Historias sin punto final
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#19 · El traga fuegos

Por Juan Duacastella

Ilustración Johny John

 

Sonó el teléfono justo cuando Román había salido a fumar al patio trasero de la comisaría. Miró la pantalla pero no reconoció el número. Apagó el cigarrillo con el pie, fastidiado. Llevaba 7 horas trabajando y había atendido una docena de casos. Era psicólogo en una comisaría de la mujer en Paso del Rey, y además de las horas regulares que tenía por delante, esa noche le tocaba hacer guardia hasta el amanecer. Atendió.

 

Era Marian, una antigua compañera de facultad, que lo llamaba para preguntarle sobre unos libros que necesitaba para su tesis, y decía estar segura de que Román los tenía. Hacía mucho que no hablaban, aunque habían sido muy cercanos mientras estudiaban, así que Román propuso llevárselos en la semana y aprovechar para tomar un café y ponerse al día. Ella se rió y le dijo, hace mucho que no estoy en Buenos Aires, ¿no te acordás? La verdad que no se acordaba. Pero si hablamos y te conté que me había vuelto a Ushuaia, hablamos de mi trabajo, y eso fue hace como dos años ya. Román se disculpó. Venía durmiendo poco hacía un par de semanas. El trabajo lo tenía mal, y las noches en que no tenía guardia con el 911 se las pasaba despierto sin poder conciliar el sueño, fumando cigarrillos en la oscuridad, pensando en los casos que había atendido durante el día. En eso entró una policía al patio y le hizo una seña, tenés gente. Román suspiró, y se encontró diciendo: necesito vacaciones. Lo dijo sin pensarlo, como una expresión de cansancio, pero su amiga se quedó callada un rato, y después de preguntarle si estaba bien le propuso ir unos días a Ushuaia a visitarla. Román tenía unos días de vacaciones pendientes, y necesitaba un escape, así que accedió y esa misma tarde compró los pasajes, para no arrepentirse. A la mañana siguiente, cuando se tomó el tren para ir a trabajar, se sintió entusiasmado por primera vez en mucho tiempo.

 

Lo que no le dijo a su amiga es que estaba empezando a preocuparse seriamente por su salud mental. Venía en picada. En el último año su ánimo se había ido avinagrando, y se había vuelto cínico e irritable. Además, después de haber atendido centenares de casos y haber escuchado las historias más terribles, su visión de la vida se había nublado. Era como si llevara delante de sus ojos el cristal de las ventanas de la comisaría. Con el tiempo se había dado cuenta de que los casos de violencia se parecían todos entre sí. Es decir, cada drama tenía su particularidad y era único, pero a la vez, todos repetían los mismos ritmos, como si fueran improvisaciones de músicos distintos sobre los mismos compases. Cientos y cientos de casos. Empezó a notar que estaba tan tomado por la situación, tan atento a ciertos gestos y detalles que los encontraba también fuera de su gabinete, entre la gente que conocía, compañeros de fútbol, de trabajo, entre sus amigos y parientes. No lo podía evitar. Incluso a veces, viajando en el tren o cenando en algún restaurante se encontraba reconociendo sin querer los detalles sutiles que denunciaban una historia violenta prolijamente ocultada. Era enloquecedor, y Román como psicólogo sabía que eso no era solamente una expresión.

 

No era su primera vez en avión pero aún así el aterrizaje lo puso nervioso. El aeropuerto de Ushuaia está montado justo sobre el borde del mar, y Román vio por la ventana como el avión iba descendiendo sobre el agua helada del sur, sin ninguna pista de aterrizaje a la vista, hasta último momento, donde aparecía gris y contundente el asfalto salvador para que el avión apoyara suavemente sus ruedas. Ese detalle y el frío que lo invadió apenas bajar le hicieron darse cuenta de que escapándose, había llegado hasta el fin del mundo. No podía imaginar un lugar más adecuado.

 

Su amiga lo recibió de la mejor manera. Había preparado un rico desayuno, y después de un rato de charla lo acomodó en un cuarto cálido y confortable y se despidió hasta la tarde porque tenía que trabajar. Le dejó además un juego de llaves y unos folletos turísticos. Pero Román estaba cansado y esa tarde se limitó a prender bien la estufa, cerrar las pesadas cortinas y tirarse a dormir. O al menos eso intentó. Su insomnio había empeorado desde el asesinato de Gabriela, una de sus pacientes, hacía dos semanas. Los pocos momentos en que cerraba los ojos, se encontraba soñando con ella, con su voz pidiéndole ayuda, con su cuerpo rociado de bencina encendido fuego, con los gestos pequeños que usaba para acomodarse el pelo cuando venía a las consultas. Con su sonrisa breve. Con su cadáver en la morgue del hospital de Moreno, tapado con una mantita azul.

 

Por la tarde salió a pasear y se asombró con la mezcla del paisaje montañoso y el viento que traía olor a mar. Llegó hasta el puerto y vio gigantes cruceros atracados desde los cuales bajaban grupo tras grupo de turistas americanos y europeos, sonriendo y sacando fotos, hablando a los gritos en su idioma, mostrando los dientes e invadiendo por un rato las callecitas del centro histórico de la ciudad. Se dedicó a seguirlos un rato desde lejos para pasar el tiempo, y vio cómo se amuchaban en las casas de té y pedían chocolate caliente con pastelitos de ruibarbo o frambuesa. Todos tenían grandes camperas gordas e infladas y Román estaba bastante desabrigado así que se compró un gorro de lana de guanaco y una bufanda marrón que todavía conserva. Estaba disfrutando el paseo y entró a una tienda de regalos a comprar un encendedor porque había perdido el suyo. No tenían de los comunes, aunque le ofrecieron una variedad de encendedores con recuerdos de ushuaia. Eran encendedores de bencina. Se llevó uno plateado que decía “Isla Redonda” y tenía en el frente grabado un detalle de la isla en cuestión con gigantes gaviotas volando encima. Mirado bien de cerca, el grabado además mostraba una pequeña cabaña en la orilla, y un fueguito adelante, como si el artista hubiera querido agregarle un detalle cálido al paisaje.

 

Cuando regresó a lo de su amiga notó que había varios autos estacionados afuera. Era su familia que había venido de Río Grande a pasar el fin de semana. Su amiga los presentó: mis padres, mi hermana, su novio, qué tal, cómo están. Román dio besos y estrechó manos, sonrió y respondió preguntas con cordialidad. Le sirvieron un café gigante y lo sentaron en los sillones frente al hogar. El fuego chispeaba y los troncos se quejaban antes de quebrarse en pequeños trozos anaranjados. Luego alguien empezó a preparar una picada y le trajeron una copa de vino y la charla siguió fluyendo con naturalidad, entre risas y anécdotas que Román y Marian recordaban de la facultad. Para la hora de la cena se sentía contento y feliz de haber aceptado la invitación. Le sirvieron una carne riquísima que tenía cerveza y azúcar negra encima, y todo estaba delicioso. Cuando terminaron de cenar, el padre de su amiga descolgó una guitarra de un ganchito que había en la pared del living y se puso a cantar tangos y valsecitos. Después le pasó la guitarra a Román que tocó unas chacareras a pedido, lo mejor que se acordaba y cuando finalizó su turno le ofreció la guitarra a Marian, quien le señaló al novio de su hermana: él toca bárbaro, dijo mientras el tipo se negaba secamente con un gesto. La hermana tomó la guitarra y le insistió, dale Gustavo. Pero él se limitó a beber de su copa sin mirarla y la dejó colgando con la guitarra en la mano. Román lo vió a los ojos y no pudo evitarlo. Malditos detalles.

 

Esa noche volvió a soñar con Gabriela.  Ella entraba a la comisaría e iba directo a su gabinete y empezaba a increparlo. Para qué te conté todo si no van a hacer nada. Román se tapaba la cabeza con las manos y le pedía disculpas. También soñó con el tipo. El asesino. Soñó que le hablaba despacito con paternalismo y le explicaba lo mucho que él sufría por las locuras de su esposa, y cómo a pesar de sus delirios e inventos la seguía queriendo. Esto era bastante habitual: los maridos solían venir a la comisaría a hacer un generoso descargo, prolijamente vestidos y con toda la frialdad del mundo, daban a entender que sus mujeres estaban trastornadas, mientras ellos se desvivían trabajando para sostener a sus familias con dignidad. Los más cínicos se las arreglaban para deslizar una velada amenaza entre los algodones de su discurso, tratando de amedrentarlo.  Román los odiaba por eso. Más de una vez había fantaseado con tomar una de las armas de la sala de municiones de la comisaría y vaciarles el cargador encima. Pum pum pum. Casi todos lo días fantaseaba con eso y después se asustaba de estar pensándolo seriamente. Pero en vez de eso se quedaba callado y los oía hablar desde detrás de una cortina de lluvia. Los tipos se iban sonriendo y saludaban con educación y exagerado respeto a los policías que fácilmente compraban el personaje. Che parece buen tipo el señor al final ¿no? Era desesperante.

 

Al día siguiente Marian le indicó la dirección para ir a conocer el famoso presidio de ushuaia, uno de los paseos típicos de la ciudad. Esas cosas a Román le encantaban. El penal tenía un edificio central redondo, desde el cual salían 5 naves  hacia los costados que terminaban cada una en una torre de vigilancia. Desde arriba se veía como una media estrella: dos tiras hacia los costados, dos en diagonal hacia abajo, una central que cortaba las tiras horizontales. En uno de los patios habían construido una réplica del famoso Faro del Fin del Mundo. Por dentro, todo tenía un aire a esas películas de Alcatraz o San Quintín. Las naves tenían dos pisos de celdas individuales, con una cama y un inodoro, rodeadas por un pasillo con baranda que daba al patio central. Román se imaginó a los presos formando cada uno frente a sus celdas, se imaginó a sádicos guardias golpeándolos con malicia, se imaginó túneles en las paredes excavados con pequeñas herramientas caseras. Y también sirenas sonando de pronto en medio de la noche y reflectores iluminando círculos en el suelo mientras los perros ladraban, ansiosos de salir a perseguir a alguien y morder tobillos. Imaginó motines y tipos que prendían fuego los colchones y las sábanas. Imaginó las tiras de fuego que caían como restos de papel hacia el patio central de la cárcel y a los guardias prendidos fuego corriendo hacia la nieve.

 

Había un pabellón especial donde estaban recreadas una serie de celdas con presidiarios famosos, como el anarquista Radowitzky o el múltiple asesino Mateo Banks, quien había liquidado a ocho personas con un rifle winchester en 1922, incluidas su hermana, su cuñada y sus dos sobrinas. También estaba el célebre Petiso Orejudo, representado con una estatua a escala natural y vivos colores, mirando sombríamente desde dentro de la celda, como una figura de cera. Román pasó con un dedo por la lista de víctimas. Había varias niñas y mujeres, la mayoría. A muchas les había prendido fuego la ropa para quemarlas vivas.

 

De vuelta en lo de su amiga tuvo tiempo para tomar unos mates y charlar con ella a solas, casi por primera vez en el viaje. Román le habló de su trabajo, de la angustia que le estaba produciendo y como iba de a poco minando cada uno de los aspectos de su vida. Ella lo escuchó con dulzura y lo dejó descargarse hasta que Román se dio cuenta de que había hablado demasiado. Pero tuvo cuidado de no contarle acerca de Gabriela, de los sueños que tenía con su muerte, de las noches de insomnio donde fumando en la oscuridad se encontraba a sí mismo elaborando planes homicidas para vengarla. Era algo que no podía compartir con nadie. Marian le contó de su vida en ushuaia, de lo difícil que era también su trabajo, y de lo bueno que era tener cerca de vuelta a su familia. Cuando habló de su hermana Román detectó una sombra de preocupación en su mirada e indagó al respecto. Es su novio, Gustavo, dijo ella. Es un idiota. Anda siempre de mal humor y le arruina todos los programas. La verdad no entiendo qué hace ella con un tipo así. Román asintió y derivó la charla hacia otros lugares más convencionales, hasta que llegó el resto de la familia. Antes de eso, Marian le dijo, mañana tengo pensado un paseo genial.

 

 

Al otro día salieron en auto Román, Marian, la hermana y Gustavo. Manejaron hasta las afueras de la ciudad, en el empalme con la ruta 3 y luego siguieron un poco más hasta ingresar al parque nacional tierra del fuego. Entre los bosques Román vio varios arroyos con diques naturales hechos por los castores. Acá son una plaga, le comentó Gustavo. Román asintió en silencio, pero Gustavo continuó, hay una época del año en que te dejan venir a matarlos porque dicen que están arruinando al ecosistema. ¿No está buenísimo? Su novia lo amonestó, ¿qué cosa te parece buenísima de venir a matar animales? Pero Gustavo se había embalado y seguía, olvidate… sabés que lindo, venís acá y pum pum repartís tiros para todos lados, y mientras lo decía se reía con una risa subida de volumen, desfasada, y su novia le decía basta nene, ay callate vos si no entendés nada, le respondía él, y después de cada comentario malicioso volvía a reírse fuerte, como dando a entender que era todo un chiste y que estaba exagerando. Marian miró a Román de reojo mientras manejaba. Román estaba pensando en la idea de tener un día permitido para matar en un parque nacional.

 

Cuando estacionaron, Marian le indicó un muellecito con un cartel que decía bahía ensenada y al fondo, en el mar, se divisaba una pequeña isla. Allá vamos, dijo. Román la reconoció: era la isla redonda que tenía grabada en su encendedor de bencina. En el muelle, esperando, había un grupo de amigos y amigas de Marian que iban también a hacer la excursión. Uno de ellos era además el cuidador de la isla, y junto con su hermano los cruzaron en dos gomones. Pusieron también bolsas de dormir y unas heladeritas con bebidas y comida. Aunque la isla sólo estaba abierta durante el día para los turistas, ellos iban a pasar la noche ahí, en la casa de los amigos de Marian que oficiaban de caseros. En la isla había varios senderos para recorrer, con miradores como balcones que daban al océano entre los árboles del bosque y puntos de avistaje de aves y cosas así. También había una pequeña estafeta postal, la más austral del mundo, y muchos turistas aprovechaban para enviar desde allí una postal o una carta. Un muchacho con pinta de hippie se ofrecía además para colocar un sello en el pasaporte que aseguraba que uno estuvo en el fin del mundo.

 

Se acomodaron en dos cabañas muy rústicas, como refugios de montaña, y salieron a pasear. A la tarde vieron como los turistas iban retirándose de a grupos en los gomones, y la isla se fue vaciando hasta que quedaron sólo ellos, que eran un total de diez personas. Los cuidadores prendieron un gran fuego y se pusieron a hacer un asado mientras los amigos de Marian tocaban la guitarra y cantaban. Román caminó hasta la punta del muelle y se sentó a ver el atardecer sobre el mar. Prendió unos puchos y se quedó ahí hasta que el muelle se puso oscuro y casi no se veía la tierra del otro lado. Estaba por volver cuando escuchó una discusión que le traía el viento. Trató de ver de dónde venía pero no lo logró. Entonces se quedó quieto, tratando de evitar hasta el compás natural de su cuerpo para que no crujieran las maderas del muelle y cerró los ojos. Reconoció las voces: eran Gustavo y su novia, la hermana de Marian. No podía entender exactamente lo que decían pero interpretó los tonos que tanto conocía. Él la increpaba por algo, ella se defendía, él se enojaba, ella lo tranquilizaba. El ritmo de siempre. Finalmente desandó el camino del muelle y regresó hasta donde estaban las cabañas y el fuego. En el camino se cruzó con la hermana de Marian que pasó secándose las lágrimas pero no lo vió. Siguió unos pasos más y se topó con Gustavo, que salió de la nada en la oscuridad, al punto de que casi se chocan. Parecía alterado.

 

Le preguntó si había visto a su novia y Román mintió. No la vi. Gustavo hizo un gesto con los hombros y después se despachó. Que se joda ¿no? Román trató de no ejercer ningún movimiento facial que le diera a entender a Gustavo que había complicidad entre ellos. Pero Gustavo siguió hablando: le encantan las escenitas. Román permaneció rígido como una estatua de hielo, esperando que no se le notasen las ganas que tenía de mandarlo a cagar. ¿Tenés un cigarro? le preguntó y Román le alcanzó mecánicamente su atado sin decir una palabra. Gustavo encendió un pucho, dio dos o tres bocanadas y mirando hacia el mar preguntó: ¿che y te estás cogiendo a mi cuñada, no? Silencio. Mentalmente se había puesto a resguardo y lo miraba desde atrás de los glaciares del fin del mundo. Te digo una cosa, yo la conozco, es igualita a la hermana: histeriquea un poco, pero en el fondo le encanta que se la cojan. Lo dijo con naturalidad, sin maldad aparente, como si fuera un comentario correcto, como si fuera un favor o un dato especial que le estuviera acercando a Román. Estaban parados en medio de la oscuridad, y apenas si se veían las caras, alumbradas por el fulgor de los cigarrillos cuando pitaban.

 

Román se asustó de las ganas que tenía de matarlo. Se encontró pensando realmente en las posibilidades de asesinarlo allí mismo, en esa isla en el fin del mundo. Lo miró y se dio cuenta de que lo odiaba aunque recién lo conocía. Lo odiaba en nombre de todos los tipos que pasaban por la comisaría. Y también lo odiaba, o principalmente, porque reconocía en ese tipo repulsivo muchos gestos propios, porque le devolvía una imagen de sí mismo que no quería ver, como un espejo maldito.  Lo miró entre las sombras, parado en la orilla del mar, y pensó en empujarlo al agua. Gustavo, en la suya, terminó el cigarrillo y lo arrojó lejos antes de irse.

 

Por la noche y mientras circulaba el asado y los vinos, los amigos de Marian empezaron a hacer una especie de varieté circense. Había unos que hacían malabares, otros que caminaban sobre sus manos e incluso una chica rompió varias botellas y haciendo pasos de baile como un mimo, caminó sobre ellas ida y vuelta sin hacerse ningún daño. Marian se acercó y le preguntó si había visto a su hermana. Román le contó la situación que había escuchado en el muelle y Marian se fue a buscarla en el bosque, detrás de las cabañas. Román buscó a Gustavo, estaba ahí en la ronda, visiblemente bebido, cantando con los guitarristas.

 

Le pasaron un faso, y después otro. Entre eso y el vino la mente se le embotó un poco. Todos se reían y la pasaban bien. Marian regresó y le dijo, ya la encontré pero está enojada. No quiere salir de la cabaña. Román asintió. Estaba un poco mareado. En eso alguien dijo: me dijeron que el porteño recita poesías, y todos se dieron vuelta para mirarlo y empezaron a aplaudir pidiendo que leyera algunos poemas. Román trató de negarse pero ya era tarde. Buscó su mochila y sacó un cuaderno donde tenía, entre los casos de la comisaría, los últimos poemas que había escrito. Antes de leer alguien le alcanzó un jarrito de loza que tenía un sospechoso té con varias raíces flotando. Marian le hizo un guiño y entonces Román se lo bebió.

 

Leyó el poema del hombre que viaja a la Antártida y toma cristal, y todos los aplaudieron. Leyó un poema sobre un viaje con su hija en auto, por la costanera. Leyó un poema de amor y otro dedicado a los testigos de jehová que lo visitaban todos los sábados. De pronto se dio cuenta que había tomado ritmo y su mente se había despejado. Terminó su lectura con una reverencia y regresó a sentarse con una sonrisa de oreja a oreja que no podía disimular. ¿Que me dieron? Todos se rieron y Román notó que estaba faltando Gustavo. Hizo un gesto como que salía para ir al baño y se acercó despacito a una de las cabañas. Apoyó la espalda contra los troncos, sentado en el piso, debajo de la ventana y escuchó las puteadas. Cerró los ojos y contuvo la respiración, sopesando todos y cada uno de los insultos que Gustavo le arrojaba a su novia. Finalmente lo vio salir de la cabaña, cuidándose de no dar un portazo y apenas puso un pie afuera lo vio esbozar una sonrisa falsa. Llegó hasta el fogón y se sumó como uno más a la algarabía, como si nada hubiera pasado. Lo recibieron con aplausos y gritos.

 

Román se quedó un momento más ahí, sentando en la oscuridad, escuchando el llanto que venía desde la cabaña y las risas que llegaban desde el fogón, sintiendo que dentro suyo crecía una planta carnívora que llevaba meses germinando y que ahora luchaba por salir a la superficie; como si dentro suyo tuviera el fuego de un volcán ardiente que se había ido llenando de a cucharitas, todos los días en su consultorio, y que ahora no tenía otro escape que el estallido. Cerró los ojos y se dio cuenta de que si no hacía algo pronto iba a enloquecer.

 

Se acercó tambaleando hasta el fogón y en el camino fue tocándose los bolsillos, fantaseando con encontrar un motivo para pelearse con Gustavo y hacerle daño. Ahí abajo unos chicos habían empezado a hacer malabares con clavas encendidas. Lo único que encontró fue el encendedor de bencina que había comprado el día anterior. Lo miró un segundo y la luna le devolvió el reflejo plateado de la isla grabada en el frente, con la misma cabaña y el mismo fogón en donde estaba ahora. De pronto sintió que su vista se agudizaba y pudo verse a sí mismo también grabado sutilmente en el frente del encendedor. Lo apretó con el puño cerrado dentro de su bolsillo y se acercó lentamente a la luz, justo cuando los chicos empezaban a realizar ese acto de lanzar fuego por la boca.

 

Román los observó un momento. Tomaban cada uno un trago de una botellita con un líquido azul, y empuñando una varilla con fuego lanzaban una bocanada naranja al cielo. Era tan fuerte que las estrellas se apagaban por un segundo y el calor del fuego les llevaba una brisa de aire caliente a la cara. Todos aplaudieron maravillados menos Román, que tenía la vista fija en Gustavo y a la vez, como si pudiera atravesarlo con los ojos miraba más allá, y veía la silla de la comisaría en donde atendía y la larga fila de mujeres que a veces llegaba hasta la esquina, y todavía más allá; veía a Gabriela que le pedía por favor que la ayudara, que hiciera algo, que no la dejara morir noche tras noche en sus pesadillas. Tuvo por un instante la absurda tranquilidad de quien ha tomado una decisión límite. Su mente estaba limpia y pensaba con claridad por primera vez en varias semanas. Ni un ápice de culpa lo invadió en esos segundos previos de fantasía homicida.

 

Volvió a prestar atención a la escena del fogón y vio que ahora Gustavo estaba preparándose para lanzar fuego y arengaba a la gente para que lo aplaudiera. Todos coreaban su nombre, pero Román estaba en silencio, con la mirada perdida y la mano apretada en su bolsillo. Gustavo lo señaló como pidiéndole apoyo pero Román no se inmutó, entonces Gustavo le dijo: maestro, pasame el fuego.

 

Con una media sonrisa Román arrojó su encendedor plateado que pasó volando sobre el fogón y aterrizó en la mano de Gustavo, quien encendió la varilla y volvió a arengar a la gente. Hizo un giro sobre sí mismo agitando con su mano libre a cada uno de los integrantes de la ronda. En la boca ya se le veía el buche preparado cuando la vuelta sobre sus talones lo puso de frente a Román, quien en vez de aplaudirlo le hizo un gesto mínimo, cruzando el dedo índice por debajo de su cuello. Y entonces vio en los ojos de Gustavo un segundo de duda fatal, justo antes de escupir el fuego.

 

La llamarada subió mucho más alto que las anteriores y todos hicieron un movimiento reflejo hacia atrás y luego gritaron asombrados. Pero cuando bajaron la vista, Gustavo tenía el rostro encendido fuego y agitaba las manos pidiendo ayuda. Era una visión fantasmagórica. Los primeros en llegar hasta él trataron de apagarlo con las manos, golpeándolo en la cara sin éxito. Alguien gritó, llévenlo al agua, pero había varios metros hasta la orilla y los segundos pasaron mientras Gustavo era una antorcha viva que daba vueltas sobre su eje. Finalmente alguien tuvo la lucidez de quitarse la camisa, y arrojándolo al suelo logró apagarlo.

 

Hubo un segundo de silencio atroz, silencio de muerte, de miedo. Después volvieron los gritos, la desesperación y el impacto. Todos menos Román se acercaron a verlo. Más tarde esa misma noche, uno de los gomones partió con urgencia hasta ushuaia. El resto se quedó a dormir ahí pero casi ninguno pudo conciliar el sueño.

 

A la mañana siguiente Román escribió una carta desde la estafeta postal más austral del mundo, y la despachó dentro del buzón rojo.  Recién volviendo en el auto le dijo a Marian que acababa de renunciar a su trabajo.

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