Historias sin punto final
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#23 · Te doy mi cuello

Por Mar Centenera

Ph. Candelaria Deferrari

 

Cuando cerró la puerta, Silvia aguzó el oído. Escuchó sus pasos alejarse escaleras abajo y el ruido del portón del edificio que se cerraba tras él. Se acercó sigilosamente hasta el balcón para mirar de reojo cómo cruzaba la calle y se lo tragaba la oscuridad. Solo entonces sonrió y se acercó con paso tembloroso hasta el congelador. Sacó la cubitera y vació todos los hielos en un vaso grande, el mismo de siempre. Con él en una mano y el móvil en la otra, se dirigió mecánicamente hasta el baño, puso el tapón en la bañera, abrió el grifo de agua caliente, después el de agua fría y volcó medio bote de jabón. Era la una de la madrugada. Sabía que era inútil intentar dormir.

 

Se desnudó de espaldas al espejo. Se había meado encima, no pudo evitarlo, pero aún así  dejó a propósito la ropa mojada en el suelo. Ya la recogería después, total, no estaba Rubén para llamarla cerda ni desordenada. Hubo un tiempo en el que le gustaba que la llamara cerda, en el que olía a sexo y no a orina, pensó mientras se metía en la bañera con los ojos cerrados. Se amordazó con la camiseta para que no se le escapara un grito de dolor al entrar en contacto con el agua tibia. Mmmmmppphhh, chilló sin que se la escuchase.

 

Pronto, sus pechos, brazos y piernas quedaron tapados por la espuma y miró ese pequeño mar blanco que tenía delante. Debajo, todo era dolor. No necesitaba ver las marcas más recientes para saber dónde estaban.

 

Se acercó varios hielos al cuello y sintió un alivio inmediato. Mañana iba a tener que usar bufanda, decir que estaba resfriada o que tenía frío. De tanto inventar, ahora era cierto que se había vuelto friolera. No quedaba ni rastro de ese ardor que la asaltaba en cualquier momento, solo con pensar en alguno de los chicos con los que se cruzaba por la calle y se la quedaban mirando. ¿La mirarían aún? Imposible, se dijo, con esas ropas que la tapaban como una monja, sin maquillar, con esas horribles gafas de sol y el pelo tan descuidado y cubriéndole gran parte de la cara. Se puso un hielo en la mejilla izquierda. Le ardía. Con la otra mano, repitió la operación en la derecha. Cabrón, cobarde, malnacido, ojalá te mueras, le maldijo bajo la mordaza.

 

Como si la hubiera escuchado –¿habría puesto una cámara en el baño?, se preguntó– el móvil vibró y vio su nombre en la pantalla iluminada. Sabía lo que le decía sin leerlo, pero abrió el mensaje igual para que Rubén viera el doble clic azul y se quedara tranquilo. “Cariño, perdóname”. Bip bip. “No sé qué me pasó, no volverá a ocurrir, te lo prometo”. Bip bip bip bip bip bip. “Me crees, ¿verdad?”. “Voy a tomarme otra copa más para relajarme y luego vuelvo y si estás despierta hablamos, tesoro”. “Sabes que eres lo que más quiero en el mundo y que odio hacerte daño, verdad”. “Contéstame, cariño”.

 

–Sí.

–¿Estás enfadada?

–No.

–¿Me perdonas?

–Sí.

–Enseguida vuelvo y te doy muchos mimos, ¿vale?

–Sí.

–Te conozco y sé que cuando me contestas así es porque estás enfadada.

–Que no, de verdad. (¿qué quieres que te diga, que no vuelvas más y que te vayas a la puta mierda?, murmuró)

–Vale, te creo. ¿Lo ves como sí que te creo? Acaba de entrar Manuel. Me tomo algo con él y vuelvo pronto a casa.

–Ok.

 

Intentó recordar en qué se había equivocado esta vez. Estaba en la cama durmiendo ya y él había llegado de trabajar, se había tumbado a su lado y la había despertado metiéndole la mano por debajo de la camiseta y besándole el cuello. Le olía mal el aliento, pero no se apartó.

 

–Dime que me das tu cuello.

–Te doy mi cuello.

 

Le besó las tetas.

 

–Dime que me das tus tetas.

–Te doy mis tetas.

–¿Y qué más?

–Te doy mi ombligo.

–Más.

–Te doy mi boca.

–Dame más.

–Te doy mis ojos.

–Sabes lo que quiero que me des.

–Te doy mi coño.

–¿Es mío?

–Es tuyo, soy toda tuya.

–¿Para siempre?

–… Sí.

–¿Acaso dudas?¿Me quieres dejar?

–No, para nada. No he dudado.

–No me mientas, has vacilado al responder que serás mía para siempre.

–Rubén, estoy dormida y ya sabes que no podemos adivinar el futuro.

–De nuevo con eso, a mí qué cojones me importa. Pero si dudas, si dudas es porque me quieres dejar. Seguro que ya tienes a otro, ¿verdad? ¿No dices nada? ¿Te volviste mudita? Tienes a otro, eh, ¿quién es? Dime, quién es. Contesta, coño. Contestaaaaaaaa.

 

Ahí había dejado de escuchar, de hablar y casi de respirar. En algún momento le había llegado la primera bofetada. Luego otra. Una patada y varias más. Se había encogido en posición fetal, pero no habían cesado los golpes. Tenía los ojos cerrados y temblaba. Cuando creyó que todo había terminado, la agarró del cuello con ambas manos y empezó a apretar.

 

–Suéltame, me ahogo.

–Si no eres mía, no serás de nadie.

–Soy tuya, soy tuya, soy tuya, suéltame, soy tuya, tuya, suéltame, por favor, suéltame, soy tuya y siempre lo seré.

 

La soltó por fin y la apartó con asco porque se había meado encima.

 

Agarró sus cosas y, sin girarse a mirarla, se fue de casa.

 

Silvia volvió a agarrar más cubitos y se los puso en el cuello. Miró a su alrededor. No sabía qué hacer. Dónde ir. La encontraría en cualquier lado. Sumergió la cabeza y dejó de respirar, hasta que escuchó otro bip bip. “Me quedo un poco más en el bar. No te importa, ¿verdad?”

 

–No, tranquilo.

 

Realizó otra inmersión, interrumpida de nuevo por las odiosas vibraciones.

 

“Gracias, cariño”. “Te quiero”. “Eres la más especial de todo el universo”. “Te veo pronto”. “Ya enseguida voy”.

 

Ojalá no volviera a verte nunca. No quiero verte, jamás de los jamases, pensó. Agarró el móvil y lo estrujó con todas sus fuerzas, como si pudiera partirlo en mil pedazos. Sin soltarlo, con el puño bien apretado, se zambulló entera bajo el mar de espuma.

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