Historias sin punto final
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#26 · La noche del campeón

Por Gastón Varela

Ilustración El Waibe

 

 

Al de la mesa de al lado acaban de traerle la segunda tanda de empanadas y la segunda jarra de litro de vino. No entiendo por qué volvió a pedir cinco empanadas pudiendo pedir, como corresponde, media docena. Pero bueno, alguien que pide de a cinco y que mientras las liquida le habla de fútbol a la mina que tiene enfrente carece de dignidad y de elegancia. Ahora, en la segunda tanda, le habla de coches, peor. Un ser desprovisto de estilo. Y si bien se nota que lo único que quiere es ponerla, morfando así va a ser difícil. Ella no se queda atrás, va por la tercera porción de pizza de verdura, y la espera la cuarta.

 

Al otro lado hay dos yanquis que no paran de hablar, sentadas junto a la ventana que da a Bartolomé Mitre. En un momento gesticulan hacia afuera y un linyera que se rasca las bolas por los piojos las ve y se acerca al vidrio para pedirles guita. Las yanquis levantan la hoja de la ventana guillotina y le dan con felicidad más que lo que en toda su vida el linyera hubiera imaginado. Parecen visitantes de un zoológico humano, integrantes de una excursión de turismo exótico, y quedan exultantes con el recibimiento fingidamente agradecido que el otro hace de esa plata que para ellas es simplemente un vuelto. No imaginan que si ese hombre recibiera cien mil dólares no se compraría un lugar donde vivir, sino que los quemaría en escabio, falopa y putas. Inclusive moriría más rápido, pero más feliz.

 

Entonces, cuando las yanquis vuelven a bajar la hoja de la ventana, veo por el reflejo del vidrio a una rubia sentada en el fondo del salón. Confirmo que está buena al darme vuelta disimuladamente, como si buscara a la moza. La asocio de inmediato con la mina que conocí a los pocos días de separarme, también rubia, que estaba haciendo guardia inmobiliaria en la torre inmunda en que yo había alquilado aquél dos ambientes mínimo y horrible donde acababa de mudarme después de la separación, y donde por suerte pasé poco tiempo.

 

Recuerdo que volvía de comprar pan negro, milanesas de soja y yogurt bebible en el supermercado chino y la vi en el hall de entrada. Subí rápido y dejé las cosas. Cuando bajé, seguía en el hall, pero esta vez hablando con un interesado en el departamento. De una me acerqué y le pregunté si podíamos verlo juntos. Ella miró al otro. El otro dijo que no había problema. Subimos los tres. El departamento tenía un ambiente más que el mío, pero era igual de horrible. Casi al terminar la visita, hice un comentario con doble sentido que ella creo que no entendió, pero el tipo sí. Bajamos los tres. Ella intentó dejarnos una tarjeta de la inmobiliaria a cada uno. Al tipo no le había gustado en lo más mínimo. No, dejá, gracias, le dijo. Ella abrió la puerta de calle y lo despidió. Yo sí la acepté, y me quedé en el hall para pedirle que me escribiera su nombre en la tarjeta, porque quería mudarme a un departamento más grande, le dije. Mentira, obvio.

 

Era sábado. Volví a subir a mi departamento, me saqué la remera y me paré frente al espejo del baño, tarjeta en mano como un referí mostrando la amarilla. Ya estás casi en forma para el combate, me dije, pero hay que seguir bajando de peso: tenés que acentuar la dieta, por si el lunes sale esta preliminar.

 

Así fue, seguí la dieta el fin de semana.

 

La mina estaba buenísima, veintidós o veintitrés años, metro setenta fácil, peso y talla ideales, pelo largo, lacio. Sí, realmente parecida a la que veo reflejada en la ventana, salvo por algunos mechones más castaños. Por mi parte, yo tenía treinta, estaba a dieta, como dije, y si bien las entradas empezaban a acentuarse en la frente y en la bocha, todavía no representaban un peligro para mi dignidad, ni volvían necesario raparme. Si continúo, no tenía hijos, no tenía compromisos, estaba recién separado y en casi plena recuperación psicológica de los comentarios hechos por mi ex, que no habían sumado nada en mi confianza: “Estás hecho un descuidado, mirate si no esa panza horrible, la barba, el pelo todo desprolijo. ¿Cómo querés que tenga ganas, de qué…?”. Pero no era para tanto, como aún no dije. Porque sí, supuestamente me dejaba por gordo y descuidado, pero mentira, turra de mierda, había otro tipo, y punto. La cuestión es que cuando me enfrenté con la rubia ya estaba casi otra vez perfecto con el peso para alguien de mi contextura mediana y poco menos de metro ochenta, todo un campeón para mi categoría. Así me iba viendo reflejado día tras día en el espejo del baño y en la vidriera de la farmacia antes de entrar a pesarme. Y de puro recuperar mi amor propio, el campeón quería pelear incluso en una categoría más liviana, por eso había que seguir bajando y lograr lo que nunca. Era hora de hacer un último sacrificio, para llegar a los 70 kilos soñados, con los que no me había conocido mi ex, no por casualidad también rubia.

 

Para el caso, el lunes tenía franco en el laburo, pero igual arranqué bien temprano, siete y media. Me acuerdo que desayuné yogur light a secas y salí a correr, había que intensificar y dar el peso. Hice una hora de aeróbico, después algunas pasadas y terminé elongando bien. Llegué, ducha larga, unos mates y a las diez y media llamé a la inmobiliaria. Atendió ella. Me identifiqué y me sacó al toque. ¿A qué hora salís? Ah, genial. A las ocho y media en la esquina, dale.

 

Me quedaba perfecto, diez cuadras de casa. En la previa no hice nada, apenas si boludié en la computadora, almorcé liviano y escuché música, concentrando hasta que llegara la hora.

 

Al bajar, lo primero que hice fue ir al pesaje obligado en la farmacia de al lado. La balanza acusó 70 kilos con 400 gramos. Impresionante, ya casi estaba. Una semanita más y tenía todo controlado. Como era temprano, el Campeón quiso salir caminando con tiempo. Igual es verano, despacio, no hay que sudar, se dice el Campeón, entusiasmado por el pesaje. El atardecer es agradable, empieza a bajar el sol despacio. Las luces se van encendiendo casi de a una, efecto dominó. El Campeón va llegando tranquilo a su esquina, sin apretar el paso nunca. Lo que sí aprieta un poco son sus manos, y se las refriega antes de llegar. La rubia ya está ahí, buen signo. Enfrente hay un bar muy lindo. Ella dice que nunca fue, pero le contaron que es bueno. Él acepta de inmediato, como corresponde. La ve preciosa. Lo confirman varios tipos que se dan vuelta para verla pasar, los jeans le quedan pintados.

 

Cuando entran al café se hace de noche, parece cronometrado. Cada uno se sienta en su silla. Se acomodan. El Campeón está sereno, la mira. La moza se acerca rápido, sin que la llamen. La rubia pide una cerveza. El Campeón, si fuera por él, tomaría también. Pero no puede claudicar, no debe hacer ningún desarreglo, tiene que estar impecable, no cometer errores. Por eso, pura conducta, gran temple, todo espíritu de sacrificio, pide agua con gas. La rubia lo mira, pero esconde el desconcierto y abre el juego contando algo sobre el departamento del sábado. Él, round de estudio, le charla poco. No se desconcentra, galantea en silencio, se muestra, escucha, se mueve con la agilidad de un gato, impasible. Hasta que ella dice que se dio cuenta rápido de que él no tenía interés en el departamento. Pero el Campeón la intercepta preguntándole si quiere comer algo. Un tostado, podría ser. Él, por supuesto, nada. No, si vos nada, yo tampoco. Dale, no hay problema. Bueno. El Campeón hace una finta con su mano derecha y llama a la moza. Al rato llega el tostado de jamón y queso en pan de miga. Ella ofrece, él deniega. Ella empieza a comer, mientras el Campeón, pese al hambre contenido, sigue impecable, estoico, un bronce, regocijado de sí mismo, inmutable, sin que ninguna mano le roce la cara limpísima, inmaculada. Entonces toma apenas un sorbo de su agua con gas, sólo eso, pero está muy fría. Y el frío no le hace bien a la garganta del Campeón. Por eso carraspea un poco mientras ella sigue hablando. El Campeón oculta una nueva carraspera y la observa, al tiempo que describe círculos a su alrededor, le bailotea acá y allá, y se relame al descubrir que la preciosura que tiene enfrente parece estar midiéndole los labios. Sí, porque ella le mide los labios al Campeón, mientras él, puro temperamento, puro análisis, se los relame, dueño absoluto de la situación. Es un Apolo, el Campeón, una estrella fulgurante, sólo que carraspea otro poco. ¿Estás bien? Sí, linda. Así le dice: linda. Un as, es grandioso. Entonces ella le cuenta algo del trabajo y nuevamente del sábado, todas cosas que no llegan a hacer mella en el Campeón.

 

Así avanza el cotejo. Cuando ella termina el tostado y la cerveza, él le pregunta si quiere algo más. Ella agradece, pero dice que no, que así está bien. Ve sobre la mesa la botella de agua con gas casi entera, eso la restringe. No imagina que es porque el Campeón se reprocha algo en silencio, arrepentido: agua con gas. Sabe que al agua siempre la traen fría, y encima el gas, combinación mortal para su garganta. Por eso deja la botella, no quiere dar ventaja. Pero para no hacer evidente esta flaqueza, levanta el vaso y moja los labios, apenas un sorbo. Después devuelve el vaso a la mesa y le insiste a ella que pida lo que quiera. Se expresa con autoridad, siempre dominador de la situación, corroborando a simple vista que ella no se da cuenta de su vacilación con el agua con gas.

 

La charla continúa y él sigue trabajando, ahora con un dejo de displicencia, algo que conoce que atrapa a las mujeres. Y es que el Campeón comprende bien que la rubia está a punto de caer, por eso la displicencia. Entonces interviene menos de lo necesario, enigmático y austero como los que entienden, con todo bajo control, teniendo en claro qué punto tocar, cuándo participar y cuándo replegarse en esa primera noche.

 

Y como ella termina por no pedir nada más, él sabe que la situación ahora depende exclusivamente de sus acciones. Hiciste las cosas casi a la perfección, se dice. Remarca el “casi” porque intuye que el agua fue su único error, pero pasó desapercibido ante la contundencia del resto de la faena. No te apurés, no te apurés ahora, se repite un par de veces. La experiencia le dice que es hora de actuar con delicadeza y esperar a que los movimientos trabajen en secreto en la mente de ella. La próxima noche será mejor si ahora deja las cosas así, picando. Por eso decide que el encuentro no da para más, que hay que terminarlo tal como está. Siempre hay que dejar un poco en el plato, se recomienda el Campeón con cautela y sapiencia.

 

Entonces, ante la primera pausa que hace ella, él interviene con la pregunta certera: ¿Te parece bien ir pidiendo la cuenta? Ella queda desarmada, sin guardia. La intervención surte mejor efecto que el esperado: la rubia depone todo tipo de resistencia y dice que sí. Un cross letal. Trazaste bien la estrategia y realizaste correctamente la táctica, se felicita el Campeón. Un verdadero orfebre. Y más en estos trabajos que pintan para largo. Todo a su tiempo, no te apurés, se repite. Por si fuera poco, el Campeón no olvida la responsabilidad que tiene de levantarse temprano al día siguiente. Todavía le queda llegar a su casa, repasar los momentos importantes del encuentro, hervir el agua para las cuatro claras de huevos poché, preparar el tomate redondo partido al medio sin sal con una pizca de orégano, la buena dormida de ocho horas, el yogur light bien temprano a la mañana, salir a correr, la confirmación del espejo, el nuevo pesaje apenas abierta la farmacia, ir a trabajar.

 

El Campeón ya pagó la cuenta. Los dos caminan despacio hacia la puerta de salida. Ella, adelante. Él, atrás. Ella, sin comprender el encuentro, las tantas telarañas tejidas por el Campeón para desconcertarla. Él, aprovechando para mirar cómo le calza el jean en el culo perfecto, vanidoso ante los presentes, cabeza en alto, sereno, jactancioso de su triunfo y de que ella se quede llena de preguntas, desbordada, sin haber tenido el dominio de la cita ni un instante.

 

Como corresponde a un verdadero caballero, el Campeón la acompaña hasta la parada del colectivo. Cuatro postes y techito. Allí, mira a los que pasan, mientras posa para la foto apoyado en el caño donde está el cartel que indica las líneas de colectivo y el recorrido de cada una. Está precioso. Y preciosa también está ella, más linda aún de lo que le pareció el sábado. Porque, ante la luz tenue de los faroles de la avenida, ella cobra una expresión más intrigante, más atractiva, más sensual. Una expresión acentuada porque, a su lado, poste de por medio, está él, cabeza medio inclinada, seguro de sus aptitudes, invicto, de mármol, mostrando su silueta como se muestra el cinturón de Campeón de la categoría.

 

Llega el momento en que ella le cuenta alguna cosa más, excusa para dejar pasar dos colectivos y ver si él baja la guardia, si se descuida un poco. Pero es imposible, del otro lado hay un dominio de sí mismo propio de un espartano. Por eso a ella no le queda otra que sacar la tarjeta SUBE del bolsillo y levantar el brazo a media altura frente al tercer colectivo que ahora se acerca por la avenida. Entonces, justo antes de oírse el freno de aire, acontece el momento sublime en que el Campeón, a la vista de todos, baja esa mano que ella extiende, la estrecha con displicencia de la cintura y le estampa un beso de media boca. Pero contra lo que cualquiera podría esperar, hace algo insuperable, no la retiene. Te llamo, linda, termina por decirle.

 

Ella duda un segundo, y se queda mirándolo. Pero él le hace un gesto con la palma de su mano hacia arriba, un movimiento único y virtuoso, tras el cual ella se agarra de la barandita de la puerta plegadiza, sube al colectivo y lo saluda de espaldas. ¡Bravo, gran faena! ¡Qué calidad!, se dice él, que desde su pedestal la ve apoyar la SUBE en la máquina y levantarse el jean de la presilla trasera del centro exacto de la cintura, para calzárselo bien.

 

Cuando el Campeón pierde de vista esa figura provocativa y erótica, carraspea un poco y sale caminando. Mientras piensa en el combate que quedó atrás, carraspea otra vez y escupe. Va con la cabeza alta, fue un gran triunfo, inmejorable, analiza. Carraspea de nuevo, esta vez muy fuerte, tanto que se lastima la garganta y vuelve a escupir. Necesita agua. Por eso se detiene en un kiosco y compra una botella, también chica. Consigue a temperatura ambiente. Toma de a pequeños sorbos. Después se hace gárgaras y las escupe en los canteros de los árboles de la vereda. Su garganta mejora considerablemente con las gárgaras. Por último, traga un buen sorbo para terminar la botella y se seca la cara con el pañuelo.

 

Es así como el Campeón vuelve a estar a sus anchas, por eso se mira en el reflejo de una vidriera. Se palpa el rostro. No tiene ni una gota de sudor, todo sin esfuerzo. Ya debe estar en los 70 kilogramos, piensa frente a su reflejo, con la noche a sus espaldas. Todo un triunfo de la voluntad, del esfuerzo y del talento, a no olvidarse, le dice el vidrio con la misma contundencia con que seguro acusará su kilaje la aguja de la balanza.

 

Exactamente eso es un Campeón, no como el de al lado, que se liquidó también la segunda bandeja y la segunda jarra de vino blanco de la casa malísimo, me dice ahora el reflejo, y que encima no paró de tomarlo frío, exageradamente frío de tanto hielo que le puso, reventándose la garganta para emborracharse y desinhibirse, corriendo el riesgo de agarrarse una neumonía sólo por ponerla, extendiendo la charla sin necesidad, desatendiendo la calidad del encuentro, yéndosele todo de las manos sólo por ponerla, sin nada de profesionalismo, nada que ver con vos, Campeón, me dice elogioso el reflejo del vidrio de la pizzería, nada que ver, ese de al lado es de cuarta, Campeón, va muerto.

 

Me envalentono y recuerdo que llegué nomás a los 69,950 para el jueves, cuando volví a llamar a la rubia de la inmobiliaria. Y aunque me dijeron que no trabajaba más desde el martes, ¿qué me importaba? 69 kilos con 950 gramos, ese era el triunfo de la perseverancia, de la convicción. Ella se lo pierde, pensé. Así y todo fui hasta la inmobiliaria y, haciéndome el que miraba los avisos de la vidriera, miré para adentro por entre los cartelitos.

 

No estaba, era cierto. Pero el que sí estaba era el Campeón en el reflejo, como ahora, impecable, listo para combatir cuando yo quiera, no como el que tiene que vender el alma para ponérsela a la mina que acaba de mandarse la cuarta porción de pizza de verdura, o la quinta, ya ni sé. Entonces miro el reflejo y consulto al Campeón. Sí, la quinta mínimo, no hay chance con esta gente así, me responde. Ya lo creo, le confirmo, mientras veo que el linyera se pone atrás del Campeón, al otro lado del vidrio, y se caga de risa.

 

¿Qué le pasa a ese idiota, de qué se ríe?, le digo al Campeón. Pero el Campeón no responde y se limita a señalarme algo en el fondo del salón. Entonces me acuerdo de la otra rubia, la que desencadenó este recuerdo. Giro la cabeza y veo que todavía está ahí, y sola. Pero de inmediato yo también quedo solo, porque el Campeón se retira del reflejo.

 

De los nervios carraspeo un poco. Se me pone la boca seca. Tanteo el vaso y no queda nada. Necesito un trago ahora mismo. La botella también está vacía. Vuelvo a carraspear, puta madre esta garganta. Busco a la moza. Está yendo a cobrarle a la rubia. Por suerte distingue la seña que le hago con la mano. La carraspera sigue y me va poniendo los ojos llorosos, toso, carajo para qué pedí algo frío, intento decirle al Campeón, pero sólo veo al linyera, que se ríe y parece hacerme un gesto entre la noche que lo arrincona ahí afuera. Entonces veo el reflejo de la rubia que enfila para mi mesa en actitud lasciva, decidida como una fiera impiadosa que se dispone al combate. Pero no imagina con quién va a medirse, no sabe que desde aquella vez me seguí cuidando y conservo el peso. La tengo al lado, percibo esa voracidad junto a mi cuerpo. Por instinto bajo la cabeza un segundo, armo la guardia y respiro hondo. Pero resulta que la rubia no viene por mí. La veo pasar de largo y salir de la pizzería por Callao. También usa un jean que le calza a la perfección. La sigo con la mirada a través de las ventanas, camino hacia donde ahora, por suerte, ya no está el linyera sino nuevamente el reflejo del Campeón, imbatible, magnánimo, que gira, que hace un rodeo, que sigue a la rubia y pronto la alcanza, que le dice algo al oído, algo que no escucho porque justo carraspeo otra vez, pero que presiento… El Campeón está vivo, le digo al vidrio, mientras la moza, clavada a mi lado, me pregunta si estoy bien, si necesito algo.

 

Sí, un agua más y la cuenta, por favor. Pero que el agua no esté fría, le aclaro.

 

Respiro profundo y trago saliva. Ya pasó. Ahora puedo ir tranquilo a casa, el Campeón está en acción. Observo sus movimientos viriles, inclinándose apenas para decirle alguna que otra cosa a la rubia infernal que lo ladea ahí afuera. No cambia más, es un ganador cabal, íntegro. Y así siguen caminando hasta que los pierdo de vista por Callao.

 

Carraspeo de nuevo y escucho el arrastre de una silla contra el piso. Es el tipo de al lado, que se levanta como puede. Está borrachísimo, igual que la mina. Pero a ella, al menos, le queda como para sostenerlo del brazo. Igual salen cagándose de risa, son brutísimos. Miro a las yanquis del otro lado. También están borrachas, las delata ese parloteo todavía más chillón que antes.

 

En eso llega la moza con la botellita de agua y la cuenta. ¿Ya está bien de la garganta?, me pregunta. La tranquilizo haciendo que sí con la cabeza, y le digo: mejor cambiame el agua por una cerveza bien fría.

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