Historias sin punto final
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#14 · Siempre de noche

Por Diego Flores

Ilustración Hache

 

1.

El jefe me dio tres indicaciones, simples  y fáciles de recordar, si yo las incumplía, las olvidaba, las irrespetaba o las alteraba iba a tener consecuencias.

 

A–Siempre vas calzado, si disparas es en última instancia. Nada de hacerte el hombrecito y asustar. Se le dispara a la cana o al tipo que te apunta o agrede.

 

B–Nunca pero nunca vas puesto ni escabiado. Eso es para giles. Si no te bancas el laburo me lo decís o te bajás. Acá la merca y el faso son para festejar no para laburar.

 

C–Siempre pero siempre de noche. En el conurbano robar de noche es más fácil que ser banquero. Tenés zonas oscuras para esconderte, poca o nula presencia de gente, hay poca policía, si hacés un buen mango y te agarran lo podés arreglar con la cana. Las comisarias tienen más chorros afuera que adentro de las celdas.

 

¿Entendés?, me decía el jefe y yo asentía callado. El jefe no era de largar muchas palabras pero tenía breves instantes de verborragia: Vos me servís porque sos un cabeza de termo me decía, vos sos un apasionado, no dudas, no preguntas, vas y hacés. No sos inteligente, un poquito culto por ahí, pero inteligente no. Lo que veo y lo que sé es que sos operativo, pragmático, sos un anestesista, no te tiembla el pulso hermano. ¿Es así o no?, me decía tanto que me quedó el apodo. El anestesista, a mi no me gustaba pero el jefe me decía que estaba bien, que así vanagloriaba un apodo. A nadie le gusta su apodo, el angustia no está orgulloso de su apodo. El gordo fitito menos, es más, dice que no gordo el pobre, jame joder, mirá lo que parece con esa camisa amarilla, decime si no es un 600 el hijo de puta.

 

2.

Mi viejo tenía un video club en una calle contigua a la principal a Onsari ahí en Wilde, se llamaba “El sueño de Federico”, eran los años ochenta y mi viejo abrió el local en pleno auge de las videocaseteras. Papá, un cinéfilo perdido en la provincia de Buenos Aires, era fanático de Fellini y en un principio quiso imponer a Fellini en Wilde, como si fuera una misión de evangelización de la población obrera sureña y expandirlo, si era posible por todos los rincones del conurbano. Al principio era selectivo con las películas, metía carteles de Citizen Kane, La fortaleza escondida de Kurozawa, algunas de las películas de Hitchcock. La clientela mayoritaria en un principio era una suerte de grupúsculo de cuasi nerd, lunáticos y trasnochados pero al tiempo la mayoría de la gente reclamaba por los más recientes éxitos de Holywood, policiales, detectives, algunas reminiscencias del far west, entonces mi viejito se apioló, madre mediante, que era un negocio y al bueno de Kurosawa lo reemplazó por Schwarzenegger haciéndose el duro y también voló Godard y entró  Rocky haciendo frente con frente con Mario Baracus. Esto, decía mi viejo, es para niños, esto antes hubiese sido considerado una película infantil. Ahora viene el boludo este de treinta años de acá en frente a preguntar por Rocky. Somos cada vez más giles, nos están llenando la cabeza de mierda, me decía y se acomodaba los lentes enormes y se tocaba con aires de preocupación el bigote que usaba desde que lo conozco.

 

Yo también heredé el gusto por el cine, pero a mí me volvían loco las películas de mafia. Y sobre todo la saga del Padrino. Yo era de los pocos que bancaba las tres de Coppola. Me apasionaban. Que me apasionaba quiere decir que no había razón que sustentara mi adoración y mi identificación con esa saga. La veía una vez por semana, buscaba datos, compraba revistas, remeras, pósters. Hablaba con italianos. No es que la justificación pasional anulara las críticas sesudas a la película, pero para mí esas tres gemas excedían cualquier explicación racional. A tal punto gustaba de esos films que una vez en un club social de Dominico me agarré a piñas porque un perejil batió que Sony estaba mal representado por James Caan. Después de gritarnos obscenidades y de decirle que no podía hablar así de Sony le tiré con el palo de pool y me le fui al humo. Yo no me calentaba nunca, pero loco, ¿cómo vas a criticar a Sony? El papel que se manda el tipo, va muere por ir a ayudar a la hermana, es la parte más enfática del nuevo joven prototipo italiano… y este perejil acá meta billar dice que está mal actuado, la puta que te parió está mal actuado.

 

3.

En los tiempos muertos del comercio, al mediodía yo me encerraba con los pibes a ver películas en el video club. Entre la una y las cuatro de la tarde teníamos a disposición toda la parafernalia hollywoodense y alguna que otra joya de vanguardia para nosotros. Ahí conocí al jefe. Él no cursaba con nosotros, iba al otro curso. Pero le encantaban las actividades en las que había que hablar poco. Era taciturno, callado y solemne a la hora de verter opiniones, siempre nos pareció más grande de lo que era. Su cara adusta, su forma de concentrarse y mirar a los ojos, el pelo siempre cortado al ras, pocas convicciones pero firmes. Ahí en el videoclub yo incitaba a los pibes a ver películas de mafia, les insistía en lo genial de “Erase una vez América”, por ejemplo, pero sobre todo en que teníamos que ver el Padrino. Había arduas negociaciones para elegir qué película mirar. Cada tanto mi viejo pasaba a controlar que no estuviéramos mirando ninguna subida de tono o porno y aprovechaba para mostrar la foto que tenía con Griselda Gambaro, la vez que la dramaturga pasó por el videclub a preguntar no sé qué cosa. Ahí en ese grupo que oscilaba entre cuatro o cinco muchachitos de la secundaria forjamos una amistad un poco difusa, irregular, sinuosa, modestamente alegre… amistad al fin.

 

4.

Los videoclub que en Capital Federal caducaron hacía mitad del noventa, el conurba los llegó a sostener hasta casi la entrada al nuevo siglo. Mis viejos fallecieron hacia 1997 en un accidente de autos cuando iban para Punta Rasa, un camión los embistió en plena noche cerrada. A mi padre le encantaba ir a ver cómo se conjugaban en un solo verbo salado el río y el mar. Eso decía él: “un solo verbo salado”. Era un tipo tan inteligente como simple, admiraba tanto leer libros de teoría del cine como pisar descalzo el pasto mojado. Heredé el negocio familiar y la casita donde vivía con mis viejos, era un destino irrevocable. Yo había probado suerte con la carrera de medicina pero el CBC y las exigencias académicas me devolvieron de una patada en el orto a mi lugar de paria, de mediocre trabajador, comerciante del conurbano sin aptitudes ni oficio definido. Así que viví con laburos irregulares y mal pagos además de atender el local de películas que se caía a pedazos con el advenimiento del cable. Finalmente lo cerré en el octubre del 2000. Durante todo ese mes no alquilé ni películas, sí, ni una sola. Nada. Solo me dediqué a mirar películas y esperar que venga el galleguito Urduiz a tomar unos mates o el flaco Cachela a alquilar algunas pornos. En el cuaderno donde anotaba las salidas solo figuraba el flaquito Cachela. Si no fuese por su ferviente onanismo no hubiese aguantado tanto con la persiana arriba. Qué tipo divino alquilaba las mismas películas hasta tres veces al mes. En el último tiempo en la lista de alquileres solo estaba él, era la única ficha activa. Cuando cerré y entregué la llave además de creerme un inútil sentí que le estaba clavando un puñal en el estómago al cadáver de mi viejo. Ese mes que estuve ahí encerrado me volví un ser ensimismado, casi no hablaba con nadie, a veces sentía el temor de perder mi capacidad lingüística de no recordar las palabras, ser una suerte de darwinista converso, un afásico eterno. Parecés un Pichiciego, me decía el galleguito Urduiz antes de irse. Yo me reía abatido sin saber qué carajo era un Pichiciego.

 

5.

Necesitaba que me pase algo, estaba agotando mis reservas de la venta de las películas y del local que estúpidamente vendí en pesos en las inminencias de la crisis del 2001. Mi vida había perdido sentido y yo había perdido el deseo, estaba ahí nomás de la locura o de la muerte. El camino a mi desaparición era cosa del tiempo, hasta que un día por la puerta de casa pasó el jefe. Yo estaba barbudo y ojeroso depositando la basura en el tacho cuando pasó por al lado mío, me miró unos segundos y se rascó la cabeza como cuando pibe, había algo de esa conjunción de piel, barba y mugre que no comprendía. Finalmente descubrió mi rostro entre los escombros de mi vida. Me saludó en el punto exacto que mezcla la fraternidad y la distancia, hablamos un rato y se fue. Al tiempo, una semana, dos, volvió, y borrando su indiscreción permanente me preguntó en qué andaba y qué me pasaba. Me dijo si quería que me ayudara, si quería laburar con él. Yo sabía que él, a pesar de ser de una familia de clase media, con papá comerciante y mamá médica, se había ligado desde joven al hampa, al choreo y la delincuencia. Era, digamos, un señor chorro, elegante y respetuoso a la hora del hurto. Así comentaban las crónicas orales del pequeño Wilde. Y yo, como dije, necesitaba que me pase algo para sentirme vivo. Aunque ese algo sea malo, reprobable, condenatorio.

 

6.

¿Querés laburar conmigo entonces?, me dijo el jefe sin mirarme. Bueno, hacé casas, robá una, dos, diez casas. Robar es un oficio que se aprende haciendo. Mi gente y yo somos simples. No quiero bardo, te metés en las casas, sacás guita, joyas, elemento chicos de valor. Necesito ver cómo laburás, los primeros tres o cuatro viajes te voy a mandar con Pablito, pero después te cortás solo. Yo soy gente seria, no robo en el barrio, no pichuleo, no ando haciendo barullo y no contrato perejiles. Soltó el jefe para cerrar como enojado, como si en cada condicionamiento se acordara de algún traidor o  perejil que no supo comprender órdenes tan simples. Yo salí con Pablito, hicimos un par de casas vacías, dos con una parejita de jubilados y otra con una mina soltera con dos pibes. Todo rápido y sin inconvenientes salvo por ese mocoso que no paraba de chirrear y gimotear. Pero pobrecito se asustó y con razón la cara de Pablito era el susto mayor del tren fantasma. Por lo pronto él le comunicó al jefe que yo era bueno, callado sigiloso y rápido. Yo, a pesar de socializar con delincuentes y malandrines, seguía en mi estado de perpetuo silencio, bien podría haberme hecho monja de clausura antes que chorro, pero no.

 

7.

Me pasaron el dato de un laburo en una zona residencial de Quilmes, cercana al río, allí donde antes vivió la oligarquía quilmeña y hoy se reacomoda como puede la clase media alta. Un caserón estilo colonial. El matrimonio que la habitaba iba a estar en un casorio y su hijo adolescente se iba a quedar solo o con un amigo. No más de dos según mi fuente. Había un pichicho, un ovejero medio venido a menos y cascado, bastante boludón, un pedacito de carne y una pastilla y ya estaba presto para recibir un cariñito mío y pasar derecho al laburo. Le hice un cariño de más hasta que el pichicho se largó un pedo que no pude soportar, ese animalito de dios estaba pudriéndose por dentro. Entré por un ventanal sin hacer mucho ruido, me temblaban las manos a raíz del frío pero entre la adrenalina y el espesor que causó la flatulencia del can me olvidé enseguida. Levanté la persiana, la trabé y me mandé despacito. Al toque vi que había objetos de valor pero sentía la necesidad de asesorarme qué hacía el pibito de la casa y me mandé a husmear, no quería sorpresas, había llevado una soga por si había que atar. Subí las escaleras y vi que eran dos, tenían 15 o 16 añitos, la misma edad en la que yo fui más o menos feliz. Cuando oí algunos sonidos me di cuenta enseguida, me emocionó la música y verlos sentaditos ahí mirando alelados El Padrino, la primera parte. Recién arrancaba. Uno se parecía al jefe rapado y delgado, la cabeza más chica desproporcionadamente pequeña, como si fuera un fugitivo de los jibaros. Me quedé mirándolos con ternura y se me llenaron los ojos de lágrimas, esa escena tan cercana y distante me movía el piso de las emociones. Estaban viendo cuando Jhonny Fontane, el sobrino músico de Don Corleone, le pide que le haga el favor en medio de la boda. La actuación tan sobria de Al Martino hizo que pospusiera mi labor. Estaba ante la obra de arte más grande del cine, merecía un instante (para mi bien podía ser eterno) de contemplación. Marlon Brandon, la puta que los parió, mira el papel que hace este tipo. Miré el miedo que infunden las sombras y Coppola qué tipo vivo, cómo con el manejo de cámaras nos pone todo el tiempo del lado de la familia Corleone. Nos hace jugar para el equipo de los mafiosos, de los malos, con un simple juego de cámaras. Qué cosa el cine. Entonces me doy cuenta que parapetado detrás de los pibitos ya me puse en pose intelectual y estoy pensante y emocionado con El Padrino. Pienso en que me tengo que rescatar y decido inspeccionar el resto de la casa mientras los pibes miran ese peliculón, así que hago un giro, reviso la habitación contigua, reviso un par de cajones, pero escucho que ya está Tom Hegen negociando con Woltz, y entonces digo ma sí, se va todo a la puta que lo parió, me quedo viendo un rato. Asoma una de las escenas icónicas del cine mundial, la de la cabeza de caballo en la cama y yo no sé si mirar la tele o tratar de dilucidar la cara de los pibitos que están de espaldas, pero no me importa porque yo les siento la emoción. Eso se siente, viejo. Van a ver por primera vez esa escena. Cómo me gustaría volver a sentirla por primera vez, repetir esa efervescencia anticipatoria de que algo mágico va a suceder y se te hace un nudito en la garganta, eso que perdés cuando madurás, cuando el mundo te pega una patada en el ojete que te eyecta a ese cementerio carente de sensaciones que se llama adultez. Entonces Woltz se levanta con el rostro fruncido, confundido, y levanta las sábanas. Yo estaba emocionado con ese grito, con ese movimiento de cámara y no va que los pibes se miran y el dueño de casa le dice al que se parecía al jefe: Che, bastante poronga esta película. Así sueltito de cuerpo el mocoso: una po–ron–ga. Entonces se me escapó o no me aguanté, no sé, pero salí de las sombras enardecido y le grite: ¿qué poronga, pendejo de mierda? ¿Acabas de ver una de las escenas más importante del cine mundial y vos decís que es una poronga, la concha de tu madre? No entendiste nada, hermano. Mirá los juegos de planos, prestá atención a las luces y las sombras. Escuchá la música. Leé entre líneas pedazo de gil.

 

Los dos muchachitos quedaron estupefactos, no atinaron a gritar ni nada por el estilo, simplemente se dieron vuelta, me miraron y la incomprensión pobló sus mentes. Se quedaron callados hasta que el dueño de casa dijo: señor, usted ¿quién es? ¿Amigo de mi papá? Y yo que estaba medio deschavetado le dije qué amigo de tu viejo ni de tu viejo, ahora van a ver pendejos.

 

8.

Les até las gambas para que no corrieran y me fui a inspeccionar la casa, deambulé un rato sin sentido, como sin saber en qué estaba. Me noté nervioso. La pasión, siempre la pasión, otra vez la pasión me venció. Eso no podía quedar así. El Padrino no podía ser socavado de tal manera. Así que volví, los miré a los ojos a ambos con gesto castrense. El pibito dueño de casa ya estaba medio que lagrimeando. El otro, inmutable, estaba con cara de culo pero tranquilo. ¿Saben qué vamos a hacer ahora? Vamos a ver El Padrino, les dije. ¿Eh, cómo? Respondieron al unísono. Que vamos a ver El Padrino, ¿muchachos son sordos? Ustedes tienen que entender lo que significa esta película. ¿Cómo van a decir que es mala? Tienen que prestar atención, muchachos. Yo les voy a explicar. Y entonces le hablé del contexto de la película, de las mafias en Estados Unidos, de cómo había hecho el casting Brandon, de que en un principio no lo querían. Les conté de Coppola, de Pacino y De Niro. Y le mandé play a la peli. Entonces el que se parecía o me hacía acordar al jefe se enganchó mucho más que el otro que estaba cagado hasta la patas. Al rato noto que esa distancia se rompe, que ya están metidos en la trama y se entristecen con la muerte de Sony. Nos ponemos locos y festejamos cuando Michael se carga a los dos tipos en el bar y vemos la transformación del rostro de Al Pacino, que lo llevará a la inmortalidad de las actuaciones. Nos lamentamos la muerte de Vito hacía el final y nos quedamos boquiabiertos con el juego de escenas entre el bautismo del primogénito de Michael, Anthony Corleone, y los asesinatos de los líderes de las demás familia, la combinación del bien y el mal, la vida y la muerte. Es quizás el momento de mayor logro de climax del cine occidental moderno. Quedamos los tres extenuados ante tamaña manifestación. Los miro, el boludito seguía moqueando, el otro me miró con ganas de decirme algo con ese fragor en la mirada que solo emanan los niños entusiasmados. Y ahora, les digo. Y ahora… vamos a ver la segunda parte. Vamos a conocer los comienzos de Vito en Sicilia, cómo se gana el mote de Padrino, y como Michael diversifica los negocios en Las Vegas. Por acto reflejo y oficio rebobiné la cinta, la puse en su caja correspondiente y puse la dos.

 

9.

No hay que ser muy pillo para saber no solo que vimos la dos entera sino que también la tres, que los pibes me hacinaron a preguntas sobre las películas y que se suscitaron discusiones acerca de escenas, elipsis y analepsias, a esos dos muchachines ya les había picado el bichito de Coppola y yo me sentía notablemente orgulloso. Tampoco hay que ser muy astuto para darse cuenta de que cuando estaba terminando la última parte de la saga el matrimonio regresó a la casa, que los niños hasta allí casi cómplices, mis discípulos cinéfilos y hermanos, comenzaron a gritar desaforados, y yo que estaba con las piernas entumecidas y abrumado por las sobredosis de cine intenté una fuga vana, pues a las cuatro cuadras la policía me estaba apresando. De noche es una cosa, me decía el jefe, pero de día es otra. No podés ocultarte de día, ¿entendés? Es una de las reglas, siempre de noche. Sus palabras sucumben en mí mente como un eterno loop. Me dieron una linda celda que comparto con un pibe divino que cayó por estafa. Yo caí por secuestro, robo y no sé cuántos cargos más. Mi prontuario es mucho más digno que mi reputación. Cada tanto, antes de que apaguen las luces, miro el póster de De Niro interpretando a Vito Corleone y me acuerdo de cuando era feliz mirando películas en el viejo videoclub de Wilde. Y con eso por ahora voy tirando.

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