Historias sin punto final
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#24 · Cuerpos

Por: Sebastián Arias

Ilustración: Germán Warszatska

 

En los escenarios más siniestros se guardan secretos, detalles, respiraciones, silencios y ruidos estridentes. La verdad sólo la sabrán los protagonistas del horror, los dueños del silencio que pide a gritos salir a la luz.

 

La mano teñida de sangre suelta el cuchillo frío, la manga de la camisa blanca toma rápidamente un color rosa que espanta, el calor mezcla el sudor de su pecho con las gotas rojas, que posadas en su vello, aún conservaban la cruel intensidad de una batalla despareja. Él llora con alivio.

Ella no respira más, ya no lo enardecía con sus gritos sordos en aquella habitación en la planta alta de la casa. Está con su mirada sin rumbo, sin destino, sin registro, tiene sólo odio en sus pupilas. Debajo de él está quien hasta hace unas horas había sido su dulce y amada Gabriela, con la que compartía día a día desayunos mirando la pileta entre tostadas, jugos y risas. Acostada en el piso nuevo de madera se la puede ver con la cara golpeada brutalmente arriba de un charco purpura que crece con el pasar de los minutos. El cuello es un fiel testigo del odio y la saña. Un corte profundo de diez centímetros de largo se abraza con la cadenita de plata que días atrás había recibido como regalo de aniversario.

La ventana abierta le da lugar a una suave brisa matinal de primavera, las cortinas abiertas toman un leve vuelo. Él, sentado en la cama, respira con fuerza y sin ritmo. Su cuerpo tiembla y su mirada sigue en el portarretratos que inmortalizaba un beso de Gabriela en su boca. Mientras contempla la foto, sus zapatos marrones de cuero se tiñen con la sangre que inunda el cuarto principal. El único ruido que se escucha es el viejo reloj de roble con detalles en oro que su abuela le regaló hace cuatro años para su casamiento.

Toma impulso y se para, es un tempano de fuego entre tanto caos. Camina con pasos duros y bruscos, esquiva un velador hecho añicos y, sin preámbulos, toma de su tercer cajón del placar su arma. Pone el cañón frío y letal en su boca, respira hondo y tras un segundo de incertidumbre cierra los ojos con fuerza, con la fuerza que nunca tuvo, y gatilla.

Su humanidad se desploma al instante y cae sobre el pequeño cuerpo sin vida de su hija Melanie. Su cabeza acaba al lado de la niña y su mano derecha, como una manifestación oscura y paternal del destino, tapa perfectamente la herida cortante y dolorosa que una hora antes Gabriela, su madrastra, le había hecho con saña, rencor y celos.

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