Historias sin punto final
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#25 · Siempre es de noche

Por Coni Valente

Ph. María Fuentes

 

Era domingo. Estaban ahí, sentados a la mesa. Habían ido al cine a ver una que quería él.

 

Tenían que hablar. Los dos lo sabían. Ella empezó a llorar y él la miraba en silencio. Sofía no podía contener las lágrimas y se notaba que hacía fuerza. Mariano sólo quiso abrazarla y lo hizo mientras ella mojaba sus hombros con las gotitas que caían de sus ojos. Entre llantos se rieron un poco y él le dijo: sería más fácil si no te quisiera.

 

Era evidente. Había comenzado el principio del fin. Y ella era quien lo había desatado.

 

–Ok, voy a hablar sin llorar, Mariano. Me prometí que no iba a hacerlo pero no puedo.

–Creo que ya sé de qué viene todo esto y me duele el alma verte llorar así.

–No, no creo que lo sepas del todo. En realidad es más simple de lo que creés. Hace días que esto no es como al principio. No registrás lo que hacés y pareciera que todo lo hacés sin ganas. Si yo te pregunto ¿vos estas saliendo con alguien? seguramente digas que no. Ahora, si me preguntan a mí, yo diría sin dudarlo que sí.

–Sabía que era eso y tenes razón. Vení abrazame.

 

El cielo se oscureció de una forma extraña. Las nubes se dibujaron raras y Mariano tenía que irse a buscar a Mía, su hija. Esa noche dormiría con él, lo que indicaba que Sofía no podía quedarse a pasar la noche con él.

 

Atravesó la puerta tratando de disimular las lágrimas. Llevaba puesto el saco verde y esa chalina vieja con algo de amarillo. Sofía se puso a tomar mate sola mientras doblaba la ropa que sacaba del tender que había entrado del patio por la débil lluvia que había empezado a caer. Cuando Mariano volvió con Mía  todo fue felicidad o al menos eso intentaban ambos frente a la nena. Tenían que cocinar para cenar los tres, quizás por última vez. El plato elegido iba a repetirse una vez más: milanesas con repollo. Sofía no podía dejar de llorar y Mariano sólo pensaba en cómo hacer para acercarse sin tener que tocarla. Mía, mientras tanto, pedía a los gritos que jueguen con ella.

 

Mientras Mariano metía las milanesas al horno, Sofi y Mía, tiradas en el piso de parqué, se hacían las “mamás” de mil muñecos. La escena era realmente bella, pero la tristeza de Sofía empañaba sus ojos y Mariano lo veía. Al tiempo que dejaba que la comida estuviera lista y luego de cortar en finas tiras el repollo, se tiró en el piso junto a las chicas de la casa y como era costumbre agarró su teléfono para chequear sus redes sociales, pero evidentemente sintió la necesidad de hacer algo más que eso. De repente y sin que lo esperara, el celular de Sofía se iluminó. Era un WhatsApp de Mariano, que no estaba a más de un metro de ella: ¿te estás despidiendo? Ella no respondió, él la miraba fijo, buscaba su mirada pero no logró encontrarla. Ya se había roto, ya estaba destruyéndose todo, no había forma de volver atrás.

 

Mía llevó a Sofía a su cuarto y la obligó a leerle cinco veces el mismo cuento: La ola. Fue entonces cuando Mariano gritó desde la cocina: ¡ya está la comida, chicas! ¿Van a venir?

 

Era tarde, ya casi se habían hecho las diez de la noche y ahí estaban los tres en la pequeña mesa de la cocina, con el mantel a rayas que Sofía había comprado especialmente a pedido de la niña. Mariano tomaba vino, Sofía cerveza y Mía sólo soda. Le encantaba la soda, era una adicción que había copiado de su padre.

 

La parte de atrás del PH de Mariano tenía un pequeñísimo patio. Esa noche entraba por la ventana una luz de luna cinematográfica. El recorte de la imagen era ciertamente angustiante. Sofía intentaba tragarse las lágrimas que no podía detener y Mariano, que estaba sentado frente a ella, la miraba de un modo realmente amoroso. Era genuino. Lo supo después. Si alguien, esa noche, hubiera espiado el momento, sin dudas, hubiera expresado a viva voz: ¡estos tres se quieren a lo loco! Sin embargo, la realidad era otra y si bien Sofía casi no comió y compartió parte de su milanesa con Mía, se paró rápido de la mesa para pedir un taxi e irse de una vez. Necesitaba escaparse de tanto desamparo.

 

La nena no quería despedirse, no quería ir a dormirse, le pidió a escondidas y en el oído que se quedara. Le dijo exactamente: vos acá podes quedarte a vivir ¿sabés? Esa línea no hizo más que desatar una cantidad de angustia inconmensurable, pero Sofía no podía dejar que su chofer la viera tan quebrada. Sonó el timbre, Mariano alzó a su hija y caminaron los tres por el largo pasillo que separa el departamento de la calle. Mía no dejaba de abrazar a su papá y aunque Sofía sólo quería irse, Mariano la abrazó y de espaldas a su hija la besó en la boca. Cuando aún estaban los tres parados en la vereda empezó a llover otra vez y la luna se llenó de agua. La noche empezó a cerrarse, el taxi arrancó y Sofía bajó la ventanilla para que el viento le sople en la cara, le pegue, la cachetee tan fuerte como pudiera.

 

En su viaje de regreso, pensó cosas como: “fue un lindo final”, “se sintió bien”, “ya va a pasar”. Como si tratara de convencerse de que esta vez no iba a quedar atrapada para siempre. Al llegar a su casa, se quitó la ropa y se metió bajo la ducha tibia. Necesitaba limpiarse, sentirse mejor de algún modo, pero nada fue suficiente: ni el té de tilo que vino luego del baño, ni el libro de María Moreno que tenía sobre su mesa de luz, ni la serie más divertida de Netflix. Era todo desesperante. Caminaba en ropa interior por su habitación pensando sin parar que podría hacer para resolverlo, como podía ella restituir el vínculo, tenía que existir alguna manera de pegar los pedazos rotos.

 

Sofía era una chica que jamás se rendía, su mente iba mucho más rápido que la del resto de los mortales y estaba convencida que iba a encontrar la manera de resolverlo todo. Esa noche no durmió pergeñando en una libreta sus posibles opciones en su relación con Mariano. Analizó los pro y los contras, los daños colaterales, lo que podrían ser las fortalezas, enlistó recursos que podrían serle útiles, cuales debería desechar, revisó frases dichas, y hasta escribió recuerdos como una forma de documentarlos en algún lugar en donde siempre podría ir a encontrarlos.

 

La noche se desvaneció y el sol empezó a asomar por la ventana que había dejado abierta. Los ojos de Sofía eran casi el doble de su cara, estaban rojos y aún no lograba dejar de llorar. Era lunes, tenía que ir a trabajar. Salió de su casa sin desayunar y durante ese día se escondió todo lo que pudo en el baño de su oficina para que nadie pudiera preguntarle nada. Sabía que sus compañeros iban a atosigarla a preguntas sobre Mariano. Nadie lo quería y todos habían intentado alertarla de que él volvería a decepcionarla tarde o temprano. Pues ocurrió y fue de noche, una vez más.

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