¿todos querían las consignas?, ¿había que sacar copias para los que habían faltado?, ¿alcanzaba la plata?, Jey Jey se cansó y decidió sacar copias para todos y regalarlas, pero aún así no se iban, querían cigarros, “ustedes son menores, si les vendo voy a tener problemas con la ley”. El que comandaba la expedición pidió silencio y dio una órden, “llamen a Frank”. Todos hicieron paso y apareció un chico alto, notablemente más grande que sus compañeros, tal vez más grande que el propio Jey Jey. Su flequillo corto e intermitente parecía un injerto fallido de una clínica de salud capilar. En el camino fue haciendo una vaquita y compró todos los cigarrillos que le alcanzaba con la plata que había juntado. El protocolo del jefe del kiosco decía que debía pedirles documento, “un hombre punk no tiene protocolos” se alentaba Jey Jey. El momento se le hacía largo, ¿qué tenía que pasar para que se fueran?, uno puso música saturada desde un teléfono celular, Jey Jey no entendía si era una intención de los raperos gitanos o un problema del volumen. Imaginó que de repente entraba Valentina con unas potencias del tamaño de Frank y los fulminaba a fuerza de psicodelia japonesa, nada de eso pasó, los ahuyentó el aburrimiento, como suele pasar con casi todo.

 

14.00

 

Era el momento de almorzar. Ese día se había levantado temprano para prepararse el sandwich de jamón y queso en pan francés, lo había pintado delicadamente con mayonesa, sino con el oficio de un artista plástico, con el de un buen pintor de interiores. El pan era del día anterior, por un momento se lamentó por haber comido buena parte del salamín que le había regalado David, el fiambre con el fiambre nunca podía ser una buena combinación, pensaba eso en tono de reproche, ¿por qué se preocupaba tanto por la comida?, ¿era un llamado a la vida sana?, sentía una voz que le susurraba, “se empieza así, impugnando el fiambre, mañana estás dando vueltas en círculo, tratando de mejorar tu tiempo hasta que la muerte te sorprenda con su cronometro”. Silenció la voz interior y le dio un mordisco al sándwich pero el pan le jugó una mala pasada, la corteza estaba demasiado dura y le ocasionó un corte en el paladar. Sintió el gusto metálico de la sangre y trató de presionar en el corte haciendo fuerza con la lengua. La temperatura según la televisión había alcanzado los treinta grados aunque el encierro del kiosco debía agregar alguno más. El dueño había retirado el ventilador turbo que lo acompañó durante buena parte del verano, en su lugar había colocado un caloventor, más a tono con el mes de abril. Jey Jey aflojó la lengua pero la sangre no paraba, no era mucha, sentía un goteo mínimo, como el de un cuerito de canilla disfuncional en la madrugada. Fue al baño y encendió la linterna para hacerse algunos buches, ¿por qué a los buchones se les decía buches?, el buche es un ejercicio poco discreto, no se puede disimular, es esencialmente ruidoso, comparte esa característica con el buchón, “corazón delator, corazón buchón”, reflexionó. Después de los buches percibió que la sangre se había detenido, aún así no quería irse del baño, se sentía bien ahí, lejos de la cámara, ¿podía haber mayor crueldad que el baño como horizonte libertario?, los minutos pasaban y la luz de la linterna se hacía cada vez más intensa por el acostumbramiento de los ojos. De repente notó en la puerta algo que no había visto. Eran algunos dibujos borrosos, con formas simples, como pinturas rupestres hechas con fibrones, acompañados con palabras en letra microscópica. Todas parecían estar escritas por distintas personas, ¿ex empleados del kiosco que le querían dar algún tipo de mensaje? ¿le estaban proponiendo el armado de un sindicato imposible? Salió del baño agitado, pensando que ese día, o alguno de esos días volvería al baño con herramientas para tratar de descifrar lo que querían decirle. Al regresar intentó volver al sandwich, pero se le hizo imposible.

 

15.14

 

Tardaron unos segundos en reconocerse, tal vez porque Jey Jey se había propuesto gastar los ojos lo menos posible mirando a los clientes, entonces o bien se conectaba con la televisión, o bien en algún punto al azar de la indumentaria del cliente. Lo llamó por un apodo que Jey Jey había sepultado en el segundo año de la secundaria. La voz le era familiar pero levemente distorsionada por la gravedad. Cuando se decidió a mirarlo los recuerdos se derramaron y empezó a atajarlos como pudo hasta componer la imagen de un aula, una clase, una voz de una preceptora, un asiento, y sentado en el asiento el imbécil de Pagani, al mismo que tenía adelante pidiéndole un descuento, regateando unos folios y un resaltador “por los viejos tiempos”. Jey Jey no le preguntaba nada pero Pagani adoraba hablar de si mismo, “ahora no me gustan tanto los fierros, estoy estudiando Filo”, ¿filo? ¿de qué hablaba?, escuchaba filo y no podía pensar en otra cosa que en armas blancas, en el silbido del afilador, ¿por qué lo despreciaba así?, Jey Jey de por si despreciaba el pasado y estar en un kiosco lo exponía permanentemente a este tipo de situaciones. Mientras Pagani hablaba mal de los chicos del centro de estudiantes a los que acusaba de “estudiantes crónicos que vivían a costillas de los contribuyentes” recordó los motivos del odio visceral. Pagani había sido de los primeros en tocar la guitarra criolla. Lo recordaba como un virtuopso y Jey Jey odiaba las virtuosos, pero lo peor no era eso, sino esas canciones románticas que le componía a modelos de autos deportivos y le cantaba a sus compañeras con voz cachonda. “¿Seguís con la viola?”, “no, a full con la filo”, le respondió y Jey Jey no supo si sentir alivio o profundizar la desesperación, estaba seguro que en lo que hiciera Pagani tenía mucha capacidad de daño. Siguió en la espiral egolatra, le mostró desde el celular una foto de su novia, “¿está linda no?”, después miró la hora y dijo que se le iba el tren. “te olvidas de pagarme” dijo Jey Jey, “cierto”, respondió Pagani y de la billetera sacó un billete de quinientos pesos, “me vas a matar”, “no tengo cambio, alcanzamelo mañana por favor”. Pagani le agradeció y volvió a llamarlo por el apodo del pasado. Jey Jey respiró aliviado cuando cruzó la puerta pero a los dos segundos volvió, “ahora que me acuerdo vos también hacías música, te dejo mi teléfono, tal vez nos podamos juntar a zapar,  hace mucho que no toco pero las mañas no se pierden”.

 

16.07

 

Aunque en ese lugar no existía la siesta, Jey Jey experimentaba una siesta interna en plena vigilia. Hacía media hora que nadie entraba. El transito estaba calmo y no se escuchaban los habituales bocinazos, el ruido de las pastillas de freno de los colectivos en la parada, y el de las puertas abriéndose para que desciendan los pasajeros, ese ruido como de globo desinflado, se repetía con la regularidad del grillo, ¿qué había pasado con la siesta verdadera? ¿habían emprendido una campaña del desierto en su contra? , “los fascistas de siempre” se respondió Jey Jey, y pensó que sería un excelente título para una canción de su banda punk. Tomó un papel y una birome y se propuso intentar una letra, aprovechando esas condiciones casi milagrosas que se habían producido para la inspiración, ¿cuánta inspiración se necesitaba para componer una letra punk?, ¿realmente quería componer una canción punk?, ¿de qué hablarían las letras de la psicodelia nipona que le había inoculado Valentina?, casi nunca llevaba canciones a la banda, le parecía que a sus compañeros no les iba a gustar. Además se encontraba en un proceso contradictorio, la mayoría de las canciones hablaban en contra de la religión y el estado, y en los últimos años se había convencido de la necesidad de un estado presente, al servicio de los más necesitados. Volvió a darle play a las canciones de Valentina, tal vez eso le diera ideas para componer, necesitaba olvidar las canciones de Pagani a los autos deportivos que se le habían impregnado. En ese preciso instante tomó un encendedor y quemó el número telefónico que le había anotado, tuvo que tirar al piso el papel para no quemarse y aplastarlo con su zapatilla, ¿era necesario ese espectáculo? simplemente podría haberlo tirado a la basura, aunque nunca hay que subestimar su capacidad de retorno. Se concentró en la música y empezó a escribir, arriba colocó el título “los fascistas de siempre”, y debajo del título se propuso dejarse llevar por el ritmo de las voces de las canciones de cuna para robots, duerme duerme amarillito que tu mamá está en el arrozal amarillito, escribió y tachó el chiste provocado por la sensación de siesta porque era un impedimento para el ritmo, y retornó, ahora sí, al ritmo de la canción que lo conducía como a un niño que está aprendiendo a andar en bicicleta y en los primeros metros un adulto lo sostiene, pero después lo suelta y el niño anda bien, hasta que toma conciencia de que ya no lo sostienen y cae, cae al suelo y rompe un diente de leche. El mismo efecto de caída le provocó el ciclista que entró absolutamente bañado en sudor, Jey Jey sintió ganas de escupirlo, de escupir su diente de leche, ¿a quién se le ocurría ir a comprar a la hora de la difunta siesta?, compró una bebida de color estridente, la bebió antes de pagarla en dos sorbos y le pidió otra, a Jey Jey le daba asco ver como las gotas se deslizaban por debajo de las calzas y caían al suelo, “¿qué te debo?”, “una canción” le quiso decir pero le dijo el precio. Cuando el ciclista se fue volvió al papel e intentó leer lo que el ritmo le había dictado. Lo que leyó le dio miedo, poco tenía tener que ver con la psicodelia japonesa, tampoco con el punk.

 

17.31

 

Tenía una remera que hablaba de una maratón de un montón de kilómetros que él nunca había corrido. Los ojos como manchados por un chorro de vino rosado y empequeñecidos como los de un  oriental o los de un chicato que se concentra para ver algo a lo lejos. El rostro era amable, bucles que llegaban hasta los hombros y una barba descuidada, jeans recortadas y ojotas con una pequeña bandera de Brasil. La amabilidad se terminaba si uno enfocaba en las uñas de los pies que de tan largas dibujaban una curva, Jey Jey tenía una hipótesis al respecto, el asunto de las uñas no podía tratarse de un descuido sino de una intención, de ponerle una distancia al otro, no solo por el largo sino por el color amarillento que tenían, como si fumara con los dedos de los pies. Le pidió permiso a Jey Jey y empezó a manotear golosinas, tantas que no le entraban en las manos. Jey Jey le extendió una bolsa y el maratonista se sintió aliviado, ¿la remera de la maratón también tenía un significado? tal vez se tratara de un solo significado producto de la alianza entre la remera y las uñas. El maratonista vio la tele encendida y se quedó mirando el informe muteado sobre cirugías estéticas, lo hacía con severidad, como si desde el kiosco se fuera directo a la clínica a hacerse la operación y se hubiera aprovisionado de todas esas golosinas para el despertar de la anestesia. Así se mantuvo al menos seis minutos, con los ojos a punto de cerrarse pero sin parpadear, ¿el también podía leer los labios como David? ¿acaso era el único que no sabía hacerlo?, en ese preciso instante Jey Jey decidió que haría un curso de lenguaje de señas.

 

18.39

 

Había pasado el vértigo de los recién salidos del trabajo y Jey Jey aprovechó a salir a respirar un puñado de segundos, a observar la extinción momentánea del sol con la esperanza de que la temperatura descendiera. Se desperezó y su cuerpo hizo sonidos en huesos cuyo nombre desconocía. Volvió a meterse adentro, hacía un rato debía haber desconectado la fotocopiadora para ahorrar energía. Desparramadas por ahí estaban las fotocopias de documentos que había sacado por duplicado a lo largo del día, ¿con qué intención?, no lo tenía claro pero verlas todas juntas lo impresionaba. Eran más de cincuenta, ¿para qué las podía usar?, una falsa lista de firmantes para que su banda preferida dejara atrás las peleas y volviera a tocar en el sucucho más miserable de la ciudad, la fotocopia adjunta le daría verosimilitud al registro, llamar a la radio y participar por algún sorteo de entradas con todas identidades, en ese caso debía impostar la voz, ¿era capaz de hacer cincuenta voces diferentes?, volvía a mirar las fotocopias, miraba la fecha de nacimiento y calculaba el signo del zodíaco, a todos les decretaba infortunios salvo a los que compartían su signo, ¿de qué signo era Valentina?, a ella también debía protegerla en su lectura zodiacal arbitraria, no lo recordaba, o nunca lo había sabido, ¿piscis?. Tomó una tijera y comenzó a recortar el contorno de los rostros, todas miradas vacías, como si en algún lugar el globo ocular tuviera una pinchadura y se desinflara lentamente. Luego los fue agrupando por afinidad imaginaria y pegándolos en hojas diferentes. Compañeros de una universidad privada, miembros de bandas de covers de los 60 doblados al castellano, fascistas, ludopatas, algunos compartían la misma cara de, y ahí se la hacía difícil. La actividad lo entretuvo hasta que uno de los rostros lo perturbó, documento empezado en cuarentipico de millones, del signo Geminis, los ojos no miraban al frente sino a un costado, y al lugar al que apuntaban Jey Jey creía ver una mano borrosa, espectral, que lo llamaba. Trató de calmarse diciéndose que debía ser un efecto de la perdida de fidelidad de la fotocopia y abandonó el plan de las fotos.

 

19.44

 

La noche era total, aún así Jey Jey sentía que hacía más calor que antes. Era un momento de transición. La fotocopiadora ya no funcionaba, pero había otros artefactos que eran propios de la noche que debía poner a funcionar. Tal era el caso de la máquina de hacer panchos, flamante incorporación de las últimas semanas. Jey Jey la conectó y puso a calentar unas salchichas que estaban al fondo de la heladera, miró la fecha de vencimiento y estaba bien, luego recordó los cortes de luz de los días anteriores y se preguntó si el dueño las habría reemplazado. Las olió y no le parecía que estuvieran mal, ¿estaba seguro?, no importaba, bastante que atendía el kiosco, lo que faltaba era que además tuviera que oficiar también de bromatologo municipal. Luego abrió un paquete de papas fritas que estaba cerrado de forma precaria con un broche y las colocó en un bowl. Probó una suelta, era tan crocante como una banana ecuatoriana. Por último desplegó los adherezos y enchufó las luces led para que el kiosco se volviera atractivo.

Entró una mujer hermosa, a su parecer la más hermosa de todas las que habían entrado a lo largo del día, tal vez por esa tonada que creyó paraguaya y las pecas que se le dibujaban como constelaciones. Buscaba curitas, Jey Jey creía que ya no le quedaban, y efectivamente en el lugar donde debían estar no estaban. En cambio encontró una cajita en un mueble, perdida entre velas que había vendido a precio petroleo en los días de cortes de luz y medicamentos de venta libre. La mujer sintió alivio, “perdona que haga esto acá” le dijo, y se sacó las sandalias. Tenía el talón al rojo vivo por las ampollas, “esperame un segundo” dijo Jey Jey y salió disparado al baño del que volvió con un bollito de papel mojado en alcohol. Le pidió permiso y apoyó el bollito en el talón, la mujer contuvo el grito, para hacerlo debió morderse la mano, después Jey Jey sopló el talón con suavidad y colocó varias curitas. Repitió la operación en el otro pie, ya con menos nervios, como si llevara toda una vida dedicada a los primeros auxilos. La mujer agradeció y se fue. Junto a ella Jey Jey vio como se iba también el que había sido su momento preferido del día.

 

20.30

 

¿Qué estaría haciendo David?, ya el turno tendría que haber cambiado y el cansancio lo empezaba a afectar. Un sentimiento oscuro se apoderó de él, “ojalá que David la esté pasando mal”. Pensó eso y se dio una cachetada en la nuca como si su mano fuera la de otra persona, “que la pase bien, pero que llueva a la madrugada y no se pueda meter en la pileta”, ese otro pensamiento le pareció más adecuado. El olor de las salchichas calientes había perfumado el ambiente. A Jey Jey le parecía tan feo lo que olía que sacó de su mochila su desodorante personal y lo esparció por el kiosco, fue para peor. Tenía que calmarse, le latía el ojo derecho como si fuera un segundo corazón, ¿existía algo así como el infarto ocular?, ¿alguno de los medicamentos de venta libre que vendía clandestinamente podía prevenirlo?, salió afuera a tomar aire, el aire viciado por el calor insólito. No había ni una molécula , la falta de viento había producido en su pelo una suerte de engominado natural. Estar afuera lo llevó a preguntarse cómo lo verían desde ahí. Así fue como con los ojos entrecerrados, todo lo entrecerrados que podía tenerlos por el latido, se vio a si mismo atender el kiosco. Era él, no lo dudaba, pero había una leve diferencia de la última vez que se había visto al espejo, su barba había crecido un centímetro. Le hubiera gustado sacarse una foto al comienzo del día, y una segunda foto al final, para observar en detalle ese envejecimiento infinitesimal.  Lo interrumpió una voz amenazante, “flaco, me cobras o me voy”, mientras agitaba el paquete de caramelos de eucaliptus como si fuera una sevillana.

 

21.28

 

El pancho era demasiado grande para el niño. Cada vez que lo llevaba a la boca parecía uno de esos magos que es capaz de tragar una espada sin lastimarse. Al lado estaba el padre, que ya había terminado con el suyo. Habían tenido un largo día juntos, Jey Jey no entendía si era el cumpleaños del niño o había sido hacía poco. No vivían juntos, el padre y la madre se habían separado y el niño vivía con ella. Como regalo de cumpleaños lo había llevado en un mismo día al cine y al zoológico, y ahora lo coronaba en el kiosco, con el pancho de despedida. El padre sabe que no lo verá hasta la semana siguiente entonces le pregunta si le gustó el cine o no le gustó, si le gustaría tener un muñeco del héroe, si le dio miedo el tigre blanco. El niño responde todo que sí entonces las mil preguntas se extinguen y se hace un silencio, que el adulto vive como tal y el niño como ensoñación, y el que rompe el silencio o la ensoñación es el niño, “avestruz” dice, “¿qué pasa con el avestruz?” pregunta el padre, “me pone triste”, “¿por qué?”, “porque tiene alas y no puede volar” responde el niño, y el padre en su desesperación no se le ocurre mejor idea que pedirle a Jey Jey un alfajor triple, y se lo da al niño, y le dice que se lo coma, ansioso porque éste atore sus inquietudes.

 

22.46

 

A esa hora la clientela aparecía esporádica pero hacía compras más suculentas. Todos iban por el alcohol. Todavía sobrios, eran los despistados o los últimos en ser invitados a la fiesta a los que no les había alcanzado el tiempo para pasar por el súper chino y pagar un precio razonable. Por supuesto que después de las 21 la venta estaba prohibida así que pedía discreción, en lo posible alguna mochila o alguna bolsa oscura. Jey Jey más temprano había metido mano en la regulación de la temperatura de la heladera y contra las indicaciones del dueño  la había colocado en dos grados bajo cero para que la cerveza se escarchara sin congelarse, y ahí se dibujaran nombres, caras, o simplemente se calmaran ansiedades en el jugueteó de las uñas. Esas cosas hacían que Jey Jey se sintiera un hombre de bien.

 

23.30

 

¿Existe una cantidad mínima de tiempo que uno deba dormir para poder soñar?, Jey Jey se levantó sobresaltado, como si en vez de haber cabeceado el mostrador como en efecto ocurrió, hubiera pasado por alto el despertador y estuviera llegando tarde al kiosco. El sueño lo había perturbado. Miraba por la ventana del departamento de un edificio en una gran ciudad, pero al mirar hacia abajo había  infinita gente caminando por la vereda, todos en una misma dirección, era una especie de garganta del diablo humana que lo expulsaba y llamaba a lanzarse al mismo tiempo. Tal vez al arrojarse, si lo hacía con un gesto técnico bueno, podía caer bien y moverse en ese mosh transhumante. Pero lo que le importaba ahora era saber si en ese lapso de sueño le habían robado algo o no. Revisó la caja y a simple vista no faltaba nada, después se le metió en la cabeza que podrían haberse llevado todos los bocaditos de chocolate que estaban en el exhibidor, los cuenta, pero no sabe con qué sentido porque no se acuerda cuántos había antes, repite la cuenta y le da diferente, primero contó veinte bocaditos, después catorce, ¿para qué le servía la cámara si no podía rebobinar y ver lo que había pasado?, la miró fijo y escupió, la imagen lo miró fijo y le devolvió el escupitajo. El gesto le pareció tan real que palpó la cara para ver si tenía saliva. Estaba seco pero la barba seguía creciendo en sintonía con la temperatura.

 

00.19

 

Lo primero que hizo fue retarlo por no haber avisado que él lo cubriría a David en el turno noche. Luego se desdijo y se jactó de su propia capacidad para construir equipos de trabajo. Le hablaba con tono de jurado de reality benevolo. La mandibula bailaba una coreografía diferente a la del resto del cuerpo. Después de la perorata el jefe agarró la recaudación de la caja, le renovó el stock de billetes de bajo valor nominal para que tuviera cambio y le regaló un pack de seis latitas de bebida energizante, a Jey Jey se le hizo claro que lo había visto dormido por la cámara de seguridad. Se contentó con que el jefe no había podido ver su sueño, o al menos eso creía. Antes de irse le dejó un par de instrucciones, le pidió que se mantuviera alerta y si le dijo que en caso de emergencia sabía lo que tenía que hacer.

Cuando el jefe se fue, Jey Jey abrió una lata de bebida energizante, ¿quién hubiera dicho que la bebida energizante diseñada para la música electrónica se convertiría en un puntal de la clase trabajadora?, hasta los trabajadores de la construcción la bebían en el tren para bajar la chipa. Al terminar la lata el ojo le volvió a latir y regresó el temor al infarto ocular.

 

01.47

 

Había bajado la euforia de la bebida tomando un cuartito de pastilla de la caja de medicamentos de venta libre. Primero lo tomó y después averiguo qué era. Ningún farmaco tenía prospecto, lo que si tenían eran unas notas ayuda-memoria que algún kiosquero de otra era había dejado para no equivocarse. La pastilla que Jey Jey había tomado estaba marcada para calmar a los perros en la ansiedad pirotécnica de las fiestas, la fecha de vencimiento lo llevaba dos años para atrás, ¿o era la fecha de elaboración?, le dio tanto sueño que tomó otra lata energizante. En eso estaba cuando cuando escuchó el caño de escape del patrullero que sonaba como una tos nerviosa. Se acordó del chiste “hace ruido todo menos la bocina”, pero no le pareció gracioso, en el patrullero había algo que funcionaba bien y era la sirena que giraba azulada y se proyectaba en las paredes de los alrededores. Eran dos pero se bajó uno solo, antes discutieron largamente, a Jey Jey lo divertía imaginar el dialogo, la disputa por el sendetarismo más perfecto. El policía tenía una panza enorme, parecía uno  de esos actores que engorda para poder desarrollar el papel solicitado por un director de culto. La cara de Jey Jey no le resultaba conocida y eso le provocó malhumor, lo esperaba a David. Le extendió la mano grasosa, al estrecharla Jey Jey sentía que estaba acariciando una porción de fugazzetta. El poli señaló la cámara, Jey Jey captó el gesto, se subió a una banqueta y con su remera punk la cubrió. Luego le dio el sobre, el poli abrió y contó, lucía satisfecho. “¿cómo te llamas?”, “Jey Jey”, “¿qué pasó con el otro pibe?”, “está enfermo, lo estoy cubriendo”, el poli sacó un telefono celular y de un grupo de whatsapp llamado “amigos de la seccional cuarta” abrió un video porno, “¿te gusta?”, “no, no me gusta señor”, “no te gusta porque sos puto” dijo el poli y del exhibidor se eligió un alfajor triple que se comió sin sacarle los ojos de encima a Jey Jey, como explicándole que si se pasaba de atrevido el devorado sería él. Al terminarlo tiró el envoltorio al suelo y se fue. ¿cómo era que nunca se le había ocurrido tapar la cámara? se preguntó Jey Jey, pero pensó que le daría más miedo no saber qué era lo que la pantalla estaba proyectando.

 

02.50

 

Los favores de Jey Jey fueron debidamente agradecidos. Los envases prestados, las rebajas, las botellas de plástico en las que vertía la cerveza con suavidad, las pastillas que sacaba de la caja y regalaba en combo, ¿si a él no lo habían matado cuál podía ser el problema?. Así fue como con el correr de las horas los gedientos de la noche lo fueron aprovisionando de pulseritas artesanales, estampitas de santos, escuditos de clubes de fútbol, y sobre todo lo aprovisionaron de drogas: tucas que fue apilando como si fuera el encargado de hacer una colecta para una obra benéfica en un pueblo damnificado de muy lejos, cuartitos de ácido con retazos de dibujos incomprensibles, pastillas con formas de animalitos de la selva, polvo, blanco, gris ceniza y de colores. Sentía ganas de tomarlo todo a la vez, pero el saldo de lo ingerido, la balanza, se inclinaba levemente del lado de la euforia por lo que decidió fumar un poco y bajar. Olió las tucas y se quedó con una como quien elige un alumeto que lo va a acompañar para toda la vida. La fumó dibujando formas triangulares al exhalar.  Se relajó tanto que hasta podía percibir el peso de las pestañas como si fueran un sobrante, un accesorio que se incorpora para verse un poco mejor. Sentía que si alguien entraba a comprar no iba a tener los reflejos para atenderlo por lo que decidió escribir un cartel que dijera “vuelvo enseguida”, apagar las luces y cerrar el kiosco con llave.

La única luz que había quedado encendida era la de la televisión en la que transmitían un infomercial sobre pymes. La luz le daba solamente en la cara, y cuando se veía en la cámara de seguridad veía solamente un rostro, que a veces aparecía, a veces desaparecía, de acuerdo a la luminosidad de la imagen. Un impulso lo arrastró hasta el baño, quería llevarse la televisión con él para que lo ayudara a descifrar los jeróglíficos pero era imposibl. En el camino al baño manoteó un cutter y la letra de punk fallida que había escrito por la tarde. Si no podía descifrar los jeroglíficos iba a hacer el propio. Encendió la luz de la linterna, y debajo del último mensaje con el cutter talló la obra.

Al salir del baño encendió las luces, y vio a la gente acumulada, mirando a los costados, esperando que el vuelvo enseguida viniera desde afuera, y no desde adentro como realmente ocurría.

 

03.55

 

Los indeseables eran los que mantenían el kiosco vivo, todos aquellos que el jefe había señalado. Si la recaudación del día peligraba, Jey Jey debía sacar la pistola taser de abajo del mostrador y picanearlos, así estaba indicado. Hasta ese día nunca se había atrevido a tocarla, la veía como un rifle escondido en un armario por un abuelo loco.  Primero la palpó, ni siquiera la superficie metálica estaba fría con el calor que hacía. Después la acarició, con respeto, como a un perro que hasta hace dos segundos ladraba y ahora lucía amistoso. La alejó de su cuerpo y verificó que estuviera apuntando al lado opuesto a su rostro, ¿cuántas historias había de ese estilo?, luego gatilló. El espectáculo le pareció hermoso, las ondas eléctricas en el aire brillando para él, como un generador de van der graph sin cristal. La electricidad azulada provocaba interferencia en la cámara de seguridad, era una imagen que no se podía espejar, esas imagenes lo hacían sentir en un cielo con fuegos artificiales fabricado a su medida, como si vivera una navidad personal. Pensó que eso que vivía era injusto que lo viviera él solo, todos deberían tener la posibilidad de vivir una navidad así, sobre todo cuando el cielo asusta tanto que ya no se deja mirar.

 

04.59

 

Entró Valentina al kiosco. Eso creyó Jey Jey en un golpe de vista traicionero, luego aparecieron las diferencias. En realidad no eran diferencias, como las que aparecerían entre seres de un mismo mundo, sino como las que podrían emerger de seres gemelos separados al nacer para ser criados en universos paralelos, con un  pasado común y una distancia abrumadora a la vez. La mujer se le acercaba lentamente. Se vestía toda de negro como Valentina, cambiando el cuero curtido por la suavidad de la seda. Tenía los ojos rasgados, pensándolo bien era el negativo oriental de Valentina. Seguía acercándose, Jey Jey se imaginó que la mujer no sabía hablar castellano y necesitaba comunicarse con el tacto para explicar lo que quería. Luego imaginó que tenía una voz horrible de la que quería prescindir para no opacar su extraña belleza. Por último pensó que quería besarlo y eso era lo que más lo entusiasmaba. Se movía tan lento que Jey Jey antes de ser alcanzado se comió un caramelo masticable para sacarse el feo gusto que tenía en la boca, ¿estaría lo suficientemente presentable para la ocasión?, se miró en la cámara y no se veía mal, su cresta lucía firme. Pero algo en la imagen estaba mal, él estaba siendo filmado pero el negativo de Valentina no, no aparecía. Sentía miedo, ahora la mujer le sonreía con la boca rígida. Jey Jey formó una cruz con los dedos índices y gritó sin que nada ocurriera, después se sacó la zapatilla negra y le pegó duro al mostrador. Eso asustó a la mujer que emitió una queja en un idioma incomprensible, así la empezó a perseguir, pero la mujer no se iba. En su torpeza era impredescible, se movía en circulos mientras Jey Jey intentaba acertar el zapatillazo, pero no había caso. Se cansó y se sentó en el piso con las rodillas flexionadas. Si me tiene que matar que me mate, pensó, pero la mujer emprendió la retirada, otra vez en cámara lenta, como si ya se hubiera divertido lo suficiente, “lo que me faltaba, perseguir vampiras a chancletazos” dijo en voz alta Jey Jey.

 

6.00

 

El auto no paraba de dar vueltas a la manzana. Cuando pasaba por la puerta del kiosco aminoraba el ritmo de golpe y abrían las ventanillas al unisono para mirar para adentro, había no menos de cinco personas. Más tarde estacionaron enfrente y se pusieron a beber de una petaca de cuero. Se los notaba aburridos, a la espera de una indicación para actuar, luego uno cruzó y le compró a Jey Jey un juego de cuarenta cartas españolas. No podía descifrar a que jugaban pero implicaba prendas, porque de repente cuando uno perdía lo ponían a bailar en el centro y otro de ellos, no entendía con qué criterio le disparaba un tiro a los zapatos. Estuvieron así un buen rato sin que nadie resultara herido, después cruzó otro y compró una botella de vodka que luego virtieron en la petaca. Así iban rotándo y presentándose de esa extraña forma. Pensó en llamar a la policía, pero no podía hacerlo, la culpa judeo-cristiana-punkrocker no se lo permitía. Vio que hablaron por telefono y se fueron, como convocados por una emergencia.

 

7.21

 

La claridad se hacía lugar en el cielo pero no en el corazón de los borrachos donde la noche ausente de estrellas seguía brillando. Los ojos de Jey Jey estaban arruinados, todo lo que no era pupila era rojo, y las ojeras expandiéndose como mancha de humedad en una pared con filtraciones. Si el anochecer había aparecido con la esperanza de que el calor aflojara y la temperatura había aumentado cinco grados, el sol por venir amenazaba con derretirlo todo. Jey Jey bebió la última bebida energizante del pack acompañada por un alfajor de chocolate que se le fundía en la mano. Los infomerciales habían terminado y el noticiero había comenzado a transmitir mostrando los choques fatales del jolgorio. Las papas fritas estaban desperdigadas por todo el suelo, al caminar se podían sentir los crujidos. En la puerta un chico y una chica dormían abrazados, dos linyeras provisorios a la espera que el primer colectivo que los lleve a su casa vuelva a funcionar. El auto volvió a dar vueltas a la manzana, cuatro o cinco vueltas, y se estacionó. Se bajaron del auto con café en vasos térmicos y  comieron facturas. Estaban casi todos, solo faltaba uno que Jey Jey presumió que había recibido un balazo en el juego de cartas. Por como estaban vestidos parecían no sentir el calor. Lucían como profesionales, pelo largo contenido en rodetes, pantalon de vestir, zapatos y camisas blancas manga larga abrochadas hasta el anteúltimo botón, también tenían sacos, pero apoyados sobre la espalda. Jey Jey quería poner el cartel de vuelvo enseguida y encerrarse en el baño pero prefería observarlos, no perder de vista sus movimientos.

 

7.59

 

Estaban lejos, pero podía sentir los dedos sonarser. Arrojaron los sacos en los asientos, también pudo sentir el sonido de la traba del auto. Vio cómo se desabrochaban el anteúltimo botón de la camisa y se acomodaban los cinturones para que el pantalón quedara recto. Todavía estaba a tiempo de intentar una huida pero no lo hizo. Cruzaban la calle pero no al ritmo del negativo de Valentina, principiante de vampira, ellos eran veloces, sabían lo que hacían. Otra vez le dio play al compilado y en un gesto estúpido se persignó, se sentía una máquina de traicionarse a si mismo, trato de justificarse pensando algo de la condición latinoamericana del papa, pero no hacía más que profundizar la traición.

Se metieron sin decir palabras, uno se paró al lado de Jey Jey para verificar que no se moviera, los otros recorrieron el kiosco para chequear que no hubiera nadie más. Jey Jey pidió que no se metieran en el baño, como si se tratara de un lugar sagrado. Abrieron la puerta y se encontraron con un tipo sentado en el inodoro, el cuerpo aflojado, dormido sobre sus propios muslos. Hasta el propio Jey Jey se sorprendió que hubiera alguien más, lo despertaron con un chorro de agua mineral fría que sacaron de la heladera. Jey Jey lo reconoció, era un metalero que le había pedido pasar al baño y nunca había salido. Uno de los hombres se lo cargó al hombro y lo sacó a la calle, estaban seguros que no significaba ningún peligro, que daría unos pasos y se quedaría dormido, o pediría pasar a otro baño del que nunca saldría, adoptando así un estilo de vida sanitario.

Tras el rastrillaje, cerraron con llave, y lo ataron a Jey Jey con una soga. Con paciencia sacaron la recaudación de la caja, ordenando el caos de billetes y monedas que Jey Jey había dejado, pero eso no le daba ni la más remota esperanza de que se retiraran, no se trataba de un asalto. A uno le dio curiosidad qué era lo que salía por los auriculares, tuvo la delicadeza de sacarle uno y dejarle otro. Unos segundos más tarde puso cara de que no le gustaba lo que sonaba y volvió a colocárselo en el oido. Trataron de cambiar el canal de la televisión y notaron que solo se podían ver un puñado de canales, todo lo que no fuera canales de noticias estaba bloqueado y los botones de volumen no funcionaban, ¿ellos también sabrían leer los labios?.

A esa hora David ya tendría que estar regresando de la fiesta, ¿existiría la fiesta o todo se había tratado de una trampa letal?, David siempre había querido tomar de la buena, pero los buenos nunca toman de la buena y el precio a pagar es altísimo. No quería juzgarlo, tal vez había sido simplemente una desafortunada coincidencia. Creía que lo correcto era explicar que él no era David, que se estaban confundiendo, pero estaba seguro que las palabras no iban a funcionar, si no fuera porque los había escuchado más temprano comprándole cosas podría pensar que se trataría de un escuadrón de sicarios mudos. Miraban todo el tiempo los telefonos, como si estuvieran a la espera de una confirmación. Imaginó que David regresaba del delta y miraba toda la secuencia desde afuera. Uno de los profesionales sacó su arma y un pañuelo cuadrille del bolsillo, impregnaba el arma con su aliento como si se tratara de un producto para lustrar y la limpiaba. Era un detallista, quería que el arma con la que le iba a disparar resplandeciera. A Jey Jey le llamaba la atención que no le prestaran atención a la cámara de seguridad, con su proceder perfeccionista no se les podía haber escapado, sencillamente no les debía importar.

El telefono de uno de ellos sonó, y Jey Jey al que entonces el final se le hizo inminente, pegó un grito. No lo hizo para pedir clemencia, sino un último deseo. Los profesionales se rieron, todo ese asunto del último deseo solo ocurría en las malas películas, pero aún así se lo concedieron. La concesión pareció tomarlo desprevinido a Jey Jey, no tenía pensado ningún deseo, o lo que deseaba era simplemente imposible, se tuvo que conformar simplemente con un gesto, les explicó que quería cambiarse la remera. Los profesionales resoplaron incómodos por lo engorroso del pedido, tenían que desatarlo, pero eran hombres de palabra, o mejor dicho, eran hombres que respetaban lo que decían con sus silencios.

Ahora sí, Jey Jey estaba listo para recibir lo que le tocaba. Uno de los profesionales que parecía sentir cierta simpatía por él dijo algo al oido de otro profesional, éste asintió con la cabeza y un tercer profesional preparó un pancho y sacó una gaseosa de la heladera. Jey Jey sintió como una lágrima se deslizaba por su rostro y humedecía la remera de su banda punk preferida, le hubiera gustado tomar ese último desayuno pero no podía, su estómago no le permitía ingerir nada, si tuviera que realizar una acción sería solamente la de la devolución. El telefono de uno de los profesionales volvió a sonar, y la situación pareció dar un vuelco. No era un llamado, era un mensaje que le mostró a sus compañeros que miraban desoncertados. El más violento de ellos lo miró a Jey Jey con cara de que esta vez se había salvado. El profesional más bonachón le aflojó los nudos de la soga sin desatarlo, tenían calculados los minutos exactos que le llevaría deshacerse de la soga en caso de que intentara una retirada y diera aviso a la policía. Se retiraron en silencio, solo con el sonido de sus zapatos y el sonido de las papas aplastándose en el suelo.

 

8.28

 

El sol le daba en los ojos, estaba enceguecido, la no aparición de David había disipado sus dudas. El nudo parecía facil pero no tenía fuerza, sentía que la función random había empezado a fallar y la misma canción se repetía una y otra vez. Cerró los ojos y pensó en los jeroglíficos del baño, de ahí tomó algo de fuerza y pudo deshacerse de la soga. Estaba libre, pero no había nadie que pudiera tomar su lugar, David no iba a aparecer, y el kiosco no podía cerrar. Salió afuera para que el sol le diera de lleno, a unos pocos metros estaba el metalero tirado. Le tocó el hombro para despertarlo pero no reaccionaba, los movimientos del aire agitándose el pecho le decían que estaba vivo. Trató de levantarlo pero era muy pesado. Cerró los ojos, pensó en los jeroglíficos y volvió a intentarlo pero seguía sin la fuerza suficiente. Pasó un hombre con un carro, levantaba las botellas de vidrio de la noche para venderlas en la chacarita. Jey Jey le dijo que si lo ayudaba le podría dar algo de mercadería del kiosco. Entre los dos lo levantaron, lo metieron adentro, lo sentaron en la banqueta y cruzando sus manos para que hicieran de almohada colocaron su cabeza en el mostrador. Jey Jey le dijo que agarrara todo lo que quisiera. El hombre solo tomó unos pocos paquetes de galletitas de agua, como si hubiera cotizado su ayuda con la lógica del mercado. Jey Jey tomó la mochila y abandonó el kiosco. Caminando por la avenida ya no quería escuchar música, se sacó los auriculares y apagó todo. Caminaba lento, cansino, perdiendo la carrera imaginaria con la vampira novata. El auto de los profesionales seguía dando vueltas a la manzana, el profesional bonachón lo saludó con un bocinazo, Jey Jey le devolvió el saludo con los dedos en V alzados.

No comments

LEAVE A COMMENT