Historias sin punto final
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#8 · Hasta donde van

Por Ornella Sersale

Ph. Alejandro Chaskielberg

 

-¿Hasta dónde van? 
-Beltrán 740, y de ahí directo al centro de Monte Grande.
-¿Eso es en calle de tierra? Mirá que no entro hasta ahí. Te dejo a una cuadra, en el asfalto, y después sigo con tus amigos.
-¿Ahora me lo decís? ¿Por qué no me avisaron cuando pedí el remis? 
-Si no te gusta te podés bajar. A calle de tierra no entro, se me hace mierda el auto.

Son las 3 de la mañana y tengo un par de birras encima. Yo, que no aguanto callada ni 5 minutos, me contengo y sigo el viaje sin hablar. Lucas y Cami me miran para ver cómo reacciono, y la verdad es que un poco canchereo porque es obvio que no me van a dejar ahí tirada. Todo bien con el auto que se rompe, pero es tarde y está todo oscuro. Mi vida vale más. “Seguro se arrepiente a mitad de camino”, pienso mientras avanzamos. Qué ingenua.

Hace frío y los chicos van abrazados porque un poco se gustan. Me da ternura que aprovechen cualquier situación para estar cerca. Más cerca. Yo miro por la ventana y pienso en que ahora, cuando llegue a casa, tengo que tratar de embocar la llave en la cerradura sin hacer mucho ruido. Ya el otro día mi vieja se levantó gritando porque abrí la heladera y se me cayó un plato al piso. No quiero que pase lo mismo.

“Llego hasta acá”. La voz del remisero me hace volver al auto, a mis amigos, a la calle de tierra. Recién ahora me empieza a preocupar la situación. “¿De verdad no me vas a llevar? Me da miedo caminar sola”. Los tres lo miramos con cara de circunstancia y le pedimos por favor que haga una excepción. Le explicamos que es un sólo una cuadra, que si se le rompe el auto le pagamos el arreglo; pero no hay caso. “Ya fue, chicos, me bajo. No le voy a seguir rogando a este tipo”. Lucas amaga a acompañarme, pero Cami lo mira mal porque está un poco celosa y él sabe que se tiene que quedar si quiere terminar la noche bien. Ahí entiendo que, bueno, tan amigas no somos, y no me queda otra que caminar esos 100 metros si quiero acostarme en mi cama a dormir. “Che, mandanos un mensaje cuando llegues así nos quedamos tranquilos”. ¿Ahora se hace la preocupada? No estoy en condiciones de discutir y le digo que sí con la cabeza, pero ésta no se la perdono. Es mujer, sabe a lo que me estoy exponiendo y no se solidariza.

Abro la puerta, piso la calle con el taco y se hunde un poco en la tierra. Ayer llovió y está todo embarrado. Espero no tener que correr. El motor arranca, el acelerador suena, y ahora lo único que escucho es mi respiración. Estoy sola, tan cerca y tan lejos de casa que quiero llorar. Trato de convencerme de que no estoy asustada. Pero el cuerpo me pincha y la garganta se me cierra. Tres, cuatro, cinco pasos. Me viene a la mente Lucía. Estoy borracha pero me acuerdo. Un sábado como hoy la empalaron en Mar del Plata y murió de dolor. Pienso en Ángeles, en Melina. No quiero ser la próxima. Rezo por adentro y ni siquiera creo en Dios. Ni un alma camina por acá. Ni una luz, ni un negocio, ni un auto. Aunque no sé qué es peor. ¿Llego a escuchar un ruido y qué hago? No tengo respuesta, así que trato de no resbalarme y caminar más rápido. Ya llego. De verdad ya llego. A veces me da una bronca creer que puedo hacer todo sola, porque en serio lo creo y después me decepciono.

Saco las llaves del bolsillo y giro la cabeza 361 grados para chequear que nadie entre conmigo. Estiro el brazo, lo estiro mucho, toco la manija de la puerta. El corazón me late fuerte y siento que en cualquier momento lo escupo. Le erro un par de veces a la cerradura hasta que logro que de una vuelta y siento una felicidad que pocas veces sentí. Ya está; estoy en casa. Ahora quiero hacer ruido. Despertarlos a todos. Quiero gritar que estoy viva. Que a Cami no me la banco ni un poco y que Lucas es más cagón que yo. “Llegué bien”, le escribo a ella en el chat. Pero lo borro, y se lo mando a él.

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