Historias sin punto final
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#24 · El traje vacio

Por Javier Pereyra

Ilustración Sofi López Di Fabio

 

El teléfono de línea sonó y antes de que me diera cuenta estaba de pie, semi desnudo y comenzaba a bajar las escaleras, descalzo. Mientras avanzaba a oscuras por el pasillo central de la casa, rumbo a la cocina, intenté encender alguna de las luces, accioné las llaves, arriba, abajo, pero no hubo caso. ¿Se habría cortado la electricidad en algún momento de la noche, luego de que yo me había ido a dormir, o estarían quemadas las lámparas? Esto último me pareció menos probable porque mi padre siempre ha sido meticuloso en el mantenimiento de su casa, por la que siente una especie de orgullo tal vez mayor que el que jamás demostró por su propio hijo.

 

El teléfono continuaba sonando. Había contado ya cuatro timbrazos. No recordaba si mis padres tenían o no contestador; yo quería llegar antes de que se accionara la respuesta automática. Si la llamada hubiera sido al teléfono móvil habría mirado quién era el que llamaba en ese horario absurdo y dejaría sonar el aparato sobre la mesa de luz, sin mayor sobresalto. Pero en cambio la llamada venía del piso de abajo, a un millón de kilómetros de mi sueño y de las sábanas tibias. Mi padre había sido tan intransigente en ese asunto como lo era con todo lo demás: no quería más que un solo aparato y en el lugar de la casa que menos frecuentaba, la cocina. No le gustaban las interrupciones mientras leía en su sillón del cuarto que hacía las veces de recibidor, biblioteca y estudio. Los amigos de la familia sabían que si llamaban en el horario de la cena no serían atendidos y en caso de que insistieran demasiado recibirían un brusco “perdón, estábamos cenando”. Tampoco permitió que instalaran un terminal en su habitación del piso superior, aun cuando alguna vez haya tenido que hacer el camino que ahora me tocaba recorrer.

 

Era probable que fuera pasada la medianoche; era sábado y sonaba el teléfono de línea. Solo podían ser novedades sobre la salud de mi padre. Tres días antes, la voz de una mujer me informaba desde una clínica que lo habían internado de urgencia y que mi nombre figuraba como contacto entre los documentos que él llevaba encima. No dio mayor detalle sobre la gravedad de su estado, pero dejó claro que la situación requería de la presencia de un familiar o alguien cercano. Mientras escuchaba su explicación, yo no conseguía imaginar por qué se comunicaban conmigo en lugar de hablar con mi madre, que vivía en la misma ciudad que él y que seguramente llegaría más rápido que yo, que vivía en Buenos Aires, a cuatrocientos kilómetros de distancia. Se lo pregunté, pero la mujer apenas se molestó en responder que solo mi nombre aparecía entre los papeles de mi padre y que no tenían manera de conocer la existencia de otros parientes. El tono de la respuesta no ocultaba fastidio e imaginé un cuerpo para esa voz y le puse un rostro que se desfiguraba en una mueca de desprecio. Respondí que iría lo antes posible y colgué.

 

Me llevó un buen rato dar con mi madre, que a diferencia de mi padre sí tenía celular, contarle del llamado de la clínica, prometerle que iría sin falta. Luego vinieron las explicaciones en la oficina, la reserva de vuelo, la espera en el aeropuerto. Había llegado hacía dos días a Mar del Plata en medio del Festival Internacional de Cine, los hoteles estaban llenos y mi madre insistió en que me quedara en su casa, que había sido mía en otra vida, cuando yo no era el que soy. Ella mientras tanto estaba quedándose en casa de una amiga cercana, a dos calles de la clínica donde estaba internado papá. No hubo manera de arrancarla de la sala de espera durante esos días. Mamá no podría perdonarse estar ausente en el momento en que él despertase y atenderlo como había hecho los últimos cuarenta y cinco años. Yo había estado con ella hasta hacía unas horas, cuando volví a la casa a comer un bocado, cambiarme de ropa, dormir un poco.

 

Tenía el auricular apoyado sobre mi oído y escuchaba la respiración entrecortada de mi madre. Tenía que decir algo, romper el silencio que amenazaba con extenderse al infinito.

 

–¿Mamá?

 

Hubo todavía unos segundos de silencio. Cuando por fin habló lo hizo como quien vence una cima enorme y logra apenas mantenerse en pie.

 

–Murió.

 

No dijimos nada más. Hubo un fulgor, bramó un trueno e hizo temblar los cristales de las ventanas. Entonces me di cuenta de que estaba lloviendo a cántaros, había viento y yo estaba tiritando.

 

–Murió –repitió mi madre, como quien trata de ponerle nombre a lo indecible.

 

Me costó trabajo desatar el nudo que amarraba mi lengua. Por un momento, creí haber olvidado mi propio idioma, pues solo podía sentir el peso del bloque de silencio que cabía entre mi madre, yo y las cinco letras en las que se había convertido mi padre.

 

–Llamo un taxi y voy para allá.

 

Mamá dijo que no hacía falta, que ya no había nada  que hacer y que no tenía sentido que saliera en medio de la tormenta. Me explicó que en la misma clínica tenían servicio fúnebre y que le iban a entregar el cuerpo al día siguiente, antes de mediodía. Me encargó que buscara en el ropero del cuarto de ellos la funda de cuero en la que mi padre guardaba sus trajes, que eligiera el que me pareciera más bonito y que a media mañana pasara a buscarla por la casa de su amiga.

 

Luego de colgar me quedé un rato parado con la cabeza apoyada en el marco de la puerta, junto al teléfono. Tenía los pies ateridos y me castañeaban los dientes. Volví a la cama pero no hubo manera de conciliar el sueño. La tormenta resonaba como un concierto de voces en la casa vacía; esos truenos y temblores en la penumbra parecían marcar con relámpagos el ritmo de las imágenes que se amontonaban detrás de mis ojos.

 

Antes de que amaneciera me levanté y me di una ducha. Fui al dormitorio de ellos, abrí el ropero y recorrí con la vista la ropa de mi padre. En un extremo, impecable, colgaba la funda de los trajes. Escogí uno azul con finas rayas grises, una camisa blanca, una corbata a tono, zapatos negros y bajé a la sala, tomé mi valija y salí a la calle. Había parado de llover, pero el cielo todavía seguía nublado.

 

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