Historias sin punto final
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#21 · Hay que aprender a jugar al Tetris

Por Azul Zorraquin

Ilustración Ja Ant

 

Se nos vino la noche, suspiró mi abuela cuando la infidelidad de papá se hizo de público conocimiento. Carmen mal-usaba la noche como metáfora de catástrofe. Para mí la noche no es ni siquiera sinónimo de oscuridad; de chica soñaba con ser murciélago. Pero mi abuela creía en la paloma blanca, el amor eterno, las bodas de oro, la media naranja. A mí, honestamente, el casamiento para toda la vida siempre me pareció un compromiso imposible y demasiado pretencioso. Tuve padres separados y yo misma experimenté la ruptura del amor verdadero, ese que parecía inquebrantable. La soga se cortó y fui reemplazada por otra persona que no solo se me parece, sino que usa el apodo que solía ser mío. Pero lo que fue mío ya no me pertenece, y al final todas son repeticiones colectivas; bebé, amor, reina, princesa. Todas somos ellas.

 

Después de llorar en los baños públicos sobre el hombro de mis hermanas, y frenando el auto en balizas en plena avenida porque las lágrimas salpicaban como una canilla medio rota, cada tanto, decidí emprender un viaje. Con el corazón roto –perdónese el cliché– y la esperanza no del todo diluida, partí a Estados Unidos sin pasaje de vuelta. Desde entonces, encontré al amor de las formas más bizarras, absurdas e imperfectamente perfectas.

 

Primero lo encontré –o me encontró– en una calle de New York. Mi amiga Palma estaba desesperada por encontrar un actor; tenía que filmar un corto al día siguiente y el original se había dado de baja. Me estaba acompañando a la estación de subte después de dejar los equipos en su departamento. Era tarde. En eso, al tipo que caminaba adelante mío se le cayó un papel. Lo levanté y tuve que correrlo un poco porque iba bastante apurado. Estuve al borde de ceder, pero me comprometí a la buena acción del día. Le toqué la espalda y le dije, señor, (¿por qué siempre me dirijo así?) se te cayó esto. Estiré la mano para dárselo y, cuando lo agarraba, espié el papel que estaba cuidadosamente doblado, de pura chusma. Estaba resaltado. Un guión, fue lo primero que pensé. Impulsivamente le pregunté ¿sos actor? El tipo se quedó mirándome, confundido. Me dijo que sí. Le prometí que no le había robado el papel, ya que todo parecía un plan pensado cuidadosa y estratégicamente por nosotras. Nos reímos, porque no era más que una ridícula casualidad. Le pregunté si podía actuar en el corto de Palma, que era a las ocho de la mañana del día siguiente. Ocho de un sábado. Tenía el no asegurado. Pero Michael no lo dudó, dijo que sí. Para mí creyó que era una señal del universo, la que nos encontraba ahí. La actriz terminé siendo yo, ya que chica en la calle no conseguimos, habría sido demasiado. Era mi primera vez, y sin embargo tuve que hacer de prostituta y chapármelo en la ducha. La pasé bien, fue una experiencia emocionante. Después, él me invitó a salir. Fue loco porque primero intimamos delante de las cámaras, y después nos conocimos. Igual, mi generación funciona así, así que, qué más da. Con Michael salimos dos meses. Después, y como era de esperar, el amor se esfumó y le expliqué que no quería estancarme.

Como estaba lejos de casa, decidí descargar la espectacular aplicación Tinder; un poco por intriga, un poco por sed. Total, nadie me conoce, fue mi pensamiento. Mis dedos aprendieron a moverse rítmicamente hacia la izquierda, en general, y en ocasiones especiales, hacia la derecha. La derecha equivale a “me gusta”, aunque lo que te gusta es la foto, el físico o la cara. Me daba adrenalina elegir una cara de forma violentamente superficial, y que a su vez, las caras me eligieran a mí. Lo mío, encima, era puro marketing: brazos photoshopeados, piernas estiradas, anteojos enormes, y sonrisas falsas. Adam me dio un “súper me gusta”, así que decidí darle una chance, aunque en algunas fotos no parecía para nada atractivo. Charlamos un rato por chat y después me invitó a salir. Llegué nerviosa al bar donde me citó, creyendo que quizás era todo una trampa y que ahí no iba a haber nadie esperándome. No entendía bien qué estaba haciendo, ni por qué; sentía que estaba por pisar una abeja descalza. Empujé la puerta del bar y la encargada me preguntó si necesitaba una mesa. Estoy con alguien, le dije. Internamente me estaba riendo a carcajadas porque no sabía quién era ese alguien. No sabía ni si lo reconocería. Pero ahí lo vi, sentado en la primer mesa. Me sonrió, y era más lindo que la foto. Atravesé toscamente la mesa vecina y, cuando me senté, con la mochila golpeé una copa y se estallaron cien vidrios en el piso. Con los cachetes bordó me reí y pretendí estar cómoda cuando lo único que quería era esfumarme. Sorprendentemente, fue una de las mejores citas de mi vida. Aún teniendo que hablar en inglés nos entendimos con gestos y miradas sensuales. Adam me tocó la pierna por debajo de la mesa y yo tenía unas calzas de cuero afrodisíaco. Me alegré de habérmelas puesto. Después fuimos a tomar otra copa de vino a un hotel y terminamos alquilando un cuarto con vista a toda la ciudad: algo que jamás habría hecho con un “extraño”. Bailamos música latina arriba de la cama e hicimos el amor miles de veces, como si nos conociéramos hace mucho. Adam tenía tatuado un vampiro en la ingle. Desgraciadamente, mi vuelo hacia Los Ángeles salía al día siguiente. Fui a su casa a despedirme, y estratégicamente me olvidé un certificado de la facultad en su mesa de luz, junto a su tocadiscos. Sabía que si lo guardaba, tendríamos un encuentro pendiente asegurado. Efectivamente lo guardó y todavía sigue pendiente, eso es espectacular.

 

Una vez más, partí. Aterricé en la Costa Oeste con varias dudas, pero elegí alegrarme porque tenía trabajo garantizado por dos meses en una ciudad que no conocía y que me enseñaría mucho. Sabía que podía volver –porque siempre se puede volver– y encima todo pasa por algo. Las casualidades pueden ser causalidades, según desde donde se las mire. Borré Tinder porque tenía claro que mi primera experiencia iba a ser insuperable. Mi mamá me enseñó que hay que saber retirarse a tiempo.

 

El tercer sábado fui a una fiesta de día. Sonaban DJs de electrónica pesada, mi peor pesadilla. Me emborraché para superar la monotonía que me genera esa música y al rato me fijé en un tipo castaño que estaba en la multitud. Tenía un buzo gris y un gorrito típico de skater. Aunque el parque era grande, él era tan alto que no me fue difícil relojear sus movimientos. Cuando llegó el momento de irnos, mis amigas me convencieron y fui a hablarle. Me le paré enfrente y automáticamente empecé a decir estupideces y a reírme, que es lo que mejor me sale cuando estoy nerviosa. El tipo me miró con aires de canchero, y en eso mis amigas me empezaron a gritar que nos teníamos que ir ya. Salí corriendo, sabiendo que nunca más lo iba a volver a ver; no le había preguntado el nombre ni había dejado un zapato atrás. Esa noche me deprimí, porque me di cuenta de que el mundo es muy grande y que hay demasiada gente. Y yo no soy Cenicienta. A la mañana siguiente chequee mi teléfono, y Blake me había agregado a Facebook. Fue un milagro. A la Cenicienta moderna la rastrean por internet. Me costó corroborar que era el chico con el que había hablado, ya que me parecía imposible que me hubiera encontrado. Diferentes nacionalidades, ningún amigo en común. Jamás le dije mi apellido. Por esos sinsentido aparentes, me descubrió. Resultó ser un científico que está terminando un doctorado en genética. A los pocos días salimos y eventualmente me enamoré por tercera vez desde que llegué a este país. En la tercera salida, con lágrimas en los ojos, me confesó que estaba casado con una japonesa. Que había sido un tema de papeles y que no estaba enamorado de ella. También me dijo que no sentía algo tan fuerte por alguien desde hacía mucho tiempo, y además me contó que tiene una extraña enfermedad llamada “sexomnia”: es un sonámbulo sexual. Podría haberme aterrado, pero me pareció fascinante la complejidad humana y cuánto se puede aprender de cada persona. Nos vimos un par de veces más, pero mi trabajo había concluido y ya no tenía más nada que hacer en Los Ángeles. Le dije que su vida iba a ser más fácil cuando me fuera. Nos despedimos llorando –qué exageración– y aunque sabía que iba a extrañarlo, también me di cuenta de que todos somos piezas de un Tetris gigante. Algunas encajan mejor que otras, pero al final se va formando un rompecabezas que puede ir cambiando de diseño constantemente. Todos somos reemplazables. Ninguna pieza es única. Las relaciones se basan en posiciones temporales; de ahí viene el famoso dicho: “un clavo saca otro clavo”. Las relaciones no tienen nada de especiales: ni la tuya, ni la mía, ni la de mis padres. Es todo parte de un juego. No me gustaría ser llamada apocalíptica, sino realista. Porque quiero ser más libre, más abierta, menos frágil. Quiero explorar al amor en todas sus capas, sabiendo que si pienso así, quizás puedo disfrutar más del presente, eso que muchos se tatúan con un carpe diem imponente pero pocos aplican. De día, de noche, de casualidad, por azar. El amor está en todos lados, y a la misma vez, es solo una ilusión.

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