Historias sin punto final
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#13 · Una noche de aglomerado

Por María Campano

Ph. Sol Anna

 

La noche llega de muchas formas. Yo tuve que hacerla en la mitad del día, con el sol alto. Al principio lo disfrutaba. Si la vergüenza o el terror me abrumaban a las 11 de la mañana, entonces corría a esconderme bajo la mesa de la cocina. El mantel de hule generaba una sombra amplia y celosa. Ahí, disimulada en esa oscuridad, soñaba con las rodillas frías el cielo de aglomerado mientras esperaba que Basilia, la vieja más fea del barrio, por fin se despidiera de mi abuela.

 

Basilia era una perversa. Sabía que su lunar desproporcionado y peludo generaba terror y parecía disfrutarlo. “¿Dónde está la nena Maruca? Llamala que quiero darle un besito. ¡Vení chiquita que quiero saludarte!” La vieja gritaba y yo más me arrinconaba  bajo la mesa. Le veía las patas flacas y las zapatillas de tela gastadas, todas deformadas por los juanetes. Me quedaba quieta, casi que dejaba de respirar para no mover el aire.

 

La vieja era la vecina de mi abuela Maruca. Vivía en un rancho en el campo que estaba enfrente del almacén de mis abuelos. Desde la ventana de la cocina la veía venir, envuelta en la polvareda que levantaban sus pisadas. Su visión fantasmagórica era el anuncio fatal de la visita. Así que con absoluta premura corría a mi refugio para evitar sus dedos fríos, sus caricias temblorosas y los escupitajos que se escapaban de su dentadura vacilante.

 

Mi abuela se avergonzaba terriblemente de mi comportamiento pero entendía que su amiga tenía cierto impacto entre los niños y niñas del barrio. No era yo sola. Mis primos hacían lo mismo. La hija de Sarita, la de enfrente, también. Los pibes de la canchita paraban el partido y se iban en cuanto veían a Basilia. Y Pablo, en vida, huía despavorido apenas la se aparecía cerca de casa.

 

Fue esa desaparición repentina lo que despertó los rumores. Pablo, o Pablito, era el nieto de Amalia, la otra vecina de mi abuela Maruca que tenía su casa pegadita al gallinero de mis abuelos. A pesar de estar marcada por una vida que siempre olió a mierda de gallinas, Amalia era un encanto de paciencia y resignación. Cuando su hija huyó con un arriero y le dejó a Pablito con sólo dos años, todos corrieron en su ayuda. En silencio, y sin reproches, le llevaban comida, le cosechaban las ciruelas del fondo, le fiaban, en fin, la ayudaban por lástima.

 

Sólo Basilia, con su atinada maldad, le clavó la verdad como un puñal una tarde cuando se cruzaron en el negocio: “Mirá qué yegua tu hija, se rajó y te deja al nene bobo”. Amalia bajó la mirada, influenciada por una desproporcionada fe cristiana y no le respondió. Y mi abuela, otra chupacirios como decía mi prima Adela, la miró perpleja pero tampoco abrió la boca. Tal vez era su inexplicable fealdad lo que inspiraba piedad en los otros. “Nunca tuvo marido, pobrecita” solía decir Maruca con un suspiro largo, casi como deseando esa soltería.

 

La cuestión es que Basilia no tenía quien le hiciera frente.

 

La última vez que vieron a Pablo fue a la tardecita, en un pastizal, un lugar en donde todos los chicos solíamos jugar porque había nidos de gallinas cluecas y nos la pasábamos buscando huevos. Pepe, el puestero del campo cercano al rancho de Basilia, dijo que estaba solito jugando con unos perros. Era raro porque Pablo nunca estaba solo, pero esa tarde Amalia dijo que se le escapó o algo así. Lo buscamos, lo buscamos mucho y mucho más. Pero nunca apareció.

 

Amalia estaba destrozada. Al tiempo se fue del pueblo y no volvió. Después supe que mis abuelos le prestaron dinero para el pasaje y que ahora vivía en la casa de unos primos en Bahía Blanca. Pero la cosa, o como se llame, se volvió contagiosa. Pablito no fue el único que desapareció. Pasó lo mismo con una nena de una familia del centro. Habían ido a un casamiento en el campo de los Cuesta y a la vuelta pararon en la ruta para cambiar una goma. Dijeron que ya había estrellas, que la chiquita se bajó del auto a mirar las vacas o no sé qué. Y se esfumó. Después se comentó de otros chicos pero era gente que no conocíamos así que andá a saber si es verdad.

 

Después de esos episodios mi abuela me mandaba al fondo a darle de comer a las gallinas cuando sabía que su amiga estaba por venir. Yo no me di cuenta hasta que un día me aparecí en el living y mi abuela me pegó tal reto que las lágrimas saltaron de mis ojos sin permiso. Nunca me había gritado así. Me dijo que estaba sucia, que era una cochina y que no me apareciera hasta que estuviese bañada y prolija. La muy zorra de Basilia me miraba sonriendo mientras yo lloraba en silencio avergonzada.

 

La abuela lo debe haber sentido en las tripas que, según ella, eran su sensor físico preferido. “Acá se siente” me decía tocándose la panza. Ya no intentó que saludara a la vieja y siempre me alejaba con excusas. Me mandaba hacer las compras al almacén, a buscar al perro, cualquier cosa con tal de sacarme de la casa cuando estaba Basilia. Esa vieja encorvada, que apenas podía caminar y estaba prácticamente ciega nos tenía a todos en alerta.

 

Tanto empeño puso mi abuela en alejarme que a mí sólo me dio más curiosidad. Ahora era como que quería ver a la vieja, encontrármela en algún lado, espiarla en movimiento. Y sucedió que una mancha de humedad me dio la oportunidad. Un caño del baño se rompió y mojó toda la pared de mi pieza y tuve que ir a dormir con la abuela mientras arreglaban la pared. Su cuarto era el más calentito porque estaba al lado de la cocina y con ella podía leer hasta tarde porque tenía un velador todo para mí.

 

En el campo la noche es más negra. Es mentira eso de que con la luz de la luna hay claridad. La noche es negra y oscura, como las pupilas de los ojos chiquitos de Basilia. Así descubrí que desde la ventana del cuarto de Maruca se veía a lo lejos una lucecita, el rancho de la vieja. La persiana estaba cerrada pero se habían saltado unas tablitas y por esa rendija podía ver el humo de la salamandra salir por el caño del techo. Cuando Maruca se dormía yo me levantaba despacito a espiar el rancho. Así me di cuenta que la vieja no dormía. Toda la noche había luz en su casa. Toda la noche fuego en la salamandra.

 

Y no aguanté más. Después de espiarla durante el verano desde el cuarto de la abuela, me decidí. Salí por la puerta del patio y de ahí fui caminando hasta el portón decidida a cruzar el campo caminando. El trigo crecido me llegaba al pecho, yo tenía ocho años. Avancé oculta en el ruido estridente de los grillos. Cada tanto miraba atrás para ver la casa de la abuela. Ahí estaba, podía volver ya mismo. Me despertó del deseo el ladrido de los perros y me asusté. Agachada vi cómo Basilia salía para hacerlos callar. Miró los pastos crecidos. Se dio vuelta y entró. Esperé unos minutos y comencé a moverme muy despacio hasta el final del sembradío.

 

Desde ahí podía ver la ventana iluminada de la vieja. La vi enseguida y me dio risa. Bailaba sin música, cubierta con su chal de lana raído. Parecía un son movidito porque se contoneaba. En la mano tenía una copita de licor, de esas chiquitas que la abuela no me deja tocar. Bailaba y tarareaba una canción que yo no conocía. Ahí sola, Basilia se cenaba la noche, la disfrutaba tanto que se chupaba hasta los huesitos.

 

Cuando corrí la vista de la vieja pude distinguir algo extraño en la pared del fondo. Parecía que había un montón de telas de colores sobre unos estantes. “¿Ahora resulta que la vieja es modista?”, recuerdo que dije tontamente en voz baja. Era raro. Siempre la veía con la misma ropa grisácea, rotosa, polvorienta.

 

Entonces, sin quererlo, escribí mi sentencia.

 

Me acerqué en cuclillas hasta la ventana y desde la esquina del marco me asomé para ver mejor esas telas de colores que rápidamente se me hicieron familiares. Eran pulóveres tejidos, pantalones, remeras, saquitos de punto arroz. Todos muy limpitos y acomodados sobre la estantería del rancho de esa vieja mugrienta y perversa. Cuando me di cuenta Basilia me miraba desde adentro y sus ojos parecían miles de fueguitos encendidos que me querían quemar.

 

Corrí. Corrí con tal desesperación que las patas daban la vuelta y me golpeaban las orejas. Me caí muchas veces en el camino porque el campo estaba lleno de cuevas de peludos y los pastos, los putos pastos, se me enredaban en las piernas. Me raspé las palmas de las manos y sangraba. Añoraba la tibieza de la cama de mi abuela. Su cuerpo tranquilo al lado del mío, el perfume a alcanfor y la almohada de lana de mi cama. No paré de correr.

 

De tanto mirar para atrás me estrellé la cara contra el portón de la casa. Llorando entré lo más silenciosa que pude y me escabullí en la cocina. Pasé al baño y me lavé los raspones. En el espejo vi una niña desconocida. Tenía la cara roja, los ojos llorosos, el pelo revuelto y una ceja rota del golpe contra la chapa. Me sequé despacio la cara y lloré un poco más sentada sobre la tapa del inodoro.

 

La habitación de mi abuela olía como ella, a cariño. Miré por la ventana una última vez, ya empezaba a amanecer y se oían los pájaros. Un grito ahogado se hundió en mi garganta. Ahí afuera, pegadita a la persiana, Basilia me miraba. No dijo nada, pero lo supe todo. Estaba condenada. Me refugié bajo la mesa de la cocina y no salí más.

 

Algunos dicen que durante la noche se cuecen los sueños. Yo no sueño. Yo no tengo noche. Sus ojos me buscan y ya no duermo. La única noche que vivo es la noche del día. Está llena de estrellas de aglomerado y es cada vez más larga.

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