Historias sin punto final
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#13 · De bicicletas, aviones y camiones

Por Andrea Leiva

Ph. Florencia Romero

 

Nunca supo qué pensaste, nunca supo qué padre irías a ser, abuelo. Las tías cubrieron tu muerte y tu historia con un velo y tu verdad nunca pudo salir. No se te nombró más y ninguna de tus anécdotas lo abrazó. De abrazo solo le quedó un retrato sepia donde lo tenés amorosamente aupado y nada más.

 

Papá pedaleó siempre entre brumas, sosteniendo ese mismo velo que nunca se animó ni pudo descorrer. Al principio estaba muy ocupado cuidando la fragilidad ajena, mientras él mismo se iba deshaciendo en dolor. En un viejo ropero le recordaban tu ausencia un par de polainas y tu reloj de bolsillo.

 

La abuela, al minuto después de tu partida, comenzó su precoz y lento marchitar. Ni siquiera alcanzaron la belleza ni la juventud. Su familia la proveyó de un techo y  de un torpe afecto pero también de una enmarañada red que le impidió rehacer su sonrisa. El pájaro gris de la locura revoloteaba sombríamente. Entonces tu hijo, ni bien dejó el guardapolvo escolar, se transformó en su vigía. Con una bicicleta enorme recorría la ciudad; un pibe cadete haciéndose hombre. Con inviernos crudos que morigeraba poniendo debajo de su abrigo, y bien apretados contra el pecho, papeles de diario.

 

Después llegó su propia historia pero la tuya siguió injustamente oculta. Yo, una nena curiosa, lo lanceaba para que me hablara de vos pero cuanto más preguntaba, con más fuerza se aferraba a ese manto. Protegiéndose, protegiéndome. Caminando por entre tumbas una tarde de cementerio, quiso alejarme de la muerte y me llevó a ver unos monolitos con aviones de colores. Entre dientes me habló de vos y yo, con algunas películas de guerra encima, me inventé que un camión de combate protagonizaba tu final. Papá nunca pudo inventarse nada.

 

Mi infancia se diluía entre bicicleteadas compartidas con él, cuando mis sospechas sobre algo oculto me llevaron a mirar con codicia una caja negra de madera con cerradura que estaba en el ropero (en otro ropero). Muchas veces revisaba allí sin pedir permiso; entre la ropa de mis padres se hallaban los elementos más variopintos: cajas de cartón con fotografías, recetarios de cocina, carteras y hasta tu vieja cámara de fotos, sí, tu Kodak, ¿te acordás? Pero tropezar con esa caja negra a la que nunca le había prestado atención, hizo que todas mis alarmas se encendieran. Intuí que debió haber sido tuya y que te habría sobrevivido junto al reloj, la foto y la cámara. Las polainas se perdieron en las mudanzas, lo siento. Con un cuchillo que aún conservo, violenté el cierre y ahí estaba. No me había equivocado en mis sospechas, aunque un amarillento certificado arrollado y con fría redacción me escupía en la cara que mi fantasías bélicas no habían tenido nada que ver. Un papel que me quemaba en la mano y que no pude mostrárselo. ¿Sabés por qué? Porque creo que fue el mismo crudo papel que lo había anoticiado de tu decisión. Tu muerte nunca se puso en palabras, nunca se la pronunció. Pura corrosión.

 

Cuando ya pintaba sus canas, un viejo camarada tuyo agitó la niebla y le habló con otra verdad. “Lo que ocurre dentro de los cuarteles, m’hijo, siempre tiene una pátina de irrealidad”, dijo. Y que la bala que te llevó, vos no la buscaste. Eso también dijo.

 

Pero ya era tarde. Demasiado tiempo de preguntas que apenas se esbozaban, de respuestas que nunca aparecían y de una oquedad que se había ido tallando cada vez más grande en su interior.

 

Después, nueva vida tuvo en sus brazos: tu bisnieta. Y con ella a upa, salió a recorrer el barrio y a mostrarla. Y a mostrarle el mundo. Aunque ya estaba muy cansado.

 

Un día no pudo más. Como muchas de sus mañanas, se subió a la bicicleta y pedaleó y pedaleó, hasta quedarse sin aliento. Después, voló. En mi desesperación le tiré un manotazo pero solo me quedó entre los dedos el velo. Lo hice un bollo, abuelo, y decidida, lo arrojé a la basura.

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