Historias sin punto final
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#23 · Corona de flores amarillas

Por J.C. Guinto

Ilustración Luciana Torrillo

 

 

Los días pasaron y una tarde papá entró a mi habitación a saludarme.

 

Preguntó cómo había estado la escuela y por qué ya no salía con amigos a subir los cerros o nadar en el río.

 

Contesté muy serio que estaba bien, pero ya no aguantaba a mis compañeros.

 

Papá rascó su cabeza, torció la boca y se me quedó mirando largo rato. Después suspiró, acarició mis cabellos y se fue. Saqué la caja de zapatos y me puse a jugar.

 

Los grillos eran su comida favorita, se los tragaba a prisa, sin masticar. Tenía los ojos rasgados, casi inmóviles, a veces se le veían negros, otras veces rojos. Tiempo después, comenzaron a brillarle por las noches. Lo tomaba entre mis brazos y me le quedaba viendo, sentía como si me encontrara en el agua, flotando en un río de luces. No oía nada. Su cuerpo era frágil, tibio. Debía protegerlo.

 

Le puse un nombre: Colorado.

 

La prima Chiquis me habló por teléfono para ir a matar sapos. Pero no quise hacerlo. Ándale, insistió, hay un montón de renacuajos en las charcas, listos para apachurrarlos.

 

Dije que no y colgué. Papá me miró de reojo. Subí las escaleras y entré corriendo a mi habitación. Una hora después tocaron la puerta, era la Chiquis. Entró con las manos en la espalda. No dijo nada y me dio una piedra. Sonrió. Le dije que saliera. Acercó su cara risueña a la mía, olía a chicle. Me dieron muchas ganas de contarle lo que había pasado, dudé, pero no lo hice. Él era mío.

 

¡Tonto!, gritó la Chiquis, y se fue dando un portazo.

 

Esa noche dormí mal. Por la mañana salí de casa con un mal sabor de boca.

 

Ya no soportaba alejarme de él, contaba las horas que faltaban para salir de la escuela e ir corriendo a verlo. Las clases se me hacían eternas, no escuchaba a nadie, solo veía el lento avance del reloj.

 

Mamá se preocupó porque ya no miraba la televisión, entró al cuarto a preguntar cómo estaba. Recogió los juguetes del suelo y los guardó en el baúl, por suerte no se asomó al armario. Tuve miedo que lo hiciera, o que escuchara chillar al Colorado.

 

Cuestionó por qué ya no salía a atrapar libélulas y por qué me encontraba tan flaco.

 

Estaba sentado en la orilla de la cama. Vi su cara, el vestido azul. Contesté enojado que me habían dejado mucha tarea y tenía que terminarla, lo dije a prisa porque el Colorado asomó su cabeza detrás de ella, y abrió la boca, como si quisiera morderla.

 

Estaba muy flaco y no podía dormir, me la pasaba mirando cómo crecía el Colorado. Su piel, los brazos, la espalda, sus piernas, el cuello, se le hicieron gruesos. Sus alas eran anchas, negras, como de murciélago. Alzó el vuelo y dio vueltas sin parar. Después bajó y se quedó quieto, acuclillado en una esquina. Duró muchos días sin moverse, parecía una estatua. Le puse una corona de flores amarillas.

 

Una tarde alzó la cabeza, pintó una estrella en el piso, dos soles y una rana que parecía dormir rodeada de animales. Colorado habló, contó que tiempo atrás cayó del cielo envuelto en fuego, y que había llegado la hora de su redención. La estrella en el piso brilló, se abrió un pozo, del que salieron aullidos. Colorado saltó al interior de la tierra, y desde esa noche no lo he vuelto a ver. Me puse a cavar con las manos en su búsqueda, me lastimé los dedos, pero solo encontré lombrices. Sé que regresará pronto porque el cielo se ha vuelto oscuro, y la gente se retuerce y transforma en animales a cada rato.

 

El otro día al volver a casa, después de que papá y mamá se convirtieron en salamandras y los coroné con flores, vi en el espejo que tenía los ojos de color rojo. Mi piel brilló, y sentí que flotaba en un río de luces.

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