Historias sin punto final
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#5 · La diligencia

Por Juan Diego Incardona

Ph. Dana Cartannilica

 

–Abuelo.

–¿Qué necesita, cachorro?

–¿Falta mucho para llegar a Corrientes?

–Unas tres horas.

–Abuelo.

–Diga.

–No puedo dormir. ¿Usted puede?

–Puedo, lo que pasa es que no quiero.

–¿Por qué no quiere?

–Estoy pensando cosas.

–¿Qué cosas, abuelo?

–Augusto.

–¿Qué?

–¿Qué edad tiene usted?

–Catorce años.

–Le voy a contar algo.

–Sí, por favor.

–Todo empezó… mejor no le cuento.

–¿Por qué?

–Porque en esa historia me muero.

–¿Qué dice? Usted está vivo, usted habla, los muertos no hablan.

–¿Alguna vez ha muerto usted?

–Que yo recuerde, no.

–Entonces no puede saberlo. Le aseguro que los muertos hablan.

–Basta, abuelo, mejor me cuenta una historia de la guerra. Por favor, usted nunca cuenta nada sobre esas cosas.

–Mire por la ventana, por allá queda Corrientes. La última vez que estuve en ese lugar no volví a irme. Allá estoy, tirado en el suelo, mirándome a los ojos con mi gran amigo Pablo Sarraceno.

–¿Cuándo fue eso? ¿Y quién es Pablo Sarraceno?

–No puedo decirle quién es Pablo Sarraceno.

–¿Por qué?

–No insista.

–Está bien, pero dígame: ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en Corrientes? Cuénteme acerca de eso.

–Llegamos a Corrientes, por el Chaco, el 7 de noviembre de 1841. Estábamos agotados. Hacía más de un mes que habíamos partido de Salta, cuando nos desprendimos del Ejército Libertador, después de la derrota de Famaillá. Éramos quinientos veteranos mandados por Ocampo y Salas.

–Abuelo.

–Diga, mijo.

–¿Usted qué rango tenía?

–En ese momento era alférez, pero el rango más importante es que todavía seguía vivo. Eso era una verdadera hazaña por entonces, sobre todo cuando, como yo, habías combatido bajo las órdenes del mismísimo General Lavalle.

–¿Al que mataron por el ojo de la cerradura?

–¡Patrañas! Esa historia la inventaron los federales, pura mentira. Lavalle prefirió pegarse un tiro antes que caer prisionero. El General había jurado “vencer o morir en la demanda”. A veces, me siento culpable, porque nosotros lo abandonamos.

–¿Cuándo?

–Como le dije antes, después de Famaillá las divisiones de Ocampo y Salas nos separamos del Ejército Libertador y emprendimos viaje hacia Corrientes para unirnos a las tropas del manco Paz. Si hubiera sido por mí, me quedaba con Lavalle hasta el final, pero yo pertenecía a un regimiento comandado por Salas y estaba subordinado a sus órdenes, así que tuve que marcharme.

 

El abuelo guardó un rato de silencio. Entre las pampas, la diligencia seguía avanzando hacia Corrientes. Entre los cielos, la noche oscurecía el oeste. El siglo XIX también se oscurecía, llegando a su fin, huía y no se detenía ni una hora.

 

Una mujer sentada frente a Augusto preguntó la hora. Un muchacho rubio, vestido de negro, sacó un reloj de su bolsillo y se apuró en responder:

 

–Son las cuatro de la mañana.

–Gracias, joven.

 

En el carro viajaba también un hombre mayor, quien permanecía durmiendo. Tenía aproximadamente ochenta años, la misma edad que el abuelo de Augusto. En total, eran cinco pasajeros.

 

La mujer, envuelta en una chalina, les ofreció galletas al resto de los pasajeros. Todos aceptaron la cortesía. La mujer quiso ofrecerle una al hombre que dormía, pero rápidamente el abuelo la detuvo con el brazo:

 

–Por favor, no lo despierte.

 

Augusto observó extrañado la situación.

 

La mujer dejó tranquilo al hombre y después le dijo al abuelo de Augusto:

 

–¿Podría continuar con su relato?

–Yo también lo escuchaba –agregó el hombre de negro.

–Bueno… regresábamos a Corrientes después de dos años. Éramos unos quinientos soldados, casi todos correntinos.

–¿Usted es nacido en Corrientes? –preguntó la mujer.

–No, yo nací en Buenos Aires en 1822, en tiempos de Rivadavia. En el ´38 me fui a vivir a Corrientes con mi padre, mi amigo Pablo Sarraceno y su pequeño hermano, quienes habían quedado huérfanos poco tiempo antes. Después de unos meses en Corrientes mi padre murió. Yo me alisté como cadete en el Ejército de la Provincia y mis amigos consiguieron trabajo como ayudantes en una carpintería. Después de un año llegó Lavalle con la Legión Libertadora, y Ferré, nuestro gobernador, lo nombró General del Ejército Correntino y puso a sus órdenes a setecientos soldados. Entre esos hombres estaba el aspirante Teodoro Manuel De Manso, quien les habla. Pasado un tiempo me nombraron alférez.

–Un gusto, don Teodoro, mi nombre es Ezcurra Sánchez de Vargas.

–Es un placer, señora.

–Abuelo, ¿quién era Pablo Sarraceno?

–Ya le dije, Augusto, no puedo darle más detalles acerca de Pablo. A su debido tiempo lo sabrá.

–Siga, don Teodoro –pidió la mujer.

–Después de que participé en largas campañas, que peleé en muchas batallas, sin padecer jamás una herida grave, estaba yendo a encontrarme con la muerte, allá por el año 1841, cuando volvimos a Corrientes.

–Disculpe, ¿a qué se refiere con “encontrarme con la muerte”?

–Ya lo entenderá, señora.

–Lo escucho, entonces.

–Cuando llegamos, el Gobernador Ferré nos recibió con honores. Luego nos trasladaron al acantonamiento del Ejército Correntino de Reserva, bajo el mando del General Paz, en el paso de Caaguazú, sobre el río Corrientes.

 

El muchacho rubio miró su reloj de bolsillo y dijo en voz alta:

 

–Son las cinco de la mañana, faltan dos horas para llegar.

–Apuremos el relato entonces. No sería bueno llegar a destino con la historia incompleta –dijo don Teodoro.

–Pero dos horas es mucho tiempo –respondió la mujer.

–Poco tiempo para contar lo que yo tengo que contar.

–Abuelo, no insista con esas cosas raras y siga.

–Antes quisiera preguntarle algo, si no es molestia –la señora de Vargas lo encaró a don Teodoro.

–Pregunte nomás.

–Yo me dirijo a visitar a mi hermana y mis sobrinos. ¿Usted y su nieto también viajan a visitar a su familia?

–En realidad don Teodoro no es mi abuelo –dijo Augusto.

–¿No?

–No, yo no tengo familia, pero don Teodoro me cuida desde que tengo uso de la razón. Él es como si fuera mi abuelo.

 

Don Teodoro pasó la mano por la cabeza de Augusto.

 

–Es cierto, él es como un nieto. ¡Las vueltas de la vida! Nunca me casé ni tuve hijos, sin embargo tengo un nieto y es todo lo que tengo, no tengo más familia que él.

–Disculpen mi insistencia, entonces, ¿cuál es el motivo de su viaje?

–No lo sé –contestó Augusto. Mi abuelo me dijo que viajaríamos a Corrientes y acá estoy, en camino.

–Si miran el campo hacia el este –dijo don Teodoro–, verán las primeras luces del amanecer. De a poco, irán mostrando los secretos que la noche escondía.

–El futuro obsesiona a la gente –agregó el muchacho vestido de negro–. Hay que dejarlo que venga solo, cuando él quiera. Tarde o temprano va a llegar, como esta diligencia a su destino.

 

La mujer y Augusto miraron por la ventana de la carreta. El viejo que dormía, ahora roncaba. Don Teodoro le preguntó al hombre de negro:

 

–¿Qué hora es?

–Son las cinco y media.

–Gracias, seguiré con la historia.

–Por favor –le pidió la mujer.

–Llegamos al campamento de Caaguazú. Estaban formando un ejército con hombres sin experiencia. Habían llamado a leva general en toda la provincia. A los jóvenes que habían cursado las primeras letras los nombraron oficiales. El manco Paz había montado una especie de escuela militar. Les decían “los escueleros de Paz”. Me llevé una gran sorpresa al descubrir que entre ellos estaban mi amigo Pablo Sarraceno y su hermano menor: los metieron en el ejército dos meses antes. Eran dos novatos. Ninguno de los dos tenía experiencia militar, pero los iban a mandar a la guerra. Así eran las cosas en esos tiempos. Pablo tenía mi edad y su hermano apenas catorce años. ¡Qué locura, mandar a pelear a un niño que jamás tuvo un sable en la mano! Me comprometí a cuidarlos, juré convertirme en sus sombras.

–Don Teodoro –interrumpió la mujer.

–Diga.

–¿Cuántos hombres eran en total?

–Con nuestro refuerzo llegamos a ser tres mil doscientos, casi todos de caballería, y también teníamos cinco cañones, pero los Federales de Echagüe venían con cinco mil hombres, mil de infantería, y doce cañones grandes. La superioridad del enemigo era abrumadora. Pero el General Paz valía más que un ejército. Su estrategia nos hizo ganar la batalla.

–¿Qué hicieron, abuelo?

–Cuando Echagüe estaba próximo a nosotros, Paz nos hizo vadear el río Corrientes por el paso de Caaguazú, dejando a los Federales el lugar donde estuvo nuestro campamento. Echagüe cometió el error de acampar allí en lugar de atravesar el río.

–Abuelo.

–Diga, Augusto.

–¿Cómo cruzaron el río con los caballos, las armas y los cañones?

–La artillería y los hombres que no sabían nadar cruzaron en unas pocas canoas que teníamos, a los demás nos dieron cueros de vaca. Con ellos hicimos una especie de cajón que llamaban “pelota”. Una vez que llegamos a la orilla del río, nos formamos por escuadrones y desensillamos, todos nos desnudamos y pusimos la ropa y las monturas adentro de las pelotas. A éstas las atábamos con una cuerda de cuero para tirar cuando nadábamos. Montados en nuestros caballos entramos en el agua. Mientras los caballos hacían pie íbamos sobre ellos, pero cuando éstos empezaban a nadar los jinetes nos tirábamos al lado y los agarrábamos de las crines o de la cola, sin soltar las pelotas que protegían del agua nuestras pertenencias. ¡Era un verdadero espectáculo! Imaginen ustedes el bufido y las respiraciones de tres mil caballos nadando a la vez. ¡El sonido era tan fuerte que estremecía!

 

El viejo que dormía cambió de posición, parecía que iba a despertarse. Hablaba en voz baja. Después, siguió roncando. Don Teodoro le preguntó al hombre de negro:

 

–¿Qué hora es?

–Son las seis y diez.

–Tengo que apurarme. Les decía que habíamos cruzado el río. Echagüe tomó nuestra antigua posición. Era, exactamente, lo que el General Paz quería. Los Federales quedaron encajonados entre los ríos Corrientes y Payubre. Entonces el manco hizo su jugada genial: ordenó que repasáramos el río y que atacáramos, sorprendiéndolos. Al centro del ejército enemigo le tiramos toda la artillería de nuestros cañones. Los demás nos lanzamos sobre las dos alas Federales. Mi división atacaba el ala derecha y a Pablo y su hermano los mandaron a combatir por la izquierda.

–¿Se separó de ellos? –preguntó Augusto.

–En un principio. Después, en la confusión de la batalla, cambié mi posición: cabalgué a toda velocidad en busca del ala izquierda. Estaba desesperado buscando a mis amigos, pero no podía encontrarlos, porque todo el lugar era una maraña de hombres matándose. Busqué y busqué, penetrando entre las filas enemigas. Mis ojos estaban irritados, por la nube de pólvora. El tiempo pasaba y yo seguía preso de la pelea. Un soldado Federal me disparó en el hombro y casi caigo del caballo. Yo pensaba en salvarme, en encontrar a mis amigos… Demasiadas preocupaciones para un momento como ese.

–¿Pudo encontrarlos? –le preguntó Augusto.

–Cuando la batalla se acababa y el triunfo ya era nuestro, vi al hermano de Pablo atrapado entre los infantes enemigos, que huían. Cabalgué a toda velocidad, pero fue en vano: una bala le dio en la nuca y murió instantáneamente. Cayó tendido en unos arbustos. Yo me quedé perplejo. Después, grité desaforado, hasta que el silencio me atravesó por la espalda. Todavía me acuerdo de ese sable, surgiendo de mi vientre. Caí del caballo. Miré al jinete que había envainado sobre mi cuerpo. Él ni me miró. Escapó rápido en busca de sus compañeros. Cerré los ojos. Al cabo de un rato, los abrí de nuevo y me vi empapado de sangre. Lo último que escuché fue la voz de mi amigo Pablo que gritaba: “¡Teodoro! ¡Teodoro!”.

–¡Teodoro, Teodoro! –se puso a gritar el hombre que dormía.

 

La mujer lo despertó y le dijo:

 

–Tranquilo, señor. ¿Por qué grita? ¿Estaba escuchando la historia?

–¿Qué historia?

–La historia que el señor nos está contando.

–¿Qué señor? Acá no hay nadie más que usted y yo.

 

La mujer miró alrededor y descubrió que no había nadie más en la diligencia. Nerviosa, aseguró:

 

–Le juro que había tres hombres más en este carro.

–Deben haber bajado del coche en algún pueblo, mientras usted dormía.

–¡Siempre estuve despierta! ¡El único que dormía era usted!

–Es cierto, he dormido profundamente y he tenido una pesadilla angustiosa.

–¿Qué soñó?

–Soné con la muerte de mi amigo, Teodoro.

 

La mujer, anonadada, le preguntó:

 

–¿Cómo se llama usted?

–Pablo Sarraceno.

 

La mujer se puso pálida, como muerta: cayó desmayada. A fuerza de aire y pequeños sacudones el hombre procuró que volviera en sí.

 

–¿Cuál es su nombre, señora?

 

La mujer respondió con voz débil:

 

–Ezcurra Sánchez de Vargas.

–Recuerdo su nombre, yo la conozco.

–¡No! ¡Yo no estoy muerta! –dijo ella, febril.

 

La diligencia se detuvo. El conductor, un muchacho rubio vestido de negro, abrió la puerta, sacó un reloj de su bolsillo y anunció:

 

–Llegamos a Corrientes justo a tiempo, son las siete de la mañana.

 

Pablo Sarraceno bajó del coche. De pie, junto a la diligencia, esperó que saliera la mujer, pero el conductor cerró la puerta. Pablo le dijo:

 

–Espere, todavía falta que descienda una mujer.

–Usted es el único pasajero.

–¿Qué dice? ¡Imposible!

 

Pablo Sarraceno abrió otra vez la puerta y miró hacia el interior. No había nadie.

 

–Le dije, usted es el único.

–¿Qué está pasando? Juro que había una mujer.

–Dígame, ¿para qué vino a Corrientes?

–A visitar a mis muertos. Hace tiempo perdí a un amigo y a mi hermano Augusto: sus cuerpos se perdieron entre los cadáveres de la guerra. Ahora, volví para ver nuevamente el campo de batalla. Vine a visitar la tumba que los guarda.

–Acaba de hacerlo, señor. Ellos fueron transportados en este carro a Buenos Aires, dos días después de la batalla de Caaguazú.

–¿Cómo es posible? ¿Y la mujer, quién era?

–El 1 de diciembre de 1841, esta carreta dorada y negra trasladó tres cuerpos a Buenos Aires. La diligencia viajó con los restos de su hermano Augusto, su amigo Teodoro y los de una mujer llamada Ezcurra.

–¡La mujer con la que acabo de hablar!

–Ellos no sabían que estaban muertos, pero usted se los ha dicho.

–¿Yo?

–Sí, usted ha soñado con los muertos.

–¡No! Yo solamente soñé con mi amigo Teodoro, muriendo entre mis brazos.

–Es cierto. Teodoro y usted se volvieron a mirar a los ojos, como aquel día en la batalla de Caaguazú. Pero fue justamente a través de los ojos de su amigo, que usted, dormido durante este viaje, les contó la muerte al resto de  sus compañeros, muertos pero despiertos en su respectivo viaje, uno funerario y al revés, de diciembre de 1841.

–No puedo creerlo.

–Eso no importa, ahora ellos han descubierto que llegaron a Buenos Aires y no a Corrientes.

–¿Usted quién es?

 

El hombre sacó el reloj de su bolsillo, miró la hora y, con la mayor de las solemnidades, le dijo:

 

–Yo soy la diligencia.

 

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