Historias sin punto final
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#4 · Las botellas vacías

Por Diego Tomasi

Ilustración Matías Zahrelban

 

 

Trato de no pensar, trato de no pensarnos

ahora que salgo corriendo al filo, al temblor

o a hacerme matar.

Pequeña Orquesta Reincidentes

 

 

Vos, iba a decirte, estás ahí porque creés que un café y una espera pueden cambiar las cosas. Estás ahí, vos, cuatro años después, ansioso por ver si sucede algo inesperado. Te veo sentado, con el diario sin abrir sobre la mesa, y pienso que no debés haberme visto todavía. Lástima. Tal vez en unos minutos, cuando notes que uso esa remera a rayas que tanto te gustaba. Sí, la remera blanca y amarilla que parece la bandera del Papa, según tus propias palabras. Me siento y vos, ahí, esperás quién sabe qué y te rascás el pelo, con ese gesto tan tuyo, tan de cuando te ponés nervioso porque no sabés qué hacer o no sabés qué viene después. Estás ahí, sentado, en este café, vos, mirando el piso, y no ves lo linda que estoy, lo largo que tengo el pelo, lo bien que me ilumina el sol. Te perdés, por no verme, el detalle de los zapatos, que combinan con la remera. Te perdés la pollera y la carterita y mi sonrisa, vos, que estás ahí como si quisieras que sonara el teléfono y alguien preguntara por alguien.

 

Mirame. Si me mirás vas a darte cuenta de lo poco que me parezco a esa chica que te escribía cartas llenas de perfume, que te preparaba arroz al curry con cierta torpeza, que elegía el hotel al azar. Yo elegía el hotel al azar, y vos me seguías y de repente todo era piso y sábanas y bañera y el piso otra vez. Íbamos por la calle, mirando vidrieras o comiendo esos churros que venden al paso, y yo te decía mirá, ahí hay un hotel, y de nuevo el piso, la sábana y todo lo demás. A veces, cuando ya no quedaba nada, cuando los cuerpos dejaban de querer, nos vestíamos solamente con las toallas, como si recién saliéramos de bañarnos, y nos sentábamos en el borde de la cama a jugar a cualquier cosa. Jugábamos al veo veo, o a ponerle nombre a cosas que no lo tenían, o a adivinar qué música escuchaba cada vecino de mi barrio. El kiosquero, por ejemplo, habíamos decidido que escuchaba a los tipos del Club del Clan, con ese pelo y esa camisa. La señora de las flores, claro, escuchaba a Sandro, y todo era así, tan obvio y tan lleno de nosotros y de esas toallas que se caían y entonces ya no había juegos ni vecinos ni veo veo.

 

Vos, si me mirás, vas a ver que mis ojos brillan, que estoy bien, sin aquella peste que empezó a meterse entre nosotros y que duró poco. Duró poco porque esa combinación, la de las botellas y las agujas y todo lo demás, no puede durar mucho. Vos lo sabés. Mirame y fijate lo bien que dormí anoche, lo descansada que está mi cara, lo linda que me queda la remera blanca y amarilla que tanto te gustaba. Un día, mientras caminábamos de la mano y no había hotel al que entrar, me dijiste que siempre ibas a curarme, a salvarme, que la peste iba a irse y que lo único que necesitábamos era estar juntos y caminar. Caminamos mucho, claro, pero a veces nos tropezábamos y no sabíamos qué era lo que nos apestaba ni por qué el alcohol duraba todavía, si hacía días que se habían terminado las botellas. Y entonces entrábamos en un hotel, y solo jugábamos porque ya no teníamos ganas de ninguna otra cosa, solo toallas y mirar el techo desde el borde de la cama.

 

Suena un teléfono. Alguien atiende y vos te rascás la cabeza. Estás nervioso. Y te veo levantarte, y me acuerdo de esa manera tan extraña de caminar, como si siempre estuvieras apurado, como si no tuvieras tiempo para pensar el paso siguiente, y te rascás, y el pelo se te desacomoda y llegás a la barra del café y agarrás el teléfono que acaba de sonar. Antes, cuando sonaba el teléfono, me decías que no había que atender, que los teléfonos suenan para traer malas noticias o más peste, y que si uno atiende está haciéndose matar. Así decías, y yo te escuchaba y te creía. Pero vos siempre ocultabas algo, siempre el teléfono sonando y vos nada. Y ahora te veo, hablando con el tubo en la oreja y con los dedos tan inquietos, tan llenos de esa duda tuya acerca de qué viene después, acerca de cómo sigue esto si pasa lo que debe pasar. Temblás. Te vi temblar algunas veces, y no me gustaba. No me gusta ahora, porque vine a verte y a hablarte pero me parece que vos tenés otros planes. Estás en otra cosa. Tal vez estuvieras esperando ese llamado solo para salir a la calle y terminar con todo. Terminar como se terminan las personas, los hoteles, las botellas. Vacío.

 

Vos, iba a decirte, estás ahí porque creés que las cosas pueden cambiar. Pero para qué te voy a decir algo, si no me ves, si no podés verme, si nunca más vas a verme o escucharme, vos, que ya te olvidaste de la peste que nunca se fue, que ya ni sabés por qué una noche pasó lo que pasó, si ya no te acordás de tu mano, del gatillo, de mi sangre.

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