Historias sin punto final
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#21 · Lo que tengo derecho a saber

Por Azul Zorraquin

Ilustración Leandro Silva

Javier,

 

Te voy a decir casi todo lo que nunca te dije. Porque me cansé de fingir, y estoy harta de mostrarme radiante cuando me estoy muriendo por adentro. Me cuesta decirte todo esto porque más fácil es no decir nada. Como hacen todos los que se comportan como muñecos. Y no te estoy hablando solo a vos. También le hablo a Jaime, a Julián y a José. Y además me estoy hablando a mí misma, porque necesito poner en palabras lo que siento.

 

Era verano y yo creía que nos estábamos enamorando. Sonaban temas de Gilda y vos estabas todo sudado pero a mí no me daba asco. Estabas negrito y te habían salido pecas en la nariz. Después fue invierno, y también creí que nos estábamos enamorando. De tu boca salía un humo parecido al de mis cigarrillos y tenías la piel seca como un reptil. Y aún así, tu piel, que cambió de color y textura, me seguía calentando. En esos días, nada en la vida podía hacerme más feliz que estar con vos; ahí, tirados en el sillón, esperando a que las horas pasen y nada más. Literalmente nada más.

 

Después, la energía de las estaciones me hizo entender que mi percepción de la realidad no tiene nada que ver con algo real; es pura imaginación, ¿o ficción? ¿O será que vos me hacías creer todo eso? La cuestión es que, de mí, nadie se estaba enamorando. Recién ahora lo veo con claridad. Llegué a la conclusión de que si te digo todo esto, si se los digo, quizás consideren cambiar su manera de relacionarse. No pretendo gestar una división machista-feminista; estoy hablando sobre mí en particular y me estoy dirigiendo a vos y a todos los hombres que me lastimaron. Jaime, Julián y José son solo algunos en la lista.

 

¿Sabés lo que pasa, nene? Quiero un mundo más sincero. Donde todos nos digamos la verdad, en la medida en que no sea mortalmente dañina. Que la verdad no duela, que sea moneda corriente. Que si me querés ver y es cierto, que me lo digas, Javier. Pero no me mientas. No me digas que “no podés esperar” a festejar conmigo porque veo que podes esperar, y mucho. Podés esperar a que me consuma y después me prendan fuego y me convierta en cenizas. Total a vos no te importa; vos vas a seguir jugando al fútbol y posteando fotos en Instagram mientras yo reposo en un frasco. Nadie te obliga, corazón. Las cosas como son. ¿De dónde surgió el chamuyo moderno? ¿Quién se los enseñó? Yo entiendo que a veces haga falta disfrazar, porque sin estrategia, no hay deseo (¿en qué momento nos volvimos tan rebuscados?). Pero yo soy más simple y sincera. Y decorar no es lo mismo que inventar. Yo nunca te diría que quiero verte si no es cierto, nunca pasaría el rato con vos si no me gustaras. Pero, ¿vos? Vos sos un barrilete.

 

Y me mentiste, pibe. Eso no te lo perdono. Me vendiste más humo que la fábrica de Marlboro. Me dijiste que algún día iba a ser tu novia. También me dijiste que la pasabas bien conmigo y eso se veía; porque eso brilla en los ojos. Por más de que suene trillado, yo miro muy profundo a los ojos. Y creo leer esa paleta de tonos que siempre es única y compleja. Tus ojos son verdosos pero tienen unas manchitas color miel, ¿sabías? ¿O será que yo uso una máscara desde que nací? No entiendo. Ya me mareé. Yo me creí todo. No por boluda, sino porque a mí me enseñaron a decir la verdad. ¿Te acordás cuando apoyé mi cabeza en tu pecho y sentí tu corazón? Era real. ¿Y qué hay de cuando te presté mi cepillo de dientes? También usaste mi toalla para bañarte y comiste en mi casa la comida que te cociné y usaste mis tenedores. Me contaste tus teorías sobre la muerte y eso fue como una especie de pacto entre nosotros para vivir. Ahora pienso que todo eso fue una ilusión. Que quizás no exististe nunca porque todo era un chamuyo, y eso en la modernidad significa aire, nada, humo. Fue todo parte de una mentira colectiva aceptada que consiste en hacerme creer a mí –y quizás a miles más, levanten sus manos– que hay “algo”. Pero al final no hay “nada” porque nada de eso es real y todo se ve condensado en la pantalla de mi celular que sigue negra, esperando eterna e inútilmente que tu nombre la ilumine. Y ese día no llega. Lo único que espero es que esta decepción algún día tenga sentido; que sirva de algo. O por lo menos que sirva para que nunca más le crea nada a nadie. Ni que la tierra es redonda ni que el chocolate engorda.

 

Y quizás todo lo que digo ni siquiera tenga mucho sentido tampoco, porque al final lo que más extraño es tu risa, Javi. Pero también extraño los brazos de Jaime, las cejas anchas de Julián y el labio partido de José. Esa es mi venganza, bebé. Ojalá pudiera armar una ensalada y comérmelos a todos, antes de tirarme a tomar sol en una playa de Mal País, mientras los árboles me ven crecer.

 

Total, a pesar de todo –y por suerte– siempre cuento conmigo misma. Ese es mi secreto.

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