Historias sin punto final
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#9 · Lamento no poder quedarme

Por Regina Lerose

Ilustración Pato

 

Caminé muchas cuadras para buscarte, más bien las corrí. Esperé 5 minutos en la esquina a que la respiración se asemejara a la de alguien normal;  caminé 200 metros más, esquivando manguerazos de encargados que baldeaban las veredas marcando el comienzo del día. Volví a frenar y volví a respirar. Ahora el agite era nervioso, hiperventilaba de manera cómica, trágica, como ese asma juvenil que se dispara por cualquier cosa. Toqué el timbre, bajaste, hablamos, no lloré, grité en silencio, asentí, me fui. El resto del día no lo recuerdo, sólo sé que terminé acá, gritándole a una almohada indulgente que me perdone por tenerle miedo al insomnio. Temer es cosa de niños, reíste alguna vez.

Nunca entendí tu problema con la noche, o quizás vos no entendías mi problema y por eso insistías tanto en que me quede, en que te abrace. El sueño puede volverse algo inquietante, al punto que giré treinta y dos veces hasta enredarme por completo en sábanas ásperas, como la textura de tus palabras. Para serte sincera, nunca me imaginé que podía ser algo tan desesperante, más para alguien como yo, que necesita dormir. Podríamos tranquilamente soñar con zombies, con perros, con frutas, ¡pero no! Siempre esa maldita costumbre de fantasmear con las sombras de lo real. Bah, ya ni sé qué es lo real. Construimos barreras toscas de luz para no caer en la locura, para contemplar la oscuridad y transformarnos en intentos de poetas, músicos, en personas reales. El problema es que en ciertos cuerpos como el mío, la percepción no se calibra, siempre se carga de una intensidad sofocante, de esas que te incitan a correr lejos de todo lo que pueda tocarte verdaderamente; como la locura, como un abrazo que te lleve a la locura. A vos no te asusta eso, te vi manejarlo. Es verdad que podría adaptarme, pero la propia resistencia de una personalidad formada por años me impide permear la piel de manera tan rápida; y la luz, esas máscaras que logró formar la luz, se fueron adhiriendo cada vez más y más a la piel, agrandando de manera exagerada el espacio que nos deja contemplar o vivir lo nocturno. A su manera, la luz nos necesita cuerdos. ¿No te asusta ahora?

 

Entró una pequeña luz a través de la ventana. No me acordaba que tenía una ventana, ni que por ahí pasaba la luz, que existía la luz y que en verdad, todo lo que quedaba era esa misma luz. Se veía una remera de fútbol, esa horrible con los colores que ningún equipo debería tener, pero que sin embargo los tenía y vos, sin importar nada la amabas, casi con locura. Mi cuerpo cansado se seguía sacudiendo abruptamente en el lugar, y mi cabeza no paraba de retorcerse con el mismo movimiento, pero de manera menos evidente, más dolorosa y más perversa. Creo que se daba cuenta lo pesado que puede ser sostener la luz, sostener recuerdos y lo poco controlable que puede ser sentir como un loco.

 

Me gritaste que me quede y no te escuché. No me quedé, ya sé, pero por favor andate de mi cabeza, es demasiado tarde y necesito dormir.

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