Historias sin punto final
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#1 · Matar el tiempo

Por Eduardo Sacheri

Ilustración Florencia Garbini

 

Ayer pensé todo el día en la lluvia cayendo sobre el pasto. Puede parecer poca cosa. Pero de hecho pensé todo el día en la lluvia cayendo sobre el pasto. Ojo que no hablo en sentido figurado, para hablar de que pasé largo rato, o me detuve recurrentemente, en la lluvia cayendo sobre el pasto. Dije que pasé toda la jornada pensando en la lluvia lloviendo sobre el pasto.

 

Tal vez se debió a que me despertaron los truenos, muy temprano, y a que casi de inmediato percibí el rumor quedo de las gotas estrellándose contra el suelo. Entonces decidí poner todas mis fuerzas en imaginar esa escena: la de la lluvia regando sus cristales blandos en la luz gris de la mañana.

 

Y digo que puse toda mi fuerza de voluntad porque así fue. Me había hecho la firme promesa de evitar mi dispersión del primer día; las distracciones numerosas; la caída precipitada por los toboganes resbalosos de la memoria. Esos senderos tortuosos que me conducían una vez y otra a la planicie desolada de mis afectos idos. Por eso ayer me hice el propósito cabal de pensar sólo en la lluvia y en el pasto. Tal vez cometí alguna desviación momentánea. Pero me sobrepuse con rapidez. Puedo afirmarlo.

 

Primero me imaginé una escena usual. La lluvia en el jardín, a través del vidrio de la ventana. Las burbujas nacidas de cada gota al impactar en los charcos. Los colores vivificados en la claridad húmeda y grisácea. Pero al cabo de dos o tres horas, advertí que era una imagen demasiado pobre para continuarla durante toda la jornada. Una vez que hube imaginado el jardín, los rincones, la ubicación precisa de los charcos, la apenas perceptible marcha de la luz hacia el poniente: ¿con qué seguir? De modo que decidí imaginar las cosas más de cerca, absolutamente más en detalle. Empecé con la gota en el instante mismo de desprenderse de la nube, de precipitarse incontenible hacia abajo, de alargarse hacia el suelo como una lanza cristalina, inclinando su dirección según el viento, variando su temperatura según cada corriente de aire atravesada. Luego me representé el momento del choque con la hebra de pasto. El cimbronazo bestial del tallo, herido por el peso de la gota. La dispersión fugaz de mil salpicaduras ínfimas. El movimiento ondulado del tallo resistiendo el embate, volviendo a erguirse, y la gota deslizándose, ya mansa, por el cauce reparador de la nervadura.

 

Después la emprendí con las gotas yacentes en la propia tierra. Las seguí también en su vuelo de vértigo, en su golpe seco contra el piso, en el tenue cráter de polvo levantado por el impacto, en la sed voraz de la tierra tragándoselas para siempre.

 

Luego quise pensar en el universo vivo bajo el manto verde del pasto. Ese pasto alto que cubre este parque, y que debe formar, visto bien de cerca, una selva de techo impenetrable. Algún cascarudo errático, empantanado en el lodo mínimo de ese universo pequeño. El ardor de las hormigas, escupiendo montañas de tierra mojada para liberar sus túneles anegados. Una mariposa de grandes y plegadas alas anaranjadas, esperando pacientemente la muerte, sin rabiar contra el destino atroz de haber vivido sólo ese día tormentoso.

 

Noté que era de noche cuando un perfume húmedo a tierra saciada terminó por envolverme. Entonces sí creo que pensé en ella y en todos los demás, y me entristeció la distancia y la inminencia del olvido. Por suerte me dormí con rapidez. Supongo que el esfuerzo de concentración de toda la jornada terminó por fatigarme, precipitándome en un sueño anodino, pero tal vez por eso mismo agradable.

 

Lo cierto es que ahora es de mañana y me siento algo ansioso. Debo encontrar rápidamente alguna idea con la cual entretenerme. De hecho, pensar todas estas palabras apenas me ha ocupado unos minutos. Y tengo todo el día por delante. Y ni siquiera llueve. E imaginar un día de sol me resulta, por el momento, más complicado.

 

No obstante, estoy dispuesto a permitirme cierto optimismo. ¿No soy capaz, acaso, de ganar en experiencia con el correr de los días? No debo dejarme ganar por la noción de que esto es perpetuo, irrevocable. Porque en ese caso, sólo me quedará el camino de vociferar mi horror, de gritar hasta enloquecer, o –lo que es peor, sin duda– de gritar a perpetuidad sin conseguir enloquecer nunca.

 

Pero quiero alejar esa idea de mi mente. Logré pasar el día entero pensando en la lluvia cayendo sobre el pasto. Y merezco estar feliz por eso. Feliz, o al menos satisfecho. El ejercicio de ayer es por cierto promisorio. No es tan sencillo pasar todo un día pensando en la lluvia cayendo sobre el pasto. Y sobre todo siendo un muerto novato. Un muerto con apenas tres días de muerto.

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