Historias sin punto final
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#14 · Carta de comunión

Por Ro Cazado 

Ilustración Ja Ant

Parece ser que el motivo de la presente carta es una fatalidad, un cierto determinismo o una de las formas de la gravedad. El tiempo, que es tan obstinado como incesante, me ha puesto en un lugar que no me pertenece y vos merecés saberlo.

 

Primero quiero aclarar que en mi juventud era muy tímido, escandalosamente tímido. Pero ciertas circunstancias tiñen a cualquier espíritu, sobre todo a uno tan inoperante como el mío. Y lo que en un principio era una retención (eficaz) de sentimientos, pasó a un desbordante malestar. Una suma de injusticias me tuvo cautivo, y todo el camino que tramaron mis pasos me llevó por delante. Lo que se había tornado en odio pasó a la mansedumbre, a la resignación, a la sabiduría quizás.

 

Pido perdón si me estoy adelantando, pero no lo puedo contener, esto me excede. Me excede de tal modo que lo estoy impregnando aquí sin advertirlo. No estaría mal entender que, solo sin la furia de las pasiones mataremos a nuestros tiranos. Creo que de algún modo esa frase es cierta, y cierto es también que no tuve el coraje de aplicarla.

 

Todo comenzó en aquel febrero de 1994. Al comenzar mi carrera como escritor. Yo tenía 27 años y la falsa sensación de haber perdido al amor de mi vida. Si se considera que toda persona vive muchas vidas, no es errónea la observación. Pero a fuerza de inocencia lo sufría como si hubiese perdido ese único gran amor en mi única vida. Toda mi alma estaba involucrada en el proceso y ni una palabra salía de mi pluma por aquel entonces.

 

Ahí fue cuando el compositor clásico y ex-amigo Bautista Marló se puso en contacto conmigo. Él estaba trabajando en una obra. Necesitaba que escriba la letra que iba a cantar un Barítono en el tercer movimiento. Desde ese momento dejó de ser mi amigo. La decena de años que supo acumular antes que yo, y una interesante carrera en la composición, me hacían verlo como un hermano mayor en el universo artístico.

 

Si bien fui sincero al decirle que no estaba en condiciones de escribir, sus breves palabras de aliento me bastaron para asumir la responsabilidad. Algo bueno te va a salir, deslizó. Tenía un mes para presentarle un punto de partida, él siempre trabajó con mucho tiempo de anticipación a las fechas de entrega. Llegado ese día, como era de suponer, no tenía nada. Todo pequeño momento, todo rincón, todo colectivo, todo tramite en AFIP, toda fila en el supermercado Norte de la vuelta de mi casa eran lugar amigable para recordar mi amor perdido.

 

Aquel día le expliqué a Marló porque no podía, le conté las tristes reflexiones en las que estaba embebido. Pero el insensible no dio el brazo a torcer. Con severa autoridad me dijo que no estaba a tiempo de pedirle el trabajo a otra persona y que me daba una semana más para entregárselo.

 

Desesperado, casi huyendo de la situación, hice un repaso de las últimas letras que había escrito. Intenté evitar todo el chantaje emocional que vomité con mi colección de estados de ánimo. Fui tomando las ideas más afortunadas, algún verso asombroso y los adjetivos más felices que encontré. Al terminar de descuartizar dos poemas, una canción y el último párrafo de un cuento, logré armar una letra. A priori desprolija, pero me sacaba del pantano en que me encontraba y seguramente me daría una semana más de tiempo para trabajar en la letra de Bautista.

 

El acontecimiento de la mañana siguiente fue la primera de una extensa serie de desgracias que me iban a tocar vivir. Ese cuerpo mal tejido, ese hijo del Dr. Frankenstein, esa letra con olor a muerto le fascinó. Dijo que era exactamente lo que quería, que tenía la fuerza de la convicción y lo dulce de la necesidad. Bautista Marló estaba completamente loco. Pero no iba a desconfiar de mi suerte, los dioses me estaban dando una mano.

 

Así fue que la obra “El invierno es encantador” llegó al teatro Colón. Al recibir algunos halagos de los presentes no mostré signo alguno de orgullo, de hecho no mostré signo alguno de vitalidad. Reduje el malestar que sentía a una seña con la cabeza, por lo menos para dar una respuesta. Toda persona que halaga, inexplicablemente, espera una respuesta. Escuchar la pieza en vivo no me llenó el pecho de júbilo. Si no más bien un concreto desagrado, yo no escribí eso, lo uní y nada más. Bautista atribuía mi silencio a mi timidez. Yo sabía lo que estaba pasando.

 

Después de unas cuantas funciones en el teatro, debo reconocer que sacando el tercer movimiento, la obra era buena. Me llegaron algunas propuestas laborales. Las que me interesaron fueron dos. Una revista de literatura que seguía fielmente me solicitó una tanka y un suplemento de cultura de un diario de gran tirada un cuento sobre el eje temático “el miedo”.

 

El poema era un desafío precioso, el segundo estaba bien remunerado pero me restringía tener que escribir sobre un tema. Las fechas de entrega eran parecidas. Acepté los dos trabajos. Volqué toda mi alma en la composición de esa tanka, cada palabra, cada silaba. En uno de mis más bellos recuerdos, había retomado la concentración, estaba haciendo algo movilizante. Pulir esas palabras eran pequeños destellos para mí.

 

Recuerdo que me volví irracionalmente optimista con la fecha de entrega del cuento, incluso noté que tenía 4 días para entregarlo cuando suponía faltaban once. Dado que desdeñaba la óptica política del diario, me propuse esquivar toda problemática. Pensé que cualquier cosa la pagarían. Resolví entregar un cuento viejo matizado con el primer borrador del poema. Y con unos retoques cercanos a la artesanía, le di la mínima forma que requería para aparentar hablar tangencialmente del miedo.

 

Los resultados me llenaron de espanto. El editor de la revista me agradeció el compromiso pero me dijo que no iban a publicar la tanka. Mostrándose como un negligente intelectual. Por el contrario, el cuento fue publicado y luego de una injustificada buena crítica (y la ascendente fama de la obra de Marló) me ofrecieron hacer publicaciones bimestrales.

 

Al cabo de un año, mi único trabajo estable era el despreciable diario. La editorial que trabajaba con el medio se acercó para proponerme publicar todos los cuentos en un libro. La propuesta económica era significativa y estaban apurados en cerrarla. Les dije que me interesaba, con la condición de que editen una novela en la que venía trabajando hacia seis meses. El agente comercial que vino a verme no podía tomar ninguna decisión, como todo agente comercial. Me dijo que tenía que hablarlo con el director. A los pocos días me llamó la secretaria de este último para coordinar una reunión.

 

Esa tarde conocí a uno de los sujetos más enigmáticos con los que me crucé. Tenía algo. Moisés Aguer podía convencerte casi de cualquier cosa. No era la autoridad que la estructura institucional le otorgaba. No era la ostentosa oficina del piso 10. No era la estética de la secretaria, tampoco los 37 minutos de espera en los que me aprisionaron. Todas esas circunstancias son pequeñas miserias para mí. Ese tipo tenía algo.

 

El Director exhibía síntomas de lo más extravagantes. Por empezar, tenía los ojos muy abiertos en todo momento. Gesticulaba efusivamente con la mano derecha, mientras que la izquierda permanecía inmóvil. Cuando parpadeaba, movía las orejas. Eludía la letra “S” con mucho éxito. ¡Prestarle atención era una aventura! Hacía preguntas sorprendentes. De hecho lo primero que me dijo cuándo entré a la oficia fue:

 

–Sr. Kieergradt, ¿usted piensa que Shakespeare influyó en Kipling?

 

Hasta ese momento nunca nadie había pronunciado bien mi apellido. No me tembló el pulso al contestarle que los dos eran escritores eternos, por lo tanto contemporáneos. No creo que haya ninguna influencia.

 

El tipo se quedó callado mientras afirmaba con la cabeza. Acto seguido me propuso que le haga llegar la novela, que iban a publicarla junto al compilado de cuentos. Y que firmaría la aceptación de un segundo libro de cuentos si la editorial lo requería.

 

La novela tuvo el piso de éxito esperable con la red de distribución y publicidad que tenía la empresa. Una desgracia. Los dos libros de cuentos agotaron las tres distintas impresiones que tuvieron. Otra desgracia. No había nada de mí en ellos, todos esos relatos los tomaba de la fuente de textos de mi adolescencia y posterior juventud para después limar algunas asperezas y adaptarlas al pedido. Nada me ligaba emocionalmente a ese trabajo, solo cumplía para cobrar.

 

Quizás, pero solo quizá, mi error fundamental fue responderle sinceramente al Sr. Aguer cuando me preguntó sobre la metodología de composición de los cuentos. Me dijo que desde ese momento solo escribiría lo que él me solicitara, que no aceptaría ningún trabajo original. Quiero hacer un paréntesis aquí. Todas las gravísimas patologías que mostraba Moisés, que en un principio me parecían horrorosas, pasaron a resultarme simpáticas. El tipo lograba en sus formas alterar mi estructura psíquica. Contradiciendo así a mi psicoanalista o cualquier otro religioso.

 

Para ese entonces él podía convencerme hasta de intercambiar saliva en un apasionado beso si me lo pedía. Yo diría que no desde luego, con una fuerte ilusión de solidez. Este tipo me tenía en sus manos y lo sabía.

 

Diez años después de estos sucesos, ya te había conocido a vos Soledad y ya habían nacido Helena y Amadeo. Mi vida era otra pero el problema era el mismo. Todos los trabajos que me pidieron y envié a otras editoriales eran olvidados o no los publicaban. Todos los monstruos que Moisés me pedía recibían menciones o premios. Era insoportable.

 

Cuando me informaron que estaba nominado a un importante, tal vez demasiado importante premio de literatura, me rendí. Decidí que no podía seguir viviendo con el peso de esta farsa. No era mi literatura lo que les interesaba, no era yo el que les interesaba. El trabajo que estaba haciendo era más parecido al de un carnicero y costurero que al de un escritor. No toleraba los halagos. Mis respuestas evasivas, por momentos irónicas, en las entrevistas eran consideradas partes de mi genio. Era un delirio lo que estaba viviendo.

 

Hasta que pasó algo delicado, que no supe manejar con altura. Cuando ya estaba escribiendo mi renuncia a la nominación, explicando la clase de impostor que era, vino Helena, feliz, con la sonrisa más hermosa que una niña de ocho años puede tener. Me dijo que estaba contenta porque su maestra del colegio le dijo que su papá era un gran escritor y que iba a recibir un gran premio. El puñal de su dulzura, el filo de sus diminutivos, el horror de que mi hija estaba orgullosa de ese otro que habían formado sobre mí. ¡Helena le sonreía al carnicero!

 

Cuando pude elaborar la situación, la resignación tocó mis puertas. Esta sí era una empresa que podía llevar adelante. Sí podía darle ese padre a Helena y Amadeo. Y así fue que ignominiosamente continué aceptando las directivas de Moisés. Y recibí el Premio Nacional de Literatura por una novela basada en un relato, lleno de ripio, sobre cuánto me gustaba el helado de Menta Granizada. Maquillado desde luego con concepciones del existencialismo y alegorías de la libertad. Acepté mi disfraz.

 

Un periodista alguna vez me definió como un “Escritor Misterioso”, y puede ser que tenga razón. El motivo de esta carta es transformar el misterio en secreto. Alguien tiene que saberlo. Pero quiero dejar bien en claro el por qué: los chicos. Esta es la mejor versión que podía darles. La única diferencia entre la demagogia y la incapacidad es un hecho de conciencia. Y aquí lo expongo.

 

Lo que vino después no hace falta que te lo cuente. Conjeturo que estas palabras son un alivio para vos también.

 

PD: Nunca permitas que Helena y Amadeo lean esto, jamás me lo perdonaría

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